sábado, 25 de febrero de 2017

El caso Fanning, Capítulo 15

Capítulo 15

Despedida

Por la tarde vendrían a recoger a Laura, para llevarla al hotel de sus tíos, donde esperaba su madre. Allí, se reuniría con Mike. Ya que la habitación de Carrie había quedado libre, hubo acuerdo general en que se instalara con nosotros aquella noche. Mientras tanto, la noticia había corrido como un reguero de pólvora y, antes de la hora del desayuno, toda la ciudad lo sabía ya. Incluso el periódico local sacaba el caso en primera página: HÉROES LOCALES DE DIEZ AÑOS RESUELVEN EL CASO POISSON. RECUPERADOS LOS DIAMANTES. AGENTE FEMENINA SERÁ CONDECORADA. De la noche a la mañana, mis socios, mi hermana y yo nos habíamos convertido en unas auténticas celebridades en Quietville. Incluso periódicos de tirada nacional mencionaban el asunto en sus páginas centrales. A ese respecto, mi madre me aconsejó que no dejase que la fama se me subiera a la cabeza. No es que pensara que no fuera merecida; es solo que consideraba que no era bueno que un niño de diez años (y medio) fuera tan famoso. Pero eso me lo explicó después. De momento, yo dormía como un tronco en mi cama, ajeno al revuelo que se había levantado en torno al caso de Rebecca. O, debiera decir, Laura. Mi madre entró en mi cuarto para despertarme.
–¡Arriba señor «Don Héroe de Quietville»! Es casi mediodía, dormilón. –¡Mediodía! ¿Por qué no me has despertado?–mi madre nunca me había dejado dormir tanto.
–Anoche todos nos acostamos tarde y tú estabas agotado. Necesitabas descansar. Y ahora, arriba, tienes a tus socios al teléfono. Todo el mundo te está llamando. ¡Es una auténtica locura! El teléfono no ha parado de sonar en toda la mañana. ¿Quieres cereales para el desayuno?

–¡Ajá!
Me levanté y bajé para atender el teléfono, mientras me preparaban un buen tazón de cereales. No quería hacer esperar a mis amigos. Laura, en cambio, llevaba rato levantada. Mi madre le había quitado la pintura de las uñas, y su pelo ya no lucía aquellos perfectos tirabuzones, ni olía a vainilla, pero seguía irradiando la misma belleza que el día en que entró por primera vez en mi despacho. En cierto modo, parecía otra persona. Si tenía que escoger entre las dos, prefería a Laura. Rebecca ya no existía. Yo, en cambio, aún iba en pijama: con el pelo revuelto, los ojos hinchados por el sueño y marcas de la almohada por toda la cara, no era precisamente la imagen del héroe. Nos sonreímos. No sabíamos muy bien qué decirnos. Me puse al teléfono, para hablar con Sam.
–¿Por qué no invitas a comer a tus socios? Siempre que a tu madre no le importe que seamos dos más a comer –propuso mi padre, a quien habían dado el día libre en el trabajo porque «Querrá pasar el día con su familia en un día tan especial, Frank».
–Contaba con ello –intervino mi madre–. He hecho estofado de sobra para todos. ¿Te parece bien, Laura? –a nuestra invitada le pareció una magnífica idea.
–Sam y Ray están deseando verte de nuevo –añadí.
–¡Claro!
–¡Hecho, entonces! –dije.

Sam y Ray no tardaron en llegar. También Carrie se apuntó a comer con nosotros. Creo que no había tanta gente sentada a nuestra mesa desde Navidades. Mi madre había preparado su famoso estofado especial con puré de patatas y cebollitas. Tendríais que probarlo algún día. Teníamos tantas preguntas...
–Todos sentimos las cosas que dijimos en el despacho. Ya sabes, cuando te acusamos de ser una mentirosa y todo eso –Sam, que hablaba en nombre de todos, se sonrojó un poco al decir aquellas palabras.
–No tenéis que disculparos. Hicisteis un buen trabajo. Yo hubiera dicho lo mismo en vuestro lugar.

–Nos equivocamos. Te juzgamos mal –admitió Sam.
Laura nos narró toda la historia que ya conocéis y Carrie añadió algunos datos policiales que completaban el relato, tal y como lo habéis leído. Hacia los postres, el cuadro estaba casi completo.
–Entonces, no fuiste tú quien decapitó a Susie –quiso saber Sam.
–No, fue Sonny quien lo hizo. Pero pensé que si os dejaba la pista de los caramelos junto a ella, llegaríais hasta Jack. Como así fue.
–Y ese tal Vincent, el tipo que encargó el robo, ¿quién es? –pregunté.
–Es un gánster de Citypolis –explicó Carrie–. La policía lleva tiempo detrás de él. Soborno, extorsión, robos... La lista es larga. Creo que esta vez podremos cogerlo. Y todo gracias a vosotros, chicos.
–En cuanto a Rose –se interesó Sam.
–Bueno, con lo que hizo ayer y si testifica, creo que el juez será benévolo con ella –explicó Carrie.
–Richard, ayúdame con la tarta –intervino mi madre.
–¡Mamá! –protesté.

–No me repliques y haz lo que te digo. Acompáñame a la cocina.
–Está bien. No habléis de nada interesante mientras yo no estoy –advertí.

Me levanté de la mesa a regañadientes y seguí a mi madre hasta la cocina. Una vez allí, cerró la puerta.
–Cielo, no deberíais atosigar a Laura con vuestras preguntas –sugirió, mientras cortaba las raciones de tarta y las servía en platos.
–¡Pero son detalles importantes del caso! –protesté.
–Sí, ya lo sé. Pero hoy es nuestra invitada. Y debes pensar que Laura ha sufrido mucho y que su padre está en prisión. Es muy probable que todas esas preguntas la incomoden y la fatiguen. Así que déjalo ya.

–No lo había pensado. Supongo que tienes razón ...admití cabizbajo.
Mi madre tenía razón. Nos quedaban unas pocas horas, antes de que Laura regresara con los suyos, y no quería malgastar ese tiempo con preguntas cuya respuesta ya conocía. Volvimos a la mesa y servimos la tarta. Para entonces, la conversación se había desviado hacia un asunto espinoso.
–¿Alguien puede explicarme qué le ha pasado a Don Oso? –preguntó Margaret.
–¡Oh, oh! –se me hizo un nudo en la garganta.

Afortunadamente, Margaret se mostró bastante comprensiva y, aunque nos habíamos comprometido a pagar su reparación con nuestras pagas, papá prometió sufragarlo todo. ¡Lo pasamos fenomenal! Reímos, bromeamos y todo era armonía entre nosotros. ¡Algo que sucede tan pocas veces! Un momento especial. Y, mientras contemplaba aquella escena, me di cuenta de que, aunque seguía siendo un niño de diez años, algo había cambiado en mi interior; como si una nueva perspectiva de la vida, desconocida hasta entonces, se abriese ante mí y me invitara a explorarla.
Finalmente, mi madre nos recordó que Laura debía prepararse para el viaje. Poco después, llegó un coche del Gobierno, de un siniestro color oscuro, casi como el furgón de un forense, con una funcionaria de los Servicios Sociales y un agente del FBI, para recoger a Laura. La acompañamos hasta el coche.
–¡Nunca olvidaré lo que tú y tus amigos habéis hecho por nosotros, Richard! – dijo, dándome un fuerte y prolongado abrazo.
–Yo tampoco te olvidaré nunca, Laura –susurré a su oído. ¿Cómo se podía olvidar a alguien como ella?

Laura nos abrazó a todos por turnos, y dio de nuevo las gracias a cada uno de nosotros. Me adelanté para acompañarla hasta la misma puerta del coche que

se la llevaría, seguramente para siempre, de mi vida. Laura se detuvo y se volvió un instante.
–Es guapa –dijo, mirando a Sam– ¡No la dejes escapar! –añadió– Luego me sonrió y entró en el coche.
Se cerraron las puertas, el conductor arrancó el motor y el vehículo se puso en marcha. La vi volverse por la ventanilla trasera, mientras se alejaba. «Adiós, Laura. Todos te deseamos lo mejor», susurré al viento.
El teléfono siguió sonando durante unos días. Varios periódicos se interesaron por nuestra historia y querían entrevistarnos a mi hermana, a mis socios y a mí, pero su interés por nosotros desapareció completamente cuando el Apolo XI partió hacia la Luna, con tres valientes a bordo. ¡Parecía que cualquier cosa era posible en aquel mágico verano de 1969!
Ahora ya lo sabéis todo. O casi todo. Si alguna vez necesitáis contratar a un detective privado de diez años y a sus dos socios, ya sabéis dónde encontrarnos. Somos «Lo mejor de lo mejor».
FIN

El caso Fanning, Capítulo14

CAPÍTULO 14
Visitas a medianoche

Era casi medianoche cuando Carrie y su compañero se presentaron en la recepción de Lago Paraíso. Tras el mostrador había un tipo de mediana edad, bastante calvo y con barba de tres días. Vestía un pantalón gris y una camiseta blanca de tirantes con manchas de sudor y mostaza. Veía la tele en un monitor diminuto. Sudaba, fumaba y se deshacía de sus molestas visitantes, con la ayuda de un matamoscas. En aquella disciplina de caza menor, era un consumado experto. Estaba claro que tenía práctica.
–¡Buenas noches! Somos los agentes Neumann y Muffin, de la Policía de Quietville.
–¡Buenas noches, agentes! ¿En qué puedo ayudar a la policía? –dijo el hombre, separando momentáneamente la vista del monitor.

–Querríamos saber si se aloja aquí una pareja con una niña. Tiene unos ocho años –inquirió el teniente.
–Hay unos huéspedes que responden a esa descripción. Los Fanning, pero ahora no están –dijo, mirando al casillero, en el que faltaban las llaves. ¿Les ha ocurrido algo?

–¿Sabe si han hecho o recibido llamadas telefónicas? –preguntó Carrie. –Ambas cosas. A veces llama un chico dejando recado para la niña, Rebecca.
–Laura –corrigió el agente Neumann.
–Como se llame.
–Entonces el hombre llama desde este teléfono –apuntó Carrie.
–No, cuando llama lo hace desde la cabina. Debe de ser conferencia. Mete mucha moneda. ¡Siempre me está pidiendo cambio!

Neumann se dirigió a la cabina. Descolgó el aparato y marcó el número de la comisaría.
–¿Pete? Soy Murray. Sí. Averigua si se han hecho llamadas en conferencia desde este teléfono. Seguramente a Citypolis. Espero –poco después, recibió una respuesta afirmativa– A diario, ¿eh? Bien: averigua el número y a qué dirección corresponde. Luego, pásale la información al capitán. Él sabrá qué hacer con ella –colgó el aparato– Buscaremos una orden para registrar la cabaña. Que nadie entre en ella, hasta que volvamos.
–Entonces, ¿les he servido de ayuda? –preguntó el hombre de la recepción. –¡No sabe usted cuánto! –respondió Carrie.
El cerco se iba estrechando. El Capitán Norton recibió la información y se puso en contacto con la Policía de Citypolis para proporcionársela. Ahora, todo dependía de ellos.


***********************
De camino a la comisaría, la radio del coche patrulla no paraba de emitir
boletines informativos.
–¿Phil? –saludó alguien por radio.
–Aquí Phil. ¿Qué quieres Pete?
–Hola Phil. Acaba de llamar Carrie. Tengo buenas noticias. Tenemos una dirección en Citypolis. Creemos que es la casa donde se encuentra el pequeño Mike. El capitán se la ha notificado a la policía de allí. Espero que todo salga bien. Díselo a los chicos, de parte del capitán Norton.
–No será necesario: lo han escuchado todo –respondió nuestro conductor– ¡Gracias, Pete!


Esta vez, entramos en la Comisaría de Quietville con todos los honores. El propio capitán Norton salió a saludar a nuestros padres, y los pocos agentes que aún quedaban, aplaudían a nuestro paso. Creo que nuestro padres empezaban a comprender que nos habíamos convertido en tipos importantes.

–¡Vaya, vaya! Si están aquí nuestros pequeños héroes –exclamó el capitán, ofreciendo su mejor sonrisa– Tengo que reconocer que vosotros teníais razón, y que yo estaba equivocado. Y estos son vuestros padres, claro –Norton daba apretones de manos a diestro y siniestro–. Como sabréis, en Citypolis ya están al corriente de todo. Habrá que esperar noticias. Tengo la corazonada de que todo va a salir muy bien. Pero, por favor, pasen a mi despacho.

El capitán nos invitó a pasar y se ocupó de que nos acomodaran como es debido. Hacía tiempo que Laura no conocía los brazos de una madre y se acurrucó junto a la mía. Mi madre la abrazaba como si fuera su propia hija. En otras circunstancias ¡habría sentido celos! Ahora empezaba a darme cuenta de lo cansado que estaba y, casi sin reparar en ello, el sueño me fue venciendo. Caí profundamente dormido. Antes de lo que se tarda en posar la cabeza, ya estaba soñando. En mi sueño, un Cadillac negro se detuvo ante la casa de los Thomson. Dos hombres con trajes oscuros se bajaron y uno de ellos abrió la puerta del copiloto. Del coche descendió ahora un tercer hombre, que llevaba un traje claro. Todos portaban un clavel blanco en la solapa, excepto el tipo del traje claro, que lo llevaba rojo, y gafas de sol. El hombre del traje claro se puso al frente de los otros tipos y se dirigió a la puerta de la casa. Cuando estuvo frente a la puerta, se dispuso a llamar pero algo lo detuvo. El hombre miró el pomo de la puerta. Estaba roto y había signos de que la puerta había sido violentamente forzada. Miró unos instantes a su alrededor, buscando algo con la mirada, aunque no sabía bien qué. Algo que confirmase la sospecha que ya cobraba forma en su cabeza. De pronto, todo encajó y un letrero con las palabras «¡Es una trampa!» se dibujó sobre su frente. El hombre se dispuso a emprender la huida, pero un ejército de policías surgía de todas partes, apuntándoles con sus armas y los tres tipos no tuvieron más remedio que dejarse atrapar. Yo seguía soñando pero, por alguna extraña razón, ahora estaba de nuevo en el despacho del capitán. Sonó el teléfono. El capitán descolgó el aparato. «Comisaría de Quietville. Capitán Norton al habla. Sí. Ajá. Comprendo. Le agradezco mucho su llamada, Capitán Delaware». Una ardilla se posó en mi hombro y me susurró al oído, «Despierta Richard. Despierta». Entonces, me desperté.


–Despierta, Richard –dijo mi madre–, lo han encontrado. Mike está sano y salvo.

Saltamos de alegría de nuestros asientos, y nos abrazamos. El alborozo hizo comprender a todos el feliz desenlace, y una ovación general resonó en la comisaría. Incluso los detenidos se abrazaban a los agentes y aplaudían. ¡Y mis amigos y yo éramos los detectives privados de diez años más felices del mundo!

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viernes, 24 de febrero de 2017

El caso Fanning, Capítulo 13

Capítulo 13

Nos amotinamos

A veces, un leve pestañeo puede durar una eternidad. En esa fracción de segundo que dura un parpadeo, oí a Ray gritar «¡No!», sentí la onda expansiva de la detonación vibrar dentro de mi cabeza y mil pensamientos, mil recuerdos de mi amistad con Sam, acudieron a mi cabeza. «Yo la había metido en esto. Yo los había metido a todos en aquel embrollo». Me sentía culpable. Pero mis ojos ya estaban abiertos cuando las últimas palabras resonaban en mi cabeza, y lo que veían desmentía los peores presagios. No era Sam quien había recibido el disparo, ni era Jack quien lo había efectuado. En medio de la confusión, nadie había reparado en que Carrie se encontraba en el umbral de la puerta, junto a las escaleras que conducían al piso superior. Al oír el primer disparo, comprendió que había que actuar rápido y cambió los planes sobre la marcha. Desde aquella posición, y en cuanto Jack estuvo en su línea de tiro, de un certero disparo le arrancó la pistola de la mano. Todos estábamos sorprendidos, pero nadie lo estaba tanto como el propio Jack, que se quedó inmóvil, mirándose la mano herida. Un tropel de policías irrumpió en la casa, derribando puertas y ventanas. Carrie seguía en pie, apuntando con su arma a Jack.
–Esposadlo, muchachos. Y cacheadlo; seguramente lleva encima los diamantes –ordenó el teniente Donaldson–. ¿Se encuentra bien, Muffin? –¡Carrie! –corrí a abrazarme a mi hermana.
–¿Estáis todos bien? –preguntó. Todos asentimos, incluso el Sr. Thomson. La Sra. Thomson seguía abrazada a Lily, pero en perfecto estado.

–Habrá que mirar esa herida –dijo un agente.
–Aquí están los diamantes –mostró un agente, sacándolos de una bolsita de terciopelo negro.

Otro policía examinaba a Rose, mientras sus compañeros se llevaban a Jack.
–¡Está viva! Pedid una ambulancia –Sam se acercó a ella.
–¡Gracias, Rose! –la mujer sonrió. También Laura se acercó.
–¿Dónde está mi hermano? –preguntó.
–No lo sé, Laura.

–¿Laura? –preguntó Ray.
–Es mi verdadero nombre: Laura Coleman.
–Solo Vincent sabe dónde está. Jack tiene un teléfono al que hay que llamar todos los días. Es lo único que sé –Rose hizo un gesto de dolor. Su herida sangraba– Siento mucho lo que ha sucedido. Nunca fue mi intención haceros daño a tu hermano y a ti.
–¡Un momento! –intervino Carrie– ¿Vincent? ¿Se refiere a Vincent Mafredi? – Rose asintió.
–¡Ha llegado la ambulancia! –anunció un agente, al tiempo que entraban los enfermeros para atender a Rose y al Sr. Thomson. Nos retiramos para dejarles trabajar. La casa era un hervidero de policías y médicos. Un caos de murmullos y luces de las sirenas, que se colaban por las ventanas.

–¡Tienen que ayudar a mi hermano! Está en manos de ese tal Sonny –suplicó Laura.
–¡Vamos, chicos! Tenemos que hablar con el teniente –dijo Carrie.

Salimos fuera. La calle estaba llena de coches de policía, ambulancias y curiosos. El teniente estaba al frente del cotarro.
–Teniente Donaldson –se presentó Carrie.
–¡Buen trabajo, Carrie! –felicitó el teniente– Teníais razón chicos. ¡Habéis pescado un pez muy grande!
–¡Gracias, teniente! –respondió mi hermana– Pero aún hay algo más. Los detenidos esperaban a
Vincent Manfredi –la policía sospechaba que él estaba detrás del robo, y sabía que tenía negocios sucios, pero Manfredi siempre había sabido cómo librarse.
–¿Quiere decir, que
Manfredi está en camino?
–Así es –confirmó Carrie.
–¡Bien chicos! –ordenó a sus subordinados– Quiero que todo esto esté despejado en cinco minutos. ¡Esperamos visita!

Mientras hablábamos, llegaron un par de coches patrulla más. En ellos viajaban nuestros padres, que se bajaron corriendo para abrazamos.
–¡Richard! ¡Estábamos muy preocupados! ¿Te encuentras bien, hijo? – preguntó mi madre, palpándome por todo el cuerpo, como si quisiera cerciorarse de que estaba entero.
–¡Ha sido increíble, mamá! –es lo único que se me ocurrió decir– Tendrías que haber visto la puntería de Carrie. ¡Menudo disparo!

No sé si debería haber dicho eso. Afortunadamente, en ese momento salían de su casa los Thomson, camino de un hospital –los médicos querían hacer unas pruebas al Sr. Thomson, sólo para estar seguros– y se acercaron a nosotros
–¡Gracias, chicos! Nos habéis salvado la vida. Os habéis portado como auténticos héroes –luego, el Sr. Thomson estrechó, uno por uno, la mano a nuestros padres– Pueden estar muy orgullosos de sus hijos. ¡Gracias de nuevo! ¡Nunca lo olvidaremos! –los médicos les indicaron que debían marcharse ya.
Inmediatamente después, Rose salió en una camilla. Naturalmente, su estado era peor que el del Sr. Thomson, pero los médicos dijeron que se recuperaría. Carrie, se separó un poco de nosotros, para poner al teniente al corriente de la delicada situación del pequeño Mike.
–Verá teniente –dijo mi hermana–, aún queda algo más por resolver. La pequeña que acompañaba a los secuestradores es la hija de Roger Coleman.
–Sí, recuerdo que fue el único detenido tras el robo –apostilló el teniente.
–Al parecer, ella y su hermano Mike fueron secuestrados para presionar a Coleman. El niño aún sigue en poder de la banda. Parece que se encuentra en Citypolis. Según Rose, lo tiene retenido una tal Sonny, por orden de Vincent. Él es el único que sabe dónde se encuentra.
–Bien, avisaré a las autoridades de Citypolis.
–No parece usted muy optimista –insinuó Carrie.
–Vincent es un tipo escurridizo, Muffin. Nunca admitirá nada. Coleman fue lugarteniente de Nanfredi; sabe todo lo que hay que saber sobre los negocios de Vincent y podría hundirlo. Después de lo que le ha hecho a sus hijos, estoy convencido de que estará furioso, pero no testificará contra su antiguo jefe mientras Mike esté en sus manos. Retener al pequeño en su poder es su mejor seguro de vida. Estoy seguro de que Jack tampoco dirá nada. Mi experiencia en la policía me dice que es un tipo duro y extremadamente leal.
–No sé qué le voy a decir a esa pobre niña... –susurró Carrie.

Mi hermana miraba a Laura, que estaba en pie, sola, mientras nosotros recibíamos el consuelo y las felicitaciones de nuestros padres. Había sufrido mucho y había sido muy valiente. Se merecía algo mejor.
–Es muy tarde. Que los chicos se vayan a casa. Ya resolveremos el papeleo mañana por la mañana –dijo el teniente– ¡Vamos, muchachos! Hay que dejar esto bien limpio. La fiesta no se ha acabado y aún falta el principal invitado – ordenó a sus hombres.
–¿Y Laura? –preguntó Carrie.
–Avisaremos a Asuntos Sociales. Ellos se ocuparán –sentenció el teniente– Supongo que se la devolverán a su madre; quizá tenga otros parientes que se puedan ocupar de ella.

Carrie sabía que no se podía hacer otra cosa. Se acercó a nosotros, algo decepcionada.
–Bien, nos vamos a casa. Mañana habrá que resolver algunas formalidades – nos indicó que subiéramos a los coches.
–Pero, ¿qué ocurre con Mike? Lo rescatarán, ¿verdad? –preguntó Laura angustiada.

–Claro. La Policía de Citypolis hará todo lo posible –Carrie no fue demasiado convincente.
–¡No! –exclamó Laura– No me iré a ninguna parte hasta que Mike esté libre.

–Interrogarán a Vincent... Darán con él, ¡ya lo verás!

–¡No! ¡No la creo! ¡Quiero ver a mi hermano! –no iba a ser tan fácil engañar a Laura. Había pasado ya por demasiadas cosas.
–¿Por qué no localizamos el teléfono? –se me ocurrió proponer– La policía puede saber la dirección, si sabe el teléfono.

–¡Claro! –dijo Carrie– Jack lo conoce: nos lo dirá. Ya verás.
–¡Jack no dirá nada! –replicó ella. Su mirada se cruzó con la de Jack, que le sonreía maliciosamente desde el coche patrulla donde estaba esposado.
–No es necesario –intervino Sam–, Jack llamó desde la heladería de Charlie.

–Y desde Lago Paraíso –apostilló Ray.
–Se podría investigar... Está bien, se lo propondré al teniente. Avisaré a unos compañeros para que os lleven a casa.
–¡Ni hablar! ¡No nos vamos a ninguna parte! –mis socios y yo nos plantamos– No vamos a esperar hasta mañana para conocer el desenlace.
–¿No crees que ya habéis tenido suficientes emociones por hoy, jovencito? – intervino mi padre.
–No pensamos irnos.
–¿A qué viene esto, Richard? Obedece a tu padre. Nos vamos a casa.
–Sube al coche, Sam.
–Ray, ya lo has oído.
Los adultos hicieron frente común, pero nos mantuvimos firmes.
–Es nuestro caso. Nosotros lo hemos resuelto: ¡nos quedamos! –hablé en nombre de la Agencia de Detectives Muffin’s Tops.
–¿Qué hacen aún aquí? Deben marcharse cuanto antes –el teniente Donaldson se impacientaba– No pueden estar aquí. Están entorpeciendo la labor de la policía

–A los chicos se les ha ocurrido que podríamos investigar las llamadas que Jack realizó desde Lago Paraíso. Quizá podamos averiguar así la dirección en que está retenido Mike. Pero no quieren marcharse a casa hasta que todo se resuelva. Creo que no abandonarán a Laura. Es su caso, tanto como el nuestro –argumentó Carrie. El teniente se rascó la cabeza, antes de responder. –¡Está bien! Haremos lo siguiente, si a todos les parece bien: tú irás con Murray a Lago Paraíso. Que Phil y Walt los lleven mientras tanto a comisaría. Llamaré al capitán y le explicaré cuál es la situación. Si a él le parce bien, pueden esperar allí. No puedo garantizar nada, ¿de acuerdo? –nos advirtió– Todo depende de lo que él decida. Pero que se vayan: Vincent debe de estar al caer y ¡lo van a echar todo a rodar!
–¡Nos parece bien! –respondimos. Miramos a nuestros padres.
–¡Está bien! Vosotros ganáis –admitió mi padre.
–En marcha, entonces –propuso Carrie.
–¿Y nuestras bicis? –preguntó Ray.
–No te preocupes ahora de las bicis –repliqué– Nadie las va a Robar.


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jueves, 23 de febrero de 2017

El caso Fanning, Capítulo 12

Capítulo 12

El avispero

Mientras nosotros abandonábamos la comisaría, y pedaleábamos directos hacia un avispero, mi hermana recibía una reprimenda por mi causa en el despacho del capitán Norton.
–Carrie, no crea que no sé lo que ocurre en mi ciudad. Sé muy bien que su hermano juega a ser un detective privado. Me parece muy bien. Sin embargo, mucho me temo que, ahora que tiene una hermana en el Cuerpo, cree que la comisaría forma parte de su fantasía. Comprendo muy bien que, tratándose de su hermano pequeño, sea para usted difícil negarle nada, pero también comprenderá usted perfectamente, que es su responsabilidad no dar pie a esas confianzas y ponerles freno. Creo que no es necesario que le recuerde que esta mañana hemos enviado un coche patrulla por una falsa alarma, causada por su hermano Richard.
–No, Capitán –respondió mi hermana.
–Confío en que este tipo de episodios no se repetirán en el futuro –advirtió Norton.
–No, Capitán. Es solo, que esta vez me pareció...
–Sé lo que está pensando. Piensa que soy un hombre chapado a la antigua, que no ve con buenos ojos que haya mujeres en la policía –Carrie guardó silencio–, y que esta charla no tendría lugar en el caso de tratarse de un agente masculino. Se equivoca. Pero tiene razón en una cosa: soy un hombre chapado a la antigua. No crea que me opongo particularmente a que haya mujeres en el Cuerpo, pero no me gusta que salga a patrullar. Este es un oficio peligroso; o, al menos, puede llegar a serlo. Llevo mucho tiempo en la policía, y no quisiera acabar mis años de servicio enterrando a la primera mujer policía de la historia de Quietville. Tenga cuidado ahí fuera. Puede retirarse.
–Gracias, capitán.
Mi hermana abandonó el despacho. El teniente Donaldson la esperaba ya fuera, para asignarle compañero y zona de patrulla.
–Muffin, irá usted con Murray en el coche patrulla. Es un agente con experiencia. Voy a hacerle un favor: esta noche le asignaré el barrio de la Calle Memphis. Solo para que se quede más tranquila.
–¡Gracias teniente! –Carrie le dio un beso en la mejilla y este sonrió.
–¡Ande, márchese ya! –ordenó Donaldson.

Poco después, un coche patrulla recorría lentamente la Calle Memphis, con el agente Murray al volante. Al pasar por delante del número 174 algo llamó la atención de mi hermana.
–¡Afloja la marcha, Murray! –pidió Carrie– Pero no pares.
–¿Qué ocurre? –Murray aminoró la velocidad sin detenerse completamente.

–¡Esa bicicleta! ¡Creo que es la de mi hermano!
–¿Estás segura? –preguntó Murray.
–¡No lo sé! –aún pesaban sobre su ánimo las advertencias del capitán– Y esa furgoneta, es como la que describieron los chicos. Continúa un poco y detente más adelante. No quiero que nos vean parados desde la casa.

Murray condujo unos metros más y entró por la primera bocacalle, donde detuvo el vehículo; de ese modo el coche patrulla no se divisaría desde la casa. Carrie llamó por radio a la comisaría. Estaba muy preocupada por nosotros.
–Solicito información acerca de una furgoneta gris, con matrícula «QED 1985».
Unos instantes de espera más tarde, la voz distorsionada de la radio respondió. «La matrícula corresponde a un sedán blanco de Citypolis».
–Recibido –respondió Carrie.
–Esa placa de matrícula es falsa –dijo Murray–. Algo se cuece ahí dentro, desde luego. Habrá que echar un vistazo.

–Debemos andar con cuidado –dijo Carrie, que temía lo peor. Entonces, se oyó una voz por la radio del coche.
–¿Carrie? Carrie, ¿estás ahí? Soy Benny.
–¡Hola Benny! –contestó mi hermana.
–¡Hola Carrie! Soy Benny. ¿Qué tal? ¿Sabes si tu hermano y sus amigos volvían a casa? Tus padres han llamado varias veces. Parece que ni él ni sus amigos han regresado aún. Están todos muy preocupados –Carrie supo al instante que su intuición no le había fallado.
–Benny, dile al capitán que mande refuerzos a la Calle Memphis –solicitó–, y diles que sean discretos: tenemos un secuestro con rehenes. Él ya sabe a qué me refiero.
–Ok! Se lo diré.
–Lo siento, Carrie –lamentó Murray.
Hacía ya rato que había sonado la hora en que los ratones asoman sus hocicos a las puertas de sus madrigueras, los mosquitos atormentan a los que duermen y las arañas se apostan en el centro de sus telas, acechándolos, cuando los alrededores de la Calle Memphis se llenaron de policías. Al frente del grupo estaba el teniente Donaldson en persona. Después de estudiar la situación, estaba claro que no podían entrar derribando la puerta, pues no sabían cómo podían reaccionar los delincuentes. Había niños entre los rehenes: un paso en falso y todo acabaría en desastre. Solo parecía haber una posibilidad: alguien reparó en que en la buhardilla de la parte trasera se abría una pequeña ventana. Ninguno de los agentes cabría por ella, salvo Carrie. Mi hermana no dudó en ofrecerse voluntaria para la misión.
–No quiero heroicidades, Muffin. Entre por la ventana de la buhardilla y baje hasta la cocina. Una vez allí, abra la puerta a los agentes, que la estarán esperando. Nosotros procuraremos distraerlos por el otro lado de la casa. En cuanto estén dentro, a su señal derribaremos la puerta y los acorralaremos por dos flancos ¡Suerte! –deseó el teniente.
Carrie respiró hondo y se puso en marcha. Ahora, toda la responsabilidad pesaba sobre ella. Mientras la policía trataba de llamar la atención de los secuestradores –solo lo necesario para que las pisadas de mi hermana pasaran desapercibidas–, Carrie se introducía por la pequeña ventana trasera y comenzaba a descender las escaleras, tan sigilosamente como era capaz.


*************************
Cuando Jack nos apuntó con su arma, y nos indicó con un simple gesto que
entráramos en la casa, no hacía falta ser sabuesos de primera –y nosotros lo éramos– para saber que estábamos en verdadero peligro. Dentro, Rose apuntaba con su pistola a los Thomson. Todos acabamos reunidos en el salón. Jack estaba sentado a un lado de la ventana y miraba de cuando en cuando, separando ligeramente los visillos, para vigilar la calle. Los Thomson se abrazaban entre sí. Rebecca, o debería decir Laura, parecía muy asustada. El aire se espesaba por momentos. No estaba seguro de si tanta tensión podía beneficiarnos o hacerlo saltar todo por los aires.
–¡No me gusta, Jack! Hay demasiada gente involucrada –dijo Rose.
–¡Tú siempre dices eso! ¿Por qué no cambias de canción y haces algo útil para variar? –respondió Jack, visiblemente alterado.
–No deberías haber metido a los niños en esto –reprochó Rose. El comentario ofendió al antiguo marinero.
–El plan ha funcionado, ¿no? Localizaron la muñeca para nosotros. ¿Cómo iba yo a saber que eran unos entrometidos? –rugió Jack.
–Y ahora, ¿qué piensas hacer? –insistió Rose.
–Seguir las órdenes de Vincent. Esperaremos a que venga. ¡Ese es el plan! 

–«Seguir las órdenes» ¿Eso es todo lo que se te ocurre? ¡Ya no estás en la Armada! –Jack pareció inquietarse– ¿Qué ocurre? –preguntó sobresaltada Rose– ¿Has visto algo?
–Un coche patrulla... pasa de largo –Carrie acababa de pasar por delante.
–¡Esto no me gusta, Jack! –repitió Rose– ¿Por qué tiene que venir Vincent en persona? ¿Es que no se fía de nosotros? Ya tenemos los diamantes, ¿qué más quiere? Vámonos.
–¡¡¡Cállate de una vez, Rose!!! ¡Seguiremos las órdenes y basta! –Jack estaba cada vez más furioso.

–Su amiga tiene razón –espetó el Sr. Thomson, levantándose–. Ese tal Vincent nos matará a todos, incluidos ustedes dos. ¿Es que no se da cuenta? ¡Nos matará a todos!
Jack le sacudió con la culata de su pistola y el Sr. Thomson cayó al suelo con una brecha en la cabeza. La herida le sangraba mucho. Ray hizo ademán de lanzarse contra Jack, pero lo retuve: era demasiado grande y fuerte, incluso para él. La Sra. Thomson acudió a ayudar a su marido. Todos éramos de la misma opinión que el Sr. Thomson, incluido el propio Jack; y seguramente eso era lo que lo ponía tan furioso.

–Si alguien más abre la boca, recibirá el mismo trato –amenazó.
Fuera había cada vez más indicios de que se preparaba algo. Jack no paraba de mirar intranquilo por entre los visillos, desde un lado de la ventana. De pronto, levantó la vista. No podía jurarlo, pero a todos nos pareció escuchar un leve rumor de algo que se movía en el piso de arriba.
–¿Qué ocurre? –preguntó Rose, hecha un manojo de nervios.
–¡Calla! –ordenó Jack, haciendo un gesto con la mano y mirando hacia arriba, tratando de identificar el más mínimo crujido.
–Es la policía, ¿verdad? –preguntó de nuevo Rose– ¡Vienen a por nosotros! ¿No es así?
–¡He dicho que te calles! –atronó Jack.

Jack cogió a Sam por el cuello y la amenazaba con su arma, al comprender que la policía estaba a punto de asaltar la casa. Entonces, sucedió algo que ninguno esperábamos. O quizá sí. Rose se puso en pie y apuntó con su arma a Jack.
–¡Suéltala, Jack! Puedo ser una ladrona, pero no soy una asesina. ¡Y mucho menos de niños inocentes! Lo digo muy en serio, Jack. Te mataré, si es necesario. No quiero hacerlo, pero lo haré. Deja el arma en el suelo –añadió, señalando al suelo con el índice.
–¡No digas tonterías! No serías capaz.
–¡No me pongas a prueba, Jack! ¡No pienso repetirlo! Suelta el arma –Rose amartilló la suya.
–¡Está bien! ¡Está bien! Tranquilízate, Rose –dijo el aludido, con un tono más conciliador–. ¿Ves? Ya está. Ya la dejo.

Repentinamente, la situación se descontroló. Todo ocurrió en cuestión de décimas de segundo. Cuando parecía que iba a soltar su revólver, Jack apuntó a Rose por sorpresa y disparó. Al mismo tiempo, Ray se abalanzó hacia él y golpeó su mano hacia arriba; lo suficiente para que errara el tiro, hiriendo a Rose. Esta se desplomó y disparó a su vez la pistola que empuñaba. El disparo

dio en el techo. Sam aprovechó la confusión para morder a Jack en la mano, y éste la empujó contra el suelo, doliéndose del mordisco. «¡Maldita!», gruñó, y dirigió furioso su arma contra ella. Sonó un disparo, que me hizo parpadear.

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miércoles, 22 de febrero de 2017

martes, 21 de febrero de 2017

El caso Fanning, Capítulo 11

CAPÍTULO 11

Los Diamantes de Madame Poisson: ¿quién es realmente Rebecca Fanning?

Varios meses antes de que Rebecca Fanning entrase por la puerta de mi despacho, la prestigiosa casa Conley, Underwood & Wilcox de Citypolis iba a sacar a subasta los Diamantes Poisson. Según explicaba la propia firma en su anuncio, se trataba de «una colección de cuatro piezas excepcionales, tanto por su pureza y transparencia, como por sus inusuales colores: rosa palo, azul celeste, verde pálido y amarillo ámbar, que habían pertenecido a Madame Poisson en tiempos de la Revolución Francesa». Precio de salida: medio millón de dólares. Pero los diamantes nunca llegaron a la sala de subastas. Una banda compuesta por cuatro atracadores –tres hombres y una mujer, que se encargaba de conducir– asaltaron el furgón donde se transportaban y se llevaron las piedras como botín. Sin embargo, algo salió mal y los atracadores tuvieron que separarse. Horas después, la policía detuvo a uno de ellos en el aeropuerto. Roger Coleman trataba de salir del país, con destino a Ámsterdam, acompañado por su mujer, Jane, y sus dos hijos, Laura, de ocho años, y Michael, de solo tres. Roger fue el único detenido, pero los diamantes no aparecieron. La Sra. Coleman decidió llevarse a sus hijos a un lugar donde nadie los conociese y fue a pasar una temporada junto a su hermana y su marido, que regentaban un hotelito en la costa. Unas semanas más tarde, el Sr. Coleman recibió una llamada en la cárcel.
–Coleman, tienes una llamada. Es tu tía Rose. Acompáñame al teléfono – ordenó el funcionario de turno. Coleman obedeció. Por supuesto, no tenía ninguna tía que se llamase «Rose», pero se puso igualmente al teléfono.
–¿Tía Rose?
–¡Hola, Roger! ¿Qué tal te va por chirona? –dijo la voz del auricular, que Coleman reconoció al instante.
–Me defiendo. Supongo que he estado en sitios peores.
–Verás Roger, te llamaba porque tu tío Vincent tiene un pequeño problema: no encuentra la colada por ninguna parte, y hemos pensado que quizá tú sabrías dónde está.
–Creía que la tendríais vosotros –respondió Coleman.
–Tú sabes bien que no.
–¿Crees que la tengo en mi celda? ¿Escondida bajo el colchón?
–Sí, ya suponíamos que dirías eso. ¡Qué se le va a hacer! ¡Así es la vida! Pero verás, para quitarnos este terrible disgusto, el tío Vincent nos envió a pasar unos días a uno de esos hotelitos con encanto; ya sabes, uno de esos que hay en la costa, y adivina: resulta que hemos cazado un par de ratoncitos –Roger Coleman supo al momento que sus antiguos compinches habían secuestrado a sus dos hijos.
–¡Sois unos...! Si les hacéis algo a mis hijos ¡te juro que me las pagaréis!

–¡Cuidado con lo que dices, Roger! No estás en condiciones de amenazarnos. Esto es lo que sucede cuando tratas de jugársela a tus socios. Y ahora, escúchame bien: tienes tres días para pensarlo. Luego, un funcionario se pondrá en contacto contigo. Dile dónde está la colada. Nosotros la recogeremos y te devolveremos tus dos bultos de una pieza. Pero, si nos echas encima a la poli o tratas de engañarnos... –no fue necesario terminar la frase– Adiós Roger. Estaremos en contacto. ¡Pásalo bien!
Coleman estaba acorralado y lo sabía. Su esposa le confirmó que los niños habían sido secuestrados y él trató de calmarla, asegurándole que solo querían las piedras; en cuanto las recuperasen, soltarían a los niños. Así pues, no tenía más remedio que confesar que había tratado de «pegársela» al resto de la banda, que les había traicionado y que su intención era sacar los diamantes del país, escondidos en la muñeca de su propia hija. ¿Quién sospecharía que una inocente pequeña de ocho años transportaba medio millón de dólares en su muñequita de trapo? Pasaría la aduana sin problemas. Cuando los secuestradores recibieron la información, las cosas se pusieron muy difíciles para Laura y Michael. Uno de los secuestradores cogió el oso de trapo de Laura y lo destripó con una navaja, pero dentro no había nada más que relleno. El hombre montó en cólera; Jack, que así se llamaba, era un tipo con muy malas pulgas que había servido en la Armada. Un tipo realmente duro.
–¡Aquí no hay nada! ¡Por vuestro bien, espero que vuestro padre no esté intentando jugárnosla otra vez! –amenazó a los pequeños. Abrió un envoltorio y se metió un caramelo en la boca, para templar los nervios.
–¡Aquí tampoco hay nada, Jack! –Sonny, el tercero de la banda, acababa de serrar la cabeza a una muñeca, con un cuchillo. La pequeña recogió los pedazos.
–Roger habló de una muñeca de trapo –dijo entonces la mujer.
–¡Tienes razón! –luego, se volvió hacia Laura– ¿Dónde está la muñeca? –¿Qué muñeca?
–¡No te hagas la tonta conmigo, niña! La muñeca. La que llevabas en el aeropuerto. ¿Dónde está?
–No lo sé. Ya no la tengo.
–Conque no la tienes ¿Me tomas por idiota? –rugió, agarrándola con fuerza por el brazo.
–¡Le juro que ya no la tengo! ¡Se la di a una niña! ¡Me hace daño! –se quejó Laura.
–¡No seas bestia! –protestó Rose– ¡Así no conseguirás nada!
–Rose tiene razón, Jack.
–¡Cállate! ¡No te metas en esto! ¡Sé lo que me hago! –a continuación, cogió al pequeño Michael y le puso una navaja en el cuello. El pequeño lloraba asustado– Dime dónde está esa muñeca o te aseguro que tu hermanito pagará las consecuencias.
–Ya se lo he dicho, se la cambié por ese oso a una niña que se alojó en el hotel de mis tíos. ¡Por favor, no le haga daño a Mike! ¡Es la verdad! ¡Se lo juro! – Laura también lloraba.
–¡Espera Jack! –intervino de nuevo Rose– Deja a la pequeña que se explique. ¿Qué niña es esa, cielo? –preguntó a Laura.
–Se llama Lily. Es una niña pequeña. Sus padres y ella se alojaron en el hotel unos días. Se encariñó con Bonnie, siempre estaba jugando con ella, y como le gustaba tanto, yo se la cambié por su osito el día que se marcharon.
–¡Mientes! –atronó Jack– ¿Te ha dicho tu padre que nos cuentes ese montón de embustes? ¡Habla de una vez! ¡Quiero la verdad!
–Un poco de paciencia, Jack –Rose intentó calmar los ánimos.
–Mira cielo, nosotros no queremos haceros daño, pero necesitamos esa muñeca, ¿entiendes? Son cosas de mayores. ¿Estás segura de que la tiene esa niña, esa tal Lily? –Laura asintió– ¡Muy bien! Te creo. Toma, sécate las lágrimas. ¿Sabes dónde vive esa pequeña?
–Sus padres dijeron que eran de un pueblo llamado Calmtown o algo así.
–¿Se llama Calmtown o no? –Jack estaba perdiendo la poca paciencia que le quedaba.
–¿Me quieres dejar a mí, Jack? –luego se volvió de nuevo a Laura– ¿Es así como se llama ese pueblo, cielo? ¿«Calmtown»?
–Sí, ¡No! Ahora lo recuerdo. ¡Quietville! ¡Se llama Quietville!
–¿Estas segura?
–Sí, sí, segura, Quietville.
–Muy bien cielo.

Jack, Sonny y Rose conferenciaron un momento, mientras los pequeños se tranquilizaban.
–¿Qué os parece? –preguntó Sonny.
–Creo que dice la verdad –dijo Rose– Está demasiado asustada para mentirnos.
–Puede ser... –admitió Jack– Llamaremos a Vincent. Él nos dirá lo que tenemos que hacer. No le van a gustar las noticias.

Vincent era quien había contratado a la banda para el robo y un tipo peligroso. Le gustaba hacerse pasar por italiano, y se hacía llamar Vincent Mafredi, aunque su verdadero nombre era Joe Sicamore. Supongo que no era un nombre nuy apropiado para un gánster. Jack le dio las malas noticias por teléfono y, como él mismo había vaticinado, no le agradaron. Sus instrucciones fueron claras: Sonny se llevaría al pequeño a Citypolis, mientras Jack y Rose irían con Laura a ese Quietville, o como quiera que se llamase, en busca de los diamantes. Le dirían a la pequeña que, si no llamaban todos los días a Sonny,
este tenía órdenes de liquidar de su hermano Mike. De ese modo, no intentaría nada raro. Rose se puso al volante de una furgoneta y los tres –Jack, Rose y Laura– viajaron todo el día hasta Quietville, mientras Sonny ponía rumbo a Citypolis. Al anochecer, pasaron por delante de la gasolinera de Fred.
–Muy bien, genio –dijo Rose–, ya estamos llegando. ¿Cuál es el plan? Imagino que no pretenderás presentarte en casa de esa gente, suponiendo que la encontremos, y pedirles que te den la muñeca sin más.
–Ya se me ocurrirá algo, descuida. Para en esa gasolinera, aprovecharé para comprar unos caramelos –ordenó Jack.

–¿No puedes pasar sin esa porquería? ¡Mira cómo tienes las unas!
–¡Déjame en paz, Rose! –protestó.
Jack se bajó del vehículo malhumorado, como siempre, puso gasolina y entró en la tienda de Fred. Un hombre charlaba con el dueño, mientras él pagaba su compra.
–¿Hoy no se lleva gominolas, Sr. Morris? –preguntó Fred, al tiempo que sonaba la campanilla de la caja registradora.
–No. Mi hijo se las mete por la nariz.
–¡Vaya!

–¿Sabe? Tiene gracia cómo lo descubrimos. Mi mujer se empeñó en «contratar» al hijo de mis vecinos. Le gusta jugar a los detectives –Fred se encogió de hombros–. Bueno, lo cierto es que al principio me pareció una tontería, pero en realidad fue él quien descubrió que las gominolas desaparecían en la nariz del niño. ¡Hasta encontramos un pendiente de mi esposa! Mi mujer está muy contenta con él y su «agencia». ¿Cómo era? ¡Ah, sí!: Muffin’s Tops –ambos rieron.
–¡Qué críos! –exclamó el tendero.
Tras pagar sus caramelos y el combustible que había puesto, Jack subió a la furgoneta. Sin proponérselo, acababa de encontrar la manera de resolver todos sus problemas. Era perfecto: Laura contrataría a ese niño «detective». Él se encargaría de encontrar a Lily: recuperaría la muñeca con los diamantes dentro, y nadie sabría nunca que él y Rose existían.
–Sigue a ese coche, Rose –ordenó–. Ya sé cómo vamos a encontrar a esa tal Lily, sin levantar sospechas. Después, cogeremos una cabaña. En la gasolinera me han dicho que hay un sitio cerca donde las alquilan. No lo pierdas de vista.
–Soy una conductora experta. No lo perderé, no te preocupes.
Unos días después, Laura, envuelta en celofanes y convertida por Rose en una auténtica Ricitos de Oro, se presentó en nuestras oficinas, asegurando llamarse Rebecca Fanning. Sobre ella pesaba una advertencia: «Recuerda que Mike está con Sonny. No hagas ninguna tontería: si no llamo todos los días a Sonny, el pequeño Mike sufrirá las consecuencias»; pero Laura tenía sus propios planes. El resto, ya lo conocéis. La estratagema de Jack había funcionado, al menos en parte. Con la información que habíamos conseguido para él, Rose se presentó en el Sanatorio haciéndose pasar por la madre de Laura. Deseaban recuperar la muñeca, pero la dependienta se negó a proporcionarles la dirección de un cliente. Ante la insistencia de Rose, llamó por teléfono a la Sra. Thomson. Recordaba los maravillosos días pasados en el hotel y la amistad de su pequeña Lily con Laura, por lo que no opuso reparos a que madre e hija les hicieran una visita. Rose tomó nota de la dirección, y Jack hizo un par de llamadas telefónicas. La primera, a Vincent, cuyas instrucciones fueron ir a casa de los Thomson y esperar allí a que él llegara. La segunda, la acostumbrada a Sonny, esta vez con mejores noticias: estaban a punto de recuperar los diamantes.

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lunes, 20 de febrero de 2017

Retrato de Gilda

Mi último dibujo, por ahora, es este retrato de nuestra perra que, tristemente, acaba de morir a la respetable edad canina de 17 años. Estaba consumida. Yo la recuerdo en este, su mejor momento. Su momento de "esplendor en la hierba".


El caso Fanning, Capítulo 10


CAPÍTULO 10


Esto no es una guardería

Cuando llegamos ante la Comisaría de Policía de Quietville, nos detuvimos al pie de los cuatro escalones que hay a sus puertas. Se oía un murmullo de voces y máquinas de escribir procedente del interior. Era el sonido de la ley y el orden. Sentía palpitar el corazón en las sienes. En las películas, el detective siempre tiene un amigo policía, y entra y sale de la comisaría igual que yo entro y salgo de la heladería de Charlie. Pero el Bogart de turno es un tipo duro y yo no soy de esos. Esto había dejado de ser un juego. Esto era muy real. Tragué saliva y subí los peldaños que me separaban de la entrada, encabezando el grupo. Me dirigí al sargento de guardia.
–¡Hola! –el sargento nos miró desde su mostrador.
–¡Vaya! ¿Qué tenemos aquí?¿En qué puedo serviros, chicos? –preguntó.
–Quisiera hablar con Carrie... Quiero decir, con la Agente Muffin, por favor.
–¿Caroline? Creo que anda por ahí –dijo, buscando con la mirada. Un par de agentes salían en ese momento– Jim, ¿has visto a Caroline?
–Sí. Está con Murray. Creo que van salir de patrulla –el agente reparó entonces en mí –¿Tú no eres Richard, el hermano de Caroline?

–Sí –respondí–. Necesito hablar con ella. Es importante.
–Voy a avisarla. Un momento.
Poco después, reapareció con mi hermana.
–¡Richard! ¿Qué hacéis aquí? ¿Ocurre algo? –preguntó alarmada– ¿Estás bien?
–Sí, sí. Yo estoy bien.
–¿Ha ocurrido algo en casa?

–No, no ha ocurrido nada en casa. Todos estamos perfectamente. Es por otra cosa que queríamos verte. Es importante. ¿Podemos hablar?
–¿Tiene que ser ahora? Estaba a punto de salir –asentí– Está bien. ¡Pero sed breves! Estoy trabajando y no puedo perder el tiempo.

–¿Recuerdas el caso del que te hablé el día de la Graduación?
–Richard, no tengo tiempo para vuestros juegos.
–Dijiste que podía contar contigo.
–Sí, y también te dije que te portaras bien. Esta mañana nos habéis hecho enviar un coche patrulla, para nada. ¿Te imaginas las bromas que he tenido que soportar por tu causa? Ya es bastante difícil ser una novata, y la única chica de la Comisaría, sin necesidad de que tú me hagas más difícil aún que me tomen en serio.

–¡Estoy seguro de que una familia está en peligro, Carrie! –fui directo al grano. Mis socios me apoyaron–No habríamos venido hasta aquí para molestarte, si no estuviéramos seguros de que es algo muy importante.
–Muy bien. Os concedo cinco minutos.

Le conté a mi hermana todo lo que habíamos descubierto, sin omitir ningún detalle: los envoltorios de los caramelos, el hombre que había descrito Fred, lo que habíamos oído en el Sanatorio. Le conté cómo habíamos abandonado el caso y lo asustada que parecía Rebecca cuando salió de mi despacho y, por supuesto, la escena que acabábamos de presenciar en Charlie’s.
–La pequeña de los Thomson dijo que su muñeca estaba enferma, porque se había tragado unos cristales de colores. Es muy pequeña, y no se dio cuenta de lo que había encontrado. Nadie la tomó en serio, pero ahora estoy seguro de que esos cristales son algún tipo de piedras preciosas, quizá diamantes; y que eso es precisamente lo que ese hombre está buscando. ¿No te das cuenta? No se marchará sin ellos, ahora que sabe dónde encontrarlos. Estoy seguro de que se trata de un hombre peligroso. Y lo peor de todo, es que hemos sido nosotros quienes lo hemos puesto sobre la pista ¡Por favor, Carrie, tienes que hacer algo!
Mi hermana permaneció en silencio unos instantes, meditando. No envidiaba su situación: si se equivocaba, y me mandaba a casa, una familia podía morir; si era yo quien se equivocaba, y seguíamos adelante, Carrie sería el hazmerreír de la comisaría.
–Debo de estar loca por lo que voy a hacer. Vamos a ver al capitán. Le contaréis exactamente lo mismo que me habéis explicado a mí –dijo, al tiempo que me tomaba de la mano y nos conducía hasta su despacho.
Entramos. En el despacho se encontraban el Capitán Norton y el Teniente Donaldson. Carrie nos presentó y explicó que teníamos algo que contar, y que quizá podía ser importante. El capitán accedió a escucharnos. Cuando terminé, esbozó una sonrisa.
–Un cuento muy bonito, muchachos; incluso podríais escribir una buena novela de detectives con la historia –dijo.
–Quizá suene a locura, capitán, pero... –dejó caer Carrie.
–¿No creerá en serio que una niña de Quietville tiene una fortuna en diamantes, sin saberlo? Mire, comprendo que es usted nueva. Quiere destacar, y eso es bueno. La historia de los chicos es interesante y además se trata de su hermano: lo comprendo. Pero la Policía tiene cosas mejores que hacer, que atender a las fantasías de unos niños que se creen detectives privados. Acompaña a estos chicos a la puerta, Greg –ordenó al teniente.

–Quizá merecería la pena comprobarlo, Larry –repuso el teniente.
–¡Vamos Greg, no me irás a decir que tú también le das algún crédito! ¡Llévate a estos mocosos de aquí! –gruñó el Capitán– ¡Esto no es una guardería! Agente Muffin, quédese, quiero hablar en privado con usted.
–Acompañadme –invitó el teniente, indicándonos la salida.
–Usted sí nos cree, ¿verdad? –dijo Sam. Pero el teniente no contestó. –Marchaos a casa, chicos. Habéis hecho lo que debíais. No le tengáis en cuenta sus palabras al capitán –añadió–. A veces es un viejo cascarrabias, pero en el fondo es una buena persona.

Salimos de la comisaría. Al pie de sus escalones nos esperaban nuestras bicis.
–¿Qué vamos a hacer ahora? –preguntó Ray.
–Lo que ha dicho el teniente: irnos a casa –replicó Sam.
–No sé qué pensáis hacer vosotros, pero sí sé lo que voy a hacer yo. Este es nuestro caso, nosotros lo hemos resuelto y si nadie va hacer nada por los Thomson, entonces tendré que ser yo quien lo haga. Por lo que a mí respecta, pienso montar en mi bicicleta y pedalear hasta el 174 de la Calle Memphis.

–¡Estoy contigo, Rick! –exclamó Ray.
–Bien, en ese caso, yo también voy –se unió Sam.

Caía la tarde cuando llegamos ante la casa de la Calle Memphis. La misma furgoneta gris que se había detenido ante el Sanatorio de los Muñecos, estaba ahora estacionada frente a la casa de los Thomson. Dejamos las bicis sobre el césped de la entrada y nos acercamos todo lo sigilosamente que pudimos

hasta una de las ventanas. Agachados, intentábamos vislumbrar en su interior, pero apenas podíamos atisbar nada. Una sombra se cernió sobre nosotros. Me volví: el mismo viejo tatuaje y las uñas amarillentas de antes estaban ahora pegadas a un revólver. El tipo nos indicó que entrásemos en la casa, sin armar jaleo, señalando la puerta de la casa con un vaivén del cañón de su pistola. Nos habíamos metido hasta la cintura en un avispero.

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sábado, 18 de febrero de 2017

El caso Fanning, Capítulo 9

CAPÍTULO 9

¡Mentiras, mentiras, mentiras!

Rebecca estaba sentada ante mi mesa, pero en esta ocasión parecía más inquieta que las otras veces. Su pelo seguía oliendo a vainilla y sus dedos, con las uñas pintadas de rosa esta vez, jugueteaban nerviosos con la cinta de la mochila. La melodía del anuncio de galletas, que en otras ocasiones acompañaba su presencia, había enmudecido en mi cabeza.
–¿Han encontrado a Bonnie esta vez? –Rebecca fue directa al grano.
–La hemos seguido esta misma mañana hasta una casa de la Calle Memphis, si es a eso a lo que se refiere –respondí a su pregunta, de un modo deliberadamente escueto.
–Entonces... ya está. Lo han resuelto.
–Eso creemos –replicó Sam.
–¿Tienen la muñeca o no? No comprendo a dónde quieren ir a parar...
–Me temo que no, Srta. Fanning –Rebecca me miró desconcertada–. ¿Sabe? Este caso ha sido extraño desde el principio: el secuestro de Bonnie, sin aparente motivo, el macabro hallazgo de la cabeza de Susie, la falta de una nota de rescate, su indiferencia del otro día ante sus pobres restos. Nada parecía encajar. Pero, cuando esta mañana me llamó mi socia –Sam inclinó la cabeza al aludirla– diciéndome que Bonnie estaba en el Sanatorio, todos nos preguntamos, «¿Por qué alguien que secuestra a una muñeca, y es capaz de decapitar a otra, iba a molestarse ahora en llevarla al Sanatorio?».
–No sé adónde quiere ir a parar –interrumpió Rebecca– Debería estar rescatando a mi Bonnie, en lugar de hacerme perder el tiempo de esta manera. Es absolutamente necesario que yo la recupere –esta vez, su tono era apremiante.

Pero yo no estaba dispuesto a caer en sus redes. Ya no.
–Así que decidimos investigar –proseguí–. Resultó que la muñeca, su Bonnie, es propiedad de una dulce e inofensiva niña de cuatro años, incapaz de cometer los atroces crímenes de que usted la acusa. Y entonces, pensé: la persona que serró la cabeza de Susie tuvo que ser alguien que, tal vez no tenga fuerza para arrancarla con sus propias manos, pero sí es lo bastante mayor para poder manejar una sierra; alguien con un aliento extremadamente fresco, que se dejó varios envoltorios de caramelos Boreal («¡Déjalos helados!»), alguien que, quizá, se pinta las uñas para ocultar que están amarillentas –Rebecca hizo un delator gesto con sus manos, como queriendo ocultar sus uñas–. Alguien como usted, Rebecca.
–¿Qué insinúa? –se ofendió.
–No insinúo nada. Afirmo que fue usted, y solo usted, quien decapitó a Susie – estaba acorralada.
–Está bien. Sí, lo admito: fui yo quien lo hizo. Pensé que, si creían que Bonnie corría verdadero peligro, se tomarían más interés en el caso.
–Nos ha mentido desde el principio –replicó Sam–. Nadie ha secuestrado a Bonnie, ¿no es verdad? Es todo una farsa. ¿Por qué, Rebecca? ¿Por qué ha tratado de engañarnos?
–Ustedes no lo entienden –Rebecca se derrumbó y comenzó a llorar–. Es absolutamente necesario que recupere esa muñeca.
–¿Por qué no nos lo explica? –intervine– Y, esta vez, no nos mienta.
–No puedo. Solo puedo decirles lo que ya he dicho: ¡necesito esa muñeca!

–Nos gustaría ayudarla, pero si no nos cuenta la verdad, no podremos hacer nada –dijo Sam.
–No puedo –repitió entre sollozos–. Ustedes no lo entienden. No puedo.
–No sé qué juego se trae entre manos, Rebecca, pero en estas circunstancias debo anunciarle que nos retiramos del caso. Abandonamos.

Dimos por concluida la entrevista. Le devolvimos la fotografía de Bonnie. Rebecca era una persona muy diferente cuando tomó la foto y la guardó de nuevo en su mochila, que la apabullante chica de tirabuzones rubios que había entrado por la puerta. Parecía débil y asustada cuando se marchó.
–No estoy seguro de que hayamos hecho bien –se lamentó Ray–. Me da pena. Había tristeza en su mirada.
–Las pruebas están en su contra, Ray. No le des más vueltas. Se acabó. Ya no hay más «Caso Bonnie» –dije.

–Supongo que tenéis razón. Pensar no se me da bien. Eso es cosa vuestra. Pero, aun así, no estoy seguro de que no hayamos cometido un error. Me cuesta creer que Rebecca sea una mentirosa y nada más.
Decidimos hacer una visita a Charlie, para quitarnos el mal sabor de boca. A pesar de lo que yo mismo había dicho, no dejaba de darle vueltas. Tenía la desagradable impresión de haber cerrado el caso en falso. Quizá, teníamos las piezas pero habíamos encajado mal el rompecabezas. Dejamos las bicis a la puerta de la heladería y nos sentamos en nuestro sitio acostumbrado, junto a la ventana.
–¿Lo de siempre? –Charlie nos saludó.
–Hoy no, Charlie. Necesito algo más fuerte. Ponme un batido con doble de vainilla–pedí.
–Otro para mí –dijo Ray.
–Que sean tres –confirmó Sam.
No teníamos muchas ganas de charla, pero hicimos un esfuerzo por sacarnos de la cabeza nuestro primer fracaso como grandes detectives. No se puede ganar siempre.
–¿Qué tal tu hermana? –quiso saber Sam.
–¡Bien! Se adapta. Aunque no es fácil ser la única chica en el cuerpo. Los demás no se lo ponen fácil, supongo. No habla mucho de ello. De todos modos, se ha instalado en un apartamento por su cuenta y solo viene a casa comer.

Charlie nos sirvió y empezamos a sorber el precioso contenido de los vasos, pero la frustración no se disolvía en él.
–Y pensar que la hemos tenido tan cerca, todo este tiempo... –dijo Ray con aire melancólico, mirando a la tienda donde Bonnie había estado convaleciente.
–Sí. La vida es extraña a veces –suspiró Sam.

Entonces, para nuestra sorpresa, una furgoneta se detuvo a la puerta del Sanatorio y la mismísima Rebecca descendió de ella, acompañada por una mujer. Ambas entraron en el establecimiento. Sus siluetas se adivinaban vagamente a través de la luna del escaparate. Parecían hablar con la dependienta, que negaba con la cabeza. Supuse que acerca de Bonnie. Tras unos minutos de charla, la «sanadora de muñecos» hizo una llamada de teléfono y, poco después, las dos salieron a la calle y subieron de nuevo a la furgoneta.
–¡Esa chica no se da fácilmente por vencida! –dijo Sam– ¡Un momento! Alguien más baja ahora de la furgoneta –esta vez, era un hombre– ¡Y viene hacia aquí!
El hombre entró en la heladería y se dirigió directamente hacia Charlie, sin siquiera reparar en nosotros.
–¿Tiene teléfono? –espetó, sin más.
–Hay una cabina al final de la barra –indicó Charlie, con un simple gesto de la cabeza.

El tipo se metió la mano en un bolsillo y sacó un billete pequeño. Sus uñas estaban amarillas, casi naranjas, y en el antebrazo mostraba un tatuaje deslucido.
–Deme monedas –ordenó, ofreciendo el billete. Charlie obedeció y el tipo se encerró en la cabina.
–¿Habéis visto eso? –dije.
–¡Es el hombre que describió Fred! ¡El tipo de los caramelos! –replicó Sam– El marinero.

–¿El padre de Rebecca es el tipo de los caramelos? ¿El asesino de Susie? ¡No entiendo nada! –dijo Ray.
–¡Baja la voz, Ray! Nos va a oír.

–¿Qué hace ahora? –preguntó Sam, que estaba de espaldas a la cabina.
–Está metiendo monedas; y muchas: debe de ser una conferencia –respondí.
El tipo marcó un número, pero la charla no se prolongó demasiado. Luego, marcó de nuevo y, esta vez, la conversación fue aún más breve. Colgó y salió de la cabina sin siquiera despedirse. Nuestras miradas se cruzaron por un instante. La forma de mirar de aquel tipo daba miedo. Una vez fuera, se subió a la furgoneta, que arrancó al momento, y se marcharon. Algo se estaba cociendo y no me gustaban los ingredientes.
–¿Qué significa todo esto?
–Significa que Rebecca no nos ha contado más que mentiras, Ray –respondí–. Significa que, o mucho me equivoco, o los Thomson están en verdadero peligro. Tal vez la propia Rebecca.
–¿Qué quieres decir? –preguntó Sam.
–¿Crees que a ese tipo le interesa Bonnie? –respondí con otra pregunta.

–¡Claro que no! –replicó Sam– Pero, si no es Bonnie, ¿qué podría ser?
–¿Qué dijo esa mujer? La del Sanatorio. Que la hija de los Thomson les había llevado la muñeca...
–Porque se había tragado unos cristales... ¡Dios mío! ¡Diamantes! –Sam acababa de comprender– Ese tipo no se detendrá ante nada para conseguirlos.

–¿Alguien me puede decir de qué estáis hablando? –preguntó Ray desconcertado.
–Te lo explicaremos todo por el camino, Ray.
–¿Camino, a dónde?
–A la comisaría –respondí.


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