martes, 31 de enero de 2017

Teoría de la ilustración

Aquí estoy de nuevo, a la carga. Esta vez, os dejo este enlace de una ilustradora cuyos dibujos me han impresionado. Siempre me ha gustado el arte y desde pequeño dibujaba y pintaba en mis ratos libres; aún hoy sigo haciéndolo. Ayer mismo, trasteando por intrenet en busca de algo interesante en esto del dibujo y la pintura, me topé con la página de esta chica: se llama Adara Sánchez Anguiano. Me ha impresionado la originalidad de sus dibujos (hay algunos que, no sé por qué, me hacen pensar en Toulouse-Lautrec, como la imagen que tenéis abajo a la derecha) pero, ante todo, me ha llamado la atención la riqueza de su mundo, o del imaginario, si se prefiere, de esta artista nacida en Sevilla, aunque ahora vive en Madrid.


Como me gusta contribuir 
a la difusión de la
gente con talento, 
os recomiendo que 
os deis un garbeo por 
sus galerías de imágenes. 
Creo que, si apreciáis el
arte como yo, no os defraudará. 
Solo tenéis que pinchar en el 
enlace que os he dejado
en su nombre. 
(¿Demasiado tarde?: entonces
todavía podéis pinchar aquí).

lunes, 30 de enero de 2017

El caballo que ríe

Esta vez, voy a dejar más de una en este apartado de "Foto de la semana".








jueves, 26 de enero de 2017

El caso Fanning, Capítulo 2

CAPÍTULO 2

Rebecca Faning

Estábamos a principios del verano de 1969 y las clases acababan de terminar. El mundo andaba revuelto, como de costumbre, el Hombre estaba a punto de plantar su pie en la Luna y aún quedaba un mes para que se celebrase el Festival de Woodstock. Aquella mañana en particular, la Srta. Morgan regaba sus azaleas, como había hecho siempre, desde antes incluso de que yo naciera, y nuestro vecino, el Sr. Chapman, daba cera a su viejo Plymouth de 1939, que no sacaba nunca del garaje. El cielo era inmaculadamente azul y un sol radiante prometía desde muy temprano apretarnos de lo lindo. Podía decirse que todo era perfectamente normal aquella mañana. Tanto, que estuve a punto de dar el día libre a mis muchachos, porque ¿qué de extraordinario podría suceder en un día tan como todos los demás? Pero, si algo he aprendido en este oficio, es a esperar siempre lo inesperado. Lo que, bien pensado, es casi una paradoja. A primera hora, puntual como siempre, Ray esperaba a la puerta de nuestras oficinas, bajo el reluciente cartel que decía «Agencia de detectives Muffin’s Tops. Lo mejor de lo mejor». Nos habíamos instalado en una vieja caravana, una deslumbrante Airstream de aluminio, aparcada en el patio de atrás, frente a la cocina. Así, mi madre podía vernos en todo momento, porque, como ella dice, esta «es una profesión peligrosa», y suministrarnos limonada de vez en cuando, si el sol se tomaba demasiado en serio su trabajo. La caravana pertenecía a mis padres, que habían viajado en ella por todo el país en su luna de miel, y nos la habían prestado temporalmente; solo hasta que las cosas empezaran a marcharnos bien y pudiéramos tener nuestras propias oficinas, de esas con un cristal en la puerta y un letrero con nuestro nombre pintado en él.

–¡Buenos días Ray! ¿Dispuesto a dar el callo? –hacía semanas que nadie nos contrataba. No sabía por qué, esa mañana me sentía optimista.
—¡Como siempre, jefe! –respondió él, con su proverbial entusiasmo.

Lo que debéis saber de Ray es que es el tipo más alto y fuerte del Instituto de Primaria de Quietville. Una especie de montaña de músculos, capaz de tumbar a un toro de un puñetazo. Antes era el matón del Instituto, hasta que, tras resolver nuestro primer caso, se reformó. Desde entonces, nadie ha osado sustituirlo en el puesto y, probablemente, nuestro instituto es el más pacífico y tranquilo de todo el país. ¡Un verdadero refugio para empollones! Ray es un amigo fiel y nunca permitiría que nos sucediera nada, ni a Sam ni a mí. Precisamente el tercer socio de nuestra agencia acababa de llegar. Sam es una chica muy especial. Somos inseparables desde…, bueno, ¡desde siempre! Sam es inteligente, intuitiva,… Sam es… Sam es simplemente Sam. Vosotros ya me entendéis. Fue precisamente ella quien la hizo pasar a mi despacho.

–Rick, hay alguien que quiere verte –anunció, asomando la cabeza por la puerta entreabierta. El verano prometía.
–¿Quién es? –pregunté. Sam entró y cerró la puerta tras de sí.
–Una tal Rebecca Fanning.
–¿La conocemos? No me suena su nombre.
–Creo que no es de por aquí. Asegura que tiene un problema y que quiere contratar nuestros servicios, pero no ha querido explicarme de qué se trata; dice que solo hablará contigo. Me da mala espina, Rick… –eso me intrigaba.
–Hazla pasar –a regañadientes, Sam abrió la puerta e invitó a pasar a la misteriosa desconocida.
–Pase, Srta. Fanning. El Sr. Muffin la recibirá ahora.

Allí estaba, cruzando la puerta de mi despacho, la niña de ocho años con los tirabuzones más rubios y perfectos, y los ojos más azules que yo había visto nunca. Me levanté para recibirla y le tendí la mano.

–¿Es usted el Sr. Muffin? –de sobras lo sabía ella– Eso dice el cartel de la entrada– en mi cabeza sonaba la melodía de un anuncio de galletas; quizá porque sus cabellos olían a vainilla, igual que las galletas del anuncio.
–Llámeme Rick. Por favor, tome asiento Srta. Fanning –ambos nos sentamos– ¿En qué podemos ayudarla? ¿No le importará que mis socios estén presentes?
–Naturalmente que no –vaciló unos instantes–. No sé por dónde empezar…
–¿Una limonada? –ofrecí para relajar la tensión.
–Gracias –aceptó. Su aliento era tan fresco como la aurora boreal. Serví la bebida y continuamos–. Verá, han secuestrado a mi mejor amiga, Bonnie –sacó de su mochila una fotografía.
–Una muñeca de trapo preciosa –dije. Les pasé la foto a mis socios–. ¿Cuándo la vio por última vez?
–Ayer por la tarde–respondió Rebecca–. Estábamos jugando en el parque, junto al estanque de los patos, y, de pronto, ya no estaba.
–¿Cómo sabe que alguien se la ha llevado? –intervino Sam– Quiero decir…, pudo simplemente haberla perdido.
–No. Estoy segura de que la han secuestrado –replicó Rebecca.
–¿Por qué está tan segura?
–Porque esta mañana he encontrado esto en la puerta de mi casa –Rebecca extrajo de su mochila una cajita, como del tamaño de una pelota de beisbol, y le depositó sobre la mesa–. Puede abrirla.

Tuve el presentimiento de que algo horrible se ocultaba dentro de aquella inocente cajita, pero de ningún modo podía imaginar nada tan macabro como lo que estaba a punto de descubrir. Alguien le había cortado la cabeza a una de esas muñecas de plástico, con las piernas largas y la melena rubia, recién comprada, y la había envuelto primorosamente en papel de regalo. Les pasé la cajita a mis socios.

–Es… era Susie. Desapareció un par de días antes en el mismo lugar. Al principio, también yo creía que la había perdido y nada más, pero después desapareció Bonnie, y ahora… ¡esto! ¿Comprenden mi preocupación? Por favor, tienen que encontrar a Bonnie, antes de que también a ella le ocurra lo mismo. ¡Tienen que ayudarme! –Rebecca se echó a llorar.
–Cálmese, Rebecca. Todo va a salir bien –dije, para consolarla.
–¿No han dejado una nota de rescate o algo así? ¿Algún mensaje? –preguntó Sam, menos impresionada que yo por su llanto. Rebecca negó con la cabeza, mientras se enjugaba las lágrimas.
–¡Tengo miedo por ella! No tengo a nadie a quien recurrir.
–Está bien, aceptamos su caso Rebecca –Sam me fulminó con una mirada llena de desaprobación–. No se preocupe por nada, encontraremos a Bonnie sana y salva. Mis socios la acompañarán.

Rebecca nos dejó un teléfono donde podíamos localizarla en caso de encontrar a Bonnie, la foto de la muñeca perdida y el macabro hallazgo de la cajita. A su regreso, Sam y Ray no estaban precisamente contentos con mi comportamiento. Sam tomó la palabra.

–No es así como hacemos las cosas en esta agencia, Rick, y tú lo sabes. Acordamos que las decisiones se tomarían entre los tres. ¿O es que ya no te acuerdas? –Ray se puso de su lado; en parte, porque lo hace siempre, y en parte, porque Sam tenía razón.
–¿Qué podía hacer? ¿Hubieras rechazado tú su caso? –me defendí.
–No, ¡claro que no! –exclamó Sam ofendida– Pero esa no es la cuestión. La cuestión es que somos socios, formamos un equipo, y TÚ te has saltado las normas que acordamos entre todos y has decidido por los tres.




Está bien. Lo admito. Quizá me había extralimitado. Tal vez me había dejado ablandar por unas cuantas lágrimas, unos tirabuzones que olían a vainilla y el aliento más fresco que haya salido nunca de la boca de una niña de ocho años. ¿Acaso era eso un delito?

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miércoles, 25 de enero de 2017

sábado, 21 de enero de 2017

El caso Fanning, Capítulo 1

Así empieza esta novela policiaca pensada para chicos de unos 10 a 12 años, que escribí este verano. Mi idea era que sirviera para introducir a los lectores de esa edad en el género, intentando aportar todas las claves de la novela negra. Espero que os guste.



El caso «Fanning»

Por Carlos Olalla Linares

Capítulo 1

«Lo mejor de lo mejor»


Cuando alguien como ella contrata a un detective como yo, ya sabes que tienes un buen caso entre manos. Rebecca era una de esas chicas que llevan la palabra «aventura« escrita en la cara. Otros dirían «peligro». Lo supe en cuanto la vi. Pero, no. Hay algunas cosas que solo le contaríais a un buen amigo. Esta, es una de esas. Dejad, pues, que me presente antes. Me llamo Richard Muffin y vivo en el Condado de Quietville. Tengo diez años y tres hermanos mayores; Margaret, Jerry y Carrie, que siempre quiso ser policía. Podéis llamarme «Rick». Ahora que ya nos conocemos mejor, quizá os interese más saber que también dirijo la agencia de detectives Muffin’s Tops. Elegimos ese nombre, porque somos como la parte de arriba de las madalenas: «Lo mejor de lo mejor». Ese es nuestro lema. Si algún día tenéis necesidad de contratar nuestros servicios, es fácil localizarnos: estamos anuario del Instituto de Primaria de Quietville. Supongo que, en ese caso, querríais disponer de algo más de información, saber qué clase de agencia de detectives somos. Bien, me parece justo. Empezaré por el principio. Fundé la agencia junto a mis socios –Samantha Wilson (Sam) y Raymond Jones (Ray)– después de que juntos resolviéramos, hace más o menos un año, nuestro primer caso, al que llamamos El caso de los apuntes desaparecidos de la Srta. Hayworth. No fue gran cosa, pero después de aquello, todo el mundo nos conocía en el Instituto. Luego llegó El caso de la desaparición del gato de la Sra. Peterson, que se había escondido en la secadora (el gato, no la Sra. Peterson). Fue una suerte que llegáramos a tiempo de impedir que la Sra. Peterson la encendiera antes de sacar a Moises (que es como se llama su gato) del interior.  Nuestro siguiente caso fue El robo de las gominolas del Sr. Morris. Recuerdo que la resolución de aquel caso nos llevó algo más de tiempo, hasta que decidimos tender una trampa al ladrón de golosinas: así descubrimos que las chuches desaparecidas (además de otras cosas, como, por ejemplo, un pendiente de la Sra. Morris) estaban alojadas en la nariz de su hijo pequeño, que por entonces tenía dos años. Naturalmente, nuestro cliente no presentó cargos, pero la Sra. Morris estaba tan agradecida, que tuvimos suministro ilimitado de caramelos durante meses. Como veis, nuestros casos eran de poca monta. Necesitábamos un caso de envergadura. Algo que nos diera verdadera reputación de sabuesos. Y esto sería más o menos todo, si no fuera porque el mundo cambió para nosotros el día en que Rebecca cruzó por primera vez la puerta de mi despacho.

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martes, 10 de enero de 2017

Retrato de Peter

Os dejo este retrato al pastel de mi amigo Peter. Espero que os guste.

lunes, 2 de enero de 2017