sábado, 25 de febrero de 2017

El caso Fanning, Capítulo14

CAPÍTULO 14
Visitas a medianoche

Era casi medianoche cuando Carrie y su compañero se presentaron en la recepción de Lago Paraíso. Tras el mostrador había un tipo de mediana edad, bastante calvo y con barba de tres días. Vestía un pantalón gris y una camiseta blanca de tirantes con manchas de sudor y mostaza. Veía la tele en un monitor diminuto. Sudaba, fumaba y se deshacía de sus molestas visitantes, con la ayuda de un matamoscas. En aquella disciplina de caza menor, era un consumado experto. Estaba claro que tenía práctica.
–¡Buenas noches! Somos los agentes Neumann y Muffin, de la Policía de Quietville.
–¡Buenas noches, agentes! ¿En qué puedo ayudar a la policía? –dijo el hombre, separando momentáneamente la vista del monitor.

–Querríamos saber si se aloja aquí una pareja con una niña. Tiene unos ocho años –inquirió el teniente.
–Hay unos huéspedes que responden a esa descripción. Los Fanning, pero ahora no están –dijo, mirando al casillero, en el que faltaban las llaves. ¿Les ha ocurrido algo?

–¿Sabe si han hecho o recibido llamadas telefónicas? –preguntó Carrie. –Ambas cosas. A veces llama un chico dejando recado para la niña, Rebecca. –Laura –corrigió el agente Neumann.
–Como se llame.
–Entonces el hombre llama desde este teléfono –apuntó Carrie.
–No, cuando llama lo hace desde la cabina. Debe de ser conferencia. Mete mucha moneda. ¡Siempre me está pidiendo cambio!

Neumann se dirigió a la cabina. Descolgó el aparato y marcó el número de la comisaría.
–¿Pete? Soy Murray. Sí. Averigua si se han hecho llamadas en conferencia desde este teléfono. Seguramente a Citypolis. Espero –poco después, recibió una respuesta afirmativa– A diario, ¿eh? Bien: averigua el número y a qué dirección corresponde. Luego, pásale la información al capitán. Él sabrá qué hacer con ella –colgó el aparato– Buscaremos una orden para registrar la cabaña. Que nadie entre en ella, hasta que volvamos.
–Entonces, ¿les he servido de ayuda? –preguntó el hombre de la recepción. –¡No sabe usted cuánto! –respondió Carrie.
El cerco se iba estrechando. El Capitán Norton recibió la información y se puso en contacto con la Policía de Citypolis para proporcionársela. Ahora, todo dependía de ellos.


***********************
De camino a la comisaría, la radio del coche patrulla no paraba de emitir
boletines informativos.
–¿Phil? –saludó alguien por radio.
–Aquí Phil. ¿Qué quieres Pete?
–Hola Phil. Acaba de llamar Carrie. Tengo buenas noticias. Tenemos una dirección en Citypolis. Creemos que es la casa donde se encuentra el pequeño Mike. El capitán se la ha notificado a la policía de allí. Espero que todo salga bien. Díselo a los chicos, de parte del capitán Norton.
–No será necesario: lo han escuchado todo –respondió nuestro conductor– ¡Gracias, Pete!


Esta vez, entramos en la Comisaría de Quietville con todos los honores. El propio capitán Norton salió a saludar a nuestros padres, y los pocos agentes que aún quedaban, aplaudían a nuestro paso. Creo que nuestro padres empezaban a comprender que nos habíamos convertido en tipos importantes.

–¡Vaya, vaya! Si están aquí nuestros pequeños héroes –exclamó el capitán, ofreciendo su mejor sonrisa– Tengo que reconocer que vosotros teníais razón, y que yo estaba equivocado. Y estos son vuestros padres, claro –Norton daba apretones de manos a diestro y siniestro–. Como sabréis, en Citypolis ya están al corriente de todo. Habrá que esperar noticias. Tengo la corazonada de que todo va a salir muy bien. Pero, por favor, pasen a mi despacho.

El capitán nos invitó a pasar y se ocupó de que nos acomodaran como es debido. Hacía tiempo que Laura no conocía los brazos de una madre y se acurrucó junto a la mía. Mi madre la abrazaba como si fuera su propia hija. En otras circunstancias ¡habría sentido celos! Ahora empezaba a darme cuenta de lo cansado que estaba y, casi sin reparar en ello, el sueño me fue venciendo. Caí profundamente dormido. Antes de lo que se tarda en posar la cabeza, ya estaba soñando. En mi sueño, un Cadillac negro se detuvo ante la casa de los Thomson. Dos hombres con trajes oscuros se bajaron y uno de ellos abrió la puerta del copiloto. Del coche descendió ahora un tercer hombre, que llevaba un traje claro. Todos portaban un clavel blanco en la solapa, excepto el tipo del traje claro, que lo llevaba rojo, y gafas de sol. El hombre del traje claro se puso al frente de los otros tipos y se dirigió a la puerta de la casa. Cuando estuvo frente a la puerta, se dispuso a llamar pero algo lo detuvo. El hombre miró el pomo de la puerta. Estaba roto y había signos de que la puerta había sido violentamente forzada. Miró unos instantes a su alrededor, buscando algo con la mirada, aunque no sabía bien qué. Algo que confirmase la sospecha que ya cobraba forma en su cabeza. De pronto, todo encajó y un letrero con las palabras «¡Es una trampa!» se dibujó sobre su frente. El hombre se dispuso a emprender la huida, pero un ejército de policías surgía de todas partes, apuntándoles con sus armas y los tres tipos no tuvieron más remedio que dejarse atrapar. Yo seguía soñando pero, por alguna extraña razón, ahora estaba de nuevo en el despacho del capitán. Sonó el teléfono. El capitán descolgó el aparato. «Comisaría de Quietville. Capitán Norton al habla. Sí. Ajá. Comprendo. Le agradezco mucho su llamada, Capitán Delaware». Una ardilla se posó en mi hombro y me susurró al oído, «Despierta Richard. Despierta». Entonces, me desperté.


–Despierta, Richard –dijo mi madre–, lo han encontrado. Mike está sano y salvo.

Saltamos de alegría de nuestros asientos, y nos abrazamos. El alborozo hizo comprender a todos el feliz desenlace, y una ovación general resonó en la comisaría. Incluso los detenidos se abrazaban a los agentes y aplaudían. ¡Y mis amigos y yo éramos los detectives privados de diez años más felices del mundo!

Para seguir leyendo (último capítulo).

Licencia de Creative CommonsEste obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada