sábado, 25 de febrero de 2017

El caso Fanning, Capítulo 15

Capítulo 15

Despedida

Por la tarde vendrían a recoger a Laura, para llevarla al hotel de sus tíos, donde esperaba su madre. Allí, se reuniría con Mike. Ya que la habitación de Carrie había quedado libre, hubo acuerdo general en que se instalara con nosotros aquella noche. Mientras tanto, la noticia había corrido como un reguero de pólvora y, antes de la hora del desayuno, toda la ciudad lo sabía ya. Incluso el periódico local sacaba el caso en primera página: HÉROES LOCALES DE DIEZ AÑOS RESUELVEN EL CASO POISSON. RECUPERADOS LOS DIAMANTES. AGENTE FEMENINA SERÁ CONDECORADA. De la noche a la mañana, mis socios, mi hermana y yo nos habíamos convertido en unas auténticas celebridades en Quietville. Incluso periódicos de tirada nacional mencionaban el asunto en sus páginas centrales. A ese respecto, mi madre me aconsejó que no dejase que la fama se me subiera a la cabeza. No es que pensara que no fuera merecida; es solo que consideraba que no era bueno que un niño de diez años (y medio) fuera tan famoso. Pero eso me lo explicó después. De momento, yo dormía como un tronco en mi cama, ajeno al revuelo que se había levantado en torno al caso de Rebecca. O, debiera decir, Laura. Mi madre entró en mi cuarto para despertarme.
–¡Arriba señor «Don Héroe de Quietville»! Es casi mediodía, dormilón. –¡Mediodía! ¿Por qué no me has despertado?–mi madre nunca me había dejado dormir tanto.
–Anoche todos nos acostamos tarde y tú estabas agotado. Necesitabas descansar. Y ahora, arriba, tienes a tus socios al teléfono. Todo el mundo te está llamando. ¡Es una auténtica locura! El teléfono no ha parado de sonar en toda la mañana. ¿Quieres cereales para el desayuno?

–¡Ajá!
Me levanté y bajé para atender el teléfono, mientras me preparaban un buen tazón de cereales. No quería hacer esperar a mis amigos. Laura, en cambio, llevaba rato levantada. Mi madre le había quitado la pintura de las uñas, y su pelo ya no lucía aquellos perfectos tirabuzones, ni olía a vainilla, pero seguía irradiando la misma belleza que el día en que entró por primera vez en mi despacho. En cierto modo, parecía otra persona. Si tenía que escoger entre las dos, prefería a Laura. Rebecca ya no existía. Yo, en cambio, aún iba en pijama: con el pelo revuelto, los ojos hinchados por el sueño y marcas de la almohada por toda la cara, no era precisamente la imagen del héroe. Nos sonreímos. No sabíamos muy bien qué decirnos. Me puse al teléfono, para hablar con Sam.
–¿Por qué no invitas a comer a tus socios? Siempre que a tu madre no le importe que seamos dos más a comer –propuso mi padre, a quien habían dado el día libre en el trabajo porque «Querrá pasar el día con su familia en un día tan especial, Frank».
–Contaba con ello –intervino mi madre–. He hecho estofado de sobra para todos. ¿Te parece bien, Laura? –a nuestra invitada le pareció una magnífica idea.
–Sam y Ray están deseando verte de nuevo –añadí.
–¡Claro!
–¡Hecho, entonces! –dije.

Sam y Ray no tardaron en llegar. También Carrie se apuntó a comer con nosotros. Creo que no había tanta gente sentada a nuestra mesa desde Navidades. Mi madre había preparado su famoso estofado especial con puré de patatas y cebollitas. Tendríais que probarlo algún día. Teníamos tantas preguntas...
–Todos sentimos las cosas que dijimos en el despacho. Ya sabes, cuando te acusamos de ser una mentirosa y todo eso –Sam, que hablaba en nombre de todos, se sonrojó un poco al decir aquellas palabras.
–No tenéis que disculparos. Hicisteis un buen trabajo. Yo hubiera dicho lo mismo en vuestro lugar.

–Nos equivocamos. Te juzgamos mal –admitió Sam.
Laura nos narró toda la historia que ya conocéis y Carrie añadió algunos datos policiales que completaban el relato, tal y como lo habéis leído. Hacia los postres, el cuadro estaba casi completo.
–Entonces, no fuiste tú quien decapitó a Susie –quiso saber Sam.
–No, fue Sonny quien lo hizo. Pero pensé que si os dejaba la pista de los caramelos junto a ella, llegaríais hasta Jack. Como así fue.
–Y ese tal Vincent, el tipo que encargó el robo, ¿quién es? –pregunté.
–Es un gánster de Citypolis –explicó Carrie–. La policía lleva tiempo detrás de él. Soborno, extorsión, robos... La lista es larga. Creo que esta vez podremos cogerlo. Y todo gracias a vosotros, chicos.
–En cuanto a Rose –se interesó Sam.
–Bueno, con lo que hizo ayer y si testifica, creo que el juez será benévolo con ella –explicó Carrie.
–Richard, ayúdame con la tarta –intervino mi madre.
–¡Mamá! –protesté.

–No me repliques y haz lo que te digo. Acompáñame a la cocina.
–Está bien. No habléis de nada interesante mientras yo no estoy –advertí.

Me levanté de la mesa a regañadientes y seguí a mi madre hasta la cocina. Una vez allí, cerró la puerta.
–Cielo, no deberíais atosigar a Laura con vuestras preguntas –sugirió, mientras cortaba las raciones de tarta y las servía en platos.
–¡Pero son detalles importantes del caso! –protesté.
–Sí, ya lo sé. Pero hoy es nuestra invitada. Y debes pensar que Laura ha sufrido mucho y que su padre está en prisión. Es muy probable que todas esas preguntas la incomoden y la fatiguen. Así que déjalo ya.

–No lo había pensado. Supongo que tienes razón ...admití cabizbajo.
Mi madre tenía razón. Nos quedaban unas pocas horas, antes de que Laura regresara con los suyos, y no quería malgastar ese tiempo con preguntas cuya respuesta ya conocía. Volvimos a la mesa y servimos la tarta. Para entonces, la conversación se había desviado hacia un asunto espinoso.
–¿Alguien puede explicarme qué le ha pasado a Don Oso? –preguntó Margaret.
–¡Oh, oh! –se me hizo un nudo en la garganta.

Afortunadamente, Margaret se mostró bastante comprensiva y, aunque nos habíamos comprometido a pagar su reparación con nuestras pagas, papá prometió sufragarlo todo. ¡Lo pasamos fenomenal! Reímos, bromeamos y todo era armonía entre nosotros. ¡Algo que sucede tan pocas veces! Un momento especial. Y, mientras contemplaba aquella escena, me di cuenta de que, aunque seguía siendo un niño de diez años, algo había cambiado en mi interior; como si una nueva perspectiva de la vida, desconocida hasta entonces, se abriese ante mí y me invitara a explorarla.
Finalmente, mi madre nos recordó que Laura debía prepararse para el viaje. Poco después, llegó un coche del Gobierno, de un siniestro color oscuro, casi como el furgón de un forense, con una funcionaria de los Servicios Sociales y un agente del FBI, para recoger a Laura. La acompañamos hasta el coche.
–¡Nunca olvidaré lo que tú y tus amigos habéis hecho por nosotros, Richard! – dijo, dándome un fuerte y prolongado abrazo.
–Yo tampoco te olvidaré nunca, Laura –susurré a su oído. ¿Cómo se podía olvidar a alguien como ella?

Laura nos abrazó a todos por turnos, y dio de nuevo las gracias a cada uno de nosotros. Me adelanté para acompañarla hasta la misma puerta del coche que

se la llevaría, seguramente para siempre, de mi vida. Laura se detuvo y se volvió un instante.
–Es guapa –dijo, mirando a Sam– ¡No la dejes escapar! –añadió– Luego me sonrió y entró en el coche.
Se cerraron las puertas, el conductor arrancó el motor y el vehículo se puso en marcha. La vi volverse por la ventanilla trasera, mientras se alejaba. «Adiós, Laura. Todos te deseamos lo mejor», susurré al viento.
El teléfono siguió sonando durante unos días. Varios periódicos se interesaron por nuestra historia y querían entrevistarnos a mi hermana, a mis socios y a mí, pero su interés por nosotros desapareció completamente cuando el Apolo XI partió hacia la Luna, con tres valientes a bordo. ¡Parecía que cualquier cosa era posible en aquel mágico verano de 1969!
Ahora ya lo sabéis todo. O casi todo. Si alguna vez necesitáis contratar a un detective privado de diez años y a sus dos socios, ya sabéis dónde encontrarnos. Somos «Lo mejor de lo mejor».
FIN

4 comentarios:

  1. ¿Qué puedo decir? ¡Que me ha encantado! Una historia de detectives infantil, como las que leía de niño de Alfred Hitchcock y los tres investigadores. Muy bueno es detalle de evolución del presonaje "Algo había cambiado en mi interior"¿En cuanto tiempo habrían resuelto nuestro caso? Enhorabuena, Carlos. Mi consejo: súbela a Amazon books.

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  2. ¡Gracias Alfonso! Me alegro de que te haya gustado. Lo digo, de detective a detective.

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  3. Con tu permiso la voy a imprimir y me la guardo para cuando Carmencita sea mayor

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