jueves, 23 de febrero de 2017

El caso Fanning, Capítulo 12

Capítulo 12

El avispero

Mientras nosotros abandonábamos la comisaría, y pedaleábamos directos hacia un avispero, mi hermana recibía una reprimenda por mi causa en el despacho del capitán Norton.
–Carrie, no crea que no sé lo que ocurre en mi ciudad. Sé muy bien que su hermano juega a ser un detective privado. Me parece muy bien. Sin embargo, mucho me temo que, ahora que tiene una hermana en el Cuerpo, cree que la comisaría forma parte de su fantasía. Comprendo muy bien que, tratándose de su hermano pequeño, sea para usted difícil negarle nada, pero también comprenderá usted perfectamente, que es su responsabilidad no dar pie a esas confianzas y ponerles freno. Creo que no es necesario que le recuerde que esta mañana hemos enviado un coche patrulla por una falsa alarma, causada por su hermano Richard.
–No, Capitán –respondió mi hermana.
–Confío en que este tipo de episodios no se repetirán en el futuro –advirtió Norton.
–No, Capitán. Es solo, que esta vez me pareció...
–Sé lo que está pensando. Piensa que soy un hombre chapado a la antigua, que no ve con buenos ojos que haya mujeres en la policía –Carrie guardó silencio–, y que esta charla no tendría lugar en el caso de tratarse de un agente masculino. Se equivoca. Pero tiene razón en una cosa: soy un hombre chapado a la antigua. No crea que me opongo particularmente a que haya mujeres en el Cuerpo, pero no me gusta que salga a patrullar. Este es un oficio peligroso; o, al menos, puede llegar a serlo. Llevo mucho tiempo en la policía, y no quisiera acabar mis años de servicio enterrando a la primera mujer policía de la historia de Quietville. Tenga cuidado ahí fuera. Puede retirarse.
–Gracias, capitán.
Mi hermana abandonó el despacho. El teniente Donaldson la esperaba ya fuera, para asignarle compañero y zona de patrulla.
–Muffin, irá usted con Murray en el coche patrulla. Es un agente con experiencia. Voy a hacerle un favor: esta noche le asignaré el barrio de la Calle Memphis. Solo para que se quede más tranquila.
–¡Gracias teniente! –Carrie le dio un beso en la mejilla y este sonrió.
–¡Ande, márchese ya! –ordenó Donaldson.

Poco después, un coche patrulla recorría lentamente la Calle Memphis, con el agente Murray al volante. Al pasar por delante del número 174 algo llamó la atención de mi hermana.
–¡Afloja la marcha, Murray! –pidió Carrie– Pero no pares.
–¿Qué ocurre? –Murray aminoró la velocidad sin detenerse completamente.

–¡Esa bicicleta! ¡Creo que es la de mi hermano!
–¿Estás segura? –preguntó Murray.
–¡No lo sé! –aún pesaban sobre su ánimo las advertencias del capitán– Y esa furgoneta, es como la que describieron los chicos. Continúa un poco y detente más adelante. No quiero que nos vean parados desde la casa.

Murray condujo unos metros más y entró por la primera bocacalle, donde detuvo el vehículo; de ese modo el coche patrulla no se divisaría desde la casa. Carrie llamó por radio a la comisaría. Estaba muy preocupada por nosotros.
–Solicito información acerca de una furgoneta gris, con matrícula «QED 1985».
Unos instantes de espera más tarde, la voz distorsionada de la radio respondió. «La matrícula corresponde a un sedán blanco de Citypolis».
–Recibido –respondió Carrie.
–Esa placa de matrícula es falsa –dijo Murray–. Algo se cuece ahí dentro, desde luego. Habrá que echar un vistazo.

–Debemos andar con cuidado –dijo Carrie, que temía lo peor. Entonces, se oyó una voz por la radio del coche.
–¿Carrie? Carrie, ¿estás ahí? Soy Benny.
–¡Hola Benny! –contestó mi hermana.
–¡Hola Carrie! Soy Benny. ¿Qué tal? ¿Sabes si tu hermano y sus amigos volvían a casa? Tus padres han llamado varias veces. Parece que ni él ni sus amigos han regresado aún. Están todos muy preocupados –Carrie supo al instante que su intuición no le había fallado.
–Benny, dile al capitán que mande refuerzos a la Calle Memphis –solicitó–, y diles que sean discretos: tenemos un secuestro con rehenes. Él ya sabe a qué me refiero.
–Ok! Se lo diré.
–Lo siento, Carrie –lamentó Murray.
Hacía ya rato que había sonado la hora en que los ratones asoman sus hocicos a las puertas de sus madrigueras, los mosquitos atormentan a los que duermen y las arañas se apostan en el centro de sus telas, acechándolos, cuando los alrededores de la Calle Memphis se llenaron de policías. Al frente del grupo estaba el teniente Donaldson en persona. Después de estudiar la situación, estaba claro que no podían entrar derribando la puerta, pues no sabían cómo podían reaccionar los delincuentes. Había niños entre los rehenes: un paso en falso y todo acabaría en desastre. Solo parecía haber una posibilidad: alguien reparó en que en la buhardilla de la parte trasera se abría una pequeña ventana. Ninguno de los agentes cabría por ella, salvo Carrie. Mi hermana no dudó en ofrecerse voluntaria para la misión.
–No quiero heroicidades, Muffin. Entre por la ventana de la buhardilla y baje hasta la cocina. Una vez allí, abra la puerta a los agentes, que la estarán esperando. Nosotros procuraremos distraerlos por el otro lado de la casa. En cuanto estén dentro, a su señal derribaremos la puerta y los acorralaremos por dos flancos ¡Suerte! –deseó el teniente.
Carrie respiró hondo y se puso en marcha. Ahora, toda la responsabilidad pesaba sobre ella. Mientras la policía trataba de llamar la atención de los secuestradores –solo lo necesario para que las pisadas de mi hermana pasaran desapercibidas–, Carrie se introducía por la pequeña ventana trasera y comenzaba a descender las escaleras, tan sigilosamente como era capaz.


*************************
Cuando Jack nos apuntó con su arma, y nos indicó con un simple gesto que
entráramos en la casa, no hacía falta ser sabuesos de primera –y nosotros lo éramos– para saber que estábamos en verdadero peligro. Dentro, Rose apuntaba con su pistola a los Thomson. Todos acabamos reunidos en el salón. Jack estaba sentado a un lado de la ventana y miraba de cuando en cuando, separando ligeramente los visillos, para vigilar la calle. Los Thomson se abrazaban entre sí. Rebecca, o debería decir Laura, parecía muy asustada. El aire se espesaba por momentos. No estaba seguro de si tanta tensión podía beneficiarnos o hacerlo saltar todo por los aires.
–¡No me gusta, Jack! Hay demasiada gente involucrada –dijo Rose.
–¡Tú siempre dices eso! ¿Por qué no cambias de canción y haces algo útil para variar? –respondió Jack, visiblemente alterado.
–No deberías haber metido a los niños en esto –reprochó Rose. El comentario ofendió al antiguo marinero.
–El plan ha funcionado, ¿no? Localizaron la muñeca para nosotros. ¿Cómo iba yo a saber que eran unos entrometidos? –rugió Jack.
–Y ahora, ¿qué piensas hacer? –insistió Rose.
–Seguir las órdenes de Vincent. Esperaremos a que venga. ¡Ese es el plan! 

–«Seguir las órdenes» ¿Eso es todo lo que se te ocurre? ¡Ya no estás en la Armada! –Jack pareció inquietarse– ¿Qué ocurre? –preguntó sobresaltada Rose– ¿Has visto algo?
–Un coche patrulla... pasa de largo –Carrie acababa de pasar por delante.
–¡Esto no me gusta, Jack! –repitió Rose– ¿Por qué tiene que venir Vincent en persona? ¿Es que no se fía de nosotros? Ya tenemos los diamantes, ¿qué más quiere? Vámonos.
–¡¡¡Cállate de una vez, Rose!!! ¡Seguiremos las órdenes y basta! –Jack estaba cada vez más furioso.

–Su amiga tiene razón –espetó el Sr. Thomson, levantándose–. Ese tal Vincent nos matará a todos, incluidos ustedes dos. ¿Es que no se da cuenta? ¡Nos matará a todos!
Jack le sacudió con la culata de su pistola y el Sr. Thomson cayó al suelo con una brecha en la cabeza. La herida le sangraba mucho. Ray hizo ademán de lanzarse contra Jack, pero lo retuve: era demasiado grande y fuerte, incluso para él. La Sra. Thomson acudió a ayudar a su marido. Todos éramos de la misma opinión que el Sr. Thomson, incluido el propio Jack; y seguramente eso era lo que lo ponía tan furioso.

–Si alguien más abre la boca, recibirá el mismo trato –amenazó.
Fuera había cada vez más indicios de que se preparaba algo. Jack no paraba de mirar intranquilo por entre los visillos, desde un lado de la ventana. De pronto, levantó la vista. No podía jurarlo, pero a todos nos pareció escuchar un leve rumor de algo que se movía en el piso de arriba.
–¿Qué ocurre? –preguntó Rose, hecha un manojo de nervios.
–¡Calla! –ordenó Jack, haciendo un gesto con la mano y mirando hacia arriba, tratando de identificar el más mínimo crujido.
–Es la policía, ¿verdad? –preguntó de nuevo Rose– ¡Vienen a por nosotros! ¿No es así?
–¡He dicho que te calles! –atronó Jack.

Jack cogió a Sam por el cuello y la amenazaba con su arma, al comprender que la policía estaba a punto de asaltar la casa. Entonces, sucedió algo que ninguno esperábamos. O quizá sí. Rose se puso en pie y apuntó con su arma a Jack.
–¡Suéltala, Jack! Puedo ser una ladrona, pero no soy una asesina. ¡Y mucho menos de niños inocentes! Lo digo muy en serio, Jack. Te mataré, si es necesario. No quiero hacerlo, pero lo haré. Deja el arma en el suelo –añadió, señalando al suelo con el índice.
–¡No digas tonterías! No serías capaz.
–¡No me pongas a prueba, Jack! ¡No pienso repetirlo! Suelta el arma –Rose amartilló la suya.
–¡Está bien! ¡Está bien! Tranquilízate, Rose –dijo el aludido, con un tono más conciliador–. ¿Ves? Ya está. Ya la dejo.

Repentinamente, la situación se descontroló. Todo ocurrió en cuestión de décimas de segundo. Cuando parecía que iba a soltar su revólver, Jack apuntó a Rose por sorpresa y disparó. Al mismo tiempo, Ray se abalanzó hacia él y golpeó su mano hacia arriba; lo suficiente para que errara el tiro, hiriendo a Rose. Esta se desplomó y disparó a su vez la pistola que empuñaba. El disparo

dio en el techo. Sam aprovechó la confusión para morder a Jack en la mano, y éste la empujó contra el suelo, doliéndose del mordisco. «¡Maldita!», gruñó, y dirigió furioso su arma contra ella. Sonó un disparo, que me hizo parpadear.

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