martes, 21 de febrero de 2017

El caso Fanning, Capítulo 11

CAPÍTULO 11

Los Diamantes de Madame Poisson: ¿quién es realmente Rebecca Fanning?

Varios meses antes de que Rebecca Fanning entrase por la puerta de mi despacho, la prestigiosa casa Conley, Underwood & Wilcox de Citypolis iba a sacar a subasta los Diamantes Poisson. Según explicaba la propia firma en su anuncio, se trataba de «una colección de cuatro piezas excepcionales, tanto por su pureza y transparencia, como por sus inusuales colores: rosa palo, azul celeste, verde pálido y amarillo ámbar, que habían pertenecido a Madame Poisson en tiempos de la Revolución Francesa». Precio de salida: medio millón de dólares. Pero los diamantes nunca llegaron a la sala de subastas. Una banda compuesta por cuatro atracadores –tres hombres y una mujer, que se encargaba de conducir– asaltaron el furgón donde se transportaban y se llevaron las piedras como botín. Sin embargo, algo salió mal y los atracadores tuvieron que separarse. Horas después, la policía detuvo a uno de ellos en el aeropuerto. Roger Coleman trataba de salir del país, con destino a Ámsterdam, acompañado por su mujer, Jane, y sus dos hijos, Laura, de ocho años, y Michael, de solo tres. Roger fue el único detenido, pero los diamantes no aparecieron. La Sra. Coleman decidió llevarse a sus hijos a un lugar donde nadie los conociese y fue a pasar una temporada junto a su hermana y su marido, que regentaban un hotelito en la costa. Unas semanas más tarde, el Sr. Coleman recibió una llamada en la cárcel.
–Coleman, tienes una llamada. Es tu tía Rose. Acompáñame al teléfono – ordenó el funcionario de turno. Coleman obedeció. Por supuesto, no tenía ninguna tía que se llamase «Rose», pero se puso igualmente al teléfono.
–¿Tía Rose?
–¡Hola, Roger! ¿Qué tal te va por chirona? –dijo la voz del auricular, que Coleman reconoció al instante.
–Me defiendo. Supongo que he estado en sitios peores.
–Verás Roger, te llamaba porque tu tío Vincent tiene un pequeño problema: no encuentra la colada por ninguna parte, y hemos pensado que quizá tú sabrías dónde está.
–Creía que la tendríais vosotros –respondió Coleman.
–Tú sabes bien que no.
–¿Crees que la tengo en mi celda? ¿Escondida bajo el colchón?
–Sí, ya suponíamos que dirías eso. ¡Qué se le va a hacer! ¡Así es la vida! Pero verás, para quitarnos este terrible disgusto, el tío Vincent nos envió a pasar unos días a uno de esos hotelitos con encanto; ya sabes, uno de esos que hay en la costa, y adivina: resulta que hemos cazado un par de ratoncitos –Roger Coleman supo al momento que sus antiguos compinches habían secuestrado a sus dos hijos.
–¡Sois unos...! Si les hacéis algo a mis hijos ¡te juro que me las pagaréis!

–¡Cuidado con lo que dices, Roger! No estás en condiciones de amenazarnos. Esto es lo que sucede cuando tratas de jugársela a tus socios. Y ahora, escúchame bien: tienes tres días para pensarlo. Luego, un funcionario se pondrá en contacto contigo. Dile dónde está la colada. Nosotros la recogeremos y te devolveremos tus dos bultos de una pieza. Pero, si nos echas encima a la poli o tratas de engañarnos... –no fue necesario terminar la frase– Adiós Roger. Estaremos en contacto. ¡Pásalo bien!
Coleman estaba acorralado y lo sabía. Su esposa le confirmó que los niños habían sido secuestrados y él trató de calmarla, asegurándole que solo querían las piedras; en cuanto las recuperasen, soltarían a los niños. Así pues, no tenía más remedio que confesar que había tratado de «pegársela» al resto de la banda, que les había traicionado y que su intención era sacar los diamantes del país, escondidos en la muñeca de su propia hija. ¿Quién sospecharía que una inocente pequeña de ocho años transportaba medio millón de dólares en su muñequita de trapo? Pasaría la aduana sin problemas. Cuando los secuestradores recibieron la información, las cosas se pusieron muy difíciles para Laura y Michael. Uno de los secuestradores cogió el oso de trapo de Laura y lo destripó con una navaja, pero dentro no había nada más que relleno. El hombre montó en cólera; Jack, que así se llamaba, era un tipo con muy malas pulgas que había servido en la Armada. Un tipo realmente duro.
–¡Aquí no hay nada! ¡Por vuestro bien, espero que vuestro padre no esté intentando jugárnosla otra vez! –amenazó a los pequeños. Abrió un envoltorio y se metió un caramelo en la boca, para templar los nervios.
–¡Aquí tampoco hay nada, Jack! –Sonny, el tercero de la banda, acababa de serrar la cabeza a una muñeca, con un cuchillo. La pequeña recogió los pedazos.
–Roger habló de una muñeca de trapo –dijo entonces la mujer.
–¡Tienes razón! –luego, se volvió hacia Laura– ¿Dónde está la muñeca? –¿Qué muñeca?
–¡No te hagas la tonta conmigo, niña! La muñeca. La que llevabas en el aeropuerto. ¿Dónde está?
–No lo sé. Ya no la tengo.
–Conque no la tienes ¿Me tomas por idiota? –rugió, agarrándola con fuerza por el brazo.
–¡Le juro que ya no la tengo! ¡Se la di a una niña! ¡Me hace daño! –se quejó Laura.
–¡No seas bestia! –protestó Rose– ¡Así no conseguirás nada!
–Rose tiene razón, Jack.
–¡Cállate! ¡No te metas en esto! ¡Sé lo que me hago! –a continuación, cogió al pequeño Michael y le puso una navaja en el cuello. El pequeño lloraba asustado– Dime dónde está esa muñeca o te aseguro que tu hermanito pagará las consecuencias.
–Ya se lo he dicho, se la cambié por ese oso a una niña que se alojó en el hotel de mis tíos. ¡Por favor, no le haga daño a Mike! ¡Es la verdad! ¡Se lo juro! – Laura también lloraba.
–¡Espera Jack! –intervino de nuevo Rose– Deja a la pequeña que se explique. ¿Qué niña es esa, cielo? –preguntó a Laura.
–Se llama Lily. Es una niña pequeña. Sus padres y ella se alojaron en el hotel unos días. Se encariñó con Bonnie, siempre estaba jugando con ella, y como le gustaba tanto, yo se la cambié por su osito el día que se marcharon.
–¡Mientes! –atronó Jack– ¿Te ha dicho tu padre que nos cuentes ese montón de embustes? ¡Habla de una vez! ¡Quiero la verdad!
–Un poco de paciencia, Jack –Rose intentó calmar los ánimos.
–Mira cielo, nosotros no queremos haceros daño, pero necesitamos esa muñeca, ¿entiendes? Son cosas de mayores. ¿Estás segura de que la tiene esa niña, esa tal Lily? –Laura asintió– ¡Muy bien! Te creo. Toma, sécate las lágrimas. ¿Sabes dónde vive esa pequeña?
–Sus padres dijeron que eran de un pueblo llamado Calmtown o algo así.
–¿Se llama Calmtown o no? –Jack estaba perdiendo la poca paciencia que le quedaba.
–¿Me quieres dejar a mí, Jack? –luego se volvió de nuevo a Laura– ¿Es así como se llama ese pueblo, cielo? ¿«Calmtown»?
–Sí, ¡No! Ahora lo recuerdo. ¡Quietville! ¡Se llama Quietville!
–¿Estas segura?
–Sí, sí, segura, Quietville.
–Muy bien cielo.

Jack, Sonny y Rose conferenciaron un momento, mientras los pequeños se tranquilizaban.
–¿Qué os parece? –preguntó Sonny.
–Creo que dice la verdad –dijo Rose– Está demasiado asustada para mentirnos.
–Puede ser... –admitió Jack– Llamaremos a Vincent. Él nos dirá lo que tenemos que hacer. No le van a gustar las noticias.

Vincent era quien había contratado a la banda para el robo y un tipo peligroso. Le gustaba hacerse pasar por italiano, y se hacía llamar Vincent Mafredi, aunque su verdadero nombre era Joe Sicamore. Supongo que no era un nombre nuy apropiado para un gánster. Jack le dio las malas noticias por teléfono y, como él mismo había vaticinado, no le agradaron. Sus instrucciones fueron claras: Sonny se llevaría al pequeño a Citypolis, mientras Jack y Rose irían con Laura a ese Quietville, o como quiera que se llamase, en busca de los diamantes. Le dirían a la pequeña que, si no llamaban todos los días a Sonny,
este tenía órdenes de liquidar de su hermano Mike. De ese modo, no intentaría nada raro. Rose se puso al volante de una furgoneta y los tres –Jack, Rose y Laura– viajaron todo el día hasta Quietville, mientras Sonny ponía rumbo a Citypolis. Al anochecer, pasaron por delante de la gasolinera de Fred.
–Muy bien, genio –dijo Rose–, ya estamos llegando. ¿Cuál es el plan? Imagino que no pretenderás presentarte en casa de esa gente, suponiendo que la encontremos, y pedirles que te den la muñeca sin más.
–Ya se me ocurrirá algo, descuida. Para en esa gasolinera, aprovecharé para comprar unos caramelos –ordenó Jack.

–¿No puedes pasar sin esa porquería? ¡Mira cómo tienes las unas!
–¡Déjame en paz, Rose! –protestó.
Jack se bajó del vehículo malhumorado, como siempre, puso gasolina y entró en la tienda de Fred. Un hombre charlaba con el dueño, mientras él pagaba su compra.
–¿Hoy no se lleva gominolas, Sr. Morris? –preguntó Fred, al tiempo que sonaba la campanilla de la caja registradora.
–No. Mi hijo se las mete por la nariz.
–¡Vaya!

–¿Sabe? Tiene gracia cómo lo descubrimos. Mi mujer se empeñó en «contratar» al hijo de mis vecinos. Le gusta jugar a los detectives –Fred se encogió de hombros–. Bueno, lo cierto es que al principio me pareció una tontería, pero en realidad fue él quien descubrió que las gominolas desaparecían en la nariz del niño. ¡Hasta encontramos un pendiente de mi esposa! Mi mujer está muy contenta con él y su «agencia». ¿Cómo era? ¡Ah, sí!: Muffin’s Tops –ambos rieron.
–¡Qué críos! –exclamó el tendero.
Tras pagar sus caramelos y el combustible que había puesto, Jack subió a la furgoneta. Sin proponérselo, acababa de encontrar la manera de resolver todos sus problemas. Era perfecto: Laura contrataría a ese niño «detective». Él se encargaría de encontrar a Lily: recuperaría la muñeca con los diamantes dentro, y nadie sabría nunca que él y Rose existían.
–Sigue a ese coche, Rose –ordenó–. Ya sé cómo vamos a encontrar a esa tal Lily, sin levantar sospechas. Después, cogeremos una cabaña. En la gasolinera me han dicho que hay un sitio cerca donde las alquilan. No lo pierdas de vista.
–Soy una conductora experta. No lo perderé, no te preocupes.
Unos días después, Laura, envuelta en celofanes y convertida por Rose en una auténtica Ricitos de Oro, se presentó en nuestras oficinas, asegurando llamarse Rebecca Fanning. Sobre ella pesaba una advertencia: «Recuerda que Mike está con Sonny. No hagas ninguna tontería: si no llamo todos los días a Sonny, el pequeño Mike sufrirá las consecuencias»; pero Laura tenía sus propios planes. El resto, ya lo conocéis. La estratagema de Jack había funcionado, al menos en parte. Con la información que habíamos conseguido para él, Rose se presentó en el Sanatorio haciéndose pasar por la madre de Laura. Deseaban recuperar la muñeca, pero la dependienta se negó a proporcionarles la dirección de un cliente. Ante la insistencia de Rose, llamó por teléfono a la Sra. Thomson. Recordaba los maravillosos días pasados en el hotel y la amistad de su pequeña Lily con Laura, por lo que no opuso reparos a que madre e hija les hicieran una visita. Rose tomó nota de la dirección, y Jack hizo un par de llamadas telefónicas. La primera, a Vincent, cuyas instrucciones fueron ir a casa de los Thomson y esperar allí a que él llegara. La segunda, la acostumbrada a Sonny, esta vez con mejores noticias: estaban a punto de recuperar los diamantes.

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