sábado, 31 de diciembre de 2016

De buen rollo

Ayer vi este gatito durmiendo al sol sobre una tapia y no pude resistir la tentación de fotografiarlo. Me parece una buena imagen para despedir el año con un poco de buen rollo. ¡Feliz Año a todos y gracias por leerme!


lunes, 26 de diciembre de 2016

viernes, 23 de diciembre de 2016

Tres dibujos

Son ejercicios, más que nada. Aquí los dejo.




lunes, 19 de diciembre de 2016

miércoles, 14 de diciembre de 2016

miércoles, 7 de diciembre de 2016

A propósito de la anterior

Soy de la opinión de que, si una obra –fuere musical, pictórica, literaria o de cualesquiera otra índole– no se explica por sí misma, es que no está bien construida. Por esta razón, y porque me parece obsceno hablar de los procesos mentales que dan lugar a la propia obra, tengo por costumbre no contar lo que quise decir con esto o aquello, ni hablar de cómo ni cuándo me vino tal o cuál idea a la cabeza. No obstante, por una vez, voy a romper mi propia norma.
Quizá, a quien haya leído el relato al que me refiero (véase más abajo, en la entrada anterior de este mismo blog), le haya quedado la impresión de que la narración es un tanto atropellada. Tiene razón y tiene su explicación. La idea me vino por primera vez a la cabeza este verano. Deseaba hablar, por boca de mis personajes, de cómo, si uno quiere alcanzar el poder, el verdadero poder, tiene que sacarse ciertos escrúpulos y estar dispuesto a hacer lo que haya que hacer. Por supuesto, la vida está llena de decisiones y muy a menudo tenemos que sacrificar ciertas cosas para alcanzar lo que queremos; en el otro extremo, por supuesto que se puede lograr el éxito sin tener que pasar por encima del cadáver de nadie. Por ejemplo, creando algo –puede ser un invento o una obra literaria, cinematográfica o musical– que guste al público y se venda bien. Legítimo e inocuo. Sin embargo, la historia está llena de grandes reyes, emperadores y conquistadores que no dudaron en asesinar, condenar a muerte y torturar de la manera más cruel para suprimir competidores e infundir, de paso, el miedo necesario para alcanzar el poder y mantenerse luego en él. La misma campaña de Donald Trump ha sido un buen ejemplo de esto, sin llegar al derramamiento de sangre: ha hecho y dicho todo lo necesario, sin el menor pudor, para ganar las elecciones –fuera cierto o no–, de ahí que su discurso tras la victoria se haya suavizado para sorpresa de todos. Ya no necesita convencer a nadie; ya tiene el poder. Seguramente, su problema ahora es que no sabe qué hacer con él. Por esta razón, como decía, no entro en los detalles del asesinato ni de su investigación en mi relato. No me interesaban. No es eso de lo que quería hablar. Y, sin embargo, la idea central, la del Príncipe del Mundo convocando a los poderosos de la Tierra a un sacrificio ceremonial me parecía excesiva y pronto se convirtió en una pesadilla. Tener en la cabeza la idea de una pobre muchacha asesinada de forma brutal y un desdichado entregado a la justicia, enturbiaba mis pensamientos y mi descanso. Buscaba, pues, la manera de librarme de él. Por otro lado, todo el asunto se me quedaba corto. Entonces, la actualidad me brindó una segunda reflexión y una vía de salida del atolladero. Y ahí es donde entra el psiquiatra del relato.
Llevaba un tiempo siguiendo en internet –sobre todo en Youtube– algunas de las infinitas teorías conspirativas que circulan por el mundo. Me parece un síntoma muy revelador de dónde está el mundo en nuestra época. Ayer mismo, a cuenta de las mentiras que se hicieron circular en la campaña electoral, y como si de una reedición contemporánea de "Taxi Driver" se tratara, un tipo irrumpió armado en una pizzería para salvar a unos niños víctima de una supuesta red de pedofilia promovida por Hillary Clinton. Así que, ¿la idea de hacer intervenir al mismísimo Diablo era realmente excesiva? La realidad se encargó de superar toda fantasía. Días antes de terminar mi relato, supe de la misteriosa muerte de un investigador experto en conspiraciones llamado Max Spiers (quien lo desee, puede leer sobre los detalles del caso pinchando aquí). Una de las teorías que anidaban en su cabeza tenía que ver con rituales de magia negra. Y tenía miles de seguidores en todo el mundo. Todas estas teorías, como la tan difundida sobre los Illuminati, el Nuevo Orden Mundial y el control del universo mundo desde las sombras no son tan nuevas como se podría pensar. A principios del siglo pasado, el famoso Protocolo de los Sabios de Sión, un panfleto antisemita fabricado por los servicios secretos del Zar (se sabe exactamente quién lo redactó), sirvió para sustentar el odio contra los judíos durante décadas. ¿Cuántas veces escuchamos en el pasado, en España sin ir más lejos, culpar a la eterna conspiración judeo-masónica? Que el documento fuera probadamente falso no impidió que de él se sirvieran quienes promovieron el odio y la guerra, y que tantas vidas y sufrimiento se cobraron. Y millones de personas han creído –y seguramente siguen creyendo– en ello. La diferencia con nuestro tiempo, es que internet ha brindado el medio perfecto para su propagación: ofrece inmediatez en la difusión, cuasi impunidad a los mentirosos profesionales y una especie de mítico halo de credibilidad, de pureza no contaminada por los medios oficiales, de cuanto se vierte a la red; como si quienes escriben en internet nos tuvieran garantizado, por ese solo hecho, estar movidos por el altruismo y no tuvieran otra intención que la de hacer el bien y defender la verdad contra la mentira oficial. Y estoy seguro de que hay quienes lo hacen así, de buena fe. De ahí mi personaje del psiquiatra. Porque es como si el inconsciente colectivo estuviera sufriendo un brote psicótico, e internet fuese algo así como un LSD virtual, una droga alucinógena para ese inconsciente del que participamos todos. Me pregunto si, como a mi personaje, Frank Delowney, lo que realmente le sucede a la Humanidad es que experimenta un sentimiento de culpa que es incapaz de manejar, y prefiere crear conspiraciones para descargarse de ese peso en otro, en una fuerza irresistible que nos libre de la incómoda sensación de ser cómplices de lo que ocurre en nuestro tiempo, ahora que la democracia y la libertad de que gozamos nos obliga a compartir la parte de responsabilidad que nos toca a cada uno. Mal que le pese a la mayoría de nuestros congéneres. O, quizá, sea pura y simple estupidez colectiva.