miércoles, 29 de junio de 2016

La tiranía de Capella

–Alabemos al nuevo tirano –gritó el populacho de Capella, satisfecho de sí mismo
–¿Quién es aquel al que tanto hay que honrar? –preguntó Günter, un tanto confuso.
–¡Al pueblo! –contestó Capella al unísono– ¡El pueblo es el nuevo tirano!

Günter temió por el destino de Capella...

jueves, 23 de junio de 2016

La estación del amor

Por lo menos, para los insectos...


lunes, 20 de junio de 2016

Los dones de la primavera

Los insectos no desaprovechan la abundancia de estos días...








Araña lobo y su progenie

El viernes pasado, paseando por el campo, me topé con esta araña lobo hembra y toda su progenie viajando sobre la espalda de su madre. Espero que os guste.




domingo, 19 de junio de 2016

Para hacer un buen pastel...

... hacen falta buenos pasteleros. Esta humilde reflexión trajo nuevamente a la memoria de Günter el caso de la corte de los avestruces. Pues había allí dos afamados pasteleros que competían entre sí por hacerse con la jefatura de la pastelería de Capella. El primero era un marmitón con la cabeza hueca como calabaza, elevado a chef. El otro, que le iba a la zaga y disputábale el puesto, era un huevo podrido: su blanca y nacarada cáscara de simpatía ocultaba en su interior una ponzoñosa mezcla, y aguardaba a derramar su nauseabundo contenido en la amasadora–«¡Y este hombre ha llegado a ser un dios!», exclamó el de Bellatrix, recordando al bardo inmortal. «Con estos ingredientes...», murmuró aún con escepticismo Günter, a quien no le gustaba nada la tarta que se preparaba en Capella.

martes, 14 de junio de 2016

Esos deliciosos embutidos

En sus frecuentes viajes a Capella, Günter visitaba en ocasiones, como sabéis, la corte de los avestruces. Encontraba allí seres muy notables; pues había, por ejemplo, morcillas en aquel lugar con rellenos tan deliciosos que no podían resistir la tentación de devorarse a sí mismas. No preguntéis al pobrecito Günter cómo era eso posible. Pero, en la corte de los avestruces no era ni mucho menos insólito ver a las morcillas comerse a los hombres. Y cosas aún más extrañas. «¡Oh mendacidad, divino tesoro!», se escuchó gritar a los capellinos.

viernes, 3 de junio de 2016

Una noche en Capella

Günter, en contra de sus propias inclinaciones, aceptó la invitación que le brindaba uno de los más insignes capellinos para cenar aquella noche en su casa. No gustaba de viajar a Capella, si no era imprescindible, pues el trayecto le era enojoso y las costumbres de los capellinos le parecían irritantes. No era intención de Günter, pues, entrar en detalles sobre los pormenores de la velada, bien que el desconocimiento de las más mínimas virtudes del respeto hacia el prójimo y hacia sí mismos de que hacían gala los capellinos eran ya proverbiales, y no merecían más comentario. Günter decidió pasar por alto tales consideraciones. Sin embargo, hubo un hecho, apenas una anécdota podría decirse, en la que no pudo por menos que incidir, pues lo cogió totalmente por sorpresa. Y fue que, al abandonar la casa, su anfitrión, en un tono que resultaba ineficaz para ocultar su embarazo, y con ademanes nerviosos, le espetó: «Os ruego que me perdonéis, Günter, pero no he podido por menos que observar que no habéis hurtado nada en toda la noche». Günter no estaba seguro de haber comprendido. «¿No os he hurtado nada?» –repitió, como para asegurarse de haber oído bien la frase en cada una de sus partes– «¿Qué queréis decir? ¿Os refería a que no he hurtado ningún secreto a vuestra curiosidad? ¿Ningún regocijo a vuestra alegría? ¿Ninguna incontinencia a vuestro beneplácito? Me temo que no os comprendo». «Bueno» –balbució el capellino, como buscando el modo de suavizar la inconveniencia de la situación– «disculpadme si ha escapado a mi atención, pero no os he visto robar nada de mi casa; no me andaré con más circunloquios, ¿acaso no disfruto de ninguna posesión que os tiente? ¿Ni un mal cenicero? ¿Ni una servilleta? ¿Un libro de mis estantes, acaso?». Günter tardó unos segundos en responder, abrumado por el bochorno y la perplejidad: «¡Oh!» –exclamó por fin– «Sin duda poseéis objetos que cualquiera encontraría muy apetecibles...». Aquella declaración, lejos de disiparlo, desató el hasta entonces contenido enfado del anfitrión: «Entonces, señor mío, ¿por qué razón no habéis robado nada? –preguntó esta vez con tono bronco– ¿Acaso os creéis mejor que yo?». Günter se sonrojó un poco, pero, sin comprender del todo lo que se esperaba de él, se aventuró a entrar de nuevo en la casa de su anfitrión y se guardó bajo el abrigo lo primero que alcanzó su mano: una figurita que, por lo demás, le parecía detestable –más tarde, se arrepintió de no haber sido más cuidadoso al escoger, pero la urgencia del caso y el deseo de acabar con aquella desagradable situación nublaron temporalmente su, por lo general, buen juicio. «¡Eso está mejor!» –exclamó el ofendido capellino. «Ignoraba que fuera costumbre en Capella...» –trató de disculparse Günter, pero su alegato fue a dar con la puerta, que se acababa de cerrar de golpe. «Esto», se dijo Günter, «me pasa por salir de Bellatrix», y emprendió el algo menos enojoso trayecto de vuelta a casa.