lunes, 28 de marzo de 2016

Los Jerónimos

Fotografía tomada con el móvil desde el interior del Museo de Prado, el pasado domingo 20 de marzo.

lunes, 21 de marzo de 2016

El burrito

Aquí os dejo un pequeño cuento infantil que escribí hace unos meses. Tiene un estilo bastante clásico. Espero que os guste.

El burrito

Por Carlos Olalla

Hace ya algunos años, trabajaba yo como ingeniero en la construcción de una presa entre montañas. Cuando se concluyera la obra, el pueblecito que se levantaba junto al río quedaría sumergido bajo las aguas. Me entristecía un poco pensar que nadie volvería a pasear más por aquellas calles, pero, me decía, «Se necesita agua en las ciudades, y electricidad en las casas y en las fábricas». Sin embargo, aquel pensamiento no me consolaba del todo, y muchas tardes bajaba a caminar por sus calles solitarias, pues apenas quedaban unos pocos habitantes; casi todos se habían marchado ya a la capital en busca de trabajo. Sólo los más viejos del lugar se resistían aún a abandonar sus casas.
Desde el principio, me había llamado la atención la estatua que se erigía en su plaza mayor. Normalmente, esas estatuas representan la figura de algún hombre ilustre con chistera y bastón, que mira a la gente que pasa con semblante ceñudo, sabiéndose muy importantes. Pero en aquella plaza, sobre un precioso pedestal, había ¡un sonriente burrito! Me preguntaba por qué habrían levantado una estatua a un burro. Un día, mientras contemplaba aquella imagen, y no pidiendo contener más mi curiosidad, pregunté a un anciano que pasaba junto a ella. El hombre se sonrió y me relató gustoso la siguiente historia, que yo os contaré a vosotros exactamente como él me la narró a mí.
Hace ya muchos años, merodeaba por el pueblo un pequeño burrito de piel gris y aterciopelada, y largas orejas que movía con agilidad, para captar mejor cualquier sonido que llamase su atención. Nadie sabía con certeza de dónde había salido ni cómo había llegado hasta aquí. Se decía que su dueño, no pudiendo alimentarlo, lo abandonó una noche al pasar por un lugar que le pareció bueno, deseándole mucha suerte. Aunque se quedó un poco triste, el animal parecía arreglárselas bien y se alimentaba de los frescos pastos que crecen junto al río, frente a la vieja escuela. Así, fueron pasando los días. Todas las tardes se quedaba mirando a los niños que salían de la escuela, y que alegres jugaban en el parque antes de regresar a sus casas. ¡Deseaba tanto ser como ellos! Ir a la escuela, aprender todas esas cosas de las que él les oía hablar; cantar y reír al deslizarse por el tobogán. Pero, ¿cuándo se ha visto a un burro hacer ninguna de esas cosas? Cada vez que intentaba saludar a los niños —pues él era, en cierto modo, un niño en el mundo de los burros–, sólo le salía un rebuzno que nadie entendía. Una tarde, cuando anochecía y el parque había quedado ya solitario, intentó deslizarse por el tobogán. Era inútil, ¡fue un desastre! Y así, nuestro burrito estaba cada vez más triste.
Pero, una noche invernal, tras una copiosa nevada, se abrieron las nubes y la luna llena lo iluminó todo con su mágica luz, que se reflejaba en la nieve recién caída. Es en noches como esa cuando suceden cosas extraordinarias. El burrito, sentado sobre la blanda capa blanca, contemplaba melancólico el parque y la vieja iglesia. Sumido en sus ensoñaciones estaba, cuando vio una pequeña luz que descendía hacia él, volando suavemente desde algún lugar en lo alto, como si una estrella hubiese caído del cielo. El burrito pensó que se trataría de una luciérnaga, pero luego reparó en que era invierno. ¿Luciérnagas en invierno? No podía ser. El burrito sintió miedo, pero estaba tan asustado que fue incapaz de moverse. Cuando aquel punto de luz llegó ante él, comenzó a aumentar su brillo y a hacerse más grande. Antes de que se diera cuenta de lo que sucedía, cobró la forma de una hermosa joven rodeada por un halo resplandeciente, que iluminaba el rostro del sorprendido burrito. Había algo en el semblante de aquella joven que infundió confianza a nuestro amigo, y cuando esta acarició su suave pelaje se tranquilizó y algo parecido a una sonrisa se dibujó en su boca. Sí, lo habéis adivinado, la joven era un hada, que habló así:
–Todas las noches, te he observado desde mi estrella y sé cuánto añoras ser como esos niños.
El burrito seguía tan estupefacto, que aún no reaccionó. El hada siguió diciendo,

—No puedo convertirte en un niño, pero ¿te gustaría saber hablar como hacen ellos? –las orejas de nuestro amigo se pusieron tiesas de inmediato y asintió con entusiasmo.
–Pues dicho y hecho –respondió ella.

El hada agitó su varita, una luz muy blanca envolvió al burrito y una suave brisa lo levantó del suelo; cuando todo se hubo calmado, el pequeño asno se posó dulcemente en el suelo.
–¿Qué ha pasado? –dijo el burrito.

Tan sorprendido estaba de sí mismo, que abrió mucho los ojos y se tapó la boca con los cascos. Aún permaneció así unos instantes y por fin exclamó, –¡Puedo hablar! ¡Viva! ¡Puedo hablar! –exclamó incrédulo.
Y comenzó a dar saltos de alegría y coces al aire. Cuando al fin se calmó y quiso dar las gracias al hada, ésta había desaparecido. ¿Había sido solo un sueño? ¡No! Cantó toda la noche, lo mejor que supo, las canciones que tantas veces había oído a través de las ventanas de la escuela en las voces de los niños. Hablaba y ¡cantaba!

Ahora que podía hablar, no tenía mucho que decir. Su conversación se limitaba al sabor de las diferentes clases de hierba y lo mucho que le gustaba el agua fresca del río; Del frío del rocío en la mañana y del calor en las tardes de verano. Necesitaba aprender, pero no podía presentarse en la escuela sin más. Por suerte, acertó a pasar por allí una anciana mujer que llevaba del brazo una cesta de huevos recién puestos, para vender en el mercado. Al burrito le pareció que era la ocasión perfecta para iniciar su primera conversación y, al pasar, saludó:
–¡Buenos días! –dijo, entre tímido y entusiasmado por su nueva voz– ¿Adónde va tan temprano? –añadió aún.
Naturalmente, la mujer quedó muy sorprendida y creyó que se trataba de una broma que alguien le gastaba.
–¿Qué broma es esta?¡Salid de vuestro escondite, bribones! ¿No os da vergüenza burlaros de una pobre anciana, que solo quiere vender su cesta de huevos en el mercado?
El asno, aún inexperto, miró a su alrededor buscando a los supuestos bribones –porque no sabía muy bien qué quería decir eso de «bribones»–, hasta que se convenció de que allí sólo estaban ellos dos.
–¿Se refiere a mí? –preguntó por fin.
La mujer no salía de su asombro. Le costaba aceptar que aquel que le hablaba fuera un burro, pero finalmente tuvo que rendirse a la evidencia y admitir que así era.
–¿Puedo acompañarla? –preguntó entonces–. Me gustaría charlar con usted. Hay tantas cosas que deseo aprender de los humanos...
–Desde luego, es algo extraordinario –dijo–. Mira, no debes acercarte al mercado. Hay allí hombres desalmados que te encerrarían en una jaula y te llevarían por las ferias como espectáculo. ¡Imagínate! –exclamó–, la gente de las ciudades pagaría por ver semejante fenómeno... Me imagino el cartel: ¡Pasen y vean al burrito parlante!–el burrito agachó las orejas un poco decepcionado y alarmado por las palabras de la buena mujer–. Yo tengo una granja –explicó la anciana–. No es gran cosa, pero podrías venir conmigo. Me harías compañía y yo te cuidaría.
Sabía tan poco de las personas, que no estaba seguro de hacer bien, pero había algo muy bondadoso en los ojos de aquella anciana y el burrito decidió fiarse: se marcharía con ella.
–¿Cómo te llamas? –preguntó la mujer.
El burrito emitió un largo y sonoro rebuzno.
–Ya veo el problema –señaló ella–. Nadie podría pronunciar tu nombre así que, si te parece bien, te llamaré Juanito. Así se llamaba mi hijo... –añadió un poco triste, pues su hijo había muerto hacía muchos años en un lejano país, según le contó.

Al burrito le pareció de perlas. Desde ahora, se llamaría Juanito.
–Yo me llamo Estrella –se presentó la mujer. Y ambos se estrecharon mano y pezuña.
De camino a la granja, el burrito, al que de ahora en adelante llamaremos simplemente «Juanito», le contó a la mujer –es decir, «Estrella»– sus deseos, y cómo envidiaba a los niños que iban al colegio todos los días. Ya en casa, ante un buen plato de avena, Estrella prometió hablar con el maestro de la escuela; y así lo hizo. Resultó que el maestro –que se llamaba Don Joaquín– era un viejo y amable profesor que, pese a los muchos años dedicados a la enseñanza, aún amaba su profesión. No creáis que fue fácil convencerlo del caso –«He desasnado a muchos burros antes, pero esto...», fueron sus palabras, mientras se mesaba la barba pensativo–. Sin embargo Estrella tenía tales dotes de persuasión y Juanito demostraba tantos deseos de aprender, que Don Joaquín venció sus reticencias y acogió con entusiasmo al burrito como nuevo alumno de su escuela. Otra cosa muy diferente eran sus compañeros. Para empezar, un burro sentado en un pupitre es una figura bastante cómica, lo que hacía reír a los niños; cuando las lecciones les parecían particularmente aburridas, algunos le tiraban del rabo y al pobre Juanito se le escapaba un rebuzno; y vuelta a reír. «¡Basta niños –exclamaba entonces Don Joaquín–, dejad a Juanito tranquilo!». Pese a todo, nuestro amigo era un estudiante aplicado e inteligente, y aprendía con rapidez. No creáis que fue fácil: tened en cuenta que el pobre burrito tenía que aprender todo aquello que vosotros dais por supuesto antes de empezar la escuela. Juanito tuvo que esforzarse y estudiar mucho. Tanto, que Don Joaquín se tomó un interés especial en su, tendréis que reconocerlo, extraordinario caso, y Juanito iba muchas tardes, después de clase, a casa del viejo maestro, que le daba lecciones extra. Y así, entre libros, cuadernos y lecciones, transcurrió el invierno y la primavera y luego el verano. Y, por fin, una tarde de principios del otoño, sucedió algo que lo cambiaría todo para siempre. Entre las páginas de un libro que Juanito estaba leyendo en casa del profesor, había un papel amarillento y quebradizo por el tiempo, cubierto de extraños signos. Don Joaquín se sonrojó un poco, 


–¡Oh! Eso... También yo, como le ocurre a muchos otros, busqué un tesoro en mi juventud –explicó, sujetando con nostalgia el papel que le daba su alumno. Juanito lo miró sin entender muy bien lo que su profesor quería decir–. Haremos un descanso, te serviré un poco de leche y te contaré una historia.
A Juanito le pareció un plan estupendo. Sentados a la mesa, ante un vaso de leche y un plato con galletas, Don Joaquín le contó una antigua leyenda que se narraba en el lugar.
Hace mucho tiempo, habitaba en la montaña un malvado brujo, cuyo nombre fue proscrito y nadie volvió a pronunciar jamás, que atesoraba una gran fortuna; un tesoro fabuloso que había conseguido de la manera más cruel. Pues el mago llegaba a los pueblos y ciudades, y encerraba a la doncella más hermosa del lugar en una cárcel mágica, de la que solo podía salir pronunciando un conjuro que nadie, excepto el hechicero, conocía. Así, si querían liberar a la muchacha, el pueblo debía reunir una cantidad desorbitada que el brujo exigía en pago por revelar las palabras mágicas que abrirían la prisión. De nada servían los esfuerzos de los caballeros que se brindaban a luchar contra el mago, pues sus espadas eran inútiles contra la magia del poderoso hechicero, y uno tras otro salían derrotados hasta que sus habitantes, resignados, pagaban el rescate y la muchacha quedaba, por fin, libre. Un día, harto de las tropelías del malvado brujo, un muchacho llamado Víctor, armado con un arco y una única flecha, se acercó al castillo del mago, en lo alto de la montaña y cuyas ruinas aún se pueden ver en la cima, y desafió al brujo. Éste, se asomó desde sus almenas y miró con desdén al muchacho.
–¿Qué quieres? ¿Quién eres que te atreves a presentarte ante mí para importunarme?–preguntó el mago.
–Me llamo Víctor y he venido a desafiarte –respondió el joven.
El mago prorrumpió en una carcajada. Acto seguido, se transformó en una nube de humo, truenos y chispas, que descendió hasta donde se encontraba el joven y volvió a transformarse de nuevo en el mago, que miraba al muchacho con una mezcla de arrogancia y curiosidad. Pero Víctor no se inmutó y permaneció impasible.
–Bien –dijo el poderoso mago– aquí me tienes. Y ahora, ¿qué piensas hacer? –¡Oh, no! –repuso el muchacho–no puedo luchar contra un pobre anciano desvalido. No sería justo. Si pudieras transformarte en algo más fuerte y grande... Dicen que eres un gran mago.
La jactancia del joven encolerizó al mago, que soltó una terrible carcajada llena de ira que hizo temblar la montaña, pero no el valeroso corazón del muchacho.
–Muy bien –dijo el mago, una vez que su cólera se hubo calmado– te daré la oportunidad de elegir el modo de morir. ¿En qué “algo más grande y fuerte” quieres que me transforme? –preguntó, burlándose un poco del joven. –¿Qué tal un dragón? –respondió este– Sí, creo que eso equilibraría las fuerzas.
No había terminado de pronunciar aquellas palabras, cuando el mago ya se había transformado en un enorme y fiero dragón. Víctor no se arredraba y, extrayendo de su carcaj la única flecha que portaba, tensó el arco y apunto directamente al corazón de la bestia.
El mago, transfigurado en dragón, prorrumpió en una malvada carcajada llena de arrogancia, al tiempo que lanzaba grandes llamaradas por la boca.
–¡Ignorante! –exclamó– ¿Acaso creíste que una flecha podría atravesar la piel acorazada de un dragón?
–Comprobémoslo –respondió el muchacho sin vacilar, y lanzó la certera flecha.

Para sorpresa del mago, la flecha no solo perforó la piel del dragón en que se había convertido, sino que se hundió hasta el mismísimo corazón. Sin tiempo para decir una sola palabra, el mago/dragón se desplomó muerto. Porque, lo que él no sabía es que la punta de aquella flecha estaba tallada de la roca de un meteorito lunar, el único material capaz de atravesar la dura piel de un dragón. La soberbia del mago había sido su perdición. El joven entró en el castillo, trepando por sus paredes, en busca del tesoro del mago, pero solo halló un viejo pergamino con esos extraños signos que has visto y una anotación en él: Mi tesoro. Y, aunque el rey colmó a Víctor de honores y riquezas, y le concedió la mano de su única hija en premio a su valor por haber librado al reino del malvado mago, nunca pudo descifrar el pergamino ni descubrir el paradero del tesoro. Desde entonces, muchos lo han intentado. Incluido yo mismo.
A Juanito le entusiasmó la historia, pero había algo que no se le iba de la cabeza: aquellos signos no le eran del todo desconocidos.
–¿Qué quieres decir? –preguntó intrigado el maestro. Juanito vaciló aún un poco, antes de responder.
–O mucho me equivoco, o este mensaje está escrito en el lenguaje de los cuervos. Yo no lo conozco, pero sí el de las urracas, que es muy parecido... –¿Insinúas acaso que conoces el lenguaje en que está escrito? –preguntó incrédulo Don Joaquín.

–Claro, todos los animales lo sabemos –repuso el borriquito.
–¿Quieres decir, entonces, que sabrías descifrar el mensaje? –preguntó aún el maestro, para asegurarse de haber comprendido bien.
–Don Joaquín –respondió entusiasmado Juanito–, ¡póngame unas alforjas e iremos en busca de ese tesoro!

Al viejo profesor no le agradaba la idea de poner alforjas a quien él consideraba un buen amigo, pero Juanito insistía tanto, que al final accedió, y juntos salieron en busca del tesoro. Profesor y alumno o, mejor dicho, los dos amigos se adentraron en lo más profundo del bosque, allí donde el musgo cubre todas las cosas y la luz del sol apenas si roza el suelo. A un lugar que aún permanece secreto y que solo unos pocos en el mundo conocen. A un lado del sendero por el que caminaban había una gran roca, redonda por todos lados excepto por uno, en el que su superficie era plana. Juanito se detuvo ante ella,
–Aquí es. Hemos llegado – dijo.
A continuación, sacó el misterioso papel y leyó en voz alta el conjuro, que no podemos reproducir aquí, porque está escrito en el lenguaje de los cuervos. Aparentemente, nada había ocurrido que hiciera suponer que la enorme roca se hubiera movido. Y así era: la roca no se apartó de su lugar ni un ápice. Don Joaquín se acerco a la gran piedra, pues no quería darse por vencido tan fácilmente,
–Ha de haber un mecanismo oculto en algún lugar, una palanca... ¡Algo! – exclamó.
Entonces, comenzó a palpar la roca buscando el mecanismo secreto. Y algo extraordinario sucedió, porque su brazo atravesaba la roca como si esta no fuese de sólida piedra, sino una ilusión o una imagen proyectada en el aire. Juanito fue e primero en decidirse a pasar a través de la piedra y luego Don Joaquín lo siguió –«¡¡Espera!!–; de pronto, ambos se encontraron en una cámara excavada en la roca, iluminada solo por el resplandor fosforescente que brotaba de sus paredes. Pero bajo aquella pálida luz brillaban las monedas de oro y plata, las joyas y las piedras preciosas. ¡Habían encontrado el tesoro del mago! Profesor y alumno se abrazaron y saltaron y rieron de alegría. Cuando les pareció que ya habían celebrado suficientemente su buena fortuna, llenaron las alforjas todo lo que pudieron y aún quedaron muchas monedas y joyas, que tuvieron que dejar allí, y salieron al bosque. Juanito pronunció las palabras mágicas que cerraban de nuevo el escondite, y ambos regresaron con paso ligero. Al llegar a casa, Juanito se despidió de su maestro,
–¿Cómo, no te llevas tu tesoro? –preguntó Don Joaquín.
–¿Mi tesoro? Ese tesoro es suyo –replicó el burrito.
–¡De ninguna manera! –exclamó Don Joaquín– Has sido tú quien ha descifrado el mensaje. Tuyo es el mérito y el tesoro te corresponde solo a ti.

Juanito insistió en que, al menos, ambos lo compartiesen, pero no hubo forma de convencer al maestro,
–Yo soy ya viejo y no sabría en qué gastarlo. Llévatelo y utilízalo bien –le aconsejó al despedirse.
Juanito meditó profundamente sobre lo acontecido durante el camino de vuelta a su casa y, más que en ninguna otra cosa, en aquellas palabras. ¿Qué significaba eso de «Utilizarlo bien»? Al llegar a casa, ya de noche, le contó a Estrella –que estaba muy preocupada por su tardanza– su aventura y cuando esta se recuperó de la sorpresa al ver tanto oro y diamantes, se puso muy contenta por su «hijo», pues así consideraba a Juanito. Al finalizar el relato, Juanito le dijo,
–Don Joaquín me ha encomendado que empleara bien estas riquezas. He pensado que tú eres quien más se merece quedarse con ellas, pues me ayudaste y me diste casa y alimento, y me llevaste a la escuela, que era lo que yo más deseaba; y gracias a eso encontré este tesoro –Estrella sonrió satisfecha.
Las emociones no habían terminado aún para Juanito aquel día, pues ante sus propios ojos, Estrella, en medio de una luz fulgurante que bañó por completo la modesta casita, se convirtió de nuevo en el hada que le había dado la voz aquella misteriosa noche de invierno. Ahora era Juanito el que estaba atónito de asombro al verse en el espejo de la habitación, suavemente iluminado por el resplandor del hada. Se tocó la cara, incrédulo ante lo que el reflejo le devolvía,
–Soy... No soy... Soy... ¡¡¡Ya no soy un burro!!! –exclamó por fin. Pues Juanito se había convertido en un apuesto joven de largos cabellos de oro y bellas facciones.
–Sí, te lo has ganado –respondió el hada–. Desde que te di la voz, has sido trabajador, estudioso, inteligente, valiente y generoso. Yo podía darte la voz, pero transformarte en lo que eres ahora debías hacerlo tú.

A la mañana siguiente, Juanito se levantó antes de que amaneciera y tras despedirse del hada –que regresó entonces a su estrella–, se puso en camino para recorrer el mundo. Pero, antes de abandonar el pueblo, se detuvo en casa de Don Joaquín, y sin despertarlo, por miedo a que se entristeciera demasiado, Juanito le dejó el tesoro que juntos habían encontrado, con un mensaje de despedida y una recomendación que decía: «Me gustaría que emplease este dinero en construir una gran biblioteca en la escuela, para que todos los niños puedan aprender como yo hice en su casa». Y Don Joaquín, aunque se quedó un poco triste al saber que nunca más vería a su amigo, se consolaba pensando que seguramente sería muy feliz viajando por todo el mundo. Y, por supuesto, mandó construir la biblioteca y otras muchas cosas... Entre ellas, la estatua del burrito.
En cuanto a Juanito, nadie sabe a ciencia cierta que fue de él. Unos dicen que se casó en un lejano país con una princesa y que ambos reinaron sabiamente; otros, que fabricó un cohete y viajó a la Luna; y otros, en fin, que construyó una fábrica donde se hacía el mejor chocolate del mundo... Pero eso, nadie lo sabe.
Si os estáis preguntando qué sucedió con la estatua del burrito, os diré que, como os sucede a vosotros, también a mí me entristecía pensar que quedaría sumergido para siempre solitario bajo las oscuras aguas del pantano... Por eso, decidí comprarla y transportarla a mi casa. Y aquí, en el jardín, los pájaros se posan en su lomo y mis sobrinos juegan felices a su alrededor. Y, de vez en cuando, les cuento esta historia, que tanto les gusta escuchar.



FIN 




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Elburrito by Carlos Olalla Linares is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional License.
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Venecia

Una de esas imágenes de postal, que son tan fáciles de hacer en un lugar tan mágico como Venecia. Me encanta Italia y estoy deseando volver. De momento, me tendré que conformar con ver fotos, como esta de 2012 que tomé mi último día allí.



lunes, 14 de marzo de 2016

Promesa

Foto tomada la pasada semana. Como se puede ver, al contraluz se aprecia ya la flor, a medio formar, dentro de su capullo.


jueves, 10 de marzo de 2016

Cae la noche

Un extraño sosiego se apodera de la penumbra de mi salón, solitario y silencioso. Quizá soy yo. Descorro levemente la cortina y miro a través del cristal del balcón. El reloj del Ayuntamiento marca las ocho y media, minuto más o menos. Ligeramente elevada sobre su esfera, se adivina la de la Luna. Un finísimo trazo de luz mortecina delimita su borde. Entonces, una oscura nube se desliza sobre ella y desaparece ante mis ojos. Pienso: «Acaba de nacer y ya las tinieblas se abalanzan sobre ella». Y ya no vuelvo a verla. Y no sé si soy yo.

miércoles, 2 de marzo de 2016

Las primeras abejas

Apenas hace dos días estaba nevando, y ya están las primeras abejas sobrevolando las flores. Esta en mi balcón, tan enfrascada estaba en lo suyo, que apenas si reparó en mi presencia ni en la intromisión del objetivo de mi cámara.