lunes, 31 de agosto de 2015

Granizo

Estos días están cayendo fuertes tormentas. Ayer, me disponía a regresar de Madrid justo cuando comenzaba la que la pasada tarde dejó unos cuantos daños en toda la Comunidad, y me acompañó todo el trayecto por carretera.
Una vista de uno de los edificios que lindan con
la Calle de Méndez Álvaro, envuelto en 
Caminando por las calles de la ciudad –concretamente, por la zona de Méndez Álvaro–, las tinieblas comenzaron a invadirlo todo. Una especie de neblina, hecha de arena y de la suciedad acumulada en las aceras, desdibujaba los edificios impulsada por el fuerte viento. Mientras me abría paso, trataba de no tragar aquella insana mezcla. Al llegar a casa, todavía me quedaban restos de arena entre el pelo. La verdad, es que la impresión en esa parte de la ciudad era un tanto apocalíptica.

Hoy, ya en plena Sierra Norte, la escena se ha repetido, aunque aquí, al menos, el aire no transportaba las miasmas que tuve que tragar ayer. ¡Puaj!


Sin más consecuencias que el encharcamiento de las calles, eso no significa que la tormenta no haya sido intensa, como se aprecia en esta otra imagen de la derecha. Aparte de la lluvia y el aparato eléctrico, el chaparrón iba acompañado de granizo que, en algún momento, ha alcanzado un diámetro considerable. Pero lo interesante, al menos para mí, y lo que quiero mostrar aquí, es lo que ha sucedido después.






Finalizado el aguacero, las bolas de hielo han comenzado a derretirse y, con ello, han desvelado algo que consideraríamos predecible, pero que no por ello me parece menos interesante: su estructura. Las fotografías que veis más abajo, en grande, muestran cómo la bola se ha ido formando por capas concéntricas que se suceden de dentro a fuera. Solo una curiosidad...







Con mucha personalidad

Para la foto de esta semana, he elegido esta que tiré el pasado julio. Para quienes vivieron los años 60 y 70 -yo era un niño entonces- no será difícil reconocer en esta fotografía a uno de los grandes clásicos europeos de la automoción. Apenas hay información, pero este coche tenía unos rasgos tan definidos, tan particulares, que he aprovechado esa característica en este ángulo tan particular, sabiendo que sigue siendo perfectamente reconocible. Este hecho se repite en la mayoría de vehículos de la época, algo que distingue a aquellos de los coches modernos. Sé de sobra que nuestros coches actuales tienen mejores prestaciones, un consumo de combustible muy inferior, motores más eficientes, superiores medidas de seguridad y una aerodinámica mejorada, pero a mí me parecen todos iguales. Son muy pocos los coches en el mercado que tengan un aspecto destacado de los demás –el Fiat 500, el BMW Z3...– y lo mismo puede decirse de los motores. Cuando era niño, me fascinaban los coches y uno podía distinguir, sólo por el sonido de sus motores, a qué marca pertenecía cada uno. Esta foto es, en cierto modo, un homenaje a aquellos años. Y a sus viejos cacharros, en los que los niños, a veces, viajábamos en los maleteros de los cinco puertas. Y nos parecía la mar de divertido. ¡Qué tiempos!

jueves, 27 de agosto de 2015

Una de esas reflexiones

Vivimos un momento histórico singular, de eso no cabe duda. Pero yo iría aún más lejos; probablemente se trata de un momento inédito en la Historia de la Humanidad. Me explico: quienes me conocen, saben que hace tiempo que sostengo la tesis de que no estamos en crisis, sino en decadencia. Nuestra civilización –así me lo parece– se agota. Eso no significa que no pueda producir aún momentos gloriosos, aunque puntuales. Cantos de cisne, por así decir. ¿Por qué esta afirmación tan contundente? Bueno, si examinamos el pasado, la fundación de las grandes civilizaciones se basó en religiones para articular sus leyes, su ética y su forma de gobierno. Los reyes estaban ahí por mandato divino y eran los representantes de los dioses en la tierra, siempre asistidos por una casta sacerdotal que les daba el marchamo que su solemne posición requería. Ignoro si una cosa es consecuencia de la otra o si se trata solo de un síntoma, pero me atrevería a afirmar que la decadencia va acompañada de la desafección de la gente hacia sus dioses: la descomposición empieza cuando –o sucede a la vez que- la gente ya no se cree a sus propios dioses.

La Edad Antigua dio paso a la Edad Moderna, pero el modelo siguió siendo básicamente el mismo: los reyes y, a veces, también los tiranos, detentan el poder porque Dios así lo quiere. Y, si bien sigue habiendo una legión de personas en todo el mundo que cree en Dios –y no pocos fanáticos que se aferran a su fe y tratan de dar la vuelta a la Historia para regresar a la Edad Media–, lo cierto es que el edicto de Nietzsche «Dios ha muerto» me parece un excelente punto de anclaje para marcar el comienzo de la decadencia de la Civilización Occidental. El Hombre quedó huérfano y ha tratado de encontrar consuelo a su vacío en otros lugares; en la tecnología, por ejemplo. ¿Es esto el fin de la Humanidad? Por supuesto que no; no, al menos, si vencemos la tentación de apretar el botón y hacer saltar todo por los aires. No, no es a eso a lo que yo me refiero, cuando digo que este es un momento inédito. El fin de una civilización solo marca el principio de otra, por más que un cambio tan trascendental sea siempre convulso y signifique, a veces, una auténtica catástrofe para muchas personas que perecen en el cambio. Lo que me parece realmente inédito de este momento histórico particular, lo que me resulta fascinante, es que ese edicto de Nietzsche al que aludía anteriormente, no significa solo la consagración de la sociedad laica, por así decirlo; la separación de poderes; la independencia del pensamiento de Dios y, muy especialmente, el pensamiento científico. No es que la Humanidad –o, al menos, una parte de ella: aquella que, en cierto modo, constituía la punta de lanza y la avanzadilla del  pensamiento de su época— haya renunciado al Dios de los Cristianos para explicar el mundo, sino a los dioses. Lo que me parece realmente fascinante, es que, si esta civilización desaparece para dar paso a un paradigma completamente nuevo, me parece imposible que pueda fundarse en una nueva religión. ¿Sería posible la aparición de un nuevo profeta en nuestra sociedad? Dudoso, aunque reconozco que no imposible: si las cosas se ponen realmente difíciles, el hombre recurre a fuerzas sobrenaturales. Cualquiera que haya pasado por una situación realmente ardua –una enfermedad grave, por ejemplo–, se habrá sorprendido a sí mismo dirigiéndose a Dios, incluso aunque no sea creyente. Pero si, suponiendo por un momento que la evolución que parece natural en el estadio de desarrollo en que nos encontramos sea la que yo supongo, la civilización a la que dé paso la desaparición de la nuestra –algo que habrá de suceder antes o después, tenga o no razón en mi análisis–, no se basa en una nueva religión, ¿en qué se basará? ¿Cuál será el nuevo paradigma que articule las sociedades del futuro? A mí me parece fascinante asistir a ese momento, por mucho que, como en todo nacimiento, el alumbramiento se obre con dolor. Y, nadie lo negará, hay no poco dolor y locura en este nuestro mundo contemporáneo. Veremos en qué para todo esto.

lunes, 24 de agosto de 2015

Nubes bajas

Otra de mis favoritas. Era mediados de marzo de 2013, y un lluvioso sábado por la tarde decidí coger la cámara y dar una vuelta. ¡Premio! Una nube atravesaba la Plaza de España, envolviendo los edificios más altos con su velo. Esta está tomada desde Callao. Aquella tarde haría muchas fotos, pero esta es una de mis preferidas.

viernes, 21 de agosto de 2015

Hoja roja

A partir de ahora, procuraré colgar una foto todas las semanas, acompañada de una breve explicación. Empezaré por una de mis favoritas: esta fotografía de una hoja caída en otoño, que hice en 2013. Hacía poco que me había mudado a El Berrueco (un pueblecito en la Sierra Norte de Madrid) y era mi primer otoño allí. En el patio trasero cayó esta preciosa hoja, toda roja y llena de gotitas diminutas dejadas por la lluvia. Espero que os guste.