jueves, 27 de diciembre de 2012

Cometa Ison

Hace unos meses se descubrió un nuevo cometa (C/2012 S1), que visitará la Tierra dentro de un año, aproximadamente. Promete ser extraordinariamente brillante. De momento, aquí dejo un enlace donde se puede leer un pequeño adelanto del que promete ser un tema que dará que hablar; un digno sucesor de la paranoia de los mayas.

jueves, 13 de diciembre de 2012

My best painting

Beach in Huelva (Spain). Oil on canvas.

lunes, 3 de diciembre de 2012

Una conjetura descabellada (y II)

Si esto fuese una verdadera teoría, lo titularía "Sobre la estructura neuronal de la herencia genética", o algo por el estilo; como no es mucho más que una intuición, lo dejaré sin título. Quienes hayan leído mi entrada anterior, sabrán ya que no es mi intención desbaratar la teoría de la evolución de Darwin—sino todo lo contrario—, y esto conviene aclararlo, porque lo que sigue podría malinterpretarse como una adhesión a las teorías revisionistas del diseño inteligente. Si digo esto, es porque, en cierto modo, la conclusión a la que me lleva esta hipótesis, es a una especie de diseño inteligente, pero sin intervención divina. Soy consciente de que lo que sigue, podría ser una intuición brillante o no pasar de una simple idea interesante sin relación alguna con la realidad; o aun ser una tontería como una catedral. Pero basta de divagaciones.

La idea es bastante simple: que el patrimonio genético de una especie se comporta de modo semejante a una red neuronal. Consideremos por un momento esta comparación con el cerebro: de la misma forma que una neurona —cuya única función es transmitir el impulso nervioso—es incapaz de pensar, un organismo vivo concreto no puede resolver el problema evolutivo de la adaptación a un entorno cambiante. Pero, al mismo tiempo, de igual modo que todo cambia al conectar las neuronas entre sí —en el sentido de que el comportamiento colectivo de la red neuronal permite el pensamiento y, por tanto, de la resolución inteligente de problemas—, el conjunto de todo el patrimonio genético de una especie se comportaría de modo tal, que parece una inteligencia capaz de resolver problemas. Un ejemplo semejante podría brindarlo una colonia de hormigas o de abejas. Cada individuo sólo sabe desempeñar una determinada tarea, pero la colonia como conjunto es capaz de afrontar los problemas. Así, el patrimonio genético, como el cerebro, recuerda los cambios acaecidos en el entorno a lo largo de la historia evolutiva de la especie, y el mecanismo que hace que un cerebro fije un recuerdo —la repetición—, podría ser semejante al modo en que un gen se reforzaría (véase la entrada anterior, tan descabellada como esta) con la repetición de su expresión, sea individual o colectiva. Sé que esto es pura especulación, pero ya he dicho que es sólo una intuición, más o menos razonada; una interpretación audaz de los hechos, si lo prefieren. Pero, así es como avanza el pensamiento, ¿no? Proponiendo ideas; después de todo, lo peor que puede ocurrir es que esté equivocado. Continuando con el parangón, anterior, me pregunto si la reproducción sexual y la transmisión de los propios gene a ella asociadas, actúan de modo semejante a la sinapsis neuronal en un cerebro. Si a esto añadimos la idea expuesta en la entrada anterior —que pudiese existir un mecanismo de reciprocidad entre un individuo y su código genético—, tendríamos algo similar a la comunicación de un cerebro con el mundo exterior, un remedo de los órganos sensoriales. Quizá la simple selección natural obre de este modo, aunque yo tengo mis reticencias; como ya he dicho, intuyo que este mecanismo es sólo una parte de los que están actuando. Visto así, la especie, considerada abstractamente como un todo, parecería actuar de manera inteligente, resolviendo problemas planteados por los cambios en el entorno, y no ya como resultado de una simple combinación del azar y la selección natural; y también explicaría por qué parece esconderse la mano de una inteligencia divina tras la perfección de las soluciones de la naturaleza. Los individuos no piensan en las soluciones, pero la superestructura resultante—la especie y sus genes— actúan como una inteligencia.

En fin, espero no haberos aburrido demasiado y, en todo caso, pediros que no me juzguéis muy duramente, si lo dicho os parece una tontería. Sólo se trata de una reflexión en voz alta.

Gracias,

El autor.

domingo, 2 de diciembre de 2012

Una conjetura descabellada

La idea que me dispongo a exponer, es de una naturaleza que supone jugarse el prestigio intelectual de quien la propone. Dado que yo no tengo prestigio intelectual alguno, no me juego nada a esa baza. Aclarado este punto, vamos al grano.

En primer lugar, quiero aclarar que lo que voy a exponer ahora, no es más que una intuición, más o menos guiada por los hechos —que no conozco a fondo, eso es cierto, y la razón (dentro de lo que cabe)—; trataré de razonar mi hipótesis. Si alguien cree que lo que sigue busca desacreditar o desmentir a Darwin, está muy equivocado: mi intención es reforzar la teoría de la evolución—por pretencioso que esto pueda sonar—por lo que detestaría que alguien se valiese de mis argumentos para atacar lo que considero un hecho, cual es la evolución de las especies. Que esta se ha producido es innegable; las pruebas no dejan lugar a dudas: el problema es entender cómo esta se produce. En general, el argumento para explicarla es la selección natural: el entorno elimina los rasgos menos ventajosos y, por tanto, selecciona aquellos que sirven mejor a la supervivencia. No pienso discutir este mecanismo, que me parece incuestionable; es sólo que no me parece suficiente, por ser demasiado pasivo. El otro motor que impulsaría la evolución, serían las mutaciones. Este mecanismo no logra convencerme del todo. Las mutaciones tendrían que producirse al azar, para evitar una intervención externa e inteligente, y a la vez constructiva, dos propiedades que parecen difícilmente conjugables. Debemos pensar que lograr que un organismo, algo sumamente complejo, funcione adecuadamente requiere gran precisión: se necesita llegar a un alto grado de perfeccionamiento, para que todo funcione armónicamente. La sola pérdida de una única enzima, lleva a la catástrofe. Lo más lógico, pues, es pensar que cualquier alteración de ese equilibrio sea para destruirlo o menoscabarlo. Podría invocarse aquí lo que a veces he visto descrito matemáticamente como un principio de fragilidad de las cosas buenas: es más fácil que algo que ha alcanzado un alto grado de perfección y organización evolucione a peor, que a mejor. Hay más modos de fallar que de acertar.
Por otro lado, las mutaciones genéticas (en esto, como en lo anterior, puedo estar equivocado por desconocimiento, por eso es una pura conjetura), no podrían pasar de alteraciones en la combinación de un código genético ya escrito: ¿puede esto llegar a desencadenar los cambios necesarios para desembocar en una nueva especie? Tal vez sí. Entre algunas especies hay saltos hasta en el número de cromosomas. Los cruces que se llevan a cabo artificialmente en las razas de animales domésticos logran resultados asombrosos en la selección de los rasgos de los animales; pero los perros no dejan nunca de ser perros, por muy diferentes que nos parezcan los rasgos de las diferentes razas. Lograr que unas aletas se modifiquen hasta convertirse en patas, y que estas vuelvan a fusionarse, para crear de nuevo aletas, parece requerir algo más activo que las mutaciones accidentales y la selección natural. ¿Qué nos queda, entonces? Lo que todo esto me sugiere es que, quizás —y digo sólo quizás— intervenga algún mecanismo más activo, tal vez alguna vía recíproca en la relación entre el organismo vivo y el código genético que determina su estructura y fisiología.  ¿Y si la activación repetida de un gen que regula un determinado rasgo o función o mecanismo de reacción del cuerpo (como la producción de melanina o la creación o destrucción de músculo, cuando este se ejercita o deja de emplearse) pudiese estimular cambios en este, ya sea para reforzarlo o para suprimirlo? En ese caso, se establecería una vía de comunicación entre el entorno y el código genético del animal. La presión del entorno se expresaría y quedaría grabada en el código genético por la estimulación ejercida por el uso o desuso de ciertas funciones, y este mecanismo sería más activo que los anteriores. A continuación, la selección natural favorecería a los individuos que hubiesen desarrollado estos rasgos beneficiosos, acelerando el proceso evolutivo. Probablemente parecerá descabellado; yo mismo considero esta explicación poco más que una conjetura, pero me parece interesante considerarla: la vida parece tener más modos de sobrevivir de lo que creíamos y empiezo a sospechar que es mucho más activa en su lucha por la supervivencia de lo que habíamos creído hasta ahora. Creo que, al menos, merece la pena debatirlo.