lunes, 26 de noviembre de 2012

Presentación oficial de Tu Gran Viaje

Cuando la gente que quieres inicia un nuevo proyecto, hay que estar ahí para apoyarlo. Cuando ese proyecto realmente merece la pena—y eso no ocurre todos los días—, cumplir con ese deber se convierte en un verdadero placer. Esta es una de esas raras ocasiones. Esta noche, en la céntrica tienda que National Geographic tiene en Madrid—no es mal escenario—, se ha presentado oficialmente Tu Gran Viaje. No es la primera vez que hablo aquí de esta web de viajes (véase Tu Gran Viaje, publicado aquí mismo hace unos meses). ¿Qué tiene de especial? Quizá no sea yo el más indicado para elogiar el espíritu de esta nueva web que, hasta hoy, ha estado funcionando en versión beta, pues Clemente—su promotor—me ofreció la posibilidad y el privilegio de ser unos de sus primeros colaboradores. Hablé entonces de mi viaje a Florencia, del que guardo un hermoso recuerdo. No sólo por la ciudad en sí—que es una de esas joyas que la historia ha engarzado, como una gema, en Italia—, sino por la gente que conocí (mi más encendido recuerdo para Yukiko, Takahiro, Marta y Clair, y para nuestra profesora Ilaria, así como la gente del Instituto europeo, y a nuestro barista Vincenzo, uno de los tipos más encantadores de toda Florencia, que siempre tenía un 'capuccino e dolce' para nosotros, y toda la simpatía del mundo) y el sentimiento que me dejó indeleblemente impreso. Es una de esas experiencias que deja su impronta para siempre. Se trataba, en suma, de revivir la aventura humana de viajar: y ese es precisamente el espíritu que encontraréis en Tu Gran Viaje; eso es lo que de especial ofrece el proyecto de Clemente. Desde aquí, os animo a visitarlo.

Un abrazo muy fuerte para Marta y Clemente, y mis mejores deseos en esta aventura.

25/05/2032

¿Se han preguntado alguna vez qué sucedería si nuestra especie evolucionara aún un paso más? Lo intrigante de todo esto, a mi juicio, es que esta vez nosotros mismos seríamos el motor de esa hipotética evolución: estamos constantemente adaptándonos a un entorno que nosotros mismos estamos creando. De esto va el siguiente mini relato:




Los Homo Sapiens nunca olvidarán esta fecha: ese fue el día en que nació el primero de ellos. Yo era apenas un niño, pero aún me recuerdo bajando las escaleras para desayunar con mis padres —como habíamos hecho todas las mañanas de mi corta vida—, y cómo mi padre, lleno de curiosidad, comentó la noticia que acababa de leer en el diario. En aquel momento, no reparamos en las consecuencias de aquel hecho, que no nos pareció que tuviese la menor trascendencia para nosotros —mucho menos para la Humanidad. Un bebé había nacido en Iowa con una extraña mutación. Poseía 52 cromosomas, lo cual era ciertamente una anomalía inaudita hasta entonces; pero, aparte de la curiosidad que semejante fenómeno podía despertar en el público, ¿en qué podía eso cambiar el destino de millones de personas? Aún transcurrirían algunos años, antes de que conociésemos la respuesta a esa pregunta. No obstante, a nuestros científicos la importancia de aquel acontecimiento no les pasó desapercibida: el pequeño Vincent, como se bautizó a aquel primer niño, fue objeto de un intenso seguimiento. Ignoro si aprendieron algo de todo aquel estudio, pero fueron incapaces de averiguar por qué se había producido la mutación, ni por qué se produjeron varios casos más en diferentes partes del globo, sin aparente conexión entre sí. Supongo que era algo natural: se había llegado a ese punto, y eso es todo. Tenía que ocurrir. No dejo de pensar que nosotros mismos creamos las condiciones para desencadenarla. Los nuevos están mucho mejor adaptados a la sociedad tecnificada moderna que nosotros mismos, sus creadores. De haberse producido hace sólo quinientos años —por decir una cifra—, la naturaleza los habría suprimido; hubieran sido incapaces de sobrevivir en aquellas condiciones. En cambio, en nuestro mundo de máquinas y ciudades, de redes de información y transportes ultrarrápidos, son como dioses.
Su aspecto era extraño, casi de barraca de feria. Estoy convencido de que eso debió de hacer difíciles sus infancias entre nosotros, a aquellos primeros miembros de la nueva raza. Transmitían una falsa impresión de fragilidad, pues físicamente eran entonces tan débiles como ahora, pero sus mentes… su intelecto no tardó en destacar. Hubo que crear escuelas especiales para ellos, para que no desalentaran a nuestros desaventajados estudiantes. Entonces aún nos sentíamos seguros y no nos preocupaba su manifiesta superioridad intelectual. Sé que ahora parece difícil de creer, pero en aquellos días, para mí felices, la mayoría no éramos conscientes de lo que se avecinaba. Ellos eran pocos y dispersos. Nosotros miles de millones.
Nos repugnaban. A veces, aún se hablaba de ellos como de una anomalía, en los informativos. En un reportaje que me viene a la memoria, se mencionaba el primer matrimonio en Australia; y, poco después, tras un largo de embarazo de 22 meses, del primero de ellos íntegramente concebido por una pareja de los nuevos. Creo que fue entonces cuando reparé en que no ya estábamos solos en la Tierra; en que ahora, quizá por segunda vez en nuestra historia, habíamos de compartir el planeta con otra raza de hombres; y en que, esta vez, estábamos en desventaja.
Les repugnamos. Nos consideran primitivos. Nuestro pensamiento les parece rudimetario. No compartirían con nosotros su casa, como nosotros no la compartiríamos con un simio, por 'humanos' que nos parezcan. No es para menos, si lo consideramos desde su punto de vista. Piensan a una velocidad y en unos términos que para nosotros son inalcanzables, y eso ha hecho que vayan copando los mejores puestos en las empresas, en las instituciones científicas y en los consejos de ministros de todos los países del mundo. Ya empiezan a referirse a nosotros como los 46'ers —término acuñado en el sur de los EEUU, ¡qué ironía!— porque nuestro código genético está compuesto por unos insuficientes 46 cromosomas. A veces pienso en ello y les envidio. ¿Habéis visto alguna vez uno de esos antiguos documentales de naturaleza? Cuando veo a esos animales, no puedo evitar preguntarme si no serán mucho más felices que nosotros, ignorantes de todo; dedicados exclusivamente a su propia supervivencia. Pero luego, me dan lástima, porque en su rudimentaria mente no caben las maravillas que nosotros, la especie hasta ahora privilegiada, podemos comprender, concebir y disfrutar. Las matemáticas, una gran sinfonía, la belleza de una simple flor, más allá de su valor nutritivo, el esplendor del cosmos … nada de todo eso tiene el menor sentido para ellos. Miramos a los homínidos que estuvieron aquí antes de nosotros, y que ya han desaparecido, y nos parece que fueron los pasos intermedios—necesarios, pero desechables—, que condujeron hasta nosotros. Millones de años de evolución de la vida y del planeta, para llegar hasta el Homo Sapiens. Y ahora somos nosotros el paso intermedio para desembocar en los nuevos. No lo dicen abiertamente, pero estoy seguro de que así lo piensan. Somos un molesto recordatorio del eslabón que sobra, una versión inferior de ellos mismos que se obstina en no desaparecer para dejar paso libre a la nueva especie. Pero es una batalla perdida. Estamos en franco retroceso y lo saben. Nos miran por encima del hombro, esperan pacientemente a que nos extingamos, como es nuestra obligación. Hemos cumplido nuestro cometido en la cadena evolutiva y ahora es el momento de pasar el testigo, como los Neandertales hicieron antes de nosotros; de desaparecer discretamente tras el telón de la historia. Como aquellos, o eso creo, asistimos a los descubrimientos de los recién llegados con una mezcla de admiración y temor. Los avances que han traído son asombrosos. Sus descubrimientos científicos dejan perplejos a los más inteligentes de nosotros. El resto, simplemente no comprendemos. Nos sobrepasan de tal modo que, aunque quisiéramos, ya no podríamos trabajar junto a ellos en los puestos clave que ocupan. Piensan demasiado deprisa; a escala demasiado grande. En sus laboratorios, apenas si podemos ocuparnos de las tareas más elementales. Me pregunto cuánto tardaremos en sustituir a los animales de experimentación. No quiero ni imaginar que tal cosa pueda llegar a suceder… No tenemos cabida en su sociedad, que un día fue la nuestra, y hemos de conformarnos con las ocupaciones más bajas. Pero, mientras llega el inevitable día de la extinción del Homo Sapiens—que es tan cierto como el sol que nos alumbra—; mientras limpias sus ventanas; mientras abrillantas sus vehículos nuevos o recoges a sus pequeños de la escuela, nunca olvides que, durante una fugaz era geológica, fuimos los seres más extraordinarios de la Tierra; que alcanzamos las más altas cotas de lo sublime y de lo grotesco; de la crueldad y de la generosidad; del heroísmo y de la infamia; que, por un instante, nuestro reinado fue a un tiempo glorioso y risible.

FIN

Carlos Olalla Linares

Madrid, 26 de noviembre de 2012.


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