lunes, 15 de octubre de 2012

Cuento para Halloween

No es que me entusiasme esta fiesta, implantada en nuestro país de un modo un tanto artificial; pero ya puestos, espero que esta historia os dé muy mal rollo:


El caso de Victoria Castlemaine

Por Carlos Olalla Linares

Sus ojos llevaban un rato clavados en la muchacha que ahora yacía en la camilla. Disfrutaba anticipando el espectáculo que se avecinaba. Paladeaba los preparativos con delectación. No hay que precipitarse. Los celadores ajustaron las correas y la paciente quedó inmovilizada. Él permaneció firme junto al cabecero, susurrando dulcemente al oído de Victoria… “Confía en mí”. Su hermoso rostro, casi angelical, invitaba a entregarse; la avidez de su mirada y la maldad que emanaba de su sonrisa, repugnaban como un estigma. A veces, en el fondo del tranquilo lago, yace una maraña de hojas muertas, cuya putrefacción infecta unas aguas que nos parecen cristalinas; de cuando en cuando, una burbuja emerge de las profundidades, perturba la quietud de su superficie, y nos previene con un suave murmullo del peligro. Aun así, desoyendo las señales, la muchacha obedeció una vez más. En el sanatorio Lullaby nadie se sorprendía ya de la docilidad con que Victoria se sometía a los tratamientos. Hacía varios años que era paciente de la institución y a veces parecía que disfrutase con las duchas frías y las otras crueldades con que se obsequiaba a los desdichados pacientes. El doctor estableció los parámetros de la descarga, el enfermero ajustó la máquina, una enfermera puso un mordedor en la boca de la paciente y se aplicaron los electrodos en las sienes. Victoria recibió la corriente y unas espantosas convulsiones recorrieron su cuerpo, que se retorció violentamente. El joven rió con sinceras carcajadas, pero el disgusto se abrió paso poco a poco en su boca, que adquirió una mueca de asco. Le hubiese gustado abofetear a la joven de pura decepción.
Victoria permaneció en la sala de electroshock por espacio de una media hora, tras lo cual la llevaron a su habitación y la tumbaron  en la cama para que descansara; necesitaba reponerse. El joven permaneció a su lado, hasta que ella despertó. Hubo un silencio. Victoria sonrió abiertamente al verlo allí,
—Me alegro de verte —dijo ella, nada más abrir los ojos—. ¿Te ha gustado? Temía que la terapia te borrase de mi mente. Pero sigues aquí, como me prometiste . Creen que estoy loca, pero tú y yo sabemos que no es así. Tú existes. Tú eres real —el joven permaneció imperturbable—¿Ocurre algo? De pronto pareces… distante—no respondió—. ¡Por favor, dime qué sucede! No puedo soportar este silencio… Me vas a dejar, ¿verdad? ¿Es eso? ¡Contesta! Ten el valor de decírmelo… —añadió con voz temblorosa.
—Me has decepcionado mucho ahí dentro—respondió él.
—¿Decepcionado? ¿Qué quieres decir? —Victoria intentó incorporarse, pero aún estaba débil.
—No me he divertido nada. La chispa se ha apagado. Esas cosas pasan. Hasta hoy había sido estupendo, pero ahora se acabó. Has perdido la lozanía. Esas cosas pasan —repitió, y su voz, antes dulce y expresiva, sonó hueca. Impersonal,
—¿Que he perdido la…? ¡Eres un desgraciado!—gritó.
—Cuidado, vas a llamar la atención.
—¡Y qué me importa a mí eso! ¡Estoy loca! ¡Gritaré todo lo que me dé la gana!
—Adiós Victoria—se limitó a responder, sin perder la compostura.
—¡No! ¡Espera! Siento lo que he dicho. No quería… Cambiaré. Te lo prometo. Haré lo que tú me pidas, pero ¡por favor, no te vayas! —el tono de su voz se fue elevando.

Las súplicas no sirvieron de nada. Victoria trató de levantarse de la cama y cayó al suelo. Llorando, gritó hasta hacerse daño,
—No me dejes, por favor. Bernard. ¡Quédate a mi lado! ¡Por favor! Te lo suplico.

Los desgarradores gritos alteraron a los demás pacientes y, pronto, el ensordecedor griterío de la locura llenó los pasillos del sanatorio; los celadores no tardaron en acudir. Cuando abrieron la puerta, Victoria estaba en el suelo, implorando a una figura invisible,

—Aquí no hay nadie, Victoria. Bernard no es más que una alucinación. Vuelve a la cama—trató de calmarla uno de los celadores—. Llama al doctor—ordenó, volviéndose a la enfermera, que se había quedado en la puerta.
El joven se despidió de Victoria y abandonó la habitación, mientras los celadores trataban de sujetar a Victoria, repitiéndole inútilmente que no había nadie más en la sala.

Bernard se presentó desenfadadamente ante la joven, que leía sentada en un banco del parque de una ciudad, cuyo nombre no importa. Parecía una muchacha solitaria y triste. Debía elegir bien a su nueva "amiga",
—¿Puedo sentarme?—se limitó a preguntar.
La joven estaba perpleja y, por unos instantes, no supo qué decir. El joven tenía un rostro tan angelical y su voz era tan dulce, que aceptó sin casi darse cuenta,
—Me llamo Laura…
—Estoy seguro de que vamos a ser muy buenos amigos, Laura.

FIN






lunes, 1 de octubre de 2012

La chimenea que tenía tos


Este es el último cuento de los que he llamado 'de la talla "S"', y con él se acaba la serie que anuncié días atrás. Espero que os hayan gustado:

Hace mucho tiempo, las casas solían tener chimenea, pues era la mejor, y a veces la única, forma de calentarse en aquellos crudos inviernos. En una ciudad cuyo nombre luego os diré, si viene al caso, había una casa que tenía una chimenea, famosa por padecer de una tos muy irritante. Cada vez que se encendía, comenzaba a toser ruidosamente y a escupir hollín sobre los muebles, las alfombras y las caras de los habitantes de la casa. Un día, hartos de soportar aquella situación, llamaron al más reputado deshollinador de la ciudad, el doctor Flogisto. Este no era de los que atendían cualquier aviso, pero aquel en particular era tan especial, que aceptó el caso sin dudarlo un solo instante. Como él solía decir, “Cualquiera con un buen cepillo puede desatascar una chimenea. Yo, en cambio, soy médico de chimeneas.”
—Pase por aquí doctor —dijo el dueño de la casa, guiando al facultativo hasta el salón principal de la vivienda—. Se trata de esta antigua chimenea.
—¡Excelente ejemplar, ciertamente! —exclamó el doctor Flogisto con sincera admiración.
Inmediatamente depositó su maletín en el suelo y comenzó a examinar a su paciente. Con una linterna de petróleo, iluminó el interior; con un pequeño martillito, dio unos golpecitos y luego escuchó atentamente el eco; y a cada nueva prueba, el doctor Flogisto emitía un profundo “Huuum” de desaprobación o chasqueaba la lengua contrariado por el mal estado de su paciente, al tiempo que negaba consternado con la cabeza. Finalmente, el doctor Flogisto llegó a un diagnóstico y prescribió un tratamiento,
—¡Caramba —exclamó—, es el caso más grave de parafinosis antracítica que he visto nunca! Había leído sobre ello en los libros, pero no creí que existiera nada parecido a esto. Bien, mi ayudante vendrá dos veces por semana para extraer el hollín de los intersticios nodulares. Por su parte, ustedes deben añadir en la leña, que ha de ser solamente de fresno canadiense, estas hierbas que les voy a entregar ahora: 36,15 gramos exactos, ni uno más ni uno menos, por cada kilogramo de madera que arda en el hogar. Es extremadamente importante seguir al pie de la letra mis instrucciones, de lo contrario todos podríamos salir volando por los aires.
El doctor Flogisto extrajo de su maletín las hierbas que debían administrase al paciente y el dueño de la chimenea enferma prometió cumplir fielmente sus instrucciones.
—Yo vendré dentro de un mes para examinar de nuevo al paciente —añadió, mientras recogía sus instrumentos para guardarlos de nuevo en el maletín.
El tratamiento se aplicó escrupulosamente. Al cabo de un mes, el doctor Flogisto regresó para comprobar los progresos de su paciente,
—¡Espléndido, espléndido! Estoy muy satisfecho: puedo decir que el paciente está completamente recuperado —exclamó con entusiasmo el médico de chimeneas, el único en su especie en todo el globo terráqueo.
Más aún, el tratamiento dio tan buenos resultados, que la chimenea no sólo había dejado de toser, sino que había adquirido una hermosa voz de soprano, capaz de entonar las más bellas arias de ópera. Dependiendo del tipo de leña que se encendiera en ella, interpretaba a Mozart, a Verdi o a Wagner. Tan bella era su voz, que fue aclamada en los más importantes escenarios de todo el mundo. Pero un día estalló la guerra. Comenzaron los bombardeos y la hermosa voz de la chimenea calló para siempre. Al terminar el conflicto, cuando la vida regresó a las ciudades, los supervivientes se acordaron de la magnífica voz de la chimenea y de cómo habían disfrutado escuchándola. Muchos se preguntaron qué había sido de ella, pero nadie supo responder con exactitud a esta pregunta. Según unos, los bombardeos destruyeron la casa y la chimenea con ella; según otros, horrorizada, la chimenea huyó muy lejos. En una ocasión, unos exploradores antárticos creyeron ver su silueta, en la distancia, solitaria y medio sepultada en el hielo; y hasta les pareció oír su melodiosa voz entre el rugido de la ventisca. Pero eso no son más que rumores que se cuentan por ahí.


FIN