domingo, 30 de septiembre de 2012

El niño que siempre decía palabrotas


Había una vez un niño que siempre decía palabrotas. Era muy famoso por ello, y estaba oficialmente registrado en un libro de récords como el niño peor hablado del mundo. Era tan famoso, que hasta salió en la tele; ¡y eso era lo más! Casi ni podía pasear por la calle sin que lo reconocieran. “¡Eh, niño peor hablado del mundo!”, le gritaban desde la otra acera, “dinos alguna palabrota.” Y el niño peor hablado del mundo, que nunca defraudaba a su público, decía las peores palabrotas que sabía. En resumidas cuentas, se puede decir que el niño que siempre decía palabrotas se sentía bastante orgulloso de sí mismo. Sus padres, en cambio, no estaban muy contentos con aquella situación. Sí, hasta cierto punto les agradaba la fama y todo eso, pero hubieran preferido que su hijo fuese famoso por haber salvado a una ancianita de perecer en un incendio o algo por el estilo, y no por decir tantas palabrotas. Lo malo era que no sabían cómo quitarle aquella manía tan fea; lo habían intentado todo: desde castigos hasta pagarle un céntimo por cada hora que pasara sin soltar un juramento, pero no sirvió de nada. La tentación de decir palabrotas era demasiado fuerte. El niño que decía palabrotas decía cada vez más palabrotas; tanto disfrutaba con ello, que un día decidió decir solamente palabrotas,
—Desde hoy, sólo diré palabrotas —anunció a sus padres.
Pero su mamá, que había trazado un astuto plan, le dijo,
—Está bien, no volveré a regañarte por ello. Podrás decir todas las palabrotas que quieras, pero con una sola condición.
—¿Cuál? —preguntó el niño peor hablado del mundo, un poco intrigado.
—Que nunca digas la palabra “equis”.
Inmediatamente, el niño peor habado del mundo comenzó a decir sin parar,
—Equis, equis, equis, equis, equis, equis, equis, equis, equis, equis, equis, equis, equis, equis, equis, equis, equis, e, quis, e, quise, quise, quise, quise…
—¿Qué quisiste? —interrumpió su madre.
—¿Eh? —exclamó el niño que siempre decía palabrotas, sorprendido por la inesperada pregunta de su madre.
De pronto, se dio cuenta de lo que había pasado y le dio la risa floja. ¡No paraba de reír! También sus padres comenzaron a reír, sin poder evitarlo. Se rieron tanto, que desde aquel día el niño peor hablado del mundo dejó de decir palabrotas. Cuando salía a la calle con sus padres, y la gente le pedía que les dijese alguna palabrota nueva, el niño peor hablado del mundo respondía, “Ya no digo palabrotas, gracias”. Aquella nueva conducta llegó a oídos de los que escribían el libro de récords, y el niño peor hablado del mundo fue despojado de su título internacional, que fue a parar a una niña de Finlandia. El ex niño peor hablado del mundo dejó de ser famoso y no volvió a salir por la tele nunca más. Ya nadie lo paraba por la calle. Pero, aunque lo echaba un poco de menos, se dio cuenta de que, en realidad, ahora era mucho más feliz; y eso es lo que cuenta, ¿no?

FIN

sábado, 29 de septiembre de 2012

El invento del profesor Gástricus


El profesor Gástricus era un gran inventor y, como tal, estaba siempre ideando cosas nuevas. Un día, observando lo difícil que resultaba lograr que los niños se tomaran la fruta, la verdura y, en general, todo lo que no fuesen golosinas, se encerró en su laboratorio para encontrar una solución a tan obstinado problema. Al cabo de unos días de agotador trabajo, el profesor Gástricus salió triunfante de su encierro y dio a conocer al mundo su gran invento: el tenedor que cambiaba el sabor de los alimentos. Funcionaba con pilas y lograba que la comida supiera a chocolate. Los niños estuvieron encantados y también sus padres, pues, por primera vez, sus hijos se comían acelgas sin la más mínima protesta. Si embargo, había quien no estaba tan contento con la invención del profesor: sí, los fabricantes de chocolate. Ahora que todo sabía a chocolate, los niños ya no lo pedían a sus padres y nadie  compraba chocolate. Era la ruina. Un comité de sabios, con el profesor Gástricus a la cabeza, se pusieron a pensar sobre el problema. Pensaron y pensaron, hasta que el profesor Gástricus dio brillantemente con la solución: “Los niños ya no quieren chocolate, por la sencilla razón de que ya no es una golosina”, explicó el profesor, “La solución es muy simple: fabriquemos chocolates con sabor a no-chocolate”. Una vez más, el profesor Gástricus lo había conseguido.” Inmediatamente, los chocolateros se pusieron a trabajar, y empezaron a comercializar chocolates con sabor a acelgas, a judías verdes, a huevos fritos, a albóndigas, y así hasta una infinita gama de sabores a no-chocolate. Los niños estaban encantados con los nuevos sabores, aunque sólo fuera porque rompían la monotonía del sabor siempre a chocolate. El problema era que ahora los niños no querían la verdura con sabor a chocolate, y sólo querían comer el chocolate que sabía a verduras, por lo que nos encontrábamos de nuevo en la misma situación. Un buen día, alguien reparó en el hecho de que el problema se podía resolver simplemente volviendo a usar los tenedores de siempre; los corrientes. La idea se acogió con entusiasmo. Los niños seguían comiendo sin problemas la verdura porque, según ellos, sabía a golosinas. Pero también a esto se acostumbraron y, de nuevo, los padres se encontraron con niños que no querían comer espinacas ni acelgas que sabían a espinacas y acelgas, y que sólo querían comer chocolate con sabor a chocolate.
FIN
Madrid, 11 de septiembre de 2012



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El libro que no se podía terminar


Por Carlos Olalla Linares
Mi pueblo es pequeño, pero tiene una biblioteca hermosa. En ella se pueden encontrar los mismos libros que en cualquier otra biblioteca del mundo, excepto por uno que sólo tenemos aquí; lo escribió el molinero de nuestro pueblo hace más de dos siglos, y se llama Lavinia la batalladora. Trata de las aventuras de una muchacha llamada Lavinia y eso, que seguramente ya lo habíais deducido vosotros mismos por el título, es lo más que os sabrían decir mis paisanos sobre él, si les preguntaseis. “Er, bueeeno…”, os responderán muy azorados, sin saber daros más explicaciones. “¡Es un libro tan bello!”, añadirán después. ¿Cómo es eso posible?, os preguntareis. Dejad que os lo aclare.
Corría el año 1792, y el molinero del pueblo, que naturalmente no es el mismo que tenemos ahora, acababa de tener a su primera y única hija, a la que puso por nombre Lavinia. Por desgracia, la pequeña muy pronto cayó enferma. El médico había desahuciado a la niña y el joven molinero estaba desolado: pasaba las boches en vela junto a su lecho, esperando un milagro. Por fin, cuando todo parecía perdido, sus ruegos fueron escuchados y contra todo pronóstico la pequeña Lavinia salió adelante. El molinero era tan feliz y estaba tan agradecido, que prometió escribir la historia más bella del mundo para su adorada pequeña; y así lo hizo. En aquella época, los libros se escribían a mano con una pluma de ganso y luego se llevaban a la imprenta. El proceso era largo: un cajista debía componer los tipos, o sea, las letras en moldes que luego se impregnaban de tinta y estampaban el texto sobre el papel, para luego encuadernar las hojas impresas y formar el libro terminado. Pasaban los días y la impresión no se acababa. El molinero estaba impaciente y, no pudiendo esperar más, acudió al taller de impresores para averiguar por sí mismo cómo avanzaban los trabajos. Cuál no sería su sorpresa, cuando supo que apenas si se había impreso la primera página,
—¡Pero si hace ya meses que os lo entregué! –exclamó el molinero.
El impresor estaba avergonzado, pero la culpa parecía ser del cajista, que se demoraba inexplicablemente en su trabajo. Este se excusó,
—Es que es tan bella su escritura y tan placentera su lectura, que apenas he terminado de leer una frase, no siento sino deseos de volver a leerla una y otra vez, sin que pueda evitarlo. Y así, el trabajo no avanza.
El molinero se sentía muy halagado, pero si las cosas continuaban así, el libro no se terminaría nunca de imprimir. Los tres se sentaron a reflexionar sobre el problema y al fin llegaron a una solución en la que todos estuvieron de acuerdo: puesto que su lectura era tan placentera que impedía avanzar en su impresión, debían buscar a alguien que no pudiese de ningún modo disfrutar con ello. Y tal persona sólo podía ser alguien que no supiese leer. Buscaron pues a un pobre analfabeto, al que instruyeron en el arte de componer los tipos de la imprenta, tomando los tipos por su semejanza con las letras en el papel. El hombre se puso a trabajar y pronto el libro estuvo impreso. A excepción del molinero y, más tarde, su hija, el cajista analfabeto era la única persona sobre la Tierra que había visto el libro en su totalidad, aunque no supiese decir nada acerca de su contenido. Las noticias sobre el hermoso libro que el molinero de nuestro pueblo había escrito corrieron como la pólvora, pero sólo existía un ejemplar y estaba en poder del molinero; y este su adoraba hija, por lo que nadie supo nunca de su contenido. Cuando, muchos años después, aquel único ejemplar llegó a la biblioteca de nuestro pueblo, todos querían leerlo; pero, como sucedió al cajista, nadie era capaz de pasar de la primera página, pues eran tan hermosas sus palabras que, sin poder evitarlo, sus lectores volvían al principio para leerlas de nuevo, sin nunca cansarse de ello. Pasaron los años y se sucedieron los lectores por riguroso turno, pero ninguno de ellos pudo ir más allá de la primera página. Ahora me toca a mí leerlo y, si logro llegar más lejos que mis predecesores, ¡os prometo que os lo haré saber! Pero es que, es tan bonito.

 FIN



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viernes, 28 de septiembre de 2012

El basurero que fue rey




Por Carlos Olalla

Había una vez un empleado de basuras que, una noche, encontró en la basura una corona real. El hombre, que nunca había visto una corona de verdad en toda su vida, la rescató de la basura y se la llevó a su casa. Cuando mostró a los demás su hallazgo, todos comenzaron a decir que, puesto que estaba en posesión de una corona, probablemente el basurero debía de ser el legítimo rey. ¿Por qué, si no, tendría una corona? El asunto se debatió arduamente y, finalmente, el basurero fue proclamado rey. El pobre se sentía un tanto abrumado, pues era un hombre sencillo que no sabía nada de las cosas del gobierno; pero también era un hombre despierto y, como había recorrido las calles de la ciudad tantas veces, sabía bien cuáles eran los problemas que padecía su reino. El antiguo empleado de basuras realmente quería hacer algo bueno por sus súbditos. Y, como no existe mejor combinación de cualidades que estas en un rey, gracias a sus sabias decisiones el reino pronto prosperó. En poco tiempo, se convirtió en el monarca más amado por su pueblo que haya conocido el mundo. Sin embargo, un día se presentó una demanda contra el buen rey: un hombre lo acusaba de ser un usurpador. Los súbditos del ex basurero estaban consternados, pero las pruebas del querellante eran irrefutables: la corona le pertenecía y podía demostrarlo; y, por tanto, él era el legítimo rey. El juez falló a su favor. El antiguo basurero fue despojado del trono y devuelto al servicio de recogida de basuras, y el demandante fue restituido en su dignidad real. Y, aunque sus malas decisiones le hicieron merecedor del título de “Peor rey de la Historia”, nadie en el reino pudo discutir que era su legítimo rey.

FIN
Madrid, 11 de septiembre de 2012






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El teléfono que dijo “¡Basta!”


Por Carlos Olalla Linares

¡Riiiiiiiing! ¡Riiiing! ¡ Riiiing!¡ Riiiiiiiing! Tenemos un teléfono un poco antiguo, de esos que tienen un disco para marcar el número al que se quiere llamar, y que ya sólo se ven en las películas. Seguramente vosotros no los conoceréis. Era de cuando mi papá era pequeño. ¡Así de antiguo es! Lo cierto es que aquel domingo papá descolgó el auricular y al otro lado de la línea se oyó la voz de su jefe,
—López, perdone que le moleste un domingo por la mañana —se disculpó no muy sinceramente su jefe—, pero necesito que me haga un favor.
—No es molestia, jefe —respondió papá, y él tampoco fue muy sincero, la vedad— Usted dirá.
—Verá López, hay aquí unos balances que tienen que estar para mañana. No hay tiempo para que venga a la oficina, así que le dictaré los datos por teléfono, para que lo haga en su casa.
El jefe de papá empezó a soltar cifras por teléfono, mientras papá las anotaba en un papel. De pronto, se oyó por el auricular,
—¡Basta!
—¿Eso es todo? —preguntó papá.
—¿Cómo se atreve, López? ¿Quiere que lo despida? —preguntó a la vez el jefe de papá.
—Pero si es usted quien ha dicho… -replicó papá, bastante confundido.
Durante un rato hubo algo de lío respecto a quién había dicho aquel “¡Basta!”, hasta que quedó claro que no había sido ninguno de los dos,
—Entonces —concluyó el jefe de papá—, si no hemos sido ni usted ni yo, ¿quién ha gritado “¡Basta!”? ¿Quién hay ahí?
Por fin, el autor de la exclamación se dio a conocer,
—He sido yo —respondió una voz.
—¿Y quién es usted? —gritó papá exasperado.
—Soy tu teléfono. ¿Sabes? Llevo funcionando sin parar un montón de años, desde que eras un mocoso, y ahora tengo que pasar los datos de un balance entero. ¡Necesito descansar!
—López, ¿qué clase de enredo este? Escúcheme bien: no me interesan sus líos privados; resuelva el problema que tiene con su teléfono y vuelva a llamar, para que pueda terminar de darle las cifras que necesita. Si ese balance no está mañana sobre mi mesa, puede darse por despedido. ¿Me oye? ¡Despedido!
El jefe de papá colgó el teléfono muy malhumorado y papá se pasó un buen rato discutiendo con el viejo teléfono, por la jugarreta que le había hecho. ¡Y en el peor momento!
—Te lo advierto, si cuelgas ahora no volveré a funcionar correctamente nunca más. Y recuerda que he escuchado todas tus conversaciones desde que eras pequeño. Podría contar muchas cosas —dejó caer amenazadoramente.
A papá, aquel chantaje le sentó muy mal, como os podéis imaginar, y a punto estuvo de cortar el cable para siempre. ¿Qué se había creído ese cacharro! Sin embargo, le tenía cariño a su viejo teléfono, así que, incomprensiblemente, decidió ceder; para solucionar el problema definitivamente, le pagó unas vacaciones. Durante todo un mes, recibíamos sus llamadas cada dos por tres: un día nos contaba que estaba en Río de Janeiro, y al día siguiente había volado a Sidney para ver una ópera. Como las conferencias eran a cobro revertido, salieron por un pico. Mientras, papá tuvo que comprar otro terminal más moderno, uno de esos inalámbricos, para conservar su empleo. Cuando el viejo teléfono regresó de sus vacaciones, funcionaba a las mil maravillas. Lo único malo es que se volvió un poco engreído, porque decía que tenía mucho mundo; pero papá estaba encantado y nunca se quejaba. ¡La de cosas que se habían dicho y escuchado por aquel auricular! Ahora ya es uno más de la familia y no lo cambiaríamos por nada del mundo.


FIN