jueves, 29 de diciembre de 2011

Cuento




El tejedor prodigioso


Había una vez un tejedor tan diestro en su oficio, que la vista no era capaz de seguir a sus manos; tal era la velocidad con que tejía. Gracias a su portentosa habilidad, podía hacer dos prendas con la lana de una; o una sola con la mitad de lana ¿Cómo, me preguntáis? Así: tejía una mitad y a, continuación, la destejía para tejer la otra mitad con la misma lana, que luego destejía de nuevo; repetía este proceso tan aprisa, que uno creía ver una prenda completa cuando en realidad sólo había media prenda cada vez. Era todo un espectáculo verlo actuar en las ocasiones en que se prodigaba, y así su gloria fue aumentando de día en día y propagándose su nombre por todo el reino.

Una mañana, llegaron a oídos del rey las proezas del habilidoso tejedor y, espoleado por la curiosidad, llamó a su chambelán,

—Ha llegado hasta mis reales oídos que hay entre mis súbditos un tejedor capaz de hazañas asombrosas. ¿Sabéis algo de esto?—preguntó.
El chambelán tuvo que admitir que nada sabía de aquel asunto, pero prometió indagar e informar a su Majestad tan pronto como averiguase algo. Para su desgracia, ninguno de los cortesanos supo darle razón del hábil artesano. El chambelán interrogó entonces a la servidumbre y resultó que todos habían oído hablar de él. Uno de los sirvientes de palacio le aseguró que él mismo había presenciado alguna de sus demostraciones, que alabó grandemente, y el chambelán le hizo prometer que le avisaría si el asombroso tejedor volvía a exhibirse—pues el noble consejero de su Majestad recelaba alguna cosa y no tenía intención de consentir que su soberano fuera objeto de la burla de un embaucador. Unos días más tarde, el sirviente, cumpliendo su palabra, hizo saber al camarlengo de su Majestad que esa misma tarde tendría lugar una de las demostraciones del prodigioso tejedor. El consejero se puso las ropas más humildes que encontró para no delatarse, y salió de palacio acompañado por el sirviente, con el propósito de asistir personalmente a una de las representaciones.
Cuando ambos llegaron al lugar, se había congregado ya una pequeña multitud que aguardaba expectante. El tejedor, un joven un tanto jactancioso, se dispuso a ofrecer uno de sus espectáculos: ante los ojos del atónito caballero, el tejedor vestía uno tras otro, de los pies a la cabeza, a cuantos voluntarios se prestaban a ello con tan sólo un ovillo de lana, tejiendo y destejiendo a una velocidad vertiginosa. Todos aplaudían entusiasmados. El chambelán regresó inmediatamente a palacio e informó al rey de lo que había visto,
—Hum, veamos si se trata de un genio o, si por el contrario, es un estafador: en el primer caso, lo colmaré de honores; en el segundo, lo encerraremos para siempre en una mazmorra o le cortaremos la cabeza; ya lo decidiremos.
El chambelán hizo llamar al tejedor a la real presencia, le entregó un ovillo de lana y los instrumentos necesarios para su oficio, y le ordenó que mostrase a su Majestad su maestría, advirtiéndole de las consecuencias si todo se trataba de un engaño. El jactancioso joven no se arredró y, sin el menor titubeo, repitió ante su soberano lo que había demostrado tantas veces a sus súbditos. El rey quedó entusiasmado y colmó al joven de honores, tal como había prometido; por su parte, concedió nuevos títulos al chambelán, que tomó como mayordomo al sirviente que lo había conducido ante el tejedor.
Tan impresionado quedó el rey, que no pudo dejar de reflexionar largamente sobre el prodigio que había presenciado, e hizo llamar a su ministro de obras públicas. Este se presentó en la sala del trono al momento y el rey habló así,
—Vuestro soberano ha tenido una regia idea para duplicar, o incluso triplicar, el territorio de nuestro reino. Tomad nota—y el rey expuso su plan—; convocad a los ingenieros y estudiad el proyecto. Debo admitir que contemplar las hazañas del tejedor ha sido una inspiración.
—La idea será siempre mérito exclusivo de su Majestad—apostilló el ministro, mientras se retiraba entre reverencias y genuflexiones.
El ministro obedeció sin dilación las órdenes de su rey y explicó a su equipo de ingenieros reales la idea del monarca, que no era otra que aplicar al territorio del reino, lo que el tejedor hacía con la lana.
—Retiraremos la tierra de un sitio y la llevaremos mar adentro, de donde la retiraremos de nuevo para devolverla a su lugar original: repitiendo constantemente este sencillo proceso lo bastante rápido, nadie notará siquiera que la tierra aparece y desaparece bajo sus pies; sin embargo, gracias a este ingenioso trasvase de tierras, el reino ganará terreno al mar y seremos cada vez más grandes, como corresponde a la grandeza de su Majestad y, por ende, a la de sus reales súbditos sobre los cuales se derrama.

Los ingenieros se rascaron la cabeza, pues el ambicioso plan requeriría un serio estudio, pero todos coincidieron en considerar que se podía hacer, ya que su Majestad así lo había concebido; y una idea de su soberano no podía ser de ningún modo irrealizable. Inmediatamente acometieron la real tarea, realizaron los cálculos pertinentes, trazaron los planos y convocaron a los reales proveedores, que avisaron a los capataces, que a su vez contrataron a los obreros y, sin más dilación, dieron comienzo las obras. Poco a poco, el reino fue extendiendo sus dominios y, gratificados por su Graciosa Majestad, los primeros habitantes se mudaron a las nuevas tierras, donde prosperaron, abrieron tiendas y plantaron huertos y jardines. Se construyeron edificios de viviendas y nuevas carreteras, lo que obligó a trabajar aún más deprisa; pues no debía percibirse ni la más mínima señal de lo que sucedía en el subsuelo, donde la tierra se ponía y se quitaba a un ritmo frenético. Objetaréis que entonces todo estaba en vilo, pero los cimientos quedaban suspendidos en el aire sólo durante una ínfima fracción de segundo. Ni una leve vibración perturbaba el sueño de sus nuevos habitantes. El trabajo era agotador, pues no podía detenerse ni un instante—de lo contrario medio reino se hundiría en el océano—, pero el resultado merecía el esfuerzo. Su Majestad estaba satisfecha. Los súbditos celebraban a su rey, los poetas cantaban sus alabanzas y los escultores inmortalizaban la real efigie en todas las esquinas.

Los reinos colindantes miraban con preocupación y perplejidad el avance de las fronteras de su vecino. Los reyes de las otras potencias convocaron a sus reales geógrafos, que confirmaron la modificación de las costas experimentada por el país vecino; pero ninguno sabía explicar cómo era eso posible, por lo que se enviaron espías para averiguar qué sucedía exactamente. La magnitud de las obras era tan extraordinaria, que no se podían ocultar a los ojos indiscretos y los otros monarcas no tardaron en estar puntalmente informados del ambicioso plan de su vecino. El mismo pensamiento se apoderó de todos los reyes de la tierra: “Si no actuamos rápidamente, los demás reinos se nos adelantarán, extenderán su territorio y pronto nos veremos rodeados. ¡Que comiencen las obras!” Al poco tiempo, todos los reinos imitaron la idea del tejedor y redoblaron esfuerzos para ganar terreno a los demás.

Mientras tanto, la endiablada idea había cundido y las raciones de comida se hacían cada vez más exiguas. Primero, los platos comenzaron por llenarse a la mitad de judías, luego a un tercio, luego a un cuarto… pero el camarero que las servía las movía con tan raudas manos, que parecían llenarlos completamente; igualmente, con media barra de pan se hacía una entera, salvo que… sólo lo parecía y las raciones mermaban. El hambre y las enfermedades se extendieron a la misma velocidad que las fronteras, que pronto chocaron unas con otras. Los reyes ordenaron trabajar aún más deprisa: puesto que, durante una fracción de segundo, el espacio del vecino quedaba forzosamente vacío, podía aprovecharse para invadirlo con sólo aumentar ligeramente la velocidad de las obras. Así, el ritmo se incrementaba y el trabajo se hacía inexorablemente más arduo, ya que la misma tierra debía transportarse cada vez más lejos, a medida que los reinos ampliaban sus dimensiones. Al ocupar superficie que antes pertenecía al mar, este comenzó a elevar su nivel, por lo que aún hubo que resolver este problema construyendo diques con trabajadores cada vez más famélicos y enfermos. No es difícil, pues, imaginar que las guerras por las fronteras y las rebeliones internas no tardaron en estallar. Las obras se paralizaron, las nuevas construcciones se hundieron en las aguas y los países, exhaustos, firmaron tratados recuperando en pocos días sus dimensiones originales que tanto esfuerzo había costado alterar.
Los descontentos súbditos buscaban un culpable. Los obreros cumplían órdenes del capataz, que las recibía de los proveedores, que las recibían de los ingenieros reales que acataban las instrucciones del ministro de obras públicas que interpretaba los designios de su Majestad.
—La culpa—dijo el rey cabizbajo en su descargo—es del chambelán, por traerme a ese endiablado tejedor. Os despojo de vuestros nuevos títulos.
—La culpa—se excusó este—es de mi mayordomo, que me llevó a presenciar aquel malhadado espectáculo. Volveréis a vuestro antiguo puesto—añadió irritado.
—La culpa—rehuyó aún este—es del tejedor y su aciaga habilidad, que ha envenenado las cabezas de todo el país.

Todos estuvieron de acuerdo en esta última observación, por lo que el rey ordenó que el tejedor fuese despojado de sus honores y desterrado, y proscrito su nombre del reino para siempre. Así se escribió y así se cumplió.

FIN



miércoles, 14 de diciembre de 2011

Una storia stravagante V


Tornando alla sua nave, d’improvviso il treno procedeva in mezzo alla nebbia. Le luci sfumavano fino a che erano solo macchie senza colore; il nonno ebbe un brivido. In fondo al carro, nelle tenebre, c’era un palcoscenico sul quale c’era un tavolo e sul tavolo un barattolo pieno a metà di un liquido trasparente, illuminato da un riflettore. Mio parente guardò intorno a sé e vide acanto una bella donna coi capelli neri e gli occhi di un profondo blu che lo guardavano sorridenti. Anche lui sorrise. Un uomo, il quale il nonno riconobbe subito, sorse dal buio e si fermò davanti al tavolo senza pronunciare una parola, prese una custodia di velluto nero che portava in tasca e tolse dall’interno una piccola palla di un bianco perlato; con un ampio gesto la fece vedere a tutti e poi, sempre silenzioso, la gettò nel barattolo. All’inizio non sembrava che succedesse nulla, ma a poco a poco quella palla cominciò a cambiare la sua forma ed a crescere. Lentamente, la sua forma rotonda diventò sempre più allungata fino a che cominciò a dividersi: ci si sentì un mormorio, perché allora si poteva riconoscere una sagoma quasi umana. Blasfemo!—gridò qualcuno—ma quella massa non smetteva di crescere; si formavano braccia, gambe, dita e, in testa, due ombre segnavano dove sarebbero stati gli occhi. Il liquido cominciò a traboccarne e, dopo venti minuti circa, dato che non restava spazio dentro del barattolo, il processo finì: due occhi rotondi e neri guardavano paurosi attraverso il vetro, aspettando di liberarsi di quella prigione e respirare. Lo spettacolo era angosciante. Olof prese un piccolo martello e ruppe il contenitore con grande sollievo, interrotto per lo stertore della creatura che s’impegnava per respirare. Mio nonno sentì compassione per quell'essere nudo, tremante, impaurito, che davanti al pubblico sembrava domandarsi chi e dove fosse. Il pubblico applaudiva e urlava entusiasmato anche se alcuni protestavano contro quell’oltraggio verso Dio. Mio nonno volse lo sguardo,

—Anika, non applaudire! E' orribile!—urlò; ma nel carro non c’era nessuno.



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domingo, 11 de diciembre de 2011

Una storia stravagante IV


Nella penombra del treno, l’invisibile mano di Svenson indicava lo strano quaderno nero, il cui contenuto mio nonno temeva tanto, quanto desiderava conoscerlo, senza che potesse dire perché. Guardò di nuovo il cartello; i segni che circondavano le due figure sul palcoscenico erano misteriose come la scritta sul muro, e per mio nonno, ugualmente ominosi. Invece, lui non aveva un profeta che li potesse decifrare. Lo spettacolo raffigurato sul cartello era malsano, disgustoso, ma allo stesso tempo, affascinante. Olof. Chi era quest’Olof? Perché era venuto nel nostro paese una volta? Durante il tragitto di ritorno alla sua nave, furono tante le occasioni che stette per buttare via la maledetta eredità del vile vecchietto, ma sembrava che fosse la stessa mano dello svedese a impedirlo. La curiosità e l’implicita promessa del male erano tropo forti per essere disattese. Il bellissimo volto del male, che si bacia solo per scoprire tropo tardi che era pieno di vermi, è irresistibile. “Crepi! Hai vinto Svenson!”, urlò mio nonno, e finalmente aprì il quaderno e cominciò a leggere. La lettera tremante e variabile con cui stava scritto denotava la lotta di uno spirito tormentato, affondato nello svilimento del grog e l’avvilimento. Era ancora in tempo di smetterne, di buttare via il quaderno e dimenticare per sempre quella sventurata faccenda. Anche tu, lettore, sei in tempo di riuscire a testa alta, perché sappi che conoscere i segreti che dagli altri rimangono nascosti, cambia tutto irreparabilmente.


CONFESSIONE DI SVENSON

Giudicate voi l’uomo che da me non può essere giudicato, colui che ha distrutto la mia, no, la nostra felicità. Imponete il castigo concorde al suo crimine con equità e finite la sua agonia, perché chi vi parla da queste pagine, è come il guscio vuoto dell’uovo che, una volta, contenne la promessa di una vita mai sviluppata: al suo interno non abita che la corruzione e la pestilenza che s’ingozzano delle cose morte. Emettete sentenza e proprio io l’eseguirò. Questi sono i fatti che riguardano il caso sottoposto alla vostra considerazione, tale quale io li ricordo; sentiteli e riflettete:


  
Il 12 marzo del 1897, i quotidiani di località **** pubblicarono la narrazione dell’eroico atto portato a termine dal giovane caporale G. Svenson. I suoi abitanti avrebbero reso onore al loro promettente concittadino, non fosse arrivato in città, qualche settimana prima, il Grande Olof. Centinaia di persone affollavano a tutte le ore i vicoli adiacenti al suo teatro, acquisto da lui poco prima di traslocarsi in città, aspettando invano scorgere l’uomo che sembrava aver imprigionato la loro volontà. Olof non abbandonava mai l’interno della struttura, e solo a volte, in mezzo a una grande eccitazione, qualche servitore usciva per compiere alcuna commissione dell’illusionista. Si raccontavano cose enormi, straordinarie del suo spettacolo, che si sviluppava soltanto due volte in settimana. Il vescovo della città protestò, e dichiarò sacrilego lo spettacolo: chiunque assistesse alle rappresentazioni sarebbe in peccato mortale; ma né queste ammonizioni né i gridi spaventosi che sorgevano dall’interno della cantina dell’edificio impedirono che il teatro fosse affollato ogni giorno. Anzi, le persone che avevano già visto lo spettacolo una volta, tornavano ancora a vederlo un’altra.

Il capitano pensò che fosse una buona idea regalarci un paio di biglietti per lo spettacolo del mago, come ricompensa al mio atto eroico.

—Ci vada colla sua fidanzata, Svenson; divertitevi—disse il capitano.

—Grazie—risposi io—. Mi hanno detto che la rappresentazione è davvero impressionante. Lei l'ha già vista?

—Certo! Sono stato con mia moglie una volta. Poverina! E’ stato una grande impressione per lei e poi non ha potuto dormire bene per qualche giorno; ma la sua fidanzata…

—Anika.

—Sì, certo, Anika… mi ricordo bene di lei; è una brava ragazza. Vada, vada al teatro con lei.


Quando Anika seppe che avevo due biglietti per guardare lo spettacolo di Olof, ci fu una sconcertante lucentezza lasciva nei suoi occhi: il suo casto volto diceva, “mi spiace”; i suoi occhi blu, perversi, ansiosi, dicevano “portami con te”.
Continua

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jueves, 1 de diciembre de 2011

Un ratoncito y una rosa


En lo más alto de la torre más alta de la ciudad, sollozaba una muchacha. Sus lágrimas resbalaban por unas mejillas blanquísimas, y era su llanto tan amargo que, al derramarse sobre la rosa que sostenía entre los dedos, marchitaba al instante los rojos pétalos, que caían al suelo y se quebraban como hechos de finísimo cristal. El ratoncito la contemplaba silencioso desde su escondrijo, con ojillos vivaces e inteligentes; en su pequeño cerebro, la melancólica escena despertó algo semejante a la compasión pues, desde luego, él no era un ratoncito como los demás, y aquel sentimiento le infundió el coraje que le faltaba. Plantado ante la muchacha sobre sus dos patas traseras y jugueteando nerviosamente con sus manitas, se decidió a hablar,



—¿Por qué lloras? ¿Acaso estás triste?—el llanto de la pequeña se interrumpió repentinamente y la rosa cayó de sus manos.

—¿Qui… quién anda ahí? ¿Quién ha dicho eso? ¡Llamaré a la guardia! Si me tocas, aunque sólo sea un pelo, los soldados de mi padre te despedazarán.

—He sido yo—respondió el ratoncito—. Estoy aquí abajo. No voy a hacerte ningún daño—añadió aún, con un gracioso movimiento de los bigotes. La niña tardó algo en reaccionar, pues la sorpresa la había dejado sin palabras. La vacilante sombra del ratoncito se proyectaba sobre la alfombra, iluminado por las llamas del hogar.

—¿Por qué lloras?—volvió a preguntar—Tienes una bonita madriguera y no te faltan el agua fresca y la comida caliente. Me apena tanto verte llorar todas las noches…


“¡Esta sí que es buena,” se dijo ella, “un insignificante ratón se compadece de mí!” La cosa tenía su gracia y la niña decidió seguir adelante con la broma,

—Lloro, porque no soy la más hermosa del reino, como corresponde a mi posición; porque mis labios no son rojos, como la rosa roja, ni mi piel sedosa y aterciopelada, como sus pétalos, ni mis cabellos fragantes, como su perfume. Lloro porque los pretendientes no se disputan mi mano, porque nadie me quiere.
—Bueno…, ¡yo te quiero!—respondió el ratoncito, lo cual era todo lo verdadero que puede ser el amor de un ratón por una niña.

La muchacha no pudo evitar sonreír ante la ingenuidad de su pequeño visitante y, sin reparar en lo cruel de su respuesta, contestó,

—¡Muchas gracias! Pero tú, pequeñín, no cuentas.

En aquel mismo instante, el corazón del ratoncito se partió en tres pedazos—ni uno más ni uno menos— y cayó muerto a los pies de la niña.

—¡Oh, vaya!—exclamó esta—ahora que empezabas a parecerme tan gracioso… ¡una pena!—añadió, al tiempo que tiraba de un cordón de seda, para llamar a la servidumbre.

Al punto, acudió una doncella, que llamó respetuosamente a la puerta,

—¿Habéis llamado?—inquirió con una genuflexión.
—Sí. Haz el favor de retirar esta porquería de aquí—ordenó, señalando el cuerpecito inerme.
—Sí, alteza—obedeció la doncella, que tomó el diminuto cadáver sujetándolo con dos dedos por la cola y lo sacó de la habitación, retirándose con varias reverencias más.

La doncella entregó el cuerpo a un sirviente, que lo transportó abajo y lo entregó a un soldado, que lo arrojó por una de las ventanas más próximas al suelo. El cuerpo del ratoncito aterrizó con un leve “¡pof!” y se hundió en la nieve.



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