viernes, 20 de agosto de 2010

La locura de Clara S., capítulo 11


XI

Sobre el despoblado andén, un sentimiento de abandono se apodera de mí, pero soy consciente de que es una emoción ajena; postiza, por así decrilo. Sobre las vías, flota una densa cornisa de ébano que se prolonga hacia el horizonte, y las aves, que hace unos instantes sobrevolaban mi cabeza por cientos, han enmudecido. El gigantesco dedo negro las ha hecho callar y su imponente silencio me conmueve.
La compacta nube se va disolviendo paulatinamente; sus mórbidas carnes se desvanecen lentamente como una gota de tinta delicadamente depositada en un vaso de agua; el aire está turbio, impuro; no sé qué funestos pensamientos me asaltaron en aquella hora, pero se me antojó que la oscura estela semejaba un lúgubre enjambre de moscardones que, al dispersarse, se esparciera para infectar la Tierra. Un estremecimiento me sacudió el espinazo al imaginar que su picadura había inoculado ya en mi corazón su fatal melancolía. Mientras, el convoy, con mi predecesor en sus entrañas, se alejaba hasta ser sólo una esbelta columna en la distancia, un vacilante trazo albo, un punto, nada. Ahora, todo movimiento se ha detenido, y mi mente se enfrasca en una absurda cadena de pensamientos que no llevan a ninguna parte ¿Es el tren el que se aleja en silencio? ¿O, por el contrario, soy yo quien, a lomos de este galápago sobre el que viajamos, se separa irremediablemente de la realidad? ¿Será este rugoso y reseco caparazón, que más pronto que tarde se hundirá en las aguas de las que antaño surgió, el que me lleva consigo a un continente nuevo y desconocido, mientras los demás se aferran a tierra firme? ¡Brazos, piernas, tejidos, nervios!, ¿dónde estáis? Las aves recuperan su frenética actividad y el eco de sus gemidos –no sé por qué, así me lo parecen– me devuelve la cordura.


¿De veras he recobrado la cordura? Ni una nube altera el sereno azul del cielo, pero bien sé que algo se agita en las entrañas de la Tierra y las criaturas de las profundidades nadan nerviosas bajo la tersa superficie de las aguas. Esta calma es engañosa, sí, lo sé muy bien. Si pudiese bucear en este océano, contemplaría el ascenso de la ballena que está a punto de surgir desde el abismo y que, con un formidable salto, se abalanzará sobre los confiados buques, que navegan ajenos al peligro que se cierne sobre ellos, despedazándolos.
Transcurrieron aún meses antes de que la misteriosa figura de Clara acudiese de nuevo a mis pensamientos.




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La locura de Clara S. by 
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martes, 17 de agosto de 2010

El conejito

"... dos tiros casi simultáneos pusieron fin a la silenciosa espera. «Arguto» depositó a los pies del príncipe un animalito agonizante.
   La modesta casaca de color arcilla no había bastado para salvarlo. Horribles desgarraduras le habían lacerado el hocico y el pecho. Don Fabrizio sintió sobre sí la mirada de los grandes ojos negros que, invadidos rápidamente por un velo glauco, lo contemplaban sin reproche pero poseídos por un dolor atónito dirigido contra el orden de las cosas. Las aterciopeladas orejas estaban ya frías, las vigorosas patitas se contraían rítmicamente, símbolo superviviente de un inútil impulso: el animal moría torturado por una ansiosa esperanza de salvación, imaginando poder todavía librarse cuando ya había sido apresado, como tantos hombres."

El Gatopardo, Giuseppe Tomasi di Lampedusa.

martes, 3 de agosto de 2010

Ci siamo capiti...

Il mese scorso, entro al caffè qui all'angolo e chi vedo? Il signor Pbert Pberd.—Che fa di bello? Come mai da queste parti?—Apprendo che ha una rappresentanza di materie plastiche, a Pavia. È rimasto tal quale, col suo dente d'argento, e le bretelle a fiori.—Quando si tornerà là,—mi dice, sottovoce—, la cosa cui bisogna stare attenti è che stavolta certa gente rimanga fuori... Ci siamo capiti: quegli Z'zu...
Avrei voluto rispondergli che questo discorso l'ho sentito già fare a più d'uno di noi, che aggiungeva: «ci siamo capiti... il signor Pbert Pberd»


Le Cosmicomiche, Italo Calvino.