domingo, 6 de junio de 2010

El insólito hallazgo del capitán FitzRoy







Este es mi texto presentado al Premio Relato Breve de El País, el Círculo de Bellas Artes y Alfaguara 2010, no ganador. Según las bases, todos los relatos debían comenzar con las primeras líneas del Quijote.

El insólito descubrimiento del capitán FitzRoy

 «En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor.» Estas fueron las palabras que el capitán Patrick FitzRoy leyó, las únicas aún legibles sobre el ajado trozo de papel, rasgado de algún volumen desechado. Bajo las cárdenas nubes, apenas iluminadas por un lejano sol ya moribundo, en los confines de un sistema solar desconocido, el capitán FitzRoy representaba la más acabada efigie del desconcierto; alumbrado por la fantasmal atmósfera iridiscente, cuya misma liviandad impedía toda vida, el explorador permaneció largo rato sumido en su silenciosa perplejidad examinando el misterioso pedazo de papel. Tal anomalía, merecía un cuidadoso escrutinio y, sin embargo, no quedaba el menor resquicio para la duda: lo que sus dedos enfundados en gruesos guantes sostenían, levemente agitado por la suave brisa, en la desierta llanura de esta solitaria luna, era lo que era y nada más. Aún indeciso y vacilante, alzó la mirada para darse ánimos; y, mientras contemplaba la distante nave que lo había transportado hasta allí desde muy, muy lejos –flotando apenas como un punto de luz en un cielo casi ceniciento–, pudo ver sus propios ojos reflejados en la escafandra que protegía su vida, interrogándole con el mismo insondable misterio que no se atrevía a desvelar a sus semejantes.


«En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. FIN DE LA TRANSMISIÓN.
—¿Se ha vuelto loco, FitzRoy?—bramó el comandante Sikorsky en demanda de una explicación a lo que, a todas luces, parecía una insubordinación intolerable—¿Qué diablos significa esto? ¡Explíquese, maldita sea!»


—¿Te refieres al mismo trozo de papel que ahora se expone en el Museo Smithsoniano?—lo interrumpió su incrédulo nieto.

—El mismísimo—respondió Liam—. Lo recuerdo igual que si en este preciso instante estuviera de nuevo en el puente de mando del viejo Pennsylvania. Casi me parece escuchar el chasquido de la radio, cuando FitzRoy transmitió aquel críptico mensaje desde allá abajo y las caras de los presentes, al escucharlo. Cuando se vive algo así, no se puede olvidar nunca, te lo garantizo. Se organizó un buen revuelo a bordo, cuando luego regresó llevando consigo aquel trozo de papel, todo estropeado y arrugado. ¡Ya lo creo que sí! Pero se leía claramente: «En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme,…»

—Y eso, era un problema.

—Naturalmente, porque éramos los primeros en posarnos en aquella luna, que no figuraba en los mapas; además, hacía ya muchos años que nadie empleaba el papel, ¿comprendes? Así que, ante nuestras propias narices, teníamos algo que constituía un auténtico desafío a la razón. Sí, hacía falta una clase especial de valor, para regresar con aquello a bordo. Quiero decir, que era imposible que otro ser humano hubiese puesto sus pies en ese lugar, pero el papel que el capitán había recogido decía lo contrario. Y, te aseguro que ningún examen ha podido demostrar que el Capitán FitzRoy falsificara el documento. No, el papel procedía de allí abajo, eso es seguro. En aquellos días, yo sólo era un sobrecargo muy joven y con ansias de aprender, pero tenía gran amistad con el capitán. Discutimos mucho sobre todo aquello, durante los largos días de vuelo, y conjeturamos toda clase de explicaciones. “Capitán”, le decía, “sabe perfectamente que es imposible que nadie haya dejado ese trozo de papel allí, ¿verdad?” “Claro que lo sé”, solía responder, “pero, ¿y si…?”, y entonces aventuraba alguna teoría increíble, y después nos reíamos juntos, de puro absurda. Pasábamos buenas veladas, contemplando el misterioso trocito e imaginando las explicaciones más peregrinas. Hasta que una noche, el capitán dijo, “A menos que…”, sus palabras me intrigaron, porque se interrumpió y permaneció callado, reflexionando profundamente durante unos segundos. Algo se le había pasado por la cabeza. Por fin, tras una espera que se me hizo eterna, dijo algo que nunca olvidaré. Creo que fue la primera vez que alguien se formuló esta pregunta; dijo, “¿Qué posibilidades crees tú que habrá de que, en algún otro lugar en medio de la inmensidad del Universo, alguien haya concebido, exactamente, las mismas palabras que otro escribió en el siglo XVII, en la Tierra?”

FIN


Carlos Olalla Linares   

Madrid, 22 de marzo de 2010


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