lunes, 15 de marzo de 2010

La Tierra Primigenia, Cap. 18


SEGUNDA PARTE: LA TIERRA PRIMIGENIA


CAPÍTULO 18

LAS MOSCAS

¿Los habían descubierto? No, no era posible. Había entrado en aquel bar por pura casualidad. Sólo para tomar algo y calmar la intranquilidad que le agarrotaba la garganta. Vera corrió con toda su alma bajo el aguacero. El miedo la había hecho reaccionar con violencia. No quería hacer daño a ese tipo, pero no podía permitir que la delatase. Quizá lo había matado. Estos pensamientos la torturaban. En todo caso, era tarde para arrepentirse; lo hecho, hecho estaba. Su única preocupación ahora, era llegar a tiempo a su cita con Marcel. Los dos acordaron escapar juntos del burdel, en cuanto se dieran las circunstancias propicias. Esa noche, ambos tenían avisos y una clienta de Marcel se ausentaba de la ciudad por una temporada. Si se reunían después de cumplir el servicio, nadie les echaría en falta hasta la hora del recuento. Para entonces, ellos podrían estar cómodamente instalados en la casa. Sólo hacía falta que Vera pudiese abrir la puerta y tendrían un techo donde cobijarse. Juntos. Esa era la razón, necesitaban estar juntos. Para ellos resultaba muy difícil distinguir sus emociones. No estaban diseñados para sentir, sino para complacer. Pero, que no supiesen ponerles nombre no detenía el tropel de sentimientos que les invadían y que eran incapaces de dominar cuando se encontraban frente a frente. Apenas tenían tiempo para madurar, y su psique ya tenía que afrontar las reacciones de un humano adulto. Vera tenía cada vez más dificultades para controlarlas y temía haber hecho daño a aquel hombre en su arrebato.

Estaba empapada y jadeando cuando llegó a su encuentro. Marcel la abrazó y la besó apasionadamente, como había abrazado y besado a tantas otras mujeres antes. La escena tenía no sé qué de artificial. Forzada en su candor infantil, como sacado de una novelita rosa.

—¿Te han seguido?
—No, no lo creo—dijo, tas una leve vacilación clavando sus preciosos ojos azules en él.

Vera prefirió ocultar su encuentro del bar. Así, con el pelo chorreando y pegado a la cabeza, Vera estaba más bella que nunca. Pensamientos y deseos bullían en la cabeza de Marcel confusos, primitivos, inarticulados. Subieron.

—¿Crees que podrás hacerlo?
—Sí—Vera se puso manos a la obra.

Un cliente de Vera le enseñó una vez a forzar puertas, como si fuera un juego. Nunca pensó que aquello llegaría a serle tan útil. Esta no parecía más difícil que otras con las que había practicado antes por puro entretenimiento. Era, más bien, la situación misma lo que la ponía nerviosa y hacía torpes a sus manos. Marcel vigilaba inquieto el rellano, temiendo que descubriesen a dos androides irrumpiendo en la residencia de una humana. Llamarían a los vigilantes, que los abatirían sin preguntar, y nadie lo lamentaría. Salvo quizá algunos de sus clientes habituales. Seguramente, al enterarse relatarían a todo el que quisiera escucharles, entre felices e indignados por su efímero protagonismo, que conocían personalmente a aquellos androides que terminaron enloqueciendo. Les explicarían que nunca notaron nada extraño en su conducta. Especialmente en sus últimas citas. “Fíjate, los descubrieron esa misma noche”, diría seguramente la mujer que aquella velada había tenido a Marcel entre sus piernas. Por fin, la puerta se abrió con un suave quejido de su cerradura quebrantada. Marcel sonrió satisfecho a Vera, que le devolvió la sonrisa, y ambos entraron en la casa. Por primera vez en su vida, estaban solos. Afortunadamente, la dueña de la vivienda tenía algunas provisiones almacenadas en el frigorífico. Esto les daba un margen de tiempo para pensar en lo que harían en adelante. En cómo se ganarían la vida. Toda su planificación alcanzaba hasta el instante de ocupar la casa en la que se encontraban. Ante ellos se abría el abismo. Ya no volverían a tomar aquellos comprimidos de Símplex ni acudirían a más citas ni cumplirían más servicios. Dependían por completo de sí mismos.

Marcel y Vera estaban perdidos y dichosos. Era tan hermoso no pensar en el porvenir. Durante semanas sólo tuvieron tiempo para ellos. Para jugar como niños, el uno con el otro. Eran felices acariciándose, amándose en su pequeño mundo, oculto a todos los demás. Todo aquello para lo que habían sido diseñados, cobraba nuevo sentido, se contemplaba bajo una nueva perspectiva. Permanecían en la cama uno al lado del otro, desnudos y sudorosos, sus cuerpos jóvenes y admirables, abrazados apretadamente. A Vera le gusta dormirse con la cabeza apoyada en el pecho, firme y musculoso de Marcel. A él le gustaba colmarla de besos, empezando desde los pies para alcanzar dulcemente la cabeza. Lentamente. No tenía prisa por terminar.

Marcel y Vera sólo se separaban por obligación, para acudir de nuevo ansiosos el uno junto al otro, como si hubiesen estado separados más tiempo del que podían soportar. Semejante estado de cosas no podía perdurar y pronto no quedó nada que comer. Habría que salir al exterior y enfrentarse al mundo. Solos. “¿Qué haremos? ¿Cómo nos las arreglaremos?”, preguntaba Vera cada día, aferrándose a él. “Nos ocuparemos de eso mañana”, contestaba siempre Marcel. Un mal día, Vera se levantó temprano, entró al cuarto de baño y se vio en el espejo. Algo le había sucedido a su cara. Tenía unas yagas en las que no había reparado la noche anterior. Se miró las manos. También estaban allí. Las tenía por todo el cuerpo, como si sus tejidos se estuvieran descomponiendo. Vera supo al instante que algo terrible le ocurría y sintió miedo. Por primera vez, tenía plena certeza de sus emociones. En el burdel de Símplex donde trabajaban les advertían de ello a cada momento. Si no tomaban los comprimidos que les entregaban, les sucedería algo terrible; primero se descompondrían sus cuerpos, después se desmantelarían sus mentes. En aquellas cápsulas, Símplex les administraba la micromáquinas que reemplazaban a las que se perdían por puro desgaste. Sin ellas, sus cuerpos eran incapaces de sintetizar proteínas. Marcel y Vera no lo creían. Él la convenció de ello, pero ahora se daba cuenta de sus que explotadores no les habían engañado. Aquello tan “terrible” que les amenazaba si no tomaban sus medicinas como niños buenos, estaba empezando a sucederle. Como si le hubiesen dado la espalda, un dios atroz e implacable la estaba castigando por su rebelión. En el burdel no tenía voluntad, no había emociones, no conocía la culpa no existía el sufrimiento del mero vivir. Allí estaba protegida y, a cambio, sólo tenía que entregarse dócilmente.

Se acercó al espejo, para verse mejor pero no había escapatoria. Su belleza se marchitaba. Estaba atrapada en aquella casa, desamparada en un mundo que no comprendía y en el que no contaba. Ni su desaparición ni su muerte cambiarían absolutamente nada. Símplex la reemplazaría por otra igual a ella, como otras veces vio hacer con los demás, y todo seguiría exactamente lo mismo.

¿Cómo detener aquella degradación que empezaba a cobrarse a su cuerpo como primera víctima? ¿Se volvería loca después, como le vaticinaban siempre en el burdel? Mirándose horrorizada en aquel espejo, mientras se hacía estas preguntas, Vera comenzó a odiar a Marcel. Lo odiaba con tanta intensidad como lo amaba al levantarse, apenas un momento antes. Él la había convencido para escapar. Escapar, ¿adónde? ¿A aquella casa? Estaban perdidos en la nada, extraviados en su infierno particular a espaldas de todo. Ya no existían. No eran nada. Menos que nada. Vera contemplaba su reflejo con horror. Observaba su piel ajada; su mirada antes azul, ahora estaba turbia; su pelo, antes sedoso y radiante se desprendía al menor roce. Sus senos se agrietaban, perdida ya su opulenta lozanía. Casi imperceptiblemente, se convertía en un monstruo en el que apenas se reconocía. Odiaba a Marcel. Sí, él tenía la culpa de todo. Él la había arrastrado hasta allí. Se odiaba a sí misma.

Se dirigió a la cocina, abrió un cajón y buscó un cuchillo decidida a vengarse de él. Vera se acercó silenciosa, como sonámbula, hasta el lecho donde Marcel dormía aún. Lo contempló durante unos segundos mientras levantaba las manos que empuñaban el cuchillo, temblando como una hoja. Lo amaba y lo odiaba con toda su alma. Como ella, también Marcel se desarmaba. Estaba furiosa contra él pero, al verlo allí, tan desamparado y frágil como ella misma, su voluntad flaqueó. Lo amaba tanto. Por un instante se detuvo, bajó las manos y dudó. Luego, recobró el aliento y hundió el cuchillo en el corazón de Marcel, que se despertó con una terrible expresión de horror en los ojos. Apenas un instante y ya estaba muerto. Vera lloró. Lo había matado por amor. Para impedir que se viera como ella lo veía ahora. Como ella se había contemplado a sí misma ante el espejo. No quería que se odiara, que la odiase a ella, como ella lo había odiado a él en su desesperación. Marcel tenía que morir sin pasar por ese infierno. Bastaba que ella lo hubiese sufrido por los dos. Murió feliz y ella le había proporcionado aquella dulce muerte. Para Marcel, la fantasía de su libertad había durado por siempre. Luego, se tumbó a su lado y esperó la locura y la muerte, bañada en su sangre aún templada. Así les encontró la dueña de la casa al regresar, envueltos en la nube de moscas, impasibles y estúpidas, que devoraban los cadáveres indiferentes a su belleza.


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sábado, 13 de marzo de 2010

La locura de Clara S., capítulo 10


X

Después de la comida, nos trasladamos al pequeño saloncito donde había transcurrido la conversación de la mañana. Don Ernesto abrió una de las cajas que esperaban su transporte hasta la nueva residencia del matrimonio y extrajo de ella una botella rellena de un brebaje transparente; se trataba de un licor muy aromático y digestivo, según prometía la etiqueta adherida al envase, que un antiguo paciente le enviaba periódicamente como muestra de su agradecimiento hacia el médico, por haberle devuelto la salud. "No me pregunte de qué está hecho, porque no lo sé", me explicó, "pero le aseguro a usted que puede beberlo sin temor; no lo matará o, al menos, no más deprisa que cualquier otra cosa que pueda beberse." Acepté el vasito que me ofrecía. La blanquísima luz, que parecía reflejarse en un campo de huesos descarnados por el sol, penetraba atenuada sólo a medias desde la calle, a través de unos vaporosos visillos que la suave brisa mecía con mano invisible. Unas campanadas, lamento de las horas, llegaron hasta nosotros adormecidas, como una invitación al sueño y la apatía de los humores de sobremesa.


—Las tres en punto—confirmó don Ernesto sacando su viejo, viejísimo reloj de bolsillo—. ¿No le parece asombroso que mi veterano camarada sea tan exacto? Una maquinaria excepcional, amigo mío, de las que ya no se hacen.


Doña Leandra se enfrascó de nuevo en su pasatiempo, y mi colega y yo nos acomodamos en sendas butacas, ajenos al mundo que nos rodeaba, como si una plaga hubiese asolado la Tierra toda y nosotros tres fuésemos sus únicos supervivientes. El doctor Román dio cuerda a su reloj y lo devolvió al bolsillo de su chaleco blanco. Cuanto más estudiaba a aquel hombre, más difícil me resultaba formarme una opinión concreta sobre él.


—Creo que lamentaré estar lejos de Duerma—hubo un deje de sincera nostalgia en el modo de pronunciar aquella declaración—. Es una ciudad ingrata e inhóspita, lo sé, pero hay algo agreste y aguerrido en su paisaje, que se refleja en el espíritu de sus gentes. He pasado aquí los mejores años de mi vida, sabe, y eso pesa en el corazón. Espero que usted también llegará a apreciarla. Me parece que mi esposa no comparte mi aprecio por este lugar.


La mera contemplación de la aludida, bastaba para responder esa pregunta sin el menor género de duda, y no dejaba de sorprenderme que un hombre de cualidades más que medianas, como era el caso de mi ilustre colega, no viera con claridad la misma conspicua verdad que, a mis ojos, resultaba tan evidente. A menudo he reflexionado sobre este fenómeno, que he observado en tantas otras ocasiones, y no acertaría a darle una explicación más satisfactoria, que no fuese la miopía que se deriva de la mera proximidad. Ya sabéis a qué me refiero; nos comportamos como un observador que somete su objeto de estudio al escrutinio del microscopio y pierde de tal modo la perspectiva, que ya sólo entiende de células y orgánulos, y a veces olvida que hay corazones que palpitan, y nervios y tendones que se tensan. Pensé que me hubiese gustado observar a esta pareja durante algún tiempo más, pues me parecía que eran terriblemente similares en su carácter y, al mismo tiempo, diametralmente opuestos en sus gustos y opiniones, lo que, a mis ojos aún juveniles, resultaba en una paradoja que me intrigaba demasiado para obviarla. Se oyó tocar en la puerta, y acto seguido entró la fámula con la bandeja del café, que sirvió con suma diligencia, envuelta en un melodioso tintineo de lozas.


—Gracias Paca—la mujer estuvo muda todo el tiempo que permaneció en la sala—. Hoy cenaremos pronto.


Se limitó a asentir con la cabeza, mientras sujetaba la bandeja contra su cuerpo y se retiró tan silenciosamente como había entrado.


—Bueno, muchacho, ahora le toca a usted tomar el testigo. Mañana será su primer día solo ante los pacientes. No se preocupe, estoy seguro de que lo hará usted muy bien. Está usted formidablemente preparado.
—Gracias.
—¿Azúcar?
—Sí, por favor. Quisiera preguntarle por la mujer que encontré ayer en el acantilado. Debo reconocer que me impresionó, como si se tratara de una aparición de otro mundo...
—¿Clara? Es inofensiva. La pobre ha sufrido mucho en la vida. Fue mi paciente, antes de echarse al monte, por así decirlo. Un caso realmente extraordinario. ¿Te acuerdas querida?
—¡Claro que me acuerdo! Estuvo aquí durante todo el tiempo que duró su enfermedad. Fue terrible.
—Le mostraré el historial cuando estemos en el dispensario, para que conozca todos los detalles del caso, pero a grandes rasgos, puedo decirle que acudió a mí con una terrible infección pulmonar que no parecía responder a ningún tratamiento. La fiebre no remitía y eso me tenía preocupado, así que pedí ayuda a un antiguo compañero de la facultad, que se especializó en pulmón. Después de estudiar detenidamente el caso, decidimos traerla aquí, para poder tenerla vigilada las 24 horas. Al cabo de unos siete u ocho días, la infección comenzó a retroceder, la fiebre le bajó poco a poco, pero entonces, comenzó a formarse una yaga en el pecho cuyo tamaño no cesaba de aumentar. Estábamos preocupados, porque las curas no parecían surtir ningún efecto sobre ella, hasta que la yaga, finalmente, se abrió y dejó al descubierto lo que la había causado; lo que había causado la enfermedad toda, a decir verdad: una pequeñísima astilla se había alojado en uno de los bronquios, y ¡el cuerpo la había expulsado a través del pecho! Aún conservo la astilla en un frasco. Se la enseñaré luego.


Sin duda, don Ernesto añadió esta última acotación a la vista de mi incredulidad, que no supe contener, pero puedo dar fe de que la astilla existe, pues, efectivamente, aquella misma tarde me la mostró. "Quédesela si lo desea", me dijo, "quizá usted sepa resolver el misterio completamente." El caso clínico me parecía fascinante –y eso que aún no sabía algo que averiguaría más tarde y que me parece lo más inquietante de todo–, pero no me aclaraba apenas nada sobre la mujer del torreón; a menos que la fiebre y la infección fuesen también la causa de su aparente locura, consideré que la enfermedad era, todo lo más, un episodio vagamente relacionado con la historia que verdaderamente deseaba conocer. En cualquier caso, una astilla encerrada en una ampolla, sumergida en un líquido antiséptico, y un historial médico no me bastaban para desentrañar el misterio en que se había convertido la aparición del acantilado.


Capítulo XI




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miércoles, 3 de marzo de 2010

Los dioses


Quiero contarle una anécdota personal. Dos o tres días antes de que Garibaldi entrase en Palermo me fueron presentados algunos oficiales de la marina inglesa que se hallaban de servicio en esos buques anclados en la rada para observar los acontecimientos. Habían sabido, no sé cómo, que yo poseía una casa junto al mar con un terrado desde el cual se veía todo el círculo de montes que rodea la ciudad. Me pidieron permiso para visitar la casa, contemplar aquel panorama en el que se decía que actuaban los garibaldinos y del cual, desde sus barcos, no habían podido tener una clara idea. De hecho, Garibaldi se encontraba ya en Gibilrossa. Vinieron a casa, los acompañé al terrado; eran ingenuos jovenzuelos a pesar de sus patillas rojizas. Quedáronse extasiados ante el panorama y la irrupción de la luz. Pero confesaron que se habían quedado petrificados al observar el abandono, la vejez y la suciedad de los caminos de acceso. No les expliqué que una cosa se derivaba de la otra, como he intentado hacer con usted. Uno de ellos me preguntó luego qué venían a hacer en Sicilia aquellos voluntarios italianos. “They are coming to teach us good manners (le respondí). But they won't succeed, because we are gods.” Vienen a enseñarnos la buena crianza, pero no podrán hacerlo porque somos dioses. Creo que no comprendieron, pero se echaron a reír y se fueron. Así le respondo también a usted, querido Chevalley: los sicilianos no querrán nunca mejorar por la sencilla razón de que creen que son perfectos.

   El Gatopardo, Giuseppe Tomasi di Lampedusa