domingo, 28 de febrero de 2010

Dos cervantinas


En esto, llegó Sancho, y de ver a los dos en aquel traje no pudo tener la risa. En efeto, el barbero vino en todo aquello que el cura quiso, y, trocando la invención, el cura le fue informando el modo que había de tener y las palabras que había de decir a don Quijote para moverle y forzarle a que con él se viniese, y dejase la querencia del lugar que había escogido para su vana penitencia. El barbero respondió que , sin que se le diese lición, él lo pondría bien en su punto. No quiso vestirse por entonces, hasta que estuviesen junto de donde don Quijote estaba; y así, dobló sus vestidos, y el cura acomodó su barba, y siguieron su camino, guiándolos Sancho Panza; el cual les fue contando lo que les aconteció con el loco que hallaron en la sierra, encubriendo, empero, el hallazgo de la maleta y de cuanto en ella venía; que , maguer que tonto , era un poco codicioso el mancebo.

El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, Capítulo XXVII


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A este instante abatieron tienda, y con grandísimo ruido dejaron caer la entena de alto abajo. Pensó Sancho que el cielo se desencajaba de sus quicios y venía a dar sobre su cabeza; y, agobiándola, lleno de miedo, la puso entre las piernas. No las tuvo todas consigo don Quijote; que también se estremeció y encogió de hombros y perdió la color del rostro. La chusma izó la entena con la misma priesa y ruido que la habían amainado, y todo esto, callando, como si no tuvieran voz ni aliento. Hizo señal el cómitre que zarpasen el ferro, y, saltando en mitad de la crujía con el corbacho o rebenque, comenzó a mosquear las espaldas de la chusma, y a largarse poco a poco a la mar. Cuando Sancho vio a una moverse tantos pies colorados, que tales pensó él que eran los remos, dijo entre sí:
-Éstas sí son verdaderamente cosas encantadas, y no las que mi amo dice. ¿Qué han hecho estos desdichados, que ansí los azotan, y cómo este hombre solo, que anda por aquí silbando, tiene atrevimiento para azotar a tanta gente? Ahora yo digo que éste es infierno, o, por lo menos, el purgatorio.

Segunda parte del ingenioso caballero Don Quijote de la Mancha, Capítulo LXIII

La locura de Clara S, capítulo 9


IX

Me resulta imposible describir los sentimientos que me acometieron al abandonar el palacio de aquel ser depravado y consumido, pero respirar de nuevo el aire ardiente de la mañana era como dejar atrás el inframundo; como despertar a una primavera esplendorosa, tras haber pasado la noche en las tenebrosas trincheras, entre sombras que se iluminan débilmente con el centelleante resplandor de las bombas, cuyo estruendo os hace estremecer. No recuerdo si entonces comprendí este simple hecho, pero ahora me parece meridianamente claro hasta qué punto una pequeña porción de esta canción puede reproducir, en su minúscula escala, todos los tonos de la melodía humana, de la que es una ínfima muestra. Creo que mi cerebro estaba demasiado impresionado por la conmoción causada la noche anterior, para reparar en ese o en cualquier otro hecho, por elemental que fuese. No obstante, asomaos a una ventana y observad el corrillo que se forma en un patio de vecindad: contemplaréis el curso de las naciones de la Tierra. Y yo, sin saberlo aún, había lanzado el casco de mis naves de nuevo contra el vendaval y su quilla volvía a rozar peligrosamente los bajíos.


Ernesto Román y yo nos despedimos en la plaza. Me explicó algo sobre unos asuntos que debía resolver antes de marcharse y me preguntó si deseaba acompañarlo, pero yo estaba un tanto aturdido aún y prefería descansar un poco. "Muy bien, muchacho, lo comprendo. Ande, suba y repose un poco. Lo necesita. ¡Demasiadas emociones!", y al decir esto, su sinuosa sonrisa era toda una invitación a reponerse que uno no podía excusar obedecer, como si persistir en la enfermedad fuese una descortesía intolerable. Subí, pues, las regias escaleras con la idea de tenderme en mi cama y echar tal vez una cabezada, pero la imagen de aquella cabellera atroz iluminada por la luz de la luna, que le confería su misterioso fulgor; y la penetrante mirada de la esquelética mujer, que me clavaba sus ojos de fuego, me perseguían cada vez que bajaba los párpados. Me asombraba que nadie hubiese mencionado el incidente del día anterior, pese a que había movilizado a una pequeña cuadrilla de rescate. Estaba visto que no podría hallar el sosiego en mi mente necesario para conciliar un apacible sueño, libre de los insanos recuerdos del acantilado. Pensé que podía llenar el tiempo, en su defecto, indagando sobre la identidad de mi misteriosa asaltante y decidí interrogar a doña Leandra. La encontré impecablemente vestida en una pequeña habitación, la más fresca y recoleta de la casa, donde pasaba horas leyendo o, como en este caso, entregada a la resolución de complicados rompecabezas cuyas pequeñísimas piezas de filigrana encajaba con notable destreza; deduje que la buena señora se aburría mortalmente, ya que una técnica tan depurada sólo podía ser el resultado de largos años de intensa práctica.


—¡Vaya, ya ha vuelto!—preguntó, quitándose los lentes que necesitaba para poder examinar los contornos de las minúsculas piececitas. Había compasión en su forma de mirarme—¿Qué tal le ha ido con la baronesa? ¡Oh, ya veo!—exclamó al punto—Sí, es una mujer detestable. Si Ernesto me oyera decir esto, se escandalizaría, pero lo cierto es que me parece una persona horrible. Ande, siéntese aquí un rato y hágame compañía..., a menos que prefiera acostarse un rato. Un poco de descanso le vendría bien.
—Oh, no—me apresuré a responder—, un poco de charla también me hará bien. De todos modos, no podría conciliar el sueño.


Se calzó de nuevo sus lentes y mantuvimos un rato de charla intrascendente mientras doña Leandra, enfrascada en su endiablado juego, encajaba piezas con presteza de locomotora. Creo que hubiera podido montar aquel mismo rompecabezas con los ojos vendados. Y así, de improviso, casi tomándola por sorpresa, pregunté acerca de la identidad de la habitante del torreón. Mi entusiasta encajadora de piezas detuvo su frenética actividad, se quitó de nuevo los impertinentes y me miró con dulzura. Creo que le había sorprendido que no formulase antes esa misma pregunta, pero se abstuvo de hacer comentario alguno al respecto. Seguramente, todos preferían no hablar de ello; es más, estoy seguro de que no se había mencionado su nombre desde hacía mucho, mucho tiempo.


—Clara. ¿Qué aspecto tenía?—respondió lacónicamente.
—¡Terrible!—dije yo, con la misma parquedad de palabras.


“Clara”, así que se llamaba Clara. Pero un nombre, no es una identidad. Doña leandra titubeó un poco antes de continuar, como si tratara de evaluar el alcance de lo que iba a decir, tanteando las palabras antes de pronunciarlas.


—Aunque le resulte difícil de creer, Clara fue una mujer extremadamente hermosa. Claro que, de eso hace ya mucho tiempo—añadió, con tono sombrío, como si un terrible secreto o unos hechos vergonzosos lastrasen de plomo aquellas palabras.
—He dicho “terrible”, pero acaso debí decir “aterradora”...
—Perdió la cabeza, ¿sabe?; o, quizá debiera decir, que la empujaron a la locura...
—¿“La empujaron”?—trataba de incitarle a terminar la frase, pero no era tarea sencilla levantar el plomo.
—Faustino y la camarilla del Casino... ¡Cuídese de ellos, mi buen amigo!—me previno con tono ominoso—Tarde o temprano lo descubrirá por sí mismo, y es mejor que sea antes y por la vía menos dolorosa que pueda. No presumo de conocerle bien, pero me atrevería a afirmar que no es usted el hombre idóneo que se amolde a los rigores de este lugar estéril... y no me refiero a los rigores del clima, aunque tampoco creo que le sea favorable. No, no lamentaré abandonar este lugar maldito.
—No ha contestado a mi pregunta—insistí aún. Doña Leandra jugaba nerviosamente con el collar de perlas.


No quería soltar mi presa al primer contratiempo; después de lo sucedido, me figuraba que tenía algún derecho a conocer una historia de la que yo, aunque de modo ínfimo, como una mera anécdota, formaba o creía formar parte. Por fin, a regañadientes, accedió a revelarme algunos detalles.
—Clara S. era una muchacha sencilla, de baja extracción, si así lo quiere, la más hermosa de toda la comarca. Tenía a todos los chicos rendidos a sus pies aunque nunca fue fácil. Pero cometió el error, o el pecado, como lo consideran aquí, de enamorarse del hijo de la baronesa; y, lo que es peor, este le correspondía.


No me era difícil imaginar que la baronesa vería con malos ojos tales veleidades de su vástago. Tantos siglos de esmeradas alianzas matrimoniales se irían al traste si aquella rama, la última que portaba el ilustre apellido familiar, arruinaba el prometedor brote con un desafortunado casamiento. Como supe algún tiempo después, pues mis indagaciones sobre aquel caso se prolongaron por espacio de varios meses más, durante el tiempo que pasé en aquella villa, la baronesa averiguó—aquí nunca le faltaron confidentes—los ardientes amores de su hijo con una plebeya, como ella solía decir al referirse a Clara. No sólo supo de su existencia, sino que fue detalladamente informada, por boca de su propio hijo, cuando este fue requerido para dar explicaciones de su conducta, de que no se trataba de un capricho pasajero; no era una conquista furtiva por el mero placer de vencer la resistencia de la más bella muchacha de la localidad—como muchos suponían—, sino que estaba profundamente enamorado de ella, a pesar de los reparos que la propia joven había puesto a causa de la diferencia de posición que los separaba; y declaró ante su adusta progenitora su más firme intención de tomarla por esposa. En aquellos días, la baronesa no era aún el resto abrasado por el odio que yo había contemplado y que, en cierto modo, inspiraba alguna compasión, sino una mujer vigorosa y de férreo carácter que no estaba acostumbrada a ser desobedecida ni a ocultar su enojo ni aun a dejar sin castigo las injurias recibidas.


—Alfredo fue severamente reprendido y advertido de las consecuencias de la determinación que parecía haber tomado—continuó explicando doña Leandra—. Lo desheredaría y él sabía que esa amenaza no era en balde. Pero, lejos de dejarse intimidar, el muchacho hizo públicas las relaciones y pronto exhibió su amor ante el perplejo populacho, que jamás había presenciado tamaño desatino ni insubordinación.


En ese momento, se escuchó cerrar la puerta y el murmullo de una conversación se dejó oír; luego, la voz del doctor Román nos llegó cada vez más clara, acompañada del sonido de pasos, y pronto vimos su vetusta y anacrónica efigie asomarse por la puerta. La narración de doña leandra quedó suspendida, pero sus explicaciones habían despertado mi curiosidad y debía apresurarme a satisfacerla antes de que se marcharan como tenían planeado, si es que quería saber más sobre la atroz figura que vivía en las ruinas del antiguo torreón.


Capítulo 10



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jueves, 18 de febrero de 2010

El manuscrito Montaner, capítulo 9


IX


Ni que decir tiene que me apresuré a aceptar el generoso ofrecimiento que se me hizo. Si debía desvelar mi propósito a Laura, en cambio, era algo mucho más difícil de decidir; dediqué mucho tiempo a cavilar sobre el asunto. ¿Qué era mejor, revelarle ahora mi proyectado encuentro con la esposa de Luis Montaner, y conjurar así cualquier malentendido, o mantenerlo aún en secreto y exponerme a que lo descubriera por sí misma y, entonces, quién sabe qué conjeturas se formaría esa cabecita? Laura es una persona dulce, bondadosa y sin malicia, pero el asunto pintaría mal para cualquiera que lo examinase desde fuera y basándose en una información incompleta. No resultaría descabellado figurarse lo peor. No obstante..., “Cariño, me marcho al trabajo. Por cierto, hoy llegaré tarde, he de encontrarme con una mujer. Pero no te imagines cualquier cosa, no es lo que parece.” Impensable. Finalmente, decidí no hablarle de mi encuentro ni del fortuito hallazgo que constituía el primer eslabón de esta cadena, que estaba a punto de rematarse en una casita a las afueras de la ciudad. Debo adelantaros que hoy, día de Navidad de 1911, cuando cierro definitivamente y para siempre el libro, entre cuyas páginas permanecerán ocultas en el secreto de su tumba estas confesiones, Luis Montaner y su esposa han sido nuestros invitados de honor, y, por tanto, puede afirmarse que las cosas han salido bastante bien. Si exceptuamos a las personas mencionadas en estas líneas que ahora lees, tú, desconocido lector, eres el único que tiene noticia de la historia que está a punto de cerrarse.

Ahora sé que no iluminaré al mundo entero con un pasmoso descubrimiento; ni propio ni ajeno. Y con todo, ¡condúceme hasta el tesoro, mi fiel escarabajo dorado!


La casa se encontraba en los aledaños de un pueblecito, recogido entre las montañas, no demasiado distante de la capital, a pesar de lo cual uno tenía la impresión de adentrarse en otro tiempo al acariciar los espesos muros de piedra de sus casas. La nieve caída en días anteriores se apilaba ahora en voluminosos caballones a ambos lados de las toscas calles. El frío era tan intenso, que comenzaba a preguntarme si no perecería como alguno de esos exploradores, cuyos cuerpos congelados se encuentran años después tras el deshielo, cuando alguna expedición acierta a pasar por casualidad, antes de encontrar la casa por la que me había desplazado hasta allí. Pero el encuentro, finalmente, se verifica; creo poder asegurar, sin temor a faltar a la verdad, que nunca antes ni después me he alegrado tanto de ver las volutas desprenderse de una chimenea. ¡Qué promesa tan feliz de arenas doradas y rayos de sol me traían esos borbotones negros! Dispongo del tiempo justo para regresar a tiempo a casa, si no surge ningún contratiempo, pues hoy no tengo ninguna clase que me impida emplear el día a mi antojo, así que ¡manos a la obra!


Una mujer me abre la puerta—es ella, la he reconocido al momento, aun sin haberla visto nunca—, pero no está sola; una voz de hombre se escucha tras ella. Por un momento, me palpita con fuerza el corazón, pues podría ser la del hombre que estoy buscando. Sin embargo, enseguida se presenta como Joaquín Montaner, hermano de Luis. Ambos me invitan a pasar al salón, donde el fuego desprende unos deliciosos efluvios que perfuman toda la estancia. La luz se filtra débilmente a través de los cristales, sobre los que el frío ha dibujado su extraña huella de hielo. Para todos es un momento lleno de emoción—sí, gracias, me gustaría una taza de chocolate caliente—y nos sentamos a una mesa. Nadie sabe muy bien cómo ni por dónde empezar, pero, poco a poco, una sólida confianza crece entre nosotros y la conversación termina por prender. De todo lo que se dijo en aquella habitación, os brindo ahora un sucinto relato, tan exacto como alcanza mi memoria y, si en algún momento falto a la verdad, será por omisión, y sólo cuando la supresión de aquellos detalles que no tengo derecho a divulgar, no entorpezca la narración de la historia que nos interesa.


—¿Qué puedo decirle sobre Luis, que satisfaga su curiosidad?—comenzó diciendo, al tiempo que buscaba apoyo en la mirada de Joaquín—Yo no sé nada del trabajo de mi marido.
—Explícale cómo empezó todo—apostilló él—. Lo que sucedió aquel día.
—Verá, hacía dos años que Luis y yo nos habíamos casado. Éramos jóvenes y muy felices. Las cosas nos iban bastante bien, teníamos una tienda, bueno, aún la seguimos teniendo, de la que Joaquín es socio. Un día antes, supimos que íbamos a tener nuestro primer hijo. Recuerdo que habíamos venido a ver la casa que pensábamos comprar algún día, esta misma en que nos encontramos ahora. Soñábamos con retirarnos a vivir aquí cuando fuésemos viejecitos—su voz soñaba al decir esto—y anduvimos paseando por los alrededores. ¡A los dos nos gustaba tanto esto! Nos alejamos demasiado y cuando nos dimos cuenta de que una tormenta se estaba formando sobre las montañas, era ya demasiado tarde. Corrimos tan deprisa como nos era posible, pero las nubes avanzaban muy rápido, y nos ganaban terreno a cada momento. Los truenos retumbaban en la distancia, primero, luego a nuestra espalda y pronto los tuvimos estallando encima de nuestras cabezas. Faltaba poco para llegar al pueblo, yo iba delante... De pronto, un formidable estampido llenó el aire y una luz cegadora lo bañó todo con un resplandor azulado. Me volví. Luis estaba como paralizado, pero en pie. El rayo lo había alcanzado de lleno aunque, aparentemente, se encontraba de una pieza.
—Sí, fue entonces cuando todo empezó—intervino Joaquín.
—No quiso ir al médico. Decía que se encontraba bien. Mejor que nunca, incluso.
—Un momento—interrumpí—, ¿quieren decir que nunca antes había mostrado inclinaciones de carácter científico? Perdonen, no quisiera ofenderles, pero me parece tan... el rayo fulminante, la caída del caballo y todo eso...—susurré incrédulo.


Me miraron sin comprender mi escepticismo, pues desde su punto de vista, aquel mismo hecho que yo interpretaba como una bendición, se percibía de un modo bien distinto. Yo no podía creer que el genio, que con todos nosotros se había mostrado tan esquivo, hubiese fecundado el intelecto de aquel hombre, derramándose sobre él desde el mismísimo cielo; ellos, en cambio, maldecían el día en que les había arrebatado la felicidad a todos. Tras una breve conversación, la narración de los hechos continuó aún:


—A los pocos días de aquel suceso, comenzaron los dolores de cabeza. No le dejaban trabajar, y comenzó a encerrarse en casa; le molestaba mucho la luz. Seguía sin querer visitar a un médico e incluso echó de malos modos a uno que hicimos venir —“Estábamos preocupados”, apostilló Joaquín—. Casi no dormía. Recuerdo que empezó a decir cosas muy extrañas, que le venían ideas que no podía quitarse de la cabeza. “Están siempre ahí”, solía decir. Yo... estaba muy asustada, pero no sabía qué hacer. Dejó definitivamente de trabajar, y Joaquín y yo nos ocupábamos de la tienda. Luego, nació nuestra hija, pero nada de todo eso parecía perturbar en lo más mínimo la dañina obsesión que crecía cada vez más en él, hasta devorarlo por completo. Empezó a encargar esos libros y a estudiarlos frenéticamente. ¡Aprendió no sé cuántos idiomas para poder entenderlos!


Mostré entonces el ejemplar en cuyo interior había encontrado el apunte manuscrito. “¿Es este uno de ellos?”, pregunté. “Sí, podría ser”—recuerdo que lo examinó y reconoció la letra de unas anotaciones en un margen, con ojos temblorosos y húmedos. Le expliqué entonces de qué modo había llegado hasta mi poder lo que parecía el fragmento de un trabajo científico, que podría ser deslumbrante, y cómo se había perdido para siempre unos días antes, de la manera más miserable.


—Si le soy sincera—dijo con amargura—, no lamento la pérdida. ¡Cómo odiaba todo aquel galimatías! ¡Las cuartillas llenas de signos incomprensibles, que parecían dictados por el diablo! Se compró una pizarra que instaló en el sótano de la casa y la llenaba de aquellas cosas horribles que se le ocurrían; por aquellos días vivíamos en la casa que usted conoció, la que tiene un patio delantero... Entonces era un jardincito precioso. ¡Qué tardes de verano pasábamos allí, a la sombra del magnolio! Aquellos dos años fueron los más felices de mi vida.


Dejé que se recreara unos instantes en aquel grato recuerdo. Quería saber más, pero no tenía derecho a espolear aquella memoria fatigada.


—Las cosas no mejoraron—dijo él.
—Tuvimos que mudarnos y él se quedó allí. ¿Sabe?, una tarde le pedí que pensara en su hija y en mí. “No te pido que abandones esas cosas que haces, pero, al menos, deja que te vea un médico. Tus dolores de cabeza no han cesado en todo este tiempo”. Se puso hecho un basilisco, me gritó, “¿Es que no comprendes que no quiero ser curado? ¡Déjame en paz!”, y luego salió corriendo escaleras abajo, para encerrarse en el sótano con sus libros y su pizarra y sus chaladuras. Desde entonces, le llevaba la comida y algo de ropa limpia todos los días, pero cada vez se lo veía menos. Por eso no nos mudamos de allí nunca, a pesar de lo que sucedió luego...—al llegar aquí, se detuvo y Joaquín tuvo que tomar el relato de los hechos.
—Un día, mi hermano entró en el templo en plena celebración de la liturgia. Llevaba el pelo largo y desaliñado, la barba revuelta y miraba con ojos desorbitados. Se paseaba entre los bancos, gritando a todos “¡Fijaos cómo crecen los lirios del campo: ni trabajan ni hilan...”; incoherencias, que nadie entendió; “¿Acaso creéis que vuestro fasto os salvará? ¿Y tú, charlatán del demonio, piensas que el hábito te convierte en profeta?” y yo qué sé cuantas barrabasadas más. Después de aquella demostración la vida se convirtió en un infierno para nosotros. A él, lo mortificaban porque decían que estaba loco, y  a nosotros nos señalaban como si tuviésemos la culpa, como si portáramos el baldón de un estigma que la delatase. Sin embargo, no podíamos abandonar el vecindario. No sólo por la tienda, que era nuestro único sustento, sino porque no queríamos dejar abandonado a mi hermano, ¿comprende?—asentí y su rostro se relajó aliviado.
—Pasaron los años—comenzó a decir Herminia—, años muy duros. A Luis le dio por almacenar cosas en la casa. Estaba sólo en ella, y apenas tenía ya espacio para moverse; hasta que se quedó dormido y se le vinieron encima. Cuando fui a llevarle algo de comer, vi que no había tocado el desayuno, y me alarmé. Algo tenía que haberle sucedido. Creo que el resto de la historia ya la conoce, excepto que no murió en el accidente, sino que lo sacamos de allí y lo trajimos a esta casa. El médico dijo que había tenido mucha suerte.
—¿insinúa que está aquí ahora?—pregunté con una involuntaria exclamación de júbilo. 
—¿Quiere verlo?
—Eso... eso sería maravilloso—respondí al instante.
—Pero no se haga ilusiones. Está completamente ido.


Me hicieron pasar a una habitación, desnuda salvo por la cama y una mesilla donde había una lámpara, un vaso y un reloj. Luis Montaner, cuya insólita historia acaba de escuchar—podéis creerla o no—, estaba sentado en una mecedora, silencioso y absorto. En aquella visita, como en todas las otras ocasiones en que tuve la oportunidad de encontrarme con él, tomé un asiento y me senté a observarlo. Ni el más leve pestañeo delató un rastro de actividad en el interior de esa cabeza. Sea lo que fuere lo que Luis Montaner había descubierto, grande o pequeño, genial o absurdo, yace en el fondo de su mente, atrapado para siempre en su mundo. Porque yo creo que Luis Montaner vive dentro de su propio mundo una vida más plena y libre que cualquiera de nosotros. A veces, me asomo al cristal limpio de sus ojos, y me siento como el insecto que se estrella en el vidrio de la ventana, una y otra vez, sin poder abandonar el angosto margen de estas cuatro paredes entre las que nos hacinamos y que nos aprisionan, mientras él corre libremente en ese otro mundo ilimitado, donde nunca podremos alcanzarlo. Y allí, seguirá siendo un misterio para nosotros.


FIN


P. D.: esta confesión, como el autor llama a lo que acaban de leer, apareció en 1989 entre las páginas de un libro que descansaba en los anaqueles de la biblioteca de una escuela de ingeniería. Nadie lo había leído desde hacía muchos años. Ahora, por primera vez, sale a la luz pública.



miércoles, 17 de febrero de 2010

El señor Johannsen: un caso singular


Como todas las mañanas, desde hacía veinticinco años, el señor Johannsen también se levantó temprano ese día. Se palpó para comprobar que todo seguía estando en su sitio, una costumbre algo estrafalaria, si se quiere, pero que al señor Johannsen lo tranquilizaba. Era bueno descubrir que la existencia seguía su curso invariable. Sí, completado su minucioso examen acostumbrado, anotó mentalmente este dato: "El señor Johannsen continúa de una pieza y en orden. Fin del comunicado". No obstante, tenía una sensación incómoda e indefinida que no le permitía confiarse definitivamente a la despreocupada actividad cotidiana que debía enfrentar ese día. Nada de particular, por otro lado, se trataba de la rutina de siempre. Tomó su paraguas y su maletín, y se miró en el espejo del recibidor para completar su examen con una última inspección visual, antes de salir. Algo singularmente turbador descomponía su atildada figura, algo que no podía identificar a primera vista, pero que, sin duda, estaba ahí, en alguna parte. Redobló sus esfuerzos por descubrirlo, escudriñó cada pliegue de su indumentaria, de las arrugas de su rostro, aún joven, se tocó el pelo, pero no parecía haber nada fuera de lugar. Se separó un poco del espejo, para echar una mirada en conjunto y entonces fue cuando, perplejo, reparó en ello. ¡Oh, no! No podía ser. “¡Dios mío—exclamó incrédulo—me he convertido en una circunstancia!”


martes, 16 de febrero de 2010

El manuscrito Montaner, capítulo 8



VIII

Todo puede cambiar de un modo asombroso, ¡en tan corto espacio de tiempo! Las primeras nevadas de diciembre han traído consigo la carta que tanto he estado esperando estos días. Tal vez por eso el cielo me parece luminosamente gris: hoy, se verá si Luis Montaner aún vive, como afirma Manuel, o si debo olvidarlo para siempre. Y, sin embargo..., el sobre yace intacto sobre la mesa. No tengo prisa. Una insolente serenidad se ha apoderado de mí por completo, como si ya hubiese trascendido el umbral de la vida y, más vivo que nunca, nada pudiese alterar mis nervios. Se diría que, tras la crisis, mi espíritu está hecho de una sustancia nueva, más nítida y transparente, sumergido enteramente en un profundo y místico reposo. Es un contraste con el estado de ánimo de días pasados tan súbito e intenso, que por un instante me imagino que acabo de despertar de un trance, de un frenético rito, ancestral y cruento, celebrado bajo la luz de la luna a ritmo de sádicos tambores rituales en lo más recóndito de una frondosa selva, y del que no recuerdo nada; y cuyo objetivo fuese el de atrapar el alma de Luis Montaner, como lo haría un vampiro que absorbe el fluido vital de su víctima. Sólo la imagen de Laura ha permanecido intacta en mi interior, como un sólido núcleo irreductible, en el transcurso de este descenso al abismo. Si ella y los niños sufriesen las consecuencias de este proceso, nunca me lo perdonaría.
Durante los últimos días, me he comportado irreflexivamente; se diría que algún otro ha tomado las riendas de mi vida durante este corto e inédito periodo de despropósito, y yo era un mero pasajero que debe conformarse con dejarse llevar. No..., acudir personalmente en busca de Montaner fue una imprudencia, cuyas consecuencias he podido atajar a tiempo, antes de que la gangrena se extendiese aconsejando una dolorosa amputación. Esta vez, he dejado esa misión en manos de Manuel quien, trabajando como mi corresponsal en ese mundo cuyos lances me son tan ajenos, ha logrado resultados que yo no me hubiese atrevido a soñar. Él puso en circulación el rumor acerca de mi aventura, no se me ocurre ninguna otra palabra para describir el desafortunado episodio de los golfillos, y sólo él podía neutralizar los perniciosos efectos de su propagación. Por eso era tan importante que también participase en esta empresa. Y ahora, ¡aquí están los resultados! La esposa de Luis Montaner me escribe en respuesta a mi petición.
Acaricio el lomo de este sobre, en cuyo remite se lee un nombre de mujer, porque en él está el veredicto de mi destino. Sea cual sea, he de aceptarlo. Rasgo el sobre, y es como si todo se hubiese consumado ya. No es una pesadilla ni un sueño, pero ni en mis delirios más extravagantes, hubiese podido imaginar que todo esto pudiese llegar a sucederme. No sé si estas líneas que escribo, y que quizá algún día salgan del sepulcro en que descansan a la espera, se juzgarán como una anomalía o si, por el contrario, se leerán con un sentimiento de ternura hacia unos personajes que os parecerán llenos de candor. ¿En qué mundo habrán despertado de su letargo? Quizá en otro enteramente distinto, en el que ya nada de esto tenga significado para nadie.


Estimado Sr. Villa:
¡Nada menos que un catedrático! He leído con suma atención la carta que de usted he recibido. ¡Qué extraño resulta para mí saber que se interesa usted tanto por mi esposo que, le informo, aún vive! Si a esto se le puede llamar vida. La persona que fue, y a la que tanto amé, hace tiempo que desapareció. Pero no quiero aburrirle con las penas de esta mujer, que se siente casi una viuda. Vamos al asunto por el que usted me pregunta. Efectivamente, Luis vivía en la casa a la que usted se refiere, y en ella sufrió un accidente que a punto estuvo de costarle la vida, tal y como usted explica en su carta; se libró por muy poco. Si usted ha creído que había muerto es porque yo misma he hecho circular esa noticia en el barrio. Me pareció la mejor forma de que nos dejaran en paz, a él tanto como a mí misma (espero que no juzgue egoísta y frívola mi actitud, pero no puede imaginar el infierno al que hemos sido sometidos durante los años que ha durado la enfermedad de mi esposo). Por esta razón, he meditado profundamente la respuesta que debía dar a su inesperada petición, antes de revelarle a usted la verdad. Espero que comprenda hasta qué punto me he puesto en sus manos y que sepa apreciarlo en todo su valor. Bajo ningún concepto debe traicionar esta confianza.
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Tenemos una casita a las afueras, ¿le parecería bien que nos entrevistáramos allí?
Atentamente,
 Herminia G.


Ha dejado de nevar y un manto esponjoso lo ha sumido todo en un silencio blanco. Los sonidos se amortiguan en la distancia y, desde mi ventana, los transeúntes que atraviesan el campus no son más que negras siluetas diminutas que se apresuran en el aire gélido de esta tarde invernal.


Capítulo 9


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El manuscrito Montaner by Carlos Olalla Linares is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 3.0 España License




sábado, 13 de febrero de 2010

El manuscrito Montaner, Capítulo 7



VII

Los últimos días han sido muy penosos. ¡Maldito seas, Luis Montaner, que con sólo garabatear unos signos en un papel, has desencajado los goznes de mi vida! Quisiera regresar al estado de cosas que abandoné hace apenas unos días, pero ya no me es posible, como si una puerta se hubiese cerrado tras de mí y no tuviese en mi poder llave que la abra. Un potente foco ha iluminado un rincón de mi mente que yacía en una silenciosa espera, aguardando sólo una orden: Levántate y anda. No está en mi poder ordenarle “duerme de nuevo” y continuar como si nada. ¿Y fuera? Fuera, la necia pantomima de los muertos, de los hombres de ceniza, sigue su curso inmutable, mientras yo me refugio en la soledad de mi despacho, que es aún mi santuario, tras esa puerta que es para mí como el arrecife que me protege de los embates de las feroces olas no sé por cuánto tiempo más. Cerrad un instante los ojos. ¿Lo oís? Son los aullidos de los lobos. Están al otro lado de esa puerta, acechando entre las tinieblas en que viven su vida de muerte. Sé que saben algo, que mi desliz ha trascendido; que se ríen entre dientes cuando se reúnen en sus pequeñas comanditas, “¡Pobre don Armando, ha perdido la chaveta!” “¿Quién lo iba a decir?, y parecía un hombre tan serio. El puntal de esta noble institución y un ejemplo para todos nosotros.” Me saludan respetuosamente, pero en voz queda rumian sus maleficios y ansían verme caer. ¡Qué felices serían si una vacante quedara libre! Comenzaría el despreciable espectáculo humano, la sórdida tragicomedia de los que optan a una plaza: las alianzas, las ruines conspiraciones, el vil mercadeo de favores... No quiero ni imaginar lo que serían capaces de hacer estos hombres por un reino, si llegan a tal mezquindad por un nicho en este sepulcro; porque este lugar es una tumba. Nunca lo había visto así antes... ¿Estaré perdiendo el juicio o acaso lo habré recobrado? Tengo que enfrentarme a mis alumnos; Dios mío, dame fuerzas.
Mis peores temores se han confirmado, y el director de esta ilustre escuela de ilustres ingenieros me ha requerido a su presencia. Cuando entro en su despacho, todo forrado de maderas y venerables retratos de sus predecesores en el cargo, me siento un intruso. ¡Ah!, conque han llegado rumores hasta sus oídos, que si me he propuesto poner en solfa el prestigio y el buen nombre de este centro. “¡Santo Cielo, don Armando, no estará metido en algo sórdido!” ¡Naturalmente que no! ¿Que me explique? ¿Que no esperaba eso de mí? Bueno, no es usted el único ni el primero que se ha sorprendido. Entonces, demasiado rápido para reparar en lo que estoy haciendo, extraigo de mi bolsillo el papelito que lo ha desencadenado todo y explico atropelladamente el caso que me ha tenido desvelado todos estos días; quizá estamos ante el último vestigio del trabajo de un poderoso intelecto, cuyo cerebro ha perecido aplastado por la basura entre la que vivía. Casi no salgo del asombro ante mi propia osadía. El Señor Director me mira perplejo, con la mandíbula laxa, y aún tarda unos segundos en reaccionar, como si le mostrara el molde de las huellas del Yeti para apoyar una insensata teoría. Por fin, sus músculos recobran la tensión, alarga la mano para tomar el papelito que le ofrezco. “Así que es cierto, lo admite usted.” Se lleva los lentes a la cara, examina el minúsculo documento y añade, “¿Ciencia al margen de estas venerables paredes? ¡No sea ridículo! Ahí fuera sólo hay caos e ignorancia. No sea bobo y olvídese de estas quimeras infantiles.” y, al tiempo que pronuncia estas palabras, rasga mi papelito en pedacitos, hasta que son tan pequeños, que no admiten una nueva división. La cólera me inunda el pecho y siento que la sien me va a estallar; la garganta se me cierra con un doloroso espasmo de ira. Desearía matarlo allí mismo, pero pienso en Laura –mi dulce y querida Laura– y no lo hago. La única prueba del genio de Luis Montaner se ha desvanecido para siempre entre los dedos de ese imbécil, de la misma forma que el último rastro de talento en sus alumnos se ahoga en sus aburridas y monótonas clases. Pero soy un cobarde y callo; cuanto más alto subimos, más tememos la caída, y ese temor ha hecho de mí un cobarde. Callo y abandono el despacho con una promesa de recobrar la cordura y no sé qué más que ya no escucho. Me siento vacío y perdido, expulsado de mi propio ser. Ya no sé quién soy; me adentro en lo desconocido.


Capítulo 8



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martes, 9 de febrero de 2010

El manuscrito Montaner, Capítulo 6


VI

Mis nervios aún acusan la tensión vivida ayer. A veces, me olvido de la cruel naturaleza del mundo, más allá del recogimiento de estas cuatro paredes entre las que me refugio; me pregunto si aquel es más real que este otro reino de hielo en que me recluyo a diario. ¡Pobre Laura! ¡No puede ni imaginar lo cerca que ha estado nuestro frágil mundo de estallar en mil pedazos! Naturalmente, no le he revelado nada acerca de mis recientes actividades. Se preocuparía demasiado y yo no lo soportaría; abandonaría mi empresa para siempre por su única causa.  Ahora he comprendido lo débiles que son los cables que nos sujetan a esa vida regalada en que nos regocijamos: un solo paso en falso y se habrán roto para siempre, precipitándonos al desastre, como si un tenebroso precipicio se abriese bajo nuestros pies a cada momento, esperando siempre devorarnos; y, al mismo tiempo, nos aprisionan con una fuerza tan asombrosa, que somos incapaces de romperlos, de soltar las amarras que nos atan y navegar libremente. Por eso hoy, precisamente hoy, he comenzado a escribir estas meditaciones, esta declaración, este documento que es casi un testamento y que quizá tú, mi anónimo lector, has encontrado entre las páginas de este mismo libro donde ahora lo deposito.
Tomo de nuevo el papelito que ha desencadenado la crisis y lo examino a conciencia. Cuanto más penetro en su lógica, más firmemente me convenzo de su genialidad. Las escasas líneas que lo emborronan, demuestran una clarividencia de ideas, una fluidez del pensamiento y, al mismo tiempo, una simplicidad que llevan la marca inconfundible del genio. Harían falta años de intenso trabajo para alcanzar esa profundidad de análisis racional y, sin embargo, la caligrafía sugiere que fueron escritas en medio de un arrebato. Por un instante, me domina una insana cólera. Desearía destruir al hombre que ha roto para siempre el sosiego de mi vida, al personaje imposible que ha recibido la bendita maldición de un talento que no le correspondía. ¿Por qué él? El único don que secretamente he ambicionado toda mi vida, ha recaído en una figura grotesca, en un desgraciado fantoche sin la menor posibilidad de divulgar su trabajo. ¡Qué tentador resulta apropiarme de él, sin más, ahora que sé que ha muerto, como haría un vulgar saqueador de tumbas! Luis Montaner, ¿quién eres tú, que has merecido la gracia que otros no hemos alcanzado? ¡Un alma solitaria y triste, que ha muerto enterrado bajo las montañas de basura entre las que vivía! Mi cerebro se revela, ¡me resisto a creer que unas circunstancias tan sórdidas puedan albergar el genio de cuyo intelecto prodigioso han brotado las ideas que tengo ante mí! Sí, lo habéis entendido bien, ¡Luis Montaner, el autor de esta hoja manuscrita que me ha cautivado, vivía en las condiciones más deplorables que quepa imaginar, perdida totalmente la razón bajo el peso de su propio genio! La irrupción de mi rescatador soltó la lengua de los dos golfillos, que confesaron haber tomado prestadas las cosas que revendieron al granuja de la chamarilería, de una casa abandonada no lejos de la esquina en que nos encontrábamos. Un auténtico filón para ellos que, a mis ojos, son ahora como las termitas que devoran las vigas de un palacio italiano del Renacimiento, ajenas a la belleza y el esplendor que han destruido, cuya magnitud no son capaces de comprender. El policía se brindó a acompañarme hasta el edificio del que había salido ese material al que yo me refería; mientras recorríamos el breve trecho que mediaba entre ambos puntos, me explicó que, efectivamente, el hombre que habitaba esa casa era un sujeto estrafalario, muy conocido en el barrio. Su actividad se reducía a las horas nocturnas: al amparo de la noche y la oscuridad, solía recorrer las calles solitarias siguiendo una ruta minuciosamente estudiada, en busca de todo tipo de objetos hasta la salida del sol; luego, se recluía en casa y no se lo volvía a ver en todo el día. Nadie sabe exactamente cuál era su propósito –excepto el mero hecho de acumular la ingente multitud de  trastos inverosímiles que recopilaba–, ni por qué algunas mercancías parecían llamar especialmente su atención, mientras desdeñaba otras que una mente más sana hubiese preferido. ¡Un enigma encerrado en lo más recóndito de una mente enferma, como si de una hermética caja de acero se tratase, y al que nos sería imposible acceder ni con dinamita! Nos detenemos ante el edificio, destartalado y ya abandonado, mientras el agente me explica cómo lo encontraron medio muerto, enterrado entre la basura, y se lo llevaron al hospital. Él mismo estaba presente cuando unos camilleros se lo llevaron. Contemplo el pequeño jardín delantero, en el que crece inculto un árbol que me oculta parcialmente la vista de la fachada. La maleza lo devora todo. En la verja, se aprecia un agujero por el que, presumiblemente, se han colado los golfillos y toda clase de vagabundos para disputarse los despojos.
¡No hay nada que hacer! ¡El hedor es insoportable, a pesar de que estamos en noviembre y el sol hace tiempo que dejó de alimentar con su calor la descomposición de la materia pútrida que rellena cada intersticio de este edificio! Todo ha sido en vano. ¡Sería tan tentador, tan fácil, apropiarme de su trabajo y de sus ideas! Pero soy incapaz de hacer una cosa así. Y, aunque quisiera, la mísera muestra que nos ha legado no basta para reconstruir las ideas de las que formaba parte ese minúsculo papelito. Sólo su creador, el poderoso intelecto que lo alentó, podría iluminarnos, y ahora ya no es nada, apenas un trozo de carne inerte que se pudre bajo tierra. Por primera vez en toda mi vida, me siento desamparado, y soy consciente de la inutilidad de la vida, de la insensible existencia que no tiene guión ni propósito ni finalidad alguna; que es sólo un discurrir monótono de los días, que no conoce la justicia, que nada sabe de los afanes de los hombres ni de la grandeza de las almas grandes.


Capítulo 7



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lunes, 8 de febrero de 2010

El manuscrito Montaner, Capítulo 5


V

Mi enigmático amigo –¿me atreveré a llamarlo así?– es como una rara estrella tras el manto de una opaca nebulosa que lo eclipsa a mis ojos, y yo, soy el planeta que gira a su alrededor, alejándose y acercándose en su órbita, sin llegar a tocar jamás el sol en torno al cual gravita. Aún no me es posible determinar la cualidad de su brillo, pero por su efecto revitalizador sobre mí, he contraído con él una incalculable deuda de gratitud que estoy decidido a pagar de una u otra forma.

Como si de un explorador antártico se tratase, me pertrecho anímicamente para mi encuentro con el asombroso establecimiento, pues que de él brotó tan valioso tesoro. En principio, su aspecto resulta más bien poco prometedor; en la serena quietud del mundo del que yo procedo, resultaría impensable que una construcción levantada por el hombre, que ha llegado a semejante grado de consunción y deterioro, pueda aún sostenerse en pie. Pero no desfallezco, pues pienso que quizás se trate de una lámpara maravillosa, ajada y deslustrada en su exterior, pero tal que, si uno se toma la molestia de frotarla un poco, liberará al genio que lleva dentro. Un vértigo se apodera de mí, como si me asomara a un abismo, al pensar en lo que podría esconderse bajo los montículos de papeles que se amontonan sin un orden específico, las pilas de metales retorcidos o los viejos cuadros semiocultos entre jirones de trapo. ¿Quién sabe si el Papiro Rhind yace sepultado en aquel desorden, aún por descubrir? Me presento al que parece ser el dueño del negocio –su modo de impartir órdenes con tono rudo y desabrido es una pista infalible– y le pregunto si el libro (ese libro) que porto conmigo y le muestro, procede de su establecimiento. El sujeto tiene una catadura patibularia que impresiona; temo que, en cualquier momento, una cuadrilla de criminales se abalance sobre mí a una indicación suya, para asesinarme sin misericordia. Me dirige una mirada de profundo desprecio, acompañada con una expresiva mueca de asco –como si mi persona le provocase una incontenible náusea– que alivia mediante generosas libaciones de un licor que extrae de un pellejo al que estruja brutalmente; a continuación, se limpia con la manga y lo cuelga en una pared cuya superficie está tan desgastada y llena de grasa, que reluce como si la hubiesen frotado con pulimento. Como la respuesta se demora, me esmero en aclararle que no albergo segundas intenciones y que mi propósito es entrevistarme con el dueño del libro; es imperioso que yo me encuentre con él. Por fin, sus labios se despegan y unas palabras brotan de su boca, pero la desconfianza que yo le inspiro no acaba de hacer transparente el espacio que media entre nosotros. ¡Qué sabe él!¡Por sus manos pasan tantos papeles al cabo del día! Un trapero no se fija en esas cosas. El rufián se las sabe todas. Mi fingida autoridad no le impresiona en lo más mínimo. Esta roca no se disolverá con unas sencillas gotas de zumo de limón. Trato de sobornarlo ofreciéndole dinero, pues pienso que es el único ácido lo bastante corrosivo como para diluir la áspera resistencia de ese tosco adoquín, pero mi canallesco contrincante es un regateador de primera. Sin embargo, no  puedo permitirme abandonar y sostengo mi puja. Apenas una imperceptible muestra de debilidad y todo el negocio se irá al traste. ¿Otro billete? Ahora que lo menciono, sí, ese libro no le es del todo desconocido; cree recordar –¡la memoria es tan flaca! Es algo que nos ocurre a todos, debo disculparlo– que se lo trajeron dos pilluelos entre un revoltijo de papeles y revistas hará cosa de un mes. ¡Un mes! ¡Dios mío, tanto! Los más negros pensamientos me consumen. ¿Habré llegado demasiado tarde? ¿Y si, en ese tiempo, lo ha atropellado un carro? ¡Qué pérdida! Me apresuro a interesarme por los papeles que acompañaban al libro, pero ya no están en su poder; los ha vendido a los pescaderos de un mercado próximo. ¡Santo cielo! ¡Quién sabe si un trabajo científico de primera magnitud ha envuelto el pescado de la cena del señor con bigote que nos observa desde un balcón! Mi desesperación no conoce límite. Sin embargo, la suerte no me ha abandonado completamente y, cuando nuestra intrincada conversación parece haber llegado al agotamiento, me señala a dos golfillos que se han detenido al otro lado de la calle. Ellos son los que le vendieron el libro por el que yo pregunto. El mismísimo dedo índice desplegado con desparpajo, parece ser la señal que los dos mocosos estaban esperando para echar a correr con la agilidad de un resorte bien engrasado. No tengo más remedio que emprender una carrera en su persecución, para no exponerme a perderlos entre el laberinto de callejuelas que, con toda seguridad, se conocen al dedillo. ¡Demonios, cómo corren! ¡Con qué habilidad esquivan a los viandantes que se cruzan con ellos! La suerte, empero, me sonríe una vez más; un transeúnte, creyendo que los pequeños fugitivos me han birlado la billetera, interrumpe su veloz huida y los retiene hasta mi llegada, que se verifica con considerable retraso, perdido ya irremediablemente el resuello en alguna de las bocacalles que hemos dejado tan atrás como los días de mi juventud. Los dos pillos patalean, blasfeman horriblemente e increpan a su captor intentando zafarse, mientras este los sujeta firmemente por los brazos. La escena llama la atención de cuantos se cruzan con nosotros y una pequeña multitud comienza a congregarse a nuestro alrededor. Cuando el aliento regresa a mis pulmones, desacostumbrados a semejantes alardes físicos, explico que los pequeños no han hecho nada malo, y muestro de nuevo el libro, ante el desconcierto general. Lejos de tranquilizar a mis pequeños prisioneros, la inesperada revelación exacerba la intensidad de su esfuerzos por escapar de algo tan incomprensible para ellos, como el misterio de la Santísima Trinidad. ¡Sólo Dios sabe lo que se han imaginado! Estos niños, pues apenas levantan metro y medio del suelo, están rodeados en todo momento por la maldad, y no conocen otra cosa que la violencia y la crueldad. Que alguien pueda albergar un pensamiento noble les resulta inconcebible. Demasiado tarde, comprendo que he escogido mal mi indumentaria; mi levita, el brillo irisado de mi sombrero, los elegantes guantes de cabritilla, que sostengo en la misma mano con que sujeto mi bastón..., ni una espada flamígera les infundiría un pavor equivalente. Entretanto, ha ocurrido lo que más detesto: me encuentro en el centro mismo de un pequeño tumulto, del que soy el actor principal. Dos facciones han empezado a formarse entre los asistentes, y los partidarios de uno y otro bando no sienten el menor recato en defender su partido con una vehemencia que me repugna y me atemoriza por igual. Una oleada de indignación recorre el apretado grupo que nos rodea de un extremo al otro, como una onda cuyos frentes rebotan en las paredes del vaso que la contiene, pues las más alocadas e indecentes hipótesis sobre mis verdaderas intenciones han ido tomando forma, poco a poco, hasta convertirse en un aullido. Los adeptos a la tesis más desfavorable se convierten a un ritmo imparable. Sin saber cómo, he pasado de víctima a verdugo. Trato de defenderme con toda la elocuencia de que soy capaz, pero el efecto de mis palabras es muy magro, en comparación con el irracional estallido de ira que anida en los cerebros como una infección; en esta parte de la ciudad, la ciencia  se considera una gollería dos veces más superflua que el lujo más extravagante que la desbordada imaginación humana pueda concebir. Me llueven las imprecaciones. Mucho me temo que, si no sucede algo pronto, la turba despedazará mi cuerpo y mi reputación
con la misma saña con que unas fieras desmembrarían una carroña. Afortunadamente, el acontecimiento salvador que espero, sucede –¡mi buena estrella me protege de nuevo!– y la providencial aparición de un agente de la ley –alertado por un anónimo ciudadano– detiene el más que probable linchamiento al que la chusma está a punto de entregarse. ¿Qué ocurre aquí? ¡El chalao este, que nos quié perder! Circulen, señores, que aquí no hay na que ver. Y yo, respiro de nuevo.


viernes, 5 de febrero de 2010

La locura de Clara S, capítulo 8



VIII


Un hombre precisa calzarse de nuevo sus viejas botas de cuando en cuando y regresar a los caminos que ya no pueden desandarse, y entonces..., un pensamiento, en esas ocasiones en que el silencio y la noche se posan sobre mí, me atormenta. Alguien debe hacerse responsable; tomar una decisión y llevarla a término. Y, no obstante, pensar que comienzo a firmar un decreto y aún no ha sucedido nada –la pluma que la traza, insensible a las consecuencias que está a punto de desencadenar–; podría detenerme aquí y todo seguiría igual, aún no es demasiado tarde. Pero, estampo mi firma completa en un trozo de papel, y acto seguido, la suerte de toda una generación ha cambiado para siempre. ¿Habéis pensado en ello alguna vez? ¡El curso de la Historia forzado a discurrir por el gaznate de un solo hombre! ¿A cuántos conocéis capaces de engullir ese trago?


¿Lo que sucedió allí?, me preguntáis. La obstinación de la juventud, la fuerza telúrica que os empuja durante unos breves años –¡realmente, son tan pocos años!–, antes de atenuarse tanto que se reduce a un tibio magma de añoranza y ensoñación; y que se habrá extinguido mucho tiempo antes de que vuestra vida sea tan débil como para no sostenerse. La denodada acción (¡tan encantadoramente inútil!) que trata de vencer una reacción igualmente tenaz, tal vez con el único fin de dejar su impronta en el mundo. Que un día se diga, "¿Esto?, ¡Oh!, lo hizo un gran hombre", aunque no estemos allí para escuchar cómo se cita nuestro nombre con admiración; soñar que se nos recordará como a un benefactor. Aquellas gentes, que a mis ojos vivían sumidos en una suerte de primitivismo, sojuzgadas por un mal, en el centro del cual –así me lo parecía a mí– se hallaba la baronesa, pero cuyos tentáculos venenosos habían hecho presa en los corazones de hombres ambiciosos, corrompiéndolos. Las crueles camarillas del salón del casino. Y, ante todo, estaba para mí la verdad científica, de la que yo no podía retractarme sin renegar de todo lo que había aprendido y en lo que creía profundamente. La misma que me había expulsado del paraíso que un día soñé. Una forma de hacer  medicina trataba de suceder a otra que yo no sabía practicar, pero que aliviaba los sufrimientos de unas personas que, tal vez no padecían enfermedades corporales, pero encontraban un consuelo que nadie más les podía dispensar. ¿Me proponía yo destruir eso? ¿Enmendar un error que acaso no existía? ¿Despertar unos espíritus que no deseaban salir del sueño en que estaban sumidos?


El dispensario, como tal edificio físico, pertenecía al gobierno de la comarca, pero mi estipendio dependía de la generosidad de mis pacientes, cuyo caudal era una medida, al mismo tiempo, de su peculio y de su agradecimiento por haber sanado. Comencé por encargar cierto material que yo estaba bien acostumbrado a manejar y del cual se carecía allí por completo, a pesar de las reticencias que despertaba en mi clientela. Aquellos aparatos y aquellas frías herramientas de acero quirúrgico, que algunos veían por primera vez en su vida, eran para ellos cosa diabólica. Mi venerado colega y predecesor jamás las había necesitado, ¿por qué yo, un pretencioso jovenzuelo demasiado pelirrojo, no podía curarles sin ellas? Las vacunas que me propuse administrar a los pequeños, levantaron una oleada de reacciones en las que se conjugaron toda suerte de impulsos primarios, cuyo núcleo irreducible hundía sus raíces en el fértil suelo de unos cerebros apegados a su propio aislamiento. No se trataba de defender una tradición o un vínculo ancestral con la manera de ser de un pueblo, sino de un estancamiento fruto de la pereza intelectual; de una clase singular de orgullo que hacía detestable cualquier idea, invención o costumbre que procediese del exterior, y que llevaba a tildar de malvado a cualquiera que tratase de introducirlas. Por razones que fácilmente podéis imaginar, renuncié a mi lujosa residencia, a la servidumbre y, en definitiva, a todo aquello que me parecía una atadura o un impedimento a mi independencia de acción. Valerme de mi propio esfuerzo, de mi trabajo, y vivir en la modestia y la frugalidad, aun a riesgo de provocar la cólera de mi proveedora. Ante su corte, yo ensuciaba la nobleza de su apellido, salpicándolo con el lodo más plebeyo. No creo que la naturaleza perversa de la baronesa brotara en su origen de una constitución básica de su carácter, acostumbrada a mandar y a ser obedecida –pocos son los organismos capaces de administrar la autoridad sin menoscabo de sus basamentos morales, y en ello residía parte de la causa de su carcoma–, sino que me parecía que su carácter se había agriado a causa de unos reveses vitales (los unos propios del mero hecho de vivir, los otros, demasiado trágicos) que había sido incapaz de encajar. Ella. Yo. Pero, ¿quién puede penetrar en las razones que nos mueven? Haced examen de conciencia y, cada vez que creáis encontrar el último eslabón de esa cadena, hallaréis que aún podríais profundizar un poco más, y que aquella causa que os satisfizo, ya no explica la misma acción que la animó; y, de nuevo, el fondo vuelve a alejarse de vuestra vista para caer hasta el insondable misterio del alma humana.


Llevar los métodos más modernos de la medicina y de la ciencia, ¿es esto iluminar el camino de vuestros semejantes? Extirpar la necia ignorancia y creer ciegamente que con ello arrancaréis la maldad en la misma cirugía. Soberbia y vana ambición, y un altruismo increíblemente poderoso cuya recompensa es, las más de las veces, el frío susurro del viento que sopla en vuestras nucas y nada más. Estaba destinado al fracaso, eso bien lo sabéis –es la parte de la historia que ya conocéis–, y no tardaron en surgir los rumores, las miradas cómplices cuyo objeto sois vosotros mismos, y que os acompañan a todas partes, y un desprecio profundo de vuestros semejantes, que os separa de ellos: a un lado, un solo hombre, al otro, la ciega multitud. Pero, el hilo de estas reflexiones me arrastra a colocarme a mí mismo en el centro de esta narración; y, sin embargo, todo lo anterior no es, sino el extenso y proceloso preámbulo de un gran ególatra: Yo, el "Amigo de la loca". ¿Quién era esa mujer de la cabellera fosforescente? Ella es la verdadera protagonista de esta historia, el verdadero misterio que quizá no sepa desvelar para vosotros; aquella mujer, cuya extenuación espiritual dejó su atroz impronta en un cuerpo ya consumido, y cuyo increíble relato me pareció rebosante de lucidez y de locura. ¡Vaya para ella mi admiración, mi compasión y mi agradecimiento!

Capítulo 9






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