domingo, 31 de enero de 2010

La locura de Clara S., Capítulo 7





VII



Prender fuego a la santabárbara y contemplar el estrago desde la playa, mientras las astillas caen a vuestros pies y el mar engulle las que fueron vuestras naves, sofocando el incendio entre nubes de vapor; decir adiós a los mares del sur—¡quién sabe si para siempre!—, con la esperanza de rehacerse más adelante; sembrar de nuevo la semilla en una tierra hostil y decantarse por una cosecha incierta, antes que languidecer en la cálida atmósfera del invernadero. Ser pisoteados por gigantes y, aun así, sobreponerse; y luego, cerrar los ojos por un instante y soñar que todo fue una pesadilla que ya pasó. Soberbia y lucidez, y el cándido arrojo de la juventud.



Me dolía terriblemente la cabeza. Los efectos del sedante—de lo contrario, me hubiese sido imposible conciliar el sueño—desaparecían lentamente y en aquella hora vacilante de la madrugada, en mi mente se conjuraban los demonios y los fármacos, aliados para arrastrarme hacia tortuosos pensamientos. Un traspiés de la razón, y consideráis seriamente a la criatura de la noche anterior un mensajero del infierno que os advierte de vuestro terrible destino. El castigo a tu pequeña rebelión te perseguirá más allá de la muerte, jovencito. Y, al instante siguiente, os preguntáis si todo esto no ha sido un mal sueño. No, la habitación en la que me encuentro me es desconocida y este sencillo hecho, completamente objetivo, es un hito que me ata de nuevo a la realidad. Por fin, los rayos del amanecer penetraron en la estancia para disolver la turbidez de las imágenes de la noche anterior. Permanecí aún por un largo espacio de tiempo en la cama, antes de poder afirmar que mis jarcias habían recuperado su habitual tensión y estaban otra vez afianzadas; los viejos maderos despedazados se alejaban ya mar adentro, hasta que, finalmente, se perdieron en el horizonte. ¡Adiós, mi querida Celia! Si también yo llegaría a ser el héroe de mi propia vida, eso era algo que aún estaba por ver.



Desde que comencé a relatar los hechos que atañen a aquellos días, nada me cuesta tanto como tomar la pluma y describir a mi colega, el escurridizo doctor Román, como si una parálisis se apoderase de mis manos y las convirtiera en inútiles para plasmar en el papel esas palabras certeras que os hagan exclamar: ¡Sí, sé bien cómo era aquel hombre! Durante los escasos días en que tuve oportunidad de tratarlo, poco o nada llegué a saber realmente de él, si exceptuamos su intervención en los acontecimientos que tuvieron lugar mucho antes de mi llegada –como se verá después– y aquellos otros sucesos de los que yo mismo fui testigo. Si estos sucintos trazos bastan para hacerse un retrato y alcanzar a atisbar los rasgos que constituyen el fondo de un hombre, sus fundamentos por así decirlo, es el lector quien debe decidirlo.


A una hora de la mañana que él mismo juzgó prudencial, acudió a mi habitación tan solícito como siempre, para interesarse por mi estado y para anunciarme que debía vestirme—estaba dispuesto a prestarme uno de sus trajes, si no había traído nada conveniente conmigo—, pues era costumbre presentarse formalmente a la señora baronesa; se trataba de una pequeña tradición por la que habían pasado todos los facultativos antes que nosotros y que no era posible eludir sin ofenderla gravemente. Dado que era ya una mujer extraordinariamente anciana y sus energías se habían visto considerablemente desgastadas por la edad, era muy probable que se fatigara fácilmente, y podía presumirse que el mal trago—si así era como yo lo consideraba—sería breve. Consentí en tomar prestada una de sus camisas impecablemente planchadas por la fámula que, en adelante, habría de ser la mía por expreso deseo de mi protectora, y una corbata. La obsesión—casi fetichista, o eso me parecía—de aquel hombre por la indumentaria me inducía a pensar que se esforzaba por enmascarar algo turbio, alguna suerte de doblez en su carácter que me resultaba imposible descubrir. Sin embargo, no podía omitir que la noche anterior me había rescatado y que, por tanto, había contraído con él una deuda moral, cuyos límites exactos no sabía concretar y que, tal vez, nunca estaría en condiciones de satisfacer. Precisamente de lo sucedido la jornada anterior, no se hizo la menor alusión.


Ya he mencionado en algún momento que la plaza donde se encontraba el palacio de la baronesa de M. —y, dada la delicada naturaleza de los hechos que aquí se narran, dejaremos en suspenso los detalles genealógicos—, era algo semejante a una corte hecha de piedra y de arquitectura. Todos aquellos majestuosos edificios pertenecían o estaban vinculados, de alguna forma, a la vieja aristócrata. Su disposición parecía abrazar al espectador como si quisiera apoderarse de él con una cínica sonrisa en los labios, y se diría que el arquitecto había trazado un retrato psicológico en sus planos, que había penetrado a través del alma de su actual moradora, pese a que esta hubiese nacido un par de siglos después de su construcción. Me parecía entonces –y me sigue pareciendo hoy—, que en aquella pequeña comunidad, no se embreaba un barco, se reparaba una teja o se plantaba un macizo de margaritas, sin que aquella mujer, despótica y malhumorada, siempre dispuesta a castigar la más leve insubordinación, fuese puntual y minuciosamente informada. Nos presentamos, efectivamente, ante la señora baronesa—don Ernesto Román me acompañó, un gesto que agradecí, pues poseía una rara habilidad para apaciguar a aquella arpía—, después de atravesar un número indeterminado de estancias decoradas con rancio esplendor, y cuyo lustre había sido despiadadamente matizado por el tiempo. Me preguntaba por qué aquella mujer, tan poco inclinada a la indulgencia, como supe después, dispensaba un trato tan deferente a una figura relativamente poco relevante como era la de un médico; suponía que se trataba de una medida preventiva, un modo de ganarse el agradecimiento de quien, en algún momento, puede tener nuestra vida en sus manos. Nada más lejos de la verdad, pues en su imaginación, todos estábamos a su servicio, y la simple idea de que tuviese que ofrecer algo a cambio, en una suerte de transacción, para ser correspondida con un trato exclusivo hacia su persona—lo que, de todos modos, no hubiese surtido ningún efecto sobre mí—era, simplemente, descabellada. Después de un estudiado y artificioso ceremonial destinado sin duda a acrecentar la figura de su dueña, penetramos por fin en el antro desde el cual aquel alma ruin detentaba un poder caduco en el resto del país, pero que allí conservaba toda su vigencia. Sentada en una magnífica butaca—a la que parecía indisolublemente soldada—se hallaba el cuerpo consumido de una anciana que nos miraba con una mezcla de desprecio y curiosidad, desde el fondo de unas cuencas que parecían a punto de hundirse definitivamente en el fondo de su propia depravación espiritual. Aquel cuerpo frágil y devastado por el odio, estaba envuelto en una manta—¿era yo el único que experimentaba los rigores del clima?—. Sin más contemplaciones, nos ordenó que nos acercásemos para poder examinarnos. Su escrutinio se demoró por espacio de unos minutos, y sospecho que mi persona no era de su total agrado, pero era tarde para devolver el paquete y, como mi competencia—si no mi carácter, el cual estaba pendiente de ser enderezado ("No veo anillo en su dedo, espero que resuelva eso cuanto antes, joven")—venía avalado por personas de su confianza, me dio su aprobación provisional. A continuación, ordenó a una criada que sirviera algún refresco para nosotros y, mientras los deseos de la baronesa eran satisfechos, fui instruido en los gloriosos orígenes del apellido familiar. La muchacha que nos servía cometió un pequeño error, vertiendo accidentalmente la limonada, y una lluvia de improperios se derramó sobre ella, como una maldición escatológica, acompañada de un bastonazo que la joven, mucho más ágil que su señora, esquivó sólo parcialmente—me atrevería a afirmar que intencionadamente, con el único propósito de ofrecer un aliviadero a la cólera de la anciana y limitar así el alcance del castigo—. La escena me pareció indigna, pero me contuve. La baronesa, por su parte, continuó impertérrita su disertación. Al parecer, y esto, hasta donde yo sé, es un hecho insólito, los privilegios de su ilustre linaje se remontaban al siglo XIV (o eso creo; me temo que estaba algo distraído), cuando un antepasado suyo, médico personal de su majestad, había salvado la vida del monarca, herido en singular batalla, gracias a los cuidados que le había prodigado. En agradecimiento, el rey había concedido a su médico y salvador el título de barón y unas tierras que acompañaran como es menester a su recién otorgada nobleza—si bien, en el territorio más hostil e infértil del reino, eso era cierto—; lo cual, como ya he mencionado, me parece que es algo completamente inédito, no sólo en nuestro país, sino probablemente en todo el mundo. ¡Conceder un título por salvar vidas, en lugar de arrebatarlas! Para apoyar su explicación, la baronesa citó un refrán, casi un lema familiar, que había mandado grabar en varios lugares estratégicos de la ciudad, y que dice así: Un buen médico que cure nuestros males, vale por un ejército para el bien público. Naturalmente, era impensable que el médico, que compartía profesión con su heroico antepasado—aunque a mucha distancia, ni que decir tiene—, anduviese por ahí sin servicio, y residiendo en algún lugar indigno y en discordancia con el decoro que debía acompañar a su nobilísima ocupación. Lo que la baronesa olvidó explicar es que, desde aquel glorioso día, una perfectamente planificada estrategia de matrimonios y alianzas, había incrementado notablemente el patrimonio familiar; y que el hecho de que su único hijo hubiese desaparecido en circunstancias ignominiosas, había truncado dos siglos de astuta política heráldica, cercenando aquella próspera rama familiar, cuya última representante nos contemplaba ahora con marcial rigor. Y, por último, que aquella trágica circunstancia, había amargado sus días desde el mismo momento en que había tenido noticia de ella. Luego, nos dispensó de permanecer en su presencia—ofreciéndonos su anillo, que debíamos besar respetuosamente—y advirtiéndome que tuviese cuidado a la hora de elegir mis amistades, un mensaje cuyo último sentido no comprendí.




Capítulo 8













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jueves, 28 de enero de 2010

La locura de Clara S., Capítulo 6



VI

Algunas personas se consideran a sí mismas los dioses tutelares de la tierra. Un día, se contemplaron satisfechos ante el espejo, tan complacidos, que al punto comprendieron que habían ascendido un peldaño y que el resto de los hombres, a quienes habían dejado de contar entre el número de sus semejantes, debían rendirles pleitesía. Agacharás la cerviz, pues están al servicio de un bien superior. Nunca les faltan profetas que difundan la buena nueva, se quiera recibirla o no, y llega a producir bochorno el servilismo que exhibe, sin el menor rubor, la corte de aduladores que los ensalzan y cantan sus alabanzas, y que obedecen sus instrucciones sin cuestionarse jamás si está bien o está mal lo que se les ordena. Hay que cerrar filas, apretujarse y recibir la pertinente gratificación. Todo esto sin que, en la mayor parte de los casos, esté claro cuales son los méritos que los avalan ni se sepa de qué liviano gas están rellenas sus cabezas, que llegaron a flotar tan alto. Conviene saber que su autoridad no puede cuestionarse y escapar con bien de la osadía. Que el Excelentísimo Señor Don Lorenzo Ochoa era uno de estos moradores de las alturas, es un hecho tan diáfano como la bóveda de San Pedro del Vaticano; que con su dedo arrollador se había propuesto suprimirme, es fácil comprobarlo: basta acudir a la prensa de aquellos días, desdichados y oscuros para mí. Sí, porque, cuando la más mínima sublevación, aunque sea por omisión, despeina a uno de estos reyezuelos, la maquinaria que lo protege se pondrá en funcionamiento, y una cadena de represalias caerá sobre vosotros con implacable cadencia, como el martillo de un herrero cuyo golpeteo no cesa hasta doblegar al rebelde acero; hasta que vuestra reputación haya sido definitivamente demolida y no quede en vuestro nombre ni el más mínimo átomo de honor. A la voz de ¡ya!, algún agradecido chupatintas os hará trizas en su columna diaria. La Verdad Científica y la Justicia no significan nada para ellos, y sólo la verdad que predican, y de la cual son la personificación en la tierra, debe prevalecer. Son, por así decirlo, la punta del iceberg con el que habéis chocado. ¿Qué podía hacer? No me era posible permanecer indiferente ante el caso de aquella mujer… Pero, ¿para qué insistir, hurgar en la herida? Lo hecho, hecho está.

Todo podía arrostrarlo, menos eso. El descrédito no me importaba, mi querida, –mi queridísima Celia– pero aquel día, cayó el telón y un candado se cerró en mi corazón. Recuerdo esa tarde como si en este mismo instante estuviese a punto de llamar a tu puerta, con aquel ridículo ramo de rosas en una mano y ataviado con el mejor traje de mi modesto guardarropa. Habíamos quedado para cenar, ¿te acuerdas? Pero había estallado el escándalo y tus padres ¡se mostraron tan comprensivos! También yo debía serlo. Me hicieron pasar al despachito con gesto grave y me enumeraron, con la mayor de las cortesías, las desventajas, más aún, los peligros, que conllevaba para una joven de tu categoría y posición ver su nombre envuelto en cierto tipo de asuntos. Si te amaba, debía dejar de verte, al menos por un tiempo. Y, al parecer, también permitir tu compromiso con un joven de irreprochable apellido. Pulido y reluciente.

Tenía que huir y allí estaba.


Capítulo 7 

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miércoles, 27 de enero de 2010

El manuscrito Montaner, Capítulo 4



IV

La noche ha sido agitada y el descanso, simplemente, se ha negado a acudir a mis miembros. Demasiadas emociones. No me sorprendería nada que haya tenido algo de fiebre. Laura, en cambio, ha dormido apaciblemente y de un tirón, a mi lado, ajena a la excitación que me ha dominado hasta bien entrado el amanecer. Pero las luces del día me han aclarado las ideas y me han devuelto algo del sosiego perdido. Hay que ser prudentes. No puedo jugarme mi prestigio, que es casi lo único que tengo, anunciando un descubrimiento cuya verdadero alcance dista mucho de haberse desvelado aún. Un paso tras otro. Por lo pronto, hoy he llegado con dos horas de adelanto a mi despacho, para sorpresa de todos, que se preguntarán si estoy tramando algo. Aquí, las alteraciones de la rutina son invariablemente acogidas con escepticismo, y un cortejo de miradas llenas de suspicacia me acompaña por las escaleras que conducen a la primera planta. El desplazamiento de alguno de nosotros, podría forzar a los demás a cambiar su estado de reposo. Es una sencilla ley de transmisión del movimiento que cualquier principiante conoce. Debo corregir estos trabajos y preparar la clase de hoy, si quiero disponer del resto de la mañana para mis asuntos.

Manuel. De pronto, el eficiente muchachito que me provee de esas publicaciones atrasadas que se amontonan en mi escritorio, ha adquirido para mí nombre propio. A veces, me sobrecoge mi propio egoísmo. ¿Será el misterioso autor de la nota manuscrita, cuya genialidad está aún por confirmar –no hay que precipitarse, un error podría resultar fatal–, y me ha deslizado esta breve muestra de la capacidad de su intelecto para llamar mi atención? Condiciones no le faltan y ha podido aprender de nosotros –aquí hay libros, profesores, medios para instruirse–; y, sin embargo…, no, es imposible. El papel es añejo, y la letra nerviosa: es demasiado joven y manso para satisfacer cualquiera de esos requisitos por separado, cuanto más juntos. Pero, sin duda, tiene que conocer a su propietario. ¿De dónde si no ha sacado el libro que lo contenía? Quizá, le sirve de emisario. Ese intelecto anónimo se ha valido de él para hacerme llegar su trabajo de manera discreta. Me temo que la misma cautela que pongo en mi interrogatorio escama al muchacho, que se encierra en un exasperante silencio. Él no sabe nada de una nota manuscrita ni tiene la menor idea de quién ha podido introducirla en el libro, y mucho menos escribirla. Seguramente, piensa que se trata de una reprimenda y que si admite algo, se verá involucrado en algo turbio; algo que, posiblemente, le cueste su empleo y trata por todos los medios de eludir el golpe. Debo poner el máximo tacto, sin revelar mi verdadero juego, si quiero obtener resultados positivos. Un paso en falso y todo se vendría abajo, y no puedo permitirme romper el único vínculo que me une al misterioso sabio. Me pregunto si, llegado el momento, seré capaz de distinguir el trabajo de un genio, de los delirios de un idiota; parece fácil, pero no lo es. Será mi momento tanto como el suyo, y entonces veremos de qué estamos hechos, amiguito.

Vencer las reticencias de Manuel no ha resultado fácil. El joven ha opuesto una resistencia que me parece absurda e inesperadamente tenaz, pero al fin me explica que él no es el proveedor directo, por así decirlo, sino un mero intermediario. Los libros y revistas que me suministra, las recibe de un chamarilero –cuyo establecimiento se encuentra cerca de la residencia de unos familiares suyos–, y es este quien se encarga de seleccionarlos, separarlos y reservarlos para mí, según los términos de un acuerdo en cuyos detalles rehúsa entrar. Sospecho que lo que mi evasivo amigo tanto teme, lo que retiene inmóvil su lengua con tanta eficacia, es que yo pueda averiguar que los precios que me impone son abusivos y que tache su negocio de fraudulento; que lo acuse de algún tráfico deshonesto y lo haga encadenar en el fondo de alguna oscura mazmorra, ya que me atribuye una autoridad que ni de lejos poseo. ¡Don Armando es un hombre tan importante, un pilar de esta institución y un ejemplo para todos nosotros! Pero por fin tengo una pista que me acerca un poco más a mi objetivo y libero al tembloroso joven, que sale de mi despacho como lo haría un pajarillo cuyas plumas están apelmazadas tras permanecer demasiado tiempo atrapado por el puño que lo atenaza. Siento que estoy al borde de la gran prueba de mi vida, la única a la que realmente me he enfrentado sin otra ayuda que la de mis propias fuerzas. Ahora, de nada valen nombre, prestigio y posición: solos el misterio y yo, frente a frente. Un cosquilleo completamente inédito me acaricia dulcemente el estómago. Resulta demasiado fácil pretender sabiduría destruyendo el trabajo ajeno, pero anunciar al mundo una teoría delirante, avalar el desvarío de un necio, resultaría un golpe demoledor para mi reputación, y entonces, adiós a todo. La convicción que me dominaba la noche anterior comienza a abandonarme; son las sensatas ratas, que tratan de salvarse del más que probable naufragio. Aún estoy a tiempo de echarme atrás y nadie se enteraría jamás. ¿Que el mundo se pierde un gran descubrimiento científico? Bueno, ¿y qué? Me pregunto cuántas veces habrá sucedido, pero, naturalmente, eso es imposible saberlo. Espero estar a la altura de las circunstancias.

Capítulo 5

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martes, 26 de enero de 2010

El manuscrito Montaner, capítulo 3



 III




¿Acaso resulta pueril aspirar al genio? Enfrentarse a lo desconocido y regresar triunfantes de las tinieblas, y ser aclamados como a un héroe. Crear el suelo bajo nuestros pies, al mismo tiempo que avanzamos, y saber que los demás recorrerán la senda más tarde, siguiendo nuestras huellas. «Querido, ¡date prisa! La cena en casa del embajador es dentro de una hora y aún hay que acostar a los niños. Llegaremos tarde.» Todavía me parece escuchar esas palabras, pronunciadas en medio de la agitación de los preparativos. Hay que estar a la altura de los anfitriones. Recepción, cena, baile ¡Qué maravilloso vestido, mi querida condesa! Así que su hijo estudia en París, ¡excelente elección! ¡Otra farsa más! Mi dulce Laura, no me casé contigo para atosigar a esa hermosa cabecita con los extravagantes placeres del pensamiento y de las verdades imperecederas de la fría lógica. No te reprocho nada, «Hijo, no sé cómo pueden gustarte esas cosas tan difíciles y tan raras, que, además, no sirven para nada.» ¿Cuántas veces me dirigiste estas mismas palabras antes de casarnos, apartando los libros que me absorbían, con un seductor gesto de coquetería? No, no puedo reprocharte nada; de haber deseado un espíritu más inquisitivo a mi lado, no te hubiese elegido a ti. Tampoco me arrepiento. Nadie más hubiese podido ocupar tu puesto.

Ese endiablado papelito no me dejará disfrutar de la velada, estoy seguro de ello. ¡Aquellos signos indescifrables no eran lo que esperaba encontrarme! Me hubiese contentado con una ajada carta de amor, incluso con la lista de la compra, escrita con letra infantil, o unas sencillas cuentas trazadas a lápiz; el rumor de la vida cotidiana, cualquiera de esos inocentes y mudos testimonios que, de vez en cuando, dejamos inadvertidamente como prueba de nuestra existencia. Se despliega un papelito y un brevísimo soplo de vuestro paso por este mundo, se desvela ante los ojos de un desconocido. Una emoción sencilla pero llena de ternura, que nos conmueve por un instante, y olvidamos de inmediato. Una encantadora anécdota con la que cautivar a nuestra audiencia en una animada noche como esta, y nada más. Pero, ¿quién desea escuchar que algún desconocido erudito se ha dejado lo que, a todas luces, parece el fragmento de la demostración de un teorema abstruso y, tal vez, aún inédito para la ciencia? Si lo que perseguís es abrumar a vuestro público, arruinar la diversión, enfriar, en definitiva, irremediablemente el ambiente, os lo recomiendo vivamente; en caso contrario, guardadlo para vosotros mismos. Vuestra esposa es bellísima y una bailarina consumada; ¡y, además, es tan joven! Por cierto, no sabréis, por casualidad, decirme a qué teorema correspondería este fragmento de ecuaciones que yo no logro identificar. Inoportuno. El condimento perfecto para arruinar un alegre evento social. Pero ya no puedo apartarlo de mi mente. El hallazgo ha sacudido mi conciencia adormecida, que rumia algo a mis espaldas, como si la sedición hubiese estallado en lo más recóndito de mi alma y ya no fuese posible sofocarla. En el fondo de mi corazón, estoy seguro de que esas notas, que a duras penas entiendo, encierran algo valioso, y un apremiante apetito de esclarecer el misterio crece a lo largo de la noche en mi interior. ¿Que esta vajilla fue utilizada por Napoleón en cierta ocasión celebrada? Bastante me importan a mí, señor mío, vuestra vajilla, vuestra insignificante persona y vuestra misión diplomática en ultramar. Una ola de regeneración espiritual sacude todo mi ser, y usted me habla de sus amadas orquídeas, señora. Pues enhorabuena por vuestra colección, de la que, de todos modos, se ocupa vuestro jardinero, ya que odiáis mancharos las manos. La sospecha creciente de poseer un tesoro, de una clase que ninguno de los asistentes sabría apreciar en todo su magnífico valor —acaso, ni siquiera yo mismo—, me inflama el pecho. Es una emoción que no sentía desde hacía muchos años, cuando la impetuosa juventud me impulsaba a soñar. Es urgente actuar. ¡Qué digo urgente! ¡Es imperioso! Por primera vez en muchos años, siento que mi vida recobra un sentido superior. Me gustaría encontrarme cara a cara con mi desconocido donante, la gigantesca personalidad que ha extirpado la mortal modorra de mi cerebro. Mañana.


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lunes, 25 de enero de 2010

El manuscrito Montaner, Capítulo 2


  
II


No me juzguéis con excesiva dureza. Talento, originalidad, ¿quién no desearía sentir la deliciosa inquietud de albergar esa clase de resplandor? Pero nunca hemos sentido ese cosquilleo, ¿verdad?. Cacareamos, y al mirar tras nosotros, encontramos el vacío y nada más. El decorado está listo, pero la obra no se representa. No es la falta de actores lo que impide la función. ¿Habéis reparado alguna vez en esos funcionarios que sortean el trabajo en los pasillos de las facultades? A veces pienso que nuestra modesta pantomima ha sido concebida para su solo esparcimiento y que ellos, y sólo ellos, son los verdaderos dueños del mundo. Hay entre su pequeña multitud un muchacho, más despierto que los demás, que a menudo me sirve de ayudante. Tiene un brillo en la mirada que parece hecho de acero, es eficiente, ordenado, trabajador y no pocas veces demuestra iniciativa, cualidades que aprecio y aprovecho. Algunas veces, sin que yo le haya dado nunca instrucciones, este jovencito hacendoso recolecta, como si fuera una urraca atraída por las cosas que brillan, toda clase de publicaciones que, a su juicio, podrían interesarme y las deposita en mi despacho para someterlas a mi consideración. Ignoro cómo las consigue y yo no se lo pregunto—mi curiosidad no llega tan lejos—; hasta que un día, el regular suministro de ejemplares se interrumpió bruscamente. Tampoco entonces insistí en hacer averiguaciones: mientras llegaron, recompensé generosamente a mi benefactor; cuando dejó de aprovisionarme, nuestro tácito acuerdo quedó zanjado y eso fue todo. La vida en mi despacho transcurre con idéntica serenidad en un caso como en el otro; ni sobresaltos ni vaivenes perturban el delicioso aturdimiento que me domina en la soledad de esta sala. Creo que fue una de tantas tardes ociosas…, sí ahora lo recuerdo bien; mis ojos vagaban sin destino fijo por el pequeño espacio ajardinado que puede contemplarse a través del ventanal de mi despacho, siguiendo con la mirada el rumbo caprichoso de las hojas al caer, mecidas por el viento del otoño, desde hacía rato. Decidí poner fin a mi ensimismamiento, para emprender algo de más provecho, pero, como no había obligaciones que demandasen mi atención inmediata, opté por alimentar el ocio con la lectura de alguna de las publicaciones que se amontonaban en la mesa. Había, sepultado entre varias revistas de la Sociedad Geográfica—material suministrado por mi proveedor habitual—, un libro de electromagnetismo, cuyas pastas de cartón rojo imitaban la textura de la piel y decidí hojearlo para pasar el rato. Era un tratado relativamente elemental, no esperaba descubrir nada nuevo en él, pero llamó mi atención porque me pareció reconocer uno de los libros que yo mismo había consultado siendo estudiante. Aquella edición era algo más antigua que las que yo conocí pero, sin duda, se trataba del mismo texto y, sin pretender evitarlo, una sonrisa de melancólica nostalgia brotó en mis labios. Los dedos se pasearon sobre las hojas quebradizas con voluntad propia, acariciando el bajorrelieve de sus letras impresas, y en mi recuerdo volvieron a la vida, por un instante, el imponente respeto que sentí al trascender por primera vez el umbral de aquel mismo edificio en el que me encontraba; la emoción de la juventud que rompe el sello de lacre para atisbar su destino; las hojas en blanco del cuaderno recién estrenado, que también acabarán marchitándose algún día. Pero aquellas meditaciones no duraron demasiado. Un extraño papel, olvidado entre sus páginas, garabateado por una mano anónima, interrumpió la íntima conexión que se había establecido entre el vetusto volumen y los dedos que lo sostenían, y el hilo del tiempo quedó cortado. ¿Cuál de vosotros podría resistirse a examinar un viejo manuscrito en el que, tal vez, su dueño cometió la indiscreción de dejar escritas las confesiones de una vida o de confiar a su custodia un secreto que ha dormido sepultado en su tumba de papel, esperando ser revelado, quién sabe si por nosotros mismos?


Capítulo 3





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El manuscrito Montaner, Capítulo 1


I

La vida me ha tratado injustamente. No, no se figuren que esta afirmación es un reproche; no he venido aquí a sumarme al coro de plañideras de los que esperaban algo mejor. Todo lo contrario: precisamente he recibido mucho más de lo que merecía. He sido inmensamente dichoso en mi matrimonio, gozo de una elevada posición social y he alcanzado todo lo que se puede alcanzar en mi profesión; bueno, casi todo. Profesor universitario, luego catedrático, miembro de la Academia de Ciencias, honores y condecoraciones por… nada. «Don Armando, es usted el orgullo de la Escuela de Ingenieros. Un puntal para esta institución y ejemplo para todos nosotros» ¿Cuáles eran mis méritos?, ninguno. Hombres de cualidades más estimables han luchado a lo largo de toda su vida para llegar a esto, sin conseguirlo y yo, en cambio, nunca he tenido que esforzarme. ¿Por qué yo, os preguntáis? ¿Apellidos, simpatía, contactos, ambición? Quizás. Pero, ante todo, suerte. Siempre he tenido mucha suerte y lamento decepcionaros una vez más ¡hasta aquí llega mi falta de méritos! Y, sin embargo, ¿qué debía hacer? ¿Renunciar a todo lo que se me otorgaba inmerecidamente, sólo porque mi buena estrella me favorecía más que a otros de mayor valía? ¿Ceder amablemente el paso y hacerme a un lado? ¿Lo haríais vosotros? Pero, qué ironía, la misma fortuna que inflaba mis velas, me negó precisamente lo que más me importaba de todo. Sí, y por eso tomo hoy la pluma y escribo esta… confesión; creo que podríamos llamarla así.
Un día tras otro, me enfrenté a clases llenas de muchachos a los que aturdí con la banalidad de abstrusas explicaciones, a veces deliberadamente oscuras, con el único propósito de aparentar la autoridad que no tenía. Aprendí a adoptar el semblante más abrumador, severo y erudito que me fue posible –y en esto sí me convertí en un virtuoso–. En mis clases, tachaba de “triviales” razonamientos y cálculos que a menudo se me escapaban entre los dedos, y en cuyas profundidades apenas si podía penetrar. Era como un globo hinchado que trata de alcanzar el fondo del mar, y es rechazado una y otra vez por la presión del agua; que bracea denodadamente y sólo logra chapotear en la superficie. Simulaba ser un potente faro que inundaba de luz el camino de aquellos jóvenes, y no era más que un hombre asustado con una pequeña linterna y un gran ego. Lo más trágico, es que la farsa es inútil. Sé perfectamente que mi pobre interpretación no les engaña. Han descubierto el truco de mediocre prestidigitador en la primera semana de curso. Desenmascarad al impostor, arrancad el embozo y veréis lo que esconde la ampulosa capa de reputado profesor de física que lo cubre. Lo saben, reconocen inmediatamente la mediocridad porque están bien familiarizados con ella. Participan en la comedia para recibir su título, que es lo único que les importa, pero la mayoría están aquí por empeño de sus familias. Son chicos de posición acomodada, que sólo quieren un título universitario discretamente enmarcado –no conviene ser ostentosos– con el que decorar el salón de su futura residencia, cuando estén adecuadamente casados y sean miembros prominentes de la sociedad. Algo con lo que impresionar a las visitas. ¿Os referís a esto? ¡Oh, no tiene importancia! Es sólo mi pequeño título académico. Habladles de la belleza de una buena teoría, de un razonamiento audaz o de una estructura matemática, del placer de comprender, y veréis en sus caras reflejarse la misma extrañeza que si les propusierais besar a un cocodrilo. Aparato, pompa, circunstancia, coreografía; un vulgar sainete mal escrito y peor interpretado. ¿Y el talento? ¿Dónde está el talento? Rebuscad entre los títulos académicos, las perillas repletas de falsa sabiduría, de fórmulas huecas rellenas de un sucedáneo de rigor científico, de inmodestia y de hastío, y no hallaréis ni una mota de verdadera inteligencia en todo ello.

Capítulo 2 


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sábado, 23 de enero de 2010

La locura de Clara S., Capítulo 5


V


No es frecuente que un hombre en mi actual posición revele esta clase de acontecimnientos concernientes a su pasado. Nunca he ocultado que mis primeros tiempos fueron modestos; que atravesé cierto número de dificultades y obstáculos, como cualquiera; ¿que sufrí algunos reveses antes de alcanzar el puesto que hasta hoy he ocupado en el gobierno de la nación?, es de dominio público. Superar la adversidad. No, no es eso a lo que me estoy refiriendo y, sin embargo… Enfrentarse a la locura y la desesperación, aunque sean ajenas, esto es algo enteramente diferente, y constituye el núcleo mismo del episodio que me dispongo a relatar ahora.
Después de abandonar la empalagosa compañía de mi distinguido colega, recorrí con entera libertad algunas calles, antes de encontrarme frente a frente con el borde del mundo. Había algo indomable y perverso en la aspereza del paisaje que me resultaba irresistiblemente cautivador. Tomé el sendero que se abría a mi izquierda y que discurría a lo largo de un interminable acantilado que se perdía en la distancia, sin atisbar un final. Las palabras “El camino de la perdición”, brotaron en mi cerebro de manera espontánea con exquisita levedad. Aquella idea no pesaba. No deseaba pensar, sino abandonarme al silencio insensible de las piedras, entregarme completamente a aquel horizonte sin domesticar. Vagué largo rato en soledad, sin percatarme de que, allá abajo, en el extremo sur, el crepúsculo apenas dura un instante y las tinieblas lo invaden todo con siniestra rapidez. El sol se apaga sin más, como la llama de una vela entre los dedos que la pulsan para ahogarla. Me encontraba perdido, lejos de las calles, del doctor Román, lejos de todo y sentí el súbito apremio de volver, casi a tientas, temiendo, a cada momento, despeñarme y caer al mar. Esta vez, la fortuna me sonrió y una imponente luna llena comenzó a asomar su rostro rubicundo y pecoso de estío, y a iluminar para mí el camino que debía desandar. Caminé como si una fuerza atractiva tirase de mí, como si me deslizase por una suave pendiente. Al cabo, divisé la silueta rechoncha de un viejo torreón que se elevaba ruinoso y decrépito acechando desde lo alto, y supe que no estaba lejos de mi destino. Algo, sin embargo, me perturbó. Había un destello extraño entre las ruinas y aquella tenue luz comenzó a descender por la ladera, como si pretendiese acudir a mi encuentro; un encuentro que no podía eludir. No me era posible otra cosa que seguir avanzando y al acercarme un poco más, el destello se desdobló. Un estremecimiento recorrió mi cuerpo por entero, erizando cada pelo que encontraba a su paso, al comprender, o imaginar, que en medio del camino me aguardaba un perro sarnoso, cuyos ojos brillaban ferozmente en la oscuridad; una bestia hambrienta y llena de rencor, que probablemente me despedazaría entre sus fauces rabiosas. Me detuve. No, un momento, la pálida luz de la luna dibujaba el resplandor blanquecino de unos harapos agitados por la brisa; había brazos y piernas en la confusa figura que me aguardaba. ¿Qué clase de ser humano podía tener aquella mirada de fuego? Estaba soñando. Todo era un sueño, una alucinación. Quería despertar del horror que sentía, pero no dormía. Venía hacia mí, se acercaba a mi encuentro con la cabeza envuelta en llamas fosforescentes. Me faltaba la respiración. El corazón bombeaba vorazmente, aunque la sangre no acudía a los músculos, pero no me detuve a considerar aquella contradicción; casi no podía tragar. El tiempo transcurría a un ritmo alterado por aquella realidad anómala y entonces, finalmente, tuve a esa criatura a tan sólo un paso delante de mí. Ahora podía verla con nitidez. Se trataba de una mujer extremadamente delgada y huesuda, vestida con unos andrajos deshilachados, y una melena blanca y revuelta que reflejaba la luz de un modo misterioso y macabro. El rostro, oscuro y abrasado por el sol, estaba atrozmente iluminado por el destello de unas pupilas brutalmente dilatadas, que reflejaban el resplandor lunar y me observaban con temible fiereza. Permanecí inmóvil y a su merced. Una mano nudosa se extendió hacia mi rostro, no sé si para acariciarlo o desgarrarlo con unas uñas gruesas y largas que me hubiesen desfigurado fácilmente. Un dedo estaba a punto de tocarme. Creí desfallecer, pero se contuvo para volverse con sus miembros en tensión y luego, dando media vuelta, se alejó de mí y regresó corriendo hacia el mismo torreón del que había surgido, en cuyas entrañas la vi desaparecer. Un resplandor se atisbaba en el camino. El doctor Román, acompañado por algunas personas más, venía en mi busca alumbrando el camino con linternas. Salí de mi trance y acudí a su encuentro.


La locura de Clara S., Capítulo 4


IV

Recuperé el dominio de mi equipaje y me dispuse a subir las escaleras hasta el tercer piso, por cuya balaustrada no me hubiese sorprendido ver deslizarse un regio trasero en cualquier momento. No me parecía la residencia propia de un médico de provincias –no quiero decir que no se lo merezcan, pero los servicios de un galeno no suelen recompensarse tan generosamente–, por lo que subía con cierta prevención, temiendo que, en cualquier momento, me descubriesen y, tratándome como a un indeseable intruso, me echaran rodando escaleras abajo. Quizá la tal Teresa me había gastado una broma pesada. La puerta se abrió –¡una criada!, definitivamente, me había equivocado–, y una mujer mayor acudió a recibirme; me presenté, casi disculpándome, y, para mi sorpresa, la mujer me hizo pasar muy amablemente.

–Ernesto, querido, ha llegado tu sustituto –luego, era cierto, allí vivía mi predecesor en el puesto.
Enseguida, un hombre mayor, con un finísimo bigote pulcramente recortado, elegantemente ataviado con un traje de color marfil de confección impecable, y zapatos bicolor, respondió a la llamada–creo que era el único hombre con corbata en toda la provincia, lo cual me hizo concebir esperanzas de que, tal vez, era posible habituarse al despiadado clima de aquel lugar–; sus finos calcetines de rombos surgieron de entre unas cajas que contenían las pertenencias del matrimonio, precediéndolo. Era evidente que se mudaban.
–¿Es usted el doctor Castro? Llega con un día de adelanto. Yo soy el doctor Román –me tendió la mano, que estreché cordialmente. Despedía un suave aroma a loción de afeitado, de las que ya no se estilan. En conjunto, me dio la impresión de ser un hombre surgido de otro tiempo, con un cierto aire mefistofélico–. Ella, como ya habrá adivinado, es mi esposa, doña Leandra.
–Pues sí, soy el doctor Demetrio Castro, siento importunarles llegando así, a destiempo –balbucí.
–¡No diga tonterías! –exclamó la mujer, que me abrazó efusivamente en señal de bienvenida–. Somos nosotros quienes no deseamos importunar. No se preocupe, nos estamos mudando, como puede ver, y enseguida le dejaremos libre la casa.
–Sí –confirmó él– , pero no se quede ahí. Traiga la maleta y podrá instalarse inmediatamente.
–¿Instalarme? –sus insinuaciones me confundían.
–¿No se lo han dicho? –ella miraba incrédula a su esposo, que le devolvió la misma expresión de asombro. Parecían una pareja de sainete que sobreactuase en una mala farsa.
–¿Decirme, qué?
–Esta será de ahora en adelante su casa. Bueno, naturalmente, tendrá que permitir que nos quedemos un par de días más…
–Si no es molestia, claro –puntualizó ella–, no tenemos adónde ir hasta dentro de dos días.
–Nos acomodaremos en casa de mi hermana, en la capital, hasta que fijemos nuestra residencia definitiva allí. Por lo demás –explicó, tomando mi maleta en sus manos para transportarla a una de las habitaciones– gozará de toda la intimidad que necesite hasta entonces; ni se enterará de nuestra presencia.
–¿Quieren decir, que viviré aquí? Pero, esta casa debe de ser carísima, y no creo que con mis ingresos pueda permitirme servidumbre…
–¡Oh, no! Veo que no está al corriente de las condiciones. Todo forma parte de una tradición que aquí se respeta escrupulosamente. Esta casa que, como bien dice, es considerablemente lujosa, está cedida en usufructo por la señora baronesa al médico de la ciudad; mientras se encuentre en posesión de ese cargo, ciertamente. Quiero decir, que no tendrá que pagarla. La baronesa corre con los gastos del servicio. Aunque, le sugiero que se vaya buscando una esposa; a la baronesa le irrita que la gente, especialmente si son varones, prolongue la soltería más allá de lo que ella estima razonable. Y me atrevería a asegurar que el plazo que esa mujer concede, expira mucho antes de lo que se puede imaginar. Con el tiempo, descubrirá que es conveniente gozar del favor de la baronesa, muchacho, y en este punto acostumbra a mostrarse inflexible. Pero no pretendo abrumarlo con demasiados detalles; ¡ya los irá descubriendo por sí mismo! –y terminó su exposición depositando mi exiguo equipaje, que nunca antes, ni después, había cambiado tantas veces de mano, en la que habría de ser mi habitación durante los dos próximos días– Y, ahora –propuso, rodeándome los hombros con su brazo de un modo encantadoramente paternal, y recogiendo su maletín–, será mejor que le muestre el lugar donde habrá de desenvolverse profesionalmente. Por cierto, hasta aquí alcanzan los privilegios de que gozará en nuestra pequeña comunidad; lo digo, por si se había hecho ilusiones.

No, no me había hecho ilusiones; de ninguna manera se me hubiese pasado por la imaginación que se me dispensarían agasajos, pero era bueno estar advertido. Por un momento, mientras mi mano se deslizaba por la balaustrada de la escalera, acariciando la tersa superficie de mármol, mis pensamientos fueron para Celia; “Si estuvieses aquí; si pudieras verme ahora…, ¿qué pensarías de mí?” Un instante después, su imagen se había desvanecido de mi mente, y me encontraba ante el consultorio donde desempeñaría mis funciones en el futuro. Para eso había viajado hasta la otra punta del país. En compañía del doctor Román entré en el dispensario, que resultó ser  mucho menos precario de lo que yo había imaginado (o temido). En la recepción, una mujer, que juzgué demasiado mayor para seguir ejerciendo esa tarea, organizaba las citas tras un mostrador y conducía a los pacientes hasta la sala de espera. Don Ernesto se detuvo ante ella, que le saludó respetuosamente, y consultó los avisos: no había ninguno. Entramos en la sala de consulta y mi colega se puso la bata blanca y ocupó su asiento ante una mesa pulcramente ordenada, casi como un altar.  Se trataba de un rito contra cuya pureza destacaba, por contraste, el aspecto desastrado que yo debía de presentar, sin asearme aún tras el largo viaje. Los pacientes comenzaron a pasar a la sala de consultas. A todos ellos fui presentado con una solemnidad que me resultaba algo cómica, e invariablemente se me observó con el mismo ceño de desconfianza. Sus caras no podían ocultar el recelo que les inspiraba mi manifiesta falta de idoneidad; ¿sería aquel pelirrojo desgarbado y desaliñado el hombre apropiado para desempeñar el cargo que el distinguido doctor Román había detentado con irreprochable aptitud durante tantos años?  A sus ojos, él era una  blanquísima sábana de algodón, planchada y perfumada de lavanda, recién sacada del armario, y yo, el hombre de la camisa arrugada con manchas de sudor, en cuyas manos debían depositar su salud desde ahora: a todas luces, una temeridad. Por otro lado, ¿sería posible compensar de alguna manera la clara desventaja que suponía mi insultante juventud? Permanecí silencioso en un ángulo de la habitación, imaginando estas y otras objeciones de mi futura clientela; observando, sin intervenir salvo en las contadas ocasiones en que mi opinión profesional fue requerida, contemplé a mi colega en acción. Su modo de practicar la medicina me pareció tan anticuado como sus zapatos y su pelo blanco engominado pero, en líneas generales, correcto. Las más de las veces, el tratamiento se reducía a una cordialidad magistralmente administrada; a los melodiosos acentos de una voz perfectamente articulada; a modales suaves y envolventes con los que arropaba al paciente como lo haría una madre con su hijo, en una noche de tormenta, porque las afecciones que aquejaban a los enfermos eran casi siempre más espirituales que corporales. Y así, se marchaban a sus casas con la sensación de haber sido atendidos como a reyes, y de haber recuperado la salud que, en realidad, no habían perdido nunca. Para ellos, aquel hombre era un oráculo al que reverenciaban. Me preguntaba si yo sería capaz de hacer lo mismo, de ganarme aquella clase de respeto y admiración, de dominar un aspecto de mi profesión que no era exclusivamente científico –en el que yo me sentía seguro–, y ejercer, con la misma naturalidad que él, ese arte de sanar el cuerpo y el espíritu que es, en esencia, una vocación. El horario de consulta se consumió con creces antes de que la lista de pacientes se hubiese agotado, pero por fin la sala de espera se vació y salimos a la calle. La tarde aún respiraba y su solo transcurso había calmado el ardor del aire como un bálsamo. Decidí aprovechar la tregua para dar una vuelta por los alrededores y así se lo comuniqué a mi colega. Una vez más, con sus amables maneras, me reiteró que yo gozaba de entera libertad para entrar y salir a mi antojo, y sugirió que nos reuniéramos para charlar más tarde, después de la cena, si así lo deseaba. Nos despedimos. Me preguntaba si el doctor Ernesto Román era un perfecto caballero o un taimado tahúr.



La locura de Clara S., Capítulo 3



III


La negra efigie de Teresa me guiaba con ligereza casi etérea; esbelta y cimbreante como un junco de luto, zigzagueaba por el horno de callejuelas encaladas. Sentía que, tras cada ventana enrejada, unos ojos escrutadores me observaban y juzgaban con bíblico rigor. Me avergonzaba que yo, un hombre joven y vigoroso, me dejase transportar el equipaje por una mujer que, además, era mayor que yo; y ¡a la vista de todos! En el lugar del que yo procedía, semejante conducta se hubiera juzgado impropia de un caballero y hubiese significado el descrédito ante mis semejantes. Sin duda, aquí las cosas eran muy diferentes, las reglas de mi mundo –las mismas que yo había quebrantado– ya no tenían vigor y otras, que desconocía por completo, las habían sustituido. ¿Cómo había llegado a esto? ¿Cómo me había dejado arrastrar a lo que podríamos llamar “el torbellino de mi naufragio personal”? Celia, ¡mi hermosa Celia!, te he perdido para siempre. Aquellas preguntas me torturaban, y alimentaban la vana hoguera de arrepentimiento en que me abrasaba, cuyas llamas se inflamaban aún más cuando el remordimiento se tornaba en orgullo y, finalmente, en rencor. El mortal silencio de las calles me encogía el corazón; en medio de su ciego vacío blanco, acudía de nuevo a mi memoria la añoranza de la alegre y juvenil despreocupación de los días de universidad; el augusto perfume a madera vieja que llenaba las aulas y que, para mí, significaba a un tiempo sabiduría y honor; y, sobre todo, el embriagador aroma de Celia, cuando estrechaba su cuerpo entre mis brazos, y que me parecía volver a respirar, como si de nuevo entretuviera mis dedos con sus rizos negros y voluptuosos. Yo, que hubiese podido tenerlo todo –carrera, éxito, dinero y el amor de una mujer bella y exquisita–, había terminado siendo el matasanos de una ciudad perdida, en el olvido de un cruel destierro, o así me lo parecía. No podía evitar rescatar las palabras de don Crisóstomo, mi viejo y venerado profesor, que ahora cobraban todo su sentido. El tibio sol del atardecer invernal volvía a penetrar en la estancia, cálido y perezoso, iluminando con su luz dorada aquella perilla blanca , en la que se atesoraba todo el conocimiento de una vida dedicada a la ciencia. Don Crisóstomo parecía su propia estatua erigida en oro puro. Con un punto de amargura, me dijo,


–Castro, es usted brillante, de eso no tengo la menor duda. Puede usted aspirar a lo más alto; pero recuerde que, a veces, la tortuga acaba venciendo a la liebre. Cuídese de la ferocidad de las tortugas insatisfechas y ávidas. Hay códigos no escritos que no deben infringirse.
–Pero, está la Verdad Científica, la Justicia ­–no comprendía la mansedumbre de aquel espíritu bueno e inteligente.
­–¡Oh, sí! Está la Verdad Científica, claro, … la Verdad Científica y la Justicia. No debemos olvidar eso, naturalmente. –nada mas brotar de su boca, sus palabras se desplomaron y desaparecieron bajo nuestros pies–. Sólo le aconsejo que sea prudente.


Yo no lo había sido. Acaso, doblegándome hubiese conservado mi posición y mi carrera, pero, obrando de otro modo hubiese perdido el respeto de mí mismo. Era necesario apartar estos fúnebres pensamientos de mi mente, ¿para qué insistir más en lo que no era posible remediar? Era un fugitivo al que no perseguía nadie.


Las callejuelas por las que habíamos estado deambulando llegaban a su fin y desembocaron en una plaza algo más espaciosa, y cuyos edificios eran notablemente elegantes y señoriales; estaban dispuestos como arropando a un palacio que sobresalía en esplendor por encima de todos los demás, igual que si se  tratase de una corte arquitectónica. Ante uno de ellos, precisamente, se detuvo mi guía, que depositó la maleta en el suelo y, señalando a una de las ventanas, me dijo: “Tercer piso.”


–Esto no es el dispensario –dije, un tanto desconcertado. Demasiado elegante.
–No. A estas horas el doctor Román suele estar en casa. Tercer piso –repitió–. Pelirrojo –me observó con mirada compasiva–, este no es un buen sitio para usted, con esa piel tan clarucha –y, tras decir esto, se volvió para marcharse, mientras negaba con la cabeza.


Capítulo 4




La locura de Clara S., Capítulo 2




II





El apeadero estaba completamente desierto; sólo el jefe de estación –y esto, porque estaba obligado en razón de su oficio–, avanzaba como un sonámbulo por el andén para ordenar la salida del convoy que, con estruendo como de orquesta de metal mal afinada, abandonó la población en medio de la misma indiferencia con que se había recibido su llegada. Cumplido su cometido, el sufrido empleado de los ferrocarriles se despojó de su gorra, se secó el sudor que le empapaba la frente, deslizó la bandera roja bajo el brazo y se apresuró a refugiarse de nuevo en su pequeña oficina, sin siquiera reparar en mi presencia.
La nube de vapor con que la achacosa locomotora anunció su partida se había disipado ya completamente cuando, empuñando el asa de mi maleta en una mano, me calé el sombrero con la otra y abandoné la estación. Como una melancólica visión del olvido en que me sumía, el tren que me había traído hasta allí se desvanecía ya en la distancia, desmembrándose por momentos en pedazos –que luego se volvían a recomponer de nuevo–, entre el aire grumoso a causa del calor que ascendía de los raíles en voluptuosas burbujas. Un fuerte sentimiento de desamparo se apoderó de mí. Comencé a deambular por las desoladas callejuelas colindantes, en busca de un lugar donde comer algo, y no me llevó demasiado tiempo encontrar un establecimiento donde se ofrecían comidas a precios asequibles. Un destartalado letrero colgado en la puerta, custodiada por un perro famélico que hacía flaca propaganda de los placeres gastronómicos que podían esperar quienes se aventuraran a entrar en el local, anunciaba el menú del día escrito con tiza. Tenía demasiada hambre para remilgos y entré de todas formas, saltando por encima del esquelético animal, que se cobijaba bajo la estrecha sombra del alero, y que no hizo el menor movimiento para apartarse; imagino que en su afán de escapar a la calcinación que todo lo abrasaba, o porque estaba a punto de expirar y las fuerzas lo habían abandonado por completo –eso, no sabía decirlo.


–¿Es suyo ese perro? Se diría que le queda poco tiempo de vida –pregunté al patrón del establecimiento, que se limitó a negar con la cabeza.
–Será de alguien de esta calle –especulé. Por toda respuesta, recibí un anodino encogimiento de hombros que me invitaba a ser menos locuaz. Estaba claro que el condenado chucho no le importaba en lo más mínimo. Decidí reducir la charla a la transacción estrictamente comercial que nos interesaba a ambos–. Tomaré ese guiso de pescado con patatas, gracias.
–Es lo único que tenemos, ¿no ha leído el menú de la entrada? –me espetó en tono desabrido, clavándome sus ojos, pequeños y juntos, y rematados por la cornisa de una única y espesa ceja, que amenazaba con desplomarse para cegarlos en cualquier momento.


Me senté a una mesa. El hombre abandonó el mostrador de mala gana, atravesándolo por una trampilla, para servirme con el entrecejo arrugado como un fuelle de acordeón –lo que, de todos modos, parecía formar parte de su estado anímico natural–. Luego, regresó a su cubículo en silencio, y se entregó a la tarea de sacar brillo a los vasos con la punta del mandil, empleando tal energía en su empeño, que pensé que aquellas frágiles e indefensas piezas reventarían entre sus poderosas manos; tan portentosa era la fuerza con que los estrujaba, que calculé que aquellas manazas bien podrían ejercer la presión necesaria para transformar un plebeyo pedazo de carbón en un cristalino diamante. “Si fuera consciente de tal posibilidad, ya sería inmensamente rico”, pensé. Durante la comida, deglutida en silencio para no contrariar más a mi irritable camarero, me dediqué a observarlo con disimulo; con un interés meramente científico, naturalmente: no me proponía diseccionarlo, como hacíamos en la facultad de medicina, hasta extraer su cerebro, pero constituía un buen pasatiempo intentar escudriñar su mente, que yo imaginaba rudimentaria y tosca. Me preguntaba si se trataba de un ejemplar representativo de lo que me esperaba en aquella remota población, a la que el destino me había arrojado. Aquel poco prometedor comienzo me sumió en sombrías cavilaciones y un lúgubre sentimiento de desamparo se apoderó de nuevo de mí. Me preguntaba si había sido demasiado intransigente en ciertos momentos de mi pasado más inmediato; tal vez, las cosas hubiesen discurrido por otros cauces de no haber… Sin duda, había cometido errores. Había sido soberbio.


–¿Esta usté de paso?
–¿Perdón? –la inesperada pregunta  interrumpió súbitamente el hilo de mis pensamientos, lo cual casi agradecí, pues de continuar por aquellos derroteros del arrepentimiento, la comida acabaría por indigestárseme..
­–Digo, que si está usté de paso –repitió, mientras examinaba, mirando al trasluz, la transparencia del vidrio que había estado frotando por espacio de varios minutos.
–No, he venido para quedarme –repliqué–, soy el nuevo médico.
–¿Se va usté a ocupar del dispensario? –preguntó, con gesto cómicamente contrito.
–Pues sí, así es. El doctor Román se jubila y yo soy su sustituto –expliqué.
–¡Haberlo dicho antes, hombre! –el sentimiento de culpa parecía abrumarlo.
–¿Sabe cómo puedo llegar hasta el dispensario?
–¡No voy a saber! –respondió, pasándose la mano por la hirsuta barba, con un sonido como de escamar pescado– Pero, ¿qué hace hombre?
–Pues… –balbucí–, pagar, claro está.
– ¡Quite hombre! –con un manotazo, como si de una ofensa se tratase, apartó de sí el dinero que le ofrecía, y luego gritó hacia la trastienda– ¡Teresa!


A la voz de aquel titán, apareció una mujer menuda, cabizbaja, austera como el esparto, completamente vestida de negro, que parecía flotar por encima del suelo, más que caminar.


–Este señor, es el nuevo médico –instruyó a la tal Teresa que, según pude deducir, era su esposa–. Hazme el favor de acompañarlo.


Sin pronunciar palabra, la mujer obedeció al punto: tomó mi maleta y se puso en camino.


–Por favor, no se moleste. Yo mismo llevaré la maleta.
–No es molestia, señor –respondió la mujer con un semblante que parecía labrado en la madera más nudosa que nunca haya visto– Sígame, se lo ruego. ¡Aparta, chucho! –con una enérgica patada, espantó al pobre animal, que huyó con el rabo entre las piernas.


Capítulo 3




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La locura de Clara S., Capítulo 1

  
I



Cuando pisé por primera vez sus calles, la ciudad entera dormitaba indolente bajo el implacable sol del verano meridional. Ni un alma osaba exponerse al fulgor inmisericorde con que azotaba tejados y azoteas, como si tratase de abrirlos igual que a mejillones y obligar a sus moradores a caer en sus brasas, para luego devorarlos. Ni siquiera la brisa marina alcanzaba a mitigar el bochorno, que, en aquella hora de la tarde, embotaba los sentidos y la inteligencia, y deslustraba los ingenios, cuyo rumor se acallaba en el sopor de la sobremesa. Las conspiraciones de casino –casi siempre crueles– se aplazaban hasta hora más propicia, y la casta de ociosos que se reunía entre sus añejas paredes –decoradas con los vetustos retratos de sus socios más ilustres– aprovechaba para echar una cabezadita entre noticia y noticia del diario local. Por lo demás, la vida de sus habitantes era sumamente modesta y consistía por entero en buscarse algo con que alimentarse ese día, ocupación con la que llenaban la jornada. La mayoría de ellos vivía de la mar y, los que no, arrancaban lo que podían trabajando de sol a sol el campo o cazaban algún que otro conejo despistado. El interior era árido y pedregoso y, tal vez por eso, la brisa marina no bastaba para impregnar de humedad el aire, que era siempre seco y ardiente. Aquel lugar estaba en ninguna parte, y sus gentes tenían fama de ser hurañas y poco hospitalarias con el visitante. Ni al país le importaban un bledo, ni ellas le reclamaban nada a su patria; vivían por y para sí, como si el resto del mundo no existiese, sabedoras de la despreocupación que inspiraban en sus compatriotas. No se recordaba cuánto tiempo hacía que ninguna autoridad comarcal se acercaba por allí, ni siquiera para recaudar los impuestos. Una vez por semana, llegaba la prensa y el correo desde la capital de la provincia, y eso era todo. La radio se consideraba una intromisión intolerable en el hogar y nadie la escuchaba, y el cinematógrafo, que tanto interés había concitado en todo el país, apenas había logrado reunir veinte personas en su única demostración en el casino.  En consecuencia, se ignoraba casi todo. La primera vez que un aeroplano sobrevoló la ciudad, se produjo tal revuelo, que se requirió la intervención del cura para apaciguar los ánimos. Sólo cuando este aseguró a su agitado rebaño que no se trataba del Ángel Exterminador anunciando el día del Juicio Final, volvieron la calma y la tranquilidad a los atribulados ciudadanos. Aunque el concienzudo ministro de la iglesia conminó a sus convecinos a mantenerse vigilantes, pues el Apocalipsis podía sorprenderlos en pecado y entonces, ¿quién se salvaría?


Capítulo 2 




jueves, 14 de enero de 2010

El experimento Bernard, Capítulo 1

EL EXPERIMENTO BERNARD

Por Carlos Olalla Linares


CAPÍTULO I
De mi nacimiento

Vine al mundo el mismo día en que se celebraba el santo patrón de mi localidad natal, circunstancia a la que se debe que me pusieran por nombre Andrés. La feliz coincidencia me garantizaba, siempre según las vecinas que asistieron en el parto a mi madre, la especial protección del santo. También la santera, infalible pitonisa a la que doña Leandra, que así se llamaba mi madre, solía consultar cuando los sinsabores de la vida excedían su entendimiento, auguró para mí un futuro lleno de bienaventuranzas. Si tan favorables presagios se han cumplido, o no, ya se verá. En lo tocante a este punto, debo añadir que la misma fuente había pronosticado a mi desdichada madre, tiempo antes de casarse, que su marido, a la sazón mi progenitor, le sería infiel. Si consideramos la muerte como una infidelidad, entonces podríamos decir que la sibila estaba en lo cierto. A decir verdad, cualquiera de las dos cosas resultaba igualmente desgraciada y, aunque nunca manifestó desconfianza hacia mi padre, el temor de que aquel ominoso vaticinio se cumpliera la mortificó durante todos los días de su matrimonio. Por ahora, de mi padre puedo decir que don Alejandro fue uno de los relojeros más reputados de la ciudad, hasta que la misma chaladura que, por así decir, lo llevó a la tumba, destruyó su reputación casi por completo, mermando sustancialmente los ingresos familiares. Habida cuenta de que éramos cinco hermanos, mi madre, yo mismo y un perro los que dependíamos de él para nuestro sustento, las cosas se pusieron realmente difíciles durante los dos últimos años previos a su trágica muerte. Cuando yo nací, como solía hacer siempre que se producían acontecimientos inasequibles a su control, se encerró en su taller hasta que las mujeres le avisaron de que todo había terminado felizmente. Según supe después, yo había llegado a este mundo aproximadamente al mismo tiempo en que terminaba la reparación del reloj de bolsillo del alcalde y mi padre manifestó en voz alta su deseo de que mi corazón palpitase con la misma precisa regularidad con que lo haría aquel magnífico aparato, cuyo funcionamiento estaba garantizado por muchos años, gracias a su experta mano. Luego, subió a la habitación, me sostuvo en sus brazos comprobando que no me faltaba nada, y, tras completar el examen con resultado satisfactorio, besó a mi madre en la frente y se dispuso a celebrar la llegada de un nuevo vástago. Esto es, más o menos, todo lo que sé acerca de mi llegada al mundo.


Capítulo 2







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miércoles, 13 de enero de 2010

El viaje de Nico, capítulo 11



CAPÍTULO 11

  La Asamblea de las matemáticas     

Ernesto pasó revista a las ropas de los niños, arregló un poco el pelo de Nico y luego se secó el sudor con su pañuelo. Cuando hubo considerado que tenían el aspecto debido para presentarse ante los miembros de la junta, les infundió ánimos y los tres se dispusieron a subir las escaleras que daban entrada al edificio. Caía ya la tarde, y sería aproximadamente la misma hora en que Nico se precipitó hasta caer sobre la tela de aquella araña respondona, cuando traspasaron el umbral de entrada, que daba a una espaciosa y concurrida sala. Su presencia allí no levantó demasiada expectación. Cada uno parecía estar más bien a lo suyo, conversando con quien tenía más cerca. Unas extrañas criaturas juguetonas, se cruzaron ante ellos correteando. Nico y Miqui los miraron atónitos.

-Cuaterniones –aclaró Ernesto a sus amigos-, otra brillante creación del siglo XIX; obra de William Rowan Hamilton –susurró a sus oídos.

Siguieron avanzando aún un poco más, hasta que un hombre les llamó la atención por su vestimenta. No sabían decir por qué, pero les parecía extraña y no pudieron evitar preguntar de quién se trataba.

-¡Oh! –dijo Ernesto-, es Nicolás Bourbaki. Un tipo muy inteligente, aunque tiene algunos problemas de personalidad múltiple. Un autor muy prolífico.
-¡Vaya, vaya! –dijo una voz masculina-, ¿qué tenemos aquí Ernesto?

Los tres se volvieron. La voz pertenecía a un caballero elegantemente vestido de esmoquin. Con el pelo bien engominado, sujetaba una copa y un cigarrillo, que humeaba en el extremo de una boquilla dorada mientras les miraba con superioridad desde detrás de un monóculo.

-Decidme, pequeños –les preguntó cuando hubo atraído su atención-, ¿qué habéis venido a hacer aquí?
-Hemos llegado por accidente –se animó a responder Micaela al desconocido-. Debemos responder un acertijo.
-Ernesto nos ha enseñado cosas de matemáticas –dijo entonces Nico.
-Una noble tarea, la de enseñar matemáticas –dijo el hombre-. Como afirmó el gran Bertrand Russell, “La Matemática Pura es la clase de todas las proposiciones de la forma p implica q, donde p y q son prop…”
-¡Vamos Albert, no atosigues a los pobres muchachos! –le interrumpió Ernesto-, acabarás por ponerles nerviosos y quitarles el gusto por las matemáticas.
-¿Insinúas que a estos mocosos podría no gustarles la Matemática? Perdona, pero a duras penas puedo concebir algo tan insólito –dijo, con profundo desprecio.
-Si sigues molestándoles así, sin duda, acabarán aborreciéndola –remató Ernesto.
-Disculpadme –dijo entonces el hombre-, acabo de descubrir que a mi cocktail le falta una aceituna. Que tengáis un buen día –y, dándoles la espalda, se marchó.

"¡Vamos Albert, no atosigues a los pobres muchachos! –le interrumpió Ernesto."

Nico y Miqui quedaron un tanto entristecidos. ¿Acaso habían sido groseros con el tal Albert?

-¿Le hemos ofendido, Ernesto? –preguntó Nico.
-¿Al bueno de Albert? –dijo Ernesto- No, no lo creo. Se le pasará.
-¿Qué ha querido decir con todo eso de la Matemática Pura? –preguntó Miqui.
-Bueno, es que, después de tantos avances durante los siglos pasados, las matemáticas hace tiempo que dejaron de ser “la ciencia del número y la magnitud”. Pero Albert es un poco snob, no os lo toméis demasiado en serio. Anda, sigamos. Supongo que estaréis deseando volver a casa.
-Sí –dijo Micaela-, aunque creo que os echaré de menos a ti y a Zornaldo y a Martín y a Chester y a las hermanas pitagóricas. Y pensar que antes no me gustaban mucho las matemáticas.

Un enorme monstruo peludo se volvió entre atroces gruñidos al escuchar estas palabras, y miraba a los niños con tal fiereza, que parecía que fuese a devorarlos crudos.

-Queridos niños –dijo entonces Ernesto, apretando el paso-, os ruego encarecidamente que no volváis a decir esas cosas mientras permanezcamos en este edificio.
-¿Qué era eso? –preguntó Nico, bastante impresionado.
-Un polinomio de grado 5 –contestó Ernesto, que también se mostraba nervioso-; como no se pueden resolver por radicales, tienden a tener malas pulgas.

Enseguida, llegaron al centro de la enorme sala. Presidiéndolo todo, estaba el concepto mismo de número. Era increíblemente viejo, y su piel estaba tan arrugada, que su superficie se hubiese podido medir en metros cúbicos. Pese a que, como había dicho Ernesto, hacía tiempo que las matemáticas habían dejado de ser “la ciencia del número y la magnitud”, en cierto modo todo seguía girando en torno al viejo concepto de número. Pues, incluso Gauss, el gran matemático del siglo XIX, un siglo excelente para las matemáticas, consideraba que, “si la matemática es la reina de las ciencias, la teoría de números es la reina de la matemática.” Antes de que hubiesen de resolver el pequeño acertijo, Nico se volvió a su amiga.

-He pensado que, quizá, querrías tener esto –dijo sacando algo de su bolsillo-. Lo encontré en la playa. Pensaba quedármelo para mí, pero ahora me gustaría que lo tuvieras tú –se trataba de una pequeña caracola marina.
-Gracias, Nico –dijo Micaela y le dio un fuerte abrazo.

Acto seguido, los dos dieron un fuerte abrazo a Ernesto, a quien se le escapó una pequeña lágrima.

–Disculpadme, se me ha metido algo en el ojo –se excusó.
-Ahora, vamos a salir de aquí –añadió Nico, cogiéndose de la mano de su amiga.

El resto de asistentes abrieron un pasillo, para que Nico y Miqui pudiesen acercarse al viejo número. Varias docenas de pares ojos –de las que ocho pares pertenecían a una misma cabeza- les observaban llenos de curiosidad.

-Habéis sido convocados a esta Asamblea Anual, tras haber caído en el antiguo, noble y perdido continente de Matemántida. Han llegado hasta mí informes de que vuestra actitud hacia las matemáticas ha sido despectiva e irrespetuosa en el pasado. Por ello, se os ha planteado un enigma. ¿Es eso cierto? ¿tenéis algo que alegar en vuestra defensa? –preguntó el anciano con su voz ensordecedora, sentado en su trono.
-Bueno… -Nico estaba a punto de decir que las matemáticas siempre le habían parecido un rollo, pero recordó el consejo de Ernesto. No quería enfurecer más a los presentes, que le parecían una gente de lo más rara.
-¿Qué os parecería si nosotros dijésemos que los niños nos parecen un rollo? –interrumpió el anciano, con un murmullo de general aprobación por parte de los asistentes, que les miraban con gesto adusto.
-¡Sí, eso! ¡Estamos hartos de que nos consideren bichos raros! –les increpó un hipercubo de dimensión cuatro, cuya voz sonaba extrañamente metálica, sólo interrumpida por los aplausos de la concurrencia.
-No nos gusta que digan de nosotros que somos aburridos –dijo el conjunto de Mandelbrot, todo erizado de espinas.
-¿Aburrido tú? Eso es ridículo –exclamó un conjunto de Julia-. ¡Y sé bien lo que me digo, que nadie te conoce mejor que yo!
-Resolved el acertijo, y podréis regresar a vuestro mundo –sentenció el anciano presidente de aquella extravagante reunión.

Ante la inquisitiva mirada de los presentes, y bajo la luz de unos focos que parecían haberse encendido justo encima de ellos, para exponerlos aún más a sus miradas, Nico y Miqui resolvieron su acertijo. Como habían hecho ya en el porche de Zornaldo y su esposa, la buena Ordenación, anunciaron “7 esposas, 72 = 49 sacos, 73 = 343 gatos y 74 = 2401 gatitos, que sumados dan 2800 entre gatitos, gatos sacos y esposas”.

-Salvo que…, salvo que añadamos al propio narrador, quien también iba a San Ives –dijo Micaela-, en cuyo caso serían 2801.

Nico repasó de nuevo el enunciado en su mente: Cuando iba a San Ives…

-¡Sólo uno iba a San Ives! ¡Esa es la verdadera respuesta!
-¿Quién iba a San Ives? –dijo una voz de mujer, que le resultaba muy, pero que muy familiar.
-¡Yo iba a San Ives! –exclamó Nico. Entonces, se dio cuenta de que estaba de nuevo en casa, y sintió un profundo alivio. ¡Se alegraba tanto de ver a mamá de nuevo!
-Bueno, no sé de qué me hablas –dijo mamá-. Supongo que serán cosas del cole. Por cierto, ¿has terminado ya los deberes?

Nico miró su cuaderno. Sí, había terminado, y lo más extraño era que aquella tangente estaba ahora perfectamente trazada. Tuvo una sensación extraña.

-Sí, he terminado –dijo desconcertado- ¿Cuánto llevo aquí?
-Un par de horas –respondió mamá- ¿Estás bien? Te noto raro.
-Sí, estoy perfectamente –nunca se había sentido mejor, aunque su voz revelaba cierta confusión, pues aún daba vueltas en su cabeza a lo sucedido.
-Entonces, vamos a cenar.

Después de cepillarse los dientes, como solía hacer todas las noches, Nico se acostó, pero esta vez no podía conciliar el sueño. No dejaba de pensar en el continente perdido de Matemántida y en Miqui. Al día siguiente estaba ansioso por ir a la escuela. Puede sonar raro, viniendo de un niño, pero quería ver a Miqui. No dejaba de preguntarse si también ella había estado en aquel continente perdido. Por otro lado, le parecía que no podía acercarse a Miqui, sin más, y preguntarle si conocía a un hombre regordete llamado Ernesto; o si le habían gustado las galletas de Zornaldo y su esposa; o si se había asustado mucho con aquel enorme polinomio peludo. ¿Qué pensaría ella de él al decir aquellas cosas, si todo no había sido más que un sueño? Pues probablemente, que era un chiflado. Aquella mañana, Nico traspasó la verja de la escuela presa de la ansiedad, buscando a Miqui con la mirada.

Al fin, la divisó al otro lado del patio. Se detuvo, calculando cuál sería su próximo paso. Entonces, también ella le vio. Su actitud, daba a entender que también le estaba esperando. Ambos se acercaron un poco más. Entonces, Miqui sonrió y, llevándose la mano al cuello, sacó de debajo de su blusa un cordón negro y le mostró una pequeña caracola que pendía de él.




  FIN

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