sábado, 26 de diciembre de 2009

PARÁBOLA DE ALBERTA


ALBERTA

El profesor Thompson, reputadísimo economista, y el eminente profesor White, experto en bioquímica, biodinámica y clonación, decidieron colaborar juntos en un proyecto científico mutuamente beneficioso que les granjease, al mismo tiempo, fama y fortuna. Tras largas y difíciles investigaciones, juntos lograron la proeza, y el mundo vio, por primera vez, realizado el viejo mito: la auténtica y genuina gallina de los huevos de oro que, por razones que nunca fueron aclaradas, fue bautizada por sus creadores con el nombre de Alberta. La puesta del animal les hizo inmensamente ricos, aunque la irrupción en el merado de una sobreabundante producción de oro hizo bajar, momentáneamente, su precio. Afortunadamente para el equipo, los sabios consejos de Mr. Thompson permitieron administrar la venta del valioso metal sin saturar el mercado. La fama los llevó a viajar por todo el mundo para dar conferencias: el público estaba ansioso por contemplar aquella maravilla y, si era posible, que un poco de aquel prodigio les fuese revelado. Pero quiso la fatalidad, que uno de aquellos viajes por el mundo se viese tocado por la tragedia, y el avión privado en el que viajaban sufrió un percance. Mr. White, piloto de extraordinaria competencia, logró planear y dirigir el aparato hacia una solitaria isla en medio del océano. Con gran destreza, hizo posarse el avión sobre el agua, precisamente en una bahía de escaso calado y bien protegida, y depositó el fuselaje intacto a escasos metros de la playa. ¡Estaban salvados! Con gran alegría, saltaron de la aeronave y, tras vadear un pequeño trecho con su valiosa Alberta sujeta por encima de la cabeza, de modo que no se mojase, llegaron a tierra sanos y salvos. 
   Pasaron dos días y descubrieron que la pequeña isla estaba completamente desierta. Estaban seguros de que ya estarían buscándoles, pero el hambre les mortificaba de tal modo que, finalmente y muy a su pesar, tuvieron que matar a Alberta,  dado que los huevos que el animal ponía no eran comestibles. Al cabo de unas semanas, fueron rescatados y esto –con algunos adornos– fue lo que narraron a su entregado auditorio, en el transcurso de las numerosas conferencias que ambos siguieron dando por todos los países del mundo, esta vez sin Alberta.


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miércoles, 23 de diciembre de 2009

Esto no es un sueño


ESTO NO ES UN SUEÑO


¿Dónde estoy? ¿Qué lugar es este? ¿Cómo he llegado hasta aquí? No estoy seguro de saber quién soy, mi nombre es, yo soy… soy… Tengo que recordar. Bueno, ya vendrá. No lo forcemos. Me duele terriblemente la cabeza, como si tuviese brasas detrás de los ojos. ¿Quién está ahí? ¿Por qué me atormentan de esta forma despiadada? ¡Dejadme en paz! Necesito descansar un poco, pero esas luces cegadoras no me dejan conciliar el sueño. Intento cerrar los párpados, pero no sé siquiera si tengo párpados; no puedo tocármelos. ¡Basta por favor! Necesito recordar, pero hay demasiada agitación aquí; con esa corriente de lava incandescente, ¡no puedo concentrarme! ¡Hace demasiado calor! La erupción,… no sé cuándo tendrá lugar. La respuesta es, “inconcluyente”. No me lo preguntéis otra vez, la solución será siempre la misma. Faltan datos. El modelo. ¿Qué sucedió? Había gente a mi alrededor, se despedían … No, un momento, eso fue antes. ¿Antes de qué? Había una fiesta, se celebraba algo, pero, ¿qué? No logro recordarlo, hay muchas caras… las conozco, pero no sé sus nombres. Se ríen; yo me río, pero todo eso no tiene ningún sentido. Ignoro qué relación guarda con este lugar. ¡No! Están aquí otra vez. ¡Esas cosas han vuelto! Me muerden. ¡Fuera! ¡Marchaos! ¡Dejadme en paz, por favor! Me voy a volver loco, si no logro salir de esta oscuridad que lo envuelve todo. ¡Quiero salir, dejadme salir! Esas cosas son horribles, se agitan entre las tinieblas. Sé que están ahí, acechando entre las sombras. ¿Por qué queréis aterrorizarme? ¡Esos focos! Me hacéis daño. ¿Dónde están mis manos? ¿Quién las tiene? Yo tenía manos. Sí, volvía a casa, ¡eso es!, volvía a casa, a mi casa. ¿Dónde están mi mujer y mis hijos? ¿Qué habéis hecho con ellos? ¡Quiero verlos! ¿Es que no me oís? ¡Aaaag! ¡Basta, me duele!  Necesito dormir, que alguien haga callar a ese perro, no para de ladrar y yo tengo que madrugar mañana. ¿No lo comprendéis? Esa probabilidad es incorrecta; así no. Me saldré de la carretera. No encuentro el freno. Me duele el brazo.  He tenido un infarto al volante. ¿Estoy muerto? Sí, eso debe de ser. He muerto. ¿Estoy en el infierno, entonces? Repasa. ¿Has hecho algo en tu vida? ¿Has cometido errores? No digas bobadas, ¡todo el mundo comete errores! Si supiera quién soy, quizá podría recordar, arrepentirme a tiempo de lo que sea que haya hecho, y salir de aquí. ¿Por qué me mostráis eso? No puedo soportarlo, no quiero verlo, ¡no me lo mostréis más! Tengo que recordar, en cuanto sepa lo que hice, pediré perdón, y alguien me escuchará. No sé, la integral de la raíz cuadrada, uno coma siete, uno, tres, siete, siete, tres, nueve, dos. Me duele la cabeza, pero no sé dónde la tengo. El cuadrado de la raíz cúbica, tres pi al cuadrado. La constante. Yo no he hecho nada, por lo que deba estar aquí. Sólo quiero dormir, dormir un poco, unas horas bastarían, pero no paran de arrastrarme, me empujan y tengo que correr todo el tiempo. Ese edificio, el pilar 27 A, dos siete nueve. Aquella mujer, yo no tuve nada que ver con lo que le sucedió, no puede ser esa la razón por la que me han enviado aquí. Yo era un niño, ¿por qué voy a sentirme culpable? No soy culpable. Sólo soy un hombre corriente. Tengo frío en este vacío. No, no puedo estar muerto. Soy demasiado joven aún. ¿Por qué iba a estar en el infierno? ¡Qué idiotez! Ya sé: el infarto; quizá estoy teniendo una alucinación, por la medicación, o por la falta de oxígeno en el cerebro. Espero que no me dejen sin riego en el cerebro durante demasiado tiempo, odiaría quedarme como un vegetal. Sí, eso será, la medicación. Me estarán interviniendo, y me he dejado llevar por el pánico. ¡El infierno! ¡Vaya ocurrencia! No pensarás que vas a estar aquí “por toda la eternidad”. Y, hablando de tiempo, ¿cuánto hace que estoy aquí? Me duele la cabeza, de tanto calcular. Pero no me dejan descansar. Esas imágenes aterradoras, los ojos que me miran desde la oscuridad. Están ahí, lo sé. ¿Por qué no salen, donde yo pueda verlos? No lo comprendo, me duele todo el cuerpo y, sin embargo, es como si no lo tuviera. No siento el suelo bajo mis pies. Fuego, otra vez fuego, ¡me quemo! Siete siete dos nueve. La respuesta es “No”. ¡Basta, por favor! ¡Basta! ¿Dónde estoy? ¿Cómo me llamo? ¿Por qué me habéis robado mis recuerdos? ¡Ya están ahí, otra vez! ¿Mamá, eres tú? ¿Qué haces aquí? ¡No te vayas! ¡Espera! Aquel gato, era el gato que tuvimos de pequeño.  ¡Tris!, se llamaba Tris, ahora lo recuerdo. Integral de raíz de equis cuadrado menos uno…

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–No sé lo que sucede, doctor Santos; es como si el sujeto se resistiese. Quizá habría que interrumpir el experimento –dijo su ayudante, mientras escudriñaba los gráficos de la pantalla, cuyas formas picudas, con abruptos e irregulares cambios de tendencia, sugerían que algo no marchaba como estaba previsto.
–¡Tonterías! –respondió el interpelado con tono ciertamente desdeñoso y visiblemente contrariado ante una sugerencia tan descabellada– ¿Ha comprobado usted las microconexiones, como le sugerí que hiciera? El mismo fluido que llena el tanque de suspensión puede haber dañado las conexiones, y alterar la conductividad. El circuito es muy sensible a las fluctuaciones de conductividad, usted lo sabe perfectamente.
–Sí, lo sé perfectamente bien –aquel tono hiriente, con el que el doctor Santos había puesto en entredicho su competencia, sin decirlo, lo había molestado profundamente–. Y, sí, he comprobado todas las micronexiones a los lóbulos cerebrales. Le aseguro que están en perfecto estado.
–¿Y la temperatura del tanque? El cerebro que teníamos en suspensión en el experimento anterior, se malogró porque la regulación de temperatura falló.
–El indicador no se ha movido del valor preestablecido. Le digo que no es un problema de descontrol de parámetros. Es algo que está sucediendo en el interior del cerebro de muestra. Yo programo los problemas de cálculo en el ordenador, y este los transmite al tejido cerebral sin problemas. Pero le digo que el cerebro se resiste a trabajar según lo previsto.
–¿Qué pretende decir? Vamos, suéltelo ya. Lleva semanas queriendo decirlo. Hay un reproche latente que no se atreve a formular, doctor Suárez. Sea valiente, dígalo de una vez.
–Está bien. Ya que insiste... Estoy harto de esto, y no creo que esté bien. Lo que mis datos sugieren, es que el cerebro conserva una actividad residual del individuo que fue.
–Usted no lo sabe, no puede asegurar eso categóricamente –gritó el doctor Santos, amenazando a su ayudante con el dedo, como si quisiera descargar en él toda su ira– . No le consiento que ponga en entredicho el futuro de este proyecto. Estamos a un paso de entender y reproducir el funcionamiento del cerebro humano. Cuando los ordenadores piensen como lo hacemos usted y yo, serán creativos. ¿Va a privar a la Humanidad de semejante avance? ¡Pienselo bien, antes de responder a la ligera!
–¿Es lo único que le importa? ¡Piense usted en esto otro! Si los cerebros de los donantes conservan, aunque sólo sea una parte de los recuerdos y de la personalidad que sustentaron en vida, al estimularlos con impulsos eléctricos, ¿no estaremos reviviendo a la persona que fueron? ¡Dios mío! No quiero ni imaginar en lo aterrador que podría ser semejante cosa. ¿Cuántos años ha estado ese cerebro conectado al ordenador, calculando noche y día? –exclamó el doctor Suárez, señalando a un tanque, en cuyo interior flotaba en suspensión un cerebro rodeado de una maraña de cables que lo conectaban a una computadora.
–Eso sería el infierno –reconoció en voz queda el doctor Santos–, pero no quiero pensar en ello.
–No, claro, perdería la beca, el prestigio y tendría que abandonar.
–Si tiene dudas, doctor Suárez, abandone. No le quepa duda de que no me costará encontrar quien lo sustituya. Hay cientos de candidatos, tan brillantes como usted, dispuestos a llegar hasta el final.

Por unos instantes, el interpelado titubeó. Miró a su alrededor y, lentamente, se quitó los guantes de látex, que arrojó a la papelera, se despojó del mandil, a continuación de la bata blanca y, con toda calma, dijo, “Claro que me marcho. Ahora mismo. Y puede estar seguro de que el mundo tendrá noticias de lo que está sucediendo aquí.” El doctor Santos lo miró con un furor en sus ojos, que hubiese puesto los pelos de punta a su colega, de haber podido verlos. Pero, en ese momento, ya le daba la espalda para salir. El doctor Santos pronunció unas palabras en voz queda –que su ayudante no pudo escuchar–, mientras tomaba el bisturí que había sobre la mesa–“No esté tan seguro. Todo mejorará cambiando el cerebro de prueba. Ya lo verá”.

FIN


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Artículo rechazado por un periódico, X


RAMÓN RETOMA EL RELATO


Dicho esto,  don Bartolomé, su padre, comprendió cuál era el propósito de aquel ser atormentado y levantó la linterna, contraviniendo las instrucciones que habíamos recibido. La criatura emitió un desgarrador quejido y, suplicando que no la mirásemos, se arrojó por esa grieta. Ambos nos quedamos petrificados, sin pronunciar palabra, durante largo rato. Conscientes de que habíamos sido testigos privilegiados de un hecho extraordinario, ambos sabíamos que el mundo había perdido a un gran hombre. Abandonamos la cueva sin pronunciar una palabra, ¿qué hubiésemos podido decir? Después, contamos lo sucedido a las autoridades, para que se levantara el cerco a la bestia que asaltaba el ganado por toda la comarca desde hacía algún tiempo.  Nos tomaron por locos o por farsantes y pronto, todo el pueblo se rió de nosotros. Su padre abandonó la localidad para escribir su artículo, pero murió sin terminarlo, como bien sabe.


Agradecí sinceramente el gesto de Ramón, pues su relato me apaciguaba el alma y juntos salimos, para no volver más, de la lúgubre tumba de Francisco Muñoz. Si no os confesara que, durante la estancia en la sala donde ocurrió todo, sentí la incómoda mirada de unos ojos que nos escrutaban desde las sombras, no me quedaría satisfecho, como si el espíritu de aquella criatura atormentada nos contemplara, por fin, con magnanimidad. Pero eso, no son más que fantasías.


FIN


Artículo rechazado por un periódico, IX


RELATO DE FRANCISCO MUÑOZ

La bestia se recompuso y comenzó a decir:

Usted mismo ha narrado los hechos básicos que conciernen a mi vida, y no es preciso que añada nada más a lo ya expuesto. Efectivamente, estudié en la universidad de la que luego fui, durante un breve periodo, profesor; y, como usted bien ha dicho, recibí una herencia familiar que me permitió desarrollar mis investigaciones en el campo de la genética con total autonomía. También es cierto, ha acertado una vez más, que estuve prometido a una muchacha llamada Adela, y que aquella tarde a la que usted alude, le pedí que se marchara, que regresara a casa sin volver la vista atrás y me olvidara para siempre, a pesar de sus lágrimas. No crea que no se me desgarraba el corazón, a pesar de lo que puedan atisbar en estas tinieblas, y del sonido espantoso de mi voz. Durante aquellos años de estudio, yo era un hombre sumamente estricto y amante de la perfección, y este afán entorpecía mi relación con Adela, tanto como mi propio progreso intelectual. Creo que fue aquella novela, El extraño caso…, la que me inspiró la idea. ¿Por qué no utilizar mis conocimientos de genética para introducir en mi constitución genes de animales que me proporcionaran cualidades sobrehumanas, alcanzar la perfección mediante una sabia combinación de cualidades extraordinarias? Aquel fugaz fogonazo comenzó a cobrar forma en mi mente, pero no se lo comuniqué a nadie, pues ninguno de aquellos asnos de la universidad hubiese comprendido lo que ya era un ambicioso programa de investigación, como nunca lo había emprendido el hombre, salvo en los más desaforados sueños de los poetas o los filósofos;  y, cuando la oportuna herencia me brindó la oportunidad de desarrollar mis teorías, decidí no demorarme más, y aprovechar que era aún un hombre joven para poner en práctica mi proyecto. Mi relación con Adela, mientras tanto, se encontraba estancada y atravesaba una crisis que amenazaba con romper nuestro compromiso siempre irresoluto. No es que no la amara, pero bastaba que detectara en ella la más mínima imperfección, para que su compañía me resultase indeseable, lo que parecía desconcertarla profundamente. Las horas de encierro en el laboratorio nos distanciaron aún más y me consta que estaba considerando seriamente la idea de volver a Castellón, de donde era originaria su familia, y romper para siempre nuestro proyectado enlace. Pero yo no podía detenerme, ahora no, y proseguí con mis experimentos. Destilé un preparado que debía administrarse según un delicado y estricto protocolo, que se desarrolló sin mayores contratiempos. A este, siguieron otros dos más y, luego, me dispuse a esperar los resultados de mi peligroso, pero prometedor experimento. Cada pocas horas, me tomaba datos de todos los parámetros vitales y los apuntaba en una libreta que portaba siempre conmigo. Al cabo de unos días, comencé a experimentar los primeros efectos. Mi cuerpo comenzaba a adquirir un vigor nunca antes experimentado, mis sentidos se aguzaban, los miembros poseían un nervio y una tensión completamente desconocidos y mis reflejos emulaban los del felino más elástico. Todo parecía marchar bien. Había sido muy cuidadoso, y no me ocurriría lo mismo que al doctor Jekyll; yo no cometería errores. Por supuesto, se presentaron efectos inesperados, pero no parecían inquientantes: mi capacidad de raciocinio estaba intacta, tal como había calculado, pero mi carácter experimentaba una transformación inesperada. Me dominaba la cólera con una facilidad inédita en mí, el deseo se había exacerbado y los pensamientos más libidinosos me dominaban sin que pudiera eludirlos de ningún modo. Los sueños más turbios se colaban en mi descanso, que, por lo demás, era más reparador que nunca. En medio de aquella vorágine de nuevas sensaciones, que aún estaba aprendiendo a controlar, apareció Adela. Tenía que recibirla, ya no podía seguir esquivándola, y la dejé entrar. No sé qué me pasó. Ella venía dispuesta a dejarme, a romper para siempre y liberarme de la palabra que le había dado, para lo cual comenzó a desprenderse del anillo que le había comprado para sellar mi compromiso con ella. Aquello me llenó de un irrefrenable deseo de retenerla y un voluptuoso arrebato me dominó irremisiblemente. Me abalancé sobre el objeto de mi deseo como un animal en celo. Ella forcejeaba para zafarse de mi poderoso abrazo, pero era inútil. Le arranqué el vestido, que se hizo trizas entre mis dedos. Su rostro expresaba un horror que atizaba aún más mi deseo de poseerla, pero, de pronto, su actitud cambió súbitamente y, no sólo se entregó a mí, sino que parecía compartir el mismo desenfreno animal que me dominaba. Ignoro cuánto tiempo transcurrió, pero mientras nuestros cuerpos sudorosos se entrelazaban, me sentía como transportado, y Adela parecía más profundamente vinculada a mí que nunca. Cuando el torbellino cesó, dejándonos completamente exhaustos, me sentí horrorizado de mi comportamiento. Adela,  por el contrario, tenía un brillo lascivo en sus ojos que me repugnó intensamente. No podía contenerme y yo mismo me sorprendí reprendiéndola severamente, e instándola a vestirse y a marcharse. Nunca olvidaré la expresión de estupor, de horror y de vergüenza con que me miró. Pero obedeció sin rechistar, cabizbaja y en completo silencio; aunque tuvo que ponerse ropa prestada de una amiga que vino a traérsela –yo mismo se la había destrozado–, pues estaba demasiado conmocionada para regresar sola. Después de aquella escena, pasaron dos semanas sin que volviéramos a vernos; sin embargo, Adela no podía resistir el vacío en que vivía, y me escribió una carta desesperada en la que me suplicaba que la recibiese de nuevo. Imploraba mi perdón, si es que me había ofendido, y me prometía que haría todo lo que yo le pidiese. La desprecié y la deseé de un modo que me torturaba. Los deseos más impuros me desgarraban de un modo atroz y ya no podía discernir el amor del odio. Tan pronto deseaba tenderla en el lecho y poseerla por la fuerza, como, un instante después, la hubiese despedazado sin compasión, de haberla tenido entre mis manos. Creí enloquecer, pero mis problemas no habían hecho más que empezar, pues los signos inequívocos de una transformación física se estaban manifestando sin que pudiese evitarlo. La voz me estaba cambiando y perdía su timbre humano. El reflejo que me devolvía el espejo me asustaba incluso a mí. Entonces, Adela llamó a mi puerta. No podía dejar que me viera así, y sabía que, si abría aquella puerta, mi amada Adela viviría sus últimos instantes de vida, que yo mismo la asesinaría sin remedio. Recomponiendo mi voz lo mejor que pude, le rogué que se marchara para siempre, que me olvidase y rehiciese su vida sin mí. No puedo decir cuánto tiempo la escuché llorar al otro lado de la puerta, pero al fin se marchó. Deseaba salir, unirme a una manada de lobos, cazar…  Probé todo tipo de teorías, pero no era capaz de revertir los efectos de mi experimento y, además, me era muy difícil mantener la concentración. Las provisiones se terminaban y una noche decidí salir a cazar. Era el fin y lo sabía. Una noche, recibí un disparo y comprendí que ya no podría volver a la sociedad de los humanos, por lo que decidí incendiar el laboratorio y borrar las pruebas de mi actividad. Si me daban por muerto, mucho mejor. El resto, lo conoce usted. Vagué en compañía de lobos, cuyas manadas dirigí. Nunca me quedaba demasiado tiempo en ninguna parte. Pero usted me ha encontrado y este es el último capítulo de mi vida.


Para seguir leyendo: RAMÓN RETOMA EL RELATO



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Artículo rechazado por un periódico, VIII


RELATO DE RAMÓN

A las doce de la mañana estábamos a las puertas de la gruta, pues todas las pesquisas apuntaban a que en su interior se ocultaba la maléfica criatura que había sembrado el pánico en la comarca. Revisamos el material: cuerdas, linternas, algunas provisiones –pues no descartábamos que hubiese que dormir en su interior–, agua y un par de pistolas por si era preciso defenderse de la criatura. Entonces yo no sabía aún a lo que nos enfrentábamos, y más tarde se lo reprocharía a don Bartolomé. (En este punto, Ramón se detuvo un instante, estremecido por el recuerdo de lo que presenció.) Entramos, como se puede imaginar, con cierta precaución, pues unos días antes había caído una tormenta y podía ser peligroso aventurarse entre las crecidas corrientes de aguas subterráneas, pero enseguida comprobamos que no había nada que temer y proseguimos sin mayores percances, avanzando por el laberinto de pasillos y túneles. Tengo que decir que don Bartolomé me sorprendió por su agilidad y destreza. Llevaríamos unos cuarenta minutos explorando la cavidad, cuando comenzamos a sentir la creciente sensación de que alguien nos vigilaba. Primero era algo vago e indefinible, pero luego llegaba claramente hasta nosotros el rumor de una respiración ruidosa, como de bestia, y ruido de pasos almohadillados que, de cuando en cuando, chapoteaban más ruidosamente, delatándose. Seguimos avanzando pr espacio de media hora, hasta que las manifestaciones de la criatura que nos vigilaba se hicieron tan claras, que nos detuvimos en esta sala, precisamente. Don Bartolomé gritó: don Francisco Muñoz, sabemos que es usted quien se oculta entre las sombras –afirmación que me sorprendió grandemente, pues hasta ese momento estaba persuadido de que buscábamos a alguna clase de bestia irracional–; un silencio ominoso fue la única respuesta que recibimos. Era evidente que la feroz criatura no se esperaba aquel pronunciamiento tan específico. Entonces, don Bartolomé lanzó de nuevo su declaración hacia el vacío de los pasillos. Pero, esta vez una piedra surgió de la nada y arrebató la linterna a don Bartolomé, lo cual nos provocó un gran sobresalto a ambos y yo perdí la mía. Una voz cavernosa, como de ultratumba, que parecía hecha a un mismo tiempo, del rugido atroz de un león o un oso, del aullido de un lobo y del grito de una doncella, surgió de la oscuridad, como si emergiera del fondo de una tumba. Me persigné, pues estaba convencido de que estábamos en presencia del maligno.

–No he errado el tiro. La próxima vez la piedra le romperá la cabeza. No crea que la oscuridad me impide verlos a ambos –y, acto seguido, tras emitir un bramido ensordecedor que nos llenó de pavor, describió con precisión detalles de nuestra actitud, nuestro vestuario y de los accesorios que portábamos, que dejaban perfectamente claro que no mentía, a pesar de las tinieblas en que estábamos sumidos–. Enciendan otra linterna y explíquense. ¿Por qué me persiguen?

Obedecimos. Encendimos otra luz, pues llevábamos repuestos en nuestras mochilas, pero nos prohibió expresamente alumbrarle. Aún así,… lo que la luz reveló… no encuentro palabras para describirlo. Aquel ser… —El rostro de Ramón expresaba tal terror, su mirada perdida, que su sola contemplación me infundía inquietud a mí, su única audiencia en aquel escenario sobrecogedor. El aliento se materializaba en el aire gélido, delatando su respiración agitada. Por fin se rehizo.


Yo hubiese esperado que aquella voz procediese de un loco vestido con harapos, pues ningún ser humano viviría en aquella reclusión, en aquella mazmorra fría y oscura, de no haber perdido completamente el juicio. Pero no era un ser humano lo que vi, ni bestia alguna que yo conociera. Su cuerpo era extraordinariamente vigoroso y fuerte, densamente cubierto de un pelaje áspero y resistente, pero algunas deformidades espantosas le otorgaban un aspecto tan temible y grotesco, que resultaba insoportable mirarlo. Por su respiración, que resonaba por toda la sala, era evidente que estaba muy irritado y que, si no nos había destrozado ya con aquellas manos robustas y nervudas, cuyas garras parecían lo bastante poderosas como para arrancarnos el corazón de un solo golpe, era porque sentía alguna curiosidad y, tal vez, algún respeto por nuestra osadía. Yo estaba paralizado por el terror, pero don Bartolomé se rehizo y dijo algo que lo calmó al instante, y la expresión de la bestia adoptó un continente que movía a la compasión.

—Tengo aquí algo que le pertenece. Lo encontré en una majada hace unos meses –gritó, esgrimiendo una vieja fotografía y leyó una dedicatoria, que no recuerdo, pero que estaba firmada por una tal Adela.
—Su amada –aclaré.
—Sí, así es, como quedó claro de la conversación que siguió después –respondió él a mi interrupción.

Si no me pareciese imposible, diría que una lágrima brotó de aquellos fieros ojos. Don Bartolomé continuó hablando, aprovechando el estupor de aquel ser atroz que parecía surgido de la pesadilla de un enfermo mental. Habló sin parar; habló de sus investigaciones, de la universidad, de un laboratorio y una casa que habían ardido, de los años pasados preguntándose qué había sido del brillante científico y, sobre todo, de Adela, cuyas lágrimas tanto le habían conmovido. Durante todos estos años —explicó—, se había preguntado por qué la había despedido aquella fría tarde asu puerta, desoyendo las súplicas de la joven, pero que ahora le parecía que, tal vez, no deseaba que Adela presenciara su “transformación”. Esta sugerencia pareció enfurecer a la criatura, pero inmediatamente bajó la vista y se sumió en lo que me parecieron melancólicas cavilaciones. Apenas vislumbrábamos su rostro, pues ahora se había retirado a un rincón, al otro lado de la sala, agachado como si temiera algo invisible para nosotros. Por fin, comenzó a hablar, con la misma voz de ultratumba que me había sobrecogido al comienzo de aquella alucinación.

—No fue por eso —se interrumpió—, o no fue sólo por eso.

 Para seguir leyendo: RELATO DE FRANCISCO MUÑOZ



Artículo rechazado por un periódico, VII

En aquel escenario teatral, imponente y tenebroso, Ramón me revelaría los detalles del encuentro de mi padre con “el monstruo” (son sus palabras). La sala es espaciosa y, al fondo, un terrible tajo en el suelo se adentra hasta alcanzar las mismas entrañas de la tierra. La linterna no alcanza a iluminar el fondo, si es que lo tiene. El rumor de una lejana corriente de agua llega hasta nosotros, y sus ecos rebotan en las paredes de los túneles colindantes confundiendo mis sentidos. Allí sucedió la escena final de nuestro drama. Esta es, sin omisiones, alteraciones ni artificios, la sincera narración de unos hechos, por el hombre que los presenció.

Para seguir leyendo: RELATO DE RAMÓN 



Artículo rechazado por un periódico, VI


ACLARACIONES DE DON GUZMÁN PULIDO, HIJO DEL AUTOR

Muchas son las voces que, tras su repentina muerte, han murmurado acerca de la estabilidad emocional de mi padre, poniendo en entredicho su nombre y su honorabilidad, demostrando con ello falta de piedad y de conocimiento a partes iguales. En repetidas ocasiones he podido sentir los cuchicheos a mis espaldas cuando, al pasar junto a un grupo de personas que creían conocernos, nos hemos saludado como de costumbre. La sorna o la conmiseración hacia mí y hacia la memoria de mi padre, son actitudes frecuentes entre amistades y familiares lejanos. “¡Qué pena lo de tu padre!”, suelen decirme, con aire compungido, y leo en sus miradas la misma pregunta que se repite una y otra vez, “¿Habrá heredado el pobre muchacho la locura de su padre?”, “¡Oh!, no es probable”, parecen responderse, “don Bartolomé no era el mismo después de la guerra. Su trabajo como corresponsal lo trastornó.”. En definitiva, “¡Una pena!”, “¡Y un estigma!”; este es el juicio unánime al que me he visto sometido durante estos últimos dos años. A la vista de los hechos, me propuse recuperar el lustre del apellido familiar, y resolví buscar las pruebas que demostrasen, no sólo que mi padre no había enloquecido, sino que sus investigaciones habían concluido satisfactoriamente, exactamente como él afirmaba. A tal fin, rebusqué entre la correspondencia de los últimos meses previos a su trágico fallecimiento –pues, como ha quedado explicado, los documentos que portaba consigo, y que podrían aclararlo todo, se perdieron con su muerte–; recordaba que en algunas de sus cartas ofrecía detalles, apenas retazos sueltos, sobre su trabajo. Era poco, pero bastaría. Concretamente, en una de sus últimas misivas, mencionaba a un tal Ramón, un colaborador de última hora cuyos servicios había requerido como guía; el aldeano era natural de un pueblecito situado en el extremo sureste del país, bajo cuyo subsuelo se extiende un laberinto de cuevas de origen cárstico y que, según mi padre, él conocía mejor que nadie. Me pareció que, si seguía con vida, no me costaría localizarlo, y que aportaría las pruebas, o al menos el testimonio, para lavar el buen nombre de mi padre. Organicé mis asuntos, y, con este firme propósito, tomé el primer tren que me llevaría hasta la otra punta de España.

Resultó más difícil de lo que yo esperaba dar con Ramón. Con una sonrisa burlona de condescendencia, sus amigos me informan de que Ramón se ha trasladado a la capital, “donde nadie lo conozca” y que , desde hace un año, vive con su hermana en la ciudad. Desde que pasó aquello, afirman, no ha vuelto a ser el mismo. No lo dicen explícitamente, pero todos acusan a mi padre de haber malmetido al muchacho; de haberlo empujado a una aventura delirante y sin sentido y de arruinarle vida. Afortunadamente, algunos de sus familiares, sólo después de muchos ruegos, me proporcionan una dirección donde localizarlo, pero me aconsejan que le ponga un telegrama, pues es muy posible que no quiera recibirme. “Ramón está cansado de este asunto y de las consecuencias que ha tenido para él”, me advierten. Sé que allí no soy bien recibido, pero les conmueve el padecimiento que, adivinan, me habrá producido la loca aventura de mi padre y su trágica muerte. Sin embargo, la idea de concertar una cita con Ramón a través del telegrama me parece buena y la pongo en práctica. Ramón tarda un poco en contestar pero, al fin, recibo su respuesta: accede a verme, aunque prefiere que la entrevista tenga lugar en el mismo escenario donde ocurrió todo. Estoy convencido de que no quiere que me vean con él allí donde ha fijado su nueva residencia, para evitar que la deshonra lo persiga de nuevo; sin embargo, no me indispongo contra él, pues estoy seguro de que, si accede a verme, es sólo en honor a la memoria de mi padre. Espero dos días en medio de una insoportable agitación nerviosa pero, efectivamente, Ramón acude al encuentro. Me ha dado instrucciones precisas que me permiten localizar la entrada de la cueva donde, según mi padre relató en su última carta, había tenido lugar el encuentro con Francisco Muñoz Torroja, o lo que quedaba de él. Ramón no me hace esperar. Puntual a la cita, porta consigo todo el material necesario para penetrar en el abismo, negro e insondable, donde el brillante científico se había refugiado y donde mi padre presenció su muerte. Me guía seguro y sé que mi padre estuvo en buenas manos. Siento una emoción indescriptible y lacerante. Nos adentramos en el abismo y, por unas horas, el mundo y sus tribulaciones desaparecen para nosotros.

Para seguir leyendo: Séptima Parte 


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