jueves, 19 de noviembre de 2009

Va para Alfonso

En junio de 1957, las Fuerzas Aéreas de Estados Unidos pusieron en marcha el vuelo inaugural del proyecto Manhigh. El proyecto constaba de varios ascensos tripulados a bordo de globos, con objeto de alcanzar las capas más altas de la atmósfera. Este primer tripulante fue el capitán Joseph W. Kittinger y alcanzó los 29.260 m. Sin embargo, Kittinger recibió por radio la orden de descender antes de lo programado. Respondió, "Ven tú a bajarme".


Pues eso, que a veces dan ganas de quedarse en las alturas y no volver a tierra...

En el país que no se podía educar (tampoco)


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LADY BRACKNELL. -Me alegro. No consiento la menor intromisión en la ignorancia natural. La ignorancia es como un delicado fruto exótico; se la toca y desaparece su lozanía. La teoría de la educación moderna es íntegra y radicalmente falsa. Afortunadamente, en Inglaterra al menos, la educación no produce el menor efecto. Si lo produjese, representaría un serio peligro para las clases altas, y daría lugar probablemente a actos de violencia en Grosvenor Square. ¿Qué renta tiene usted?
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La importancia de llamarse Ernesto, Oscar Wilde.

domingo, 15 de noviembre de 2009

Parábola del viejo rey


Una mañana, el viejo rey se despertó y, con real parsimonia, abrió sus cansados ojos, estiró sus brazos para desperezarse, y se dispuso a deleitarse con la grandeza de su reino y el esplendor a su alrededor. "¿Dónde está mi corona de oro?" –exclamó irritado– Durante unos instantes, pensó que el espectáculo que contemplaba era fruto de la prolongada inactividad de sus ojos, privada su real vista de la luz durante toda una larga noche. "Me engañan mis ojos" –se dijo, frotándoselos enérgicamente–. Pero, para su asombro, comprobó que él era un vulgar porquerizo, su cetro un simple cayado y su reino una pocilga.

domingo, 1 de noviembre de 2009

Para Nico


VIAJE AL CONTINENTE PERDIDO DE MATEMÁNTIDA
Por Carlos Olalla Linares
Dedicatoria: a Nico
CAPÍTULO 1
Por un punto, una tangente

Por un punto dado de una curva, podéis trazar una recta que solemos llamar “la tangente”. Algunos dicen que es la recta más próxima a la curva, en ese punto. Otros, que es la recta que pasa por dos puntos consecutivos de la curva. Y otros aún, que si trazáis todas las secantes que pasan por ese punto y por otro cada vez más próximo a él, al final trazaréis la tangente. Pero una cosa es segura, en cada punto hay una, y sólo una, recta tangente. Es un hecho matemático. Encontrar esa recta, es otra cosa. Hay que saber geometría. Claro que, “se puede dibujar a ojo”, pensaréis; “más o menos, una recta que toca a la curva en ese punto”. Bueno, no os discutiré que se podrá parecer, pero no será “la recta tangente”. No, para encontrar la recta tangente, entre las infinitas rectas que pasan por ese punto, hay que saber geometría. “¡Oh, bueno!”, dicen algunos, “si hacemos el punto lo bastante gordo, se disimula bien; nadie notará la diferencia”. ¡Ah, no!, os prevengo contra esas prácticas, pues son ¡muy peligrosas! No me creéis, ¿verdad? Muy bien, antes de tomar una decisión, dejadme que os cuente la historia de Nico. Porque Nico pensaba lo mismo y, cuando su profesora le pidió que trazase la recta tangente a una circunferencia, tal como le había enseñado en clase, Nico decidió poner en práctica la “teoría del punto gordo”. Sentado cómodamente en su habitación, desplegó su cuaderno de cuadros sobre la mesa y se dijo, “Esto lo acabo yo en un abrir y cerrar de ojos. Hago esta circunferencia … cojo este puntooo… tiro una recta así” – se decía, mientras iba dibujando- “y ahora, para que no se note mucho, relleno bien el punto que lo tapa todo bien.” Y Nico rellenó y rellenó el punto, con tanta tinta, que el punto acabó tragándoselo. No podía creer lo que le sucedía, pero lo cierto es que había hecho el “punto gordo” tan gordo, que ahora se lo estaba engullendo literalmente. A medida que caía, se hacía pequeñito; diminuto, casi insignificante. Miraba a su alrededor, y sobre su cabeza veía alejarse las paredes de su cuarto, mientras penetraba en un oscuro pozo, que desembocó, por fin, en una cámara semiesférica que se abría en el fondo del abismo, como si fuera un embudo invertido. Antes de llegar al suelo, dio sobre una antigua telaraña abandonada que amortiguó el impacto. La luz que penetraba a través de la boca de aquel pozo, arrojaba una mancha de claridad en su centro. El resto, fueron tinieblas hasta que sus ojos se habituaron a la penumbra. Entonces, vio que de aquella cámara salían cuatro túneles, lo que no le tranquilizaba, precisamente. A Nico le entró el pánico, y gritó:
—¡Mamá! ¡Socorro! Me he caído—se desgañitaba. Pero nadie parecía oírle.
Aún siguió llamando inútilmente, sin que nadie acudiese en su ayuda. Cuando por fin comprendió que estaba solo, perdido en aquel lugar tenebroso, se echó a llorar.
—¿Por qué gritas tanto, niño? Este lugar no está tan mal como tú crees—dijo de pronto una voz, que parecía proceder de algún punto del techo.
—¿Quién está ahí?—preguntó Nico, asustado.
—Soy yo—contestó la misteriosa voz—. Estoy aquí arriba.
Nico levantó la cabeza hacia el lugar del que parecía surgir la voz. Sobre una hermosa tela de araña, cuatro pares de ojos le observaban. En otras circunstancias, Nico no hubiese contestado a una araña. Ni siquiera hubiese creído que la araña pudiese hablarle; pero ahora estaba tan desesperado, que estaba dispuesto a mantener una charla con aquel bicho, si eso podía ayudarle a salir de allí.
—Quiero salir de aquí, pero no sé cómo hacerlo—dijo Nico, secándose las lágrimas que aún rodaban por sus mejillas.
—¿por qué quieres irte?—preguntó la araña, algo extrañada por aquella insólita petición.
—Porque este lugar es horrible—contestó Nico.
—No está tan mal –replicó la araña—. Hay tranquilidad, penumbra y, de vez en cuando, entra alguna mosca. Una alimentación sana es la base de la felicidad, y hay buenos alimentos por aquí. Tienes suerte de que los niños se me indigesten.
—Si eres una araña—repuso Nico, que se sentía aliviado después de escuchar aquella confidencia—, puede que este sea un lugar magnífico para vivir. Pero, para un niño, es un lugar terrible. Es demasiado oscuro y lúgubre.
—Eso—dijo la araña, algo ofendida—debiste pensarlo antes de dibujarlo, ¿no crees? Si querías un lugar más alegre, haber pintado un parque, o algo así.
—Tal vez—propuso Nico, para salir de aquel diálogo absurdo—podrías llevarme a la boca del pozo. Te lo agradecería mucho.
—Podría, pero no serviría de nada—dijo la araña, arrojando un jarro de agua fría sobre la esperanzas de Nico—. En primer lugar, eres poco más que una mota de polvo. Ahí fuera, no podrías sobrevivir y, en cualquier caso, al llegar arriba, el pozo volvería a tragarte. Estaríamos en las mismas.
—Entonces—preguntó Nico angustiado—, ¿cómo saldré de aquí?
—A mí no me lo preguntes—dijo la araña encogiéndose de sus ocho hombros—, sólo soy una araña.
A Nico, le pareció que la modestia de la araña era fingida. Ahora que reparaba en la perfección geométrica de la tela sobre la que se agazapaba, se sintió un poco avergonzado de que una simple araña conociese los secretos de la geometría mejor que él.
—Está bien—dijo, pensando en voz alta—, creo que tomaré este túnel—y señaló una de las negras bocas que se abrían ante él—¿Qué te parece?
—Si me lo preguntaran a mí, yo no aconsejaría tomar esa entrada—dijo la araña, como pensando en voz alta.
—Es que sí te lo he preguntado a ti—dijo Nico, francamente molesto.
—Y yo he respondido—repuso la araña, que no parecía percibir la irritación de Nico.
—Y, ¿por qué no debo ir por ahí, si puede saberse?—inquirió Nico, que ya empezaba a perder la paciencia.
—Pues porque volverías a salir por esa otra entrada, después de dar una vuelta completa—respondió la araña.
—Entonces—tanteó Nico, señalando un tercer túnel—, me saldré por la tangente.
—No tendría nada que objetar—dijo la araña—; si me lo preguntaran a mí, claro está.
“Puesto que no tengo otra alternativa”, se dijo para darse ánimos, “me armaré de valor y entraré en esa oscura boca”. Así lo hizo y, despidiéndose de la araña, preguntó—¿Cómo se llama este lugar?—, a lo que la araña contestó—Estás en la entrada al continente perdido de Matemántida.
—Y, ¿cómo podré regresar a casa?—añadió Nico.
—No sé—dijo la araña con desdén—, pregunta por ahí.
—¿Es que, hay alguien a quien preguntar?—dijo Nico, tirando de la lengua a la araña, si es que puede decirse así.
—No te diré que no—respondió la araña—, porque es que sí.
“Bueno es saberlo”, se dijo, y comenzó a caminar reuniendo todo el valor que le fue posible. Tal como había temido, a cada paso se adentraba más y más en la oscuridad, hasta que esta se convirtió en una negrura aterradora. Pero no le quedaba otro remedio y, si las cosas se ponían feas, siempre podría volver al punto de partida. ¡Ya le cantaría las cuarenta a la araña! Pero Nico no era cobarde, y no se dejaría avasallar ahora, por lo que avanzó con paso firme. Por fin, su decisión tuvo recompensa y no tardó en ver la luz al final del túnel, lo que le animó a apretar el paso. ¡Estaba deseando volver a respirar aire fresco!
—¡Huuum! ¡Qué gusto ver de nuevo la luz y llenar de aire los pulmones!—no pudo evitar exclamar cuando, al alcanzar la salida, una suave brisa le acarició la nuca bajo un tibio sol resplandeciente.
Resultaba reconfortante sentir el aire fresco de nuevo, susurrando en sus oídos; aunque aquella leve corriente, que apenas era perceptible al principio, se iba convirtiendo ya, primero en un viento fastidioso, y después en un vendaval ensordecedor. ¿Qué podía producir semejante bramido? Nico se dio media vuelta con una mezcla de temor y curiosidad, pero no estaba de ningún modo preparado para lo que vieron sus ojos. Una gigantesca mariposa se cernía sobre él, batiendo sus alas con rítmica exactitud. Nico trató de apartarse de su trayectoria, pero las espirales que adornaban sus alas ejercían tal poder hipnótico sobre él, que era incapaz de moverse. Se sentía fascinado y aturdido, a la vez. Las alas estaban a punto de barrerle, cuando un tipo larguirucho, tocado con una gorra y empuñando una escoba, se acercó a él. Lanzando escobazos e imprecaciones a partes iguales contra su descomunal enemigo, consiguió espantar al gigantesco lepidóptero, que cambió su rumbo para alejarse.



  Probablemente, Nico vio algo parecido a esto.
 —¡Vaya!—exclamó el extraño, mientras contemplaba el revoloteo el insecto que acababa de poner en 
fuga—, ahora habrá un huracán en alguna parte—luego, mirando a Nico, que seguía inmóvil tratando de asimilar lo ocurrido, preguntó con voz un poco chillona—¿Pero qué pretendías, muchacho? ¿Por qué te has quedado ahí parado?
—¿Qué,…, qué era eso?—preguntó, no sabía si más asombrado por la descomunal mariposa que desaparecía ya en la distancia, o por la súbita aparición de su salvador.
—Un atractor de Lorentz, naturalmente—respondió el desconocido, lo que a Nico le aclaraba muy poco las cosas—, se habrá escapado de algún laboratorio. Pero, no has respondido a mi pregunta—insistió—. Además, ¿quién eres? Acabo de pasar la escoba por aquí y hace un momento no estabas ahí—el desconocido le miraba con sus ojillos, medio ocultos tras unas enormes cejas pelirrojas, mientras se atusaba un mostacho a juego.
Nico tardó un poco en reaccionar, pero luego se limitó a decir:
—Soy un niño. Me llamo Nico. Me he perdido—añadió aún.
—Hola Nico—saludó el desconocido—Yo me llamo Sir Chester Carlton Longbottom III, pero todos me llaman Sir Chester. Me encargo de mantener esto limpio—aclaró, mostrando su escoba para subrayar su afirmación.
—Encantado, Sir Chester—respondió Nico, haciendo gala de sus buenas maneras—. No quisiera parecer descortés, pero me gustaría regresar a casa, antes de que se haga tarde. ¿Podría ayudarme?
—Hum—aquella mueca no resultaba alentadora—. Como ya te he dicho, yo sólo soy el encargado de mantenimiento, pero tal vez podría darte algunos consejos. Presentarte gente…
En esto se encontraban, cuando Nico reparó en unos cánticos que llegaban cada vez más audibles. Un coro de joviales voces masculinas cantaba algo en la distancia que no acertaba a entender aún, aunque se acercaban cada vez más.


Capítulo 2



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Viaje al continente perdido de Matemántida by Carlos Olalla Linares is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 3.0 España License.