sábado, 31 de octubre de 2009

Artículo rechazado por un periódico, V


QUINTA PARTE


A la luz de los nuevos hallazgos, me aventuré a formular una teoría de lo ocurrido a Francisco Muñoz, pues el hecho de que portase consigo una fotografía dedicada por "Tu Adela", me parecía suficientemente elocuente por sí solo. Aquel suceso terrible que había derrotado el poderoso intelecto del brillante científico no era, como algunos pretendían absurdamente, el mucho estudiar en los abstrusos libros de ciencia. No, este humilde articulista se atrevía a asegurar que la verdadera razón por la que Francisco Muñoz Torroja se había sumido en la desesperación y la locura no era otra, que haber perdido para siempre, tal vez por su propia causa, a su amada Adela. ¡Qué terribles palabras para una joven enamorada, las que el frío y cruel científico le dirigió a través de la puerta cerrada, aquella fatídica tarde! Él mismo había expulsado de su vida el bien más preciado y ahora la culpa ahogaba la razón, otrora tan luminosa. Esta teoría, tan sólida, tan plausible y romántica, tan encantadora, en definitiva, no tardó, sin embargo, en desmoronarse lamentablemente, como el lector tendrá ocasión de comprobar si me concede el beneplácito de su atención, durante unos párrafos más, pues el fatal destino de su protagonista no está lejos de cumplirse. Era una fantasía, deliciosa, pero malvadamente falsa. ¿Cómo averigüé la verdad, me preguntáis? Os lo explicaré. Aquel emocionante descubrimiento y la teoría a que dio lugar me espoleaban a salir de nuevo en pos de mi objetivo. En aquel momento, pude entrever la emoción del científico que, creyendo descubrir alguna ley de la naturaleza hasta entonces desconocida, se apresura a someter a prueba su nueva teoría. Me puse pues en camino, siguiendo la estela de las noticias que el monstruo iba dejando a su paso.



PALABRAS DEL ALBACEA DE DON BARTOLOMÉ PULIDO

La muerte repentina del autor, don Bartolomé Pulido, deja inconcluso el artículo que, hasta aquí, pormenorizaba las averiguaciones que sobre el misterioso caso, ya conocido por el lector, había desarrollado hasta su completa y satisfactoria resolución, según él mismo anunciaba por carta a su editor habitual, quien había prometido publicar el artículo íntegro. Las mismas circunstancias de su trágica muerte que, por expreso deseo de la familia del autor, no me está permitido desvelar aquí, impiden que el relato pueda completarse basándose en las notas que el difunto escritor y periodista había tomado; pues estas se destruyeron por la misma causa que acabó con la vida de su autor. En estas condiciones, ningún periódico ha accedido a publicar el artículo, que queda, por tanto, no sólo inacabado, sino también inédito.

Para seguir leyendo: ACLARACIONES DE DON GUZMÁN PULIDO, HIJO DEL AUTOR 



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miércoles, 28 de octubre de 2009

Artículo rechazado por un periódico, IV


CUARTA PARTE


El día de Año Nuevo de 1921 me encontró muy lejos de mi ciudad natal. Acogiéndome a la sugerencia que el risueño buhonero predicaba a su incrédula parroquia, busqué por doquier las noticias que se referían a los misteriosos ataques de una bestia que caminaba erguida, y cuyas correrías tenían atemorizadas a las gentes de medio país. Al amparo de los frondosos bosques, merodeando en los olivares o aupado a lo más alto de las abruptas y escarpadas montañas, la extraña criatura había dejado su impronta en la memoria de los hombres, en cuyo recuerdo resonaban aún los ecos de los espeluznantes aullidos de una bestia, de una abominación surgida de las entrañas del infierno para aterrorizarnos, como afirmaban los vehementes autores de cierta publicación. Pero todo son rumores y habladurías, consejas de vieja, imprecaciones de los sermoneadores que instan al arrepentimiento y quejas de los ganaderos perjudicados por una repentina oleada de ataques que cesa tan misteriosamente como empezó. La mayoría de los testigos con los que logro contactar en el curso de mis profusas indagaciones, sólo han visto pasar una furtiva sombra entre los árboles, acaso una silueta esquiva iluminada por la luna, que corre con una agilidad de gamo. Mis primeros pasos son inciertos. Sólo los disciplinados agentes velocipedistas han tenido un verdadero encuentro con la criatura, pero, aunque logré localizarlos, habían recibido órdenes de no hablar sobre el asunto y no fue posible sacar nada de ellos. Me presento como periodista y apelo al interés del público, pero de ninguna de las maneras acceden a facilitarme detalles del brutal ataque. Es un serio inconveniente, pero me he propuesto llegar al fondo de este asunto, y no cejaré en mi empeño. Trato de conocer a mi adversario. He aquí el misterio que me mueve: ¿qué terrible suceso arrastró a una mente metódica y minuciosa, a un cerebro brillante como el del eminente profesor Francisco Muñoz Torroja –pues así lo creo–, hasta el infierno de la locura para arrojarlo al abismo de lo irracional? Estoy convencido de que hay algo en ello. Lo he visto en mis años de corresponsal de guerra; hombres, ayer civilizados, revolviéndose unos contra otros peor que animales hasta despedazarse. Quiero entender. Pongo mis esperanzas en un joven que ha visto al inverosímil morador de los bosques algo más de cerca y me echo, una vez más, al camino.

Amaneció un sol radiante que arrancaba destellos cristalinos a las perlas de rocío que el frío de la noche anterior había esparcido por el suelo, y que se diseminaban por entre la hierba, hasta donde alcanzaba la vista, como un fabuloso tesoro aún intacto. El paisaje respiraba quietud; la montaña toda parecía hibernar a la espera. Distantes, en el aire limpio de la mañana, los lomos de armiño de los montes dibujaban la nítida línea del horizonte y los picos más altos asomaban sus cumbres altivas coronadas de blanco. Joaquín no quiere que se mencione su verdadero nombre, ni el lugar donde tendrá lugar la entrevista. Cuando me encuentro con él, se defiende antes de recibir el ataque, en forma de burla hiriente, que no duda que vendrá, "Yo sé lo que vi". Lo tranquilizo y le explico que yo sí le creo, y que por eso estoy allí. Su relato, narrado con las rudas palabras del campesino, me fascina. "¿Una criatura bípeda?", le pregunto; Joaquín me mira con desconfianza y vigila de soslayo, como si temiera que todo fuese una broma pesada urdida por los del casino, que espera ver a salir en cualquier momento de su escondite para reírse a su costa. Reticente, asiente, pues en realidad está ansioso de sentir la complicidad de otro ser humano, aunque sea forastero, y de quitarse de encima, en cierto modo, el peso de ser el único que sabe la verdad. Su descripción coincide, punto por punto, con los rasgos que he escuchado enumerar tantas veces antes -estoy deseando encontrarme frente a frente con él y ya no me detendré hasta lograrlo–, pero, para mi sorpresa, añade algo que es para mí completamente nuevo. La bestia, animalesca en todo lo demás, tiene una mirada que hiela la sangre, porque hay en ella no sé qué de humano –esto no me sorprende– y porta consigo un pequeño hatillo. "¿Un hatillo? Hum, qué interesante", reflexiono en voz alta, sin percatarme. ¿Es que acaso es una persona? Joaquín no se atreve a formular la conclusión con palabras, pero en su perplejo cerebro esta idea acecha en las perezosas brumas que envuelven sus cavilaciones. Cuando se encontró con él, el monstruoso ser salía de una antigua majada ya abandonada, cruzó una mirada con él y luego huyó con una destreza que nunca antes había contemplado. ¿Llevarme hasta allí?, ¡ni hablar! Lo más que puedo lograr de él es que me acompañe hasta un punto en que la construcción, en parte derruida, esté a la vista desde el camino; luego, debo arreglármelas yo solo. Me contento con eso.


Nuestro amigo cumplió su palabra y me acompañó hasta un lugar en que, efectivamente, algo apartada del sendero, podía distinguirse una vieja majada de las que usan habitualmente los pastores. El corazón me palpitaba de emoción; era como revivir mis paseos hasta el viejo y querido caserón, que con tanta veneración había visitado antes. Penetré en su interior con la misma solemnidad que si se tratara de un santuario, esperando ver, en cualquier momento, la figura de la desdichada Adela implorando a los pies del científico inmisericorde, con el rostro lleno de lágrimas; el pulso me palpitaba violentamente en las sienes aturdiéndome. Durante unos instantes, mis ojos tuvieron que adaptarse a la penumbra –pues la habitación en la que me encontraba conservaba aún la techumbre–, antes de percibir los detalles de su construcción y estructura, que era muy rudimentarias. Cuando recobré totalmente la facultad de mis ojos, pude observar los signos visibles de actividad relativamente reciente, y reconocí los mismos restos de animales devorados que vi aquella primera vez. Es él, no hay duda –me dije–. En el centro de la sala adyacente, cuyo techo se había derrumbado ya, había restos de una hoguera. Este nuevo detalle me confirmó que Francisco no había perdido totalmente los rudimentos humanos más básicos. Me pregunto si cocinaría los animales antes de devorarlos. Seguí inspeccionando el resto del edificio, pero no hallé nada más de interés y fue al regresar a la habitación cuya techumbre se había derrumbado, cuando reparé en algo que el sol iluminaba junto a las brasas apagadas. Me acerqué y comprendí, con indecible emoción, que se trataba de una fotografía muy deteriorada y ajada por el tiempo y la intemperie. La recogí del suelo con la misma devoción con que un devoto tomaría entre sus manos la reliquia de un santo venerable. Se trataba del retrato de una mujer, en cuyo rostro se adivina una lánguida tristeza. Era evidente, por el desgaste de las esquinas, que aquella fotografía estaba muy sobada. Sentí que el corazón me iba a estallar. Inspeccioné el dorso, ignoro por qué, y pude leer una breve dedicatoria firmada por "Tu Adela". Ahora sé que el monstruo al que persigo es, sin la menor duda, Francisco Muñoz Torroja. ¿Cuántas veces habrá llorado al contemplar el rostro de su amada? Comprendo el dolor de este hombre atormentado y me siento profundamente conmovido. Si pudiera hablar con él.




jueves, 22 de octubre de 2009

Artículo rechazado por un periódico, III

TERCERA PARTE


Corría ya el año 1920, y hacía meses que no visitaba el viejo caserón en ruinas ni había vuelto a pensar en el extraño caso de Francisco Muñoz; ni en la pobre Adela que, en mi imaginación, era siempre una delicada muchacha oculta tras un velo gris de melancolía, y cuyo rostro yo suponía de una blancura y una belleza deslumbrantes. Esta imagen folletinesca de la joven desconocida había anidado de tal modo en mi mente, que muchas veces se me aparecía así en sueños, suplicándome entre sollozos que no abandonara mi búsqueda, y esta sola apelación bastaba para impedir que el asunto se borrara completamente de mi cerebro. Era como si sobre Francisco y Adela hubiese caído una tupida borrina, pero cuyas figuras resucitarían al clarear el día, cuando los primeros rayos del sol obligasen a la niebla que los ocultaba a mi vista, a retirarse.

Como todos los primeros de noviembre, desde que ELLA murió, también aquel gélido día de difuntos visité a mi Leonor. ¿Cuánto permanecí de pie, inmóvil ante su tumba recordando los días dichosos que Dios nos concedió vivir juntos? No sabría decirlo. Creo que sería mediodía cuando, aturdido y apesadumbrado, como un sonámbulo, traspasé para abandonarlo el umbral del ajado camposanto. Ya la negra verja a mi espalda, rechacé los servicios del cochero; me subí la solapa del abrigo y caminé bajo la nieve que comenzaba a caer en ese mismo instante, por el camino que conducía de regreso a la ciudad y cuyas chimeneas humeaban silenciosas en la distancia. Un silencio incólume lo acallaba todo. Ni un alma, ni un sonido, salvo el crujido de la nieve, cuyo fino manto comenzaba a espesarse, perturbaban el tropel de pensamientos que discurrían inarticulados en el interior de mi cabeza. ¿Qué cuervo plutónico había venido a visitarme? ¿Qué fatal asociación de ideas me guiaba? Al cabo de un rato comprendí que, sin percatarme de ello, enfilaba de nuevo mis pasos hacia el viejo caserío, como un punto cardinal al que apuntaba alguna misteriosa aguja magnética en mi interior. Había tenido que dar un considerable rodeo para dirigirme en esa dirección. Saqué mi reloj del chaleco: ¡llevaba ya dos horas caminando! Una punzada de hambre me recordó que no había ingerido nada desde que me había levantado –de eso hacía ya muchas horas–, y un viento, frío y lacerante, me cortaba el rostro. Recordé entonces que, no muy lejos, quedaba una posada que los arrieros y viajantes solían frecuentar, antes de entrar en la inhóspita ciudad. Decidí refugiarme allí, donde podría comer algo caliente que me ayudara a aclarar mis ideas. Cuando tuviese el estómago bien lleno, estaría en mejores condiciones para decidir si reconduciría mis pasos hacia casa, o me detendría, una vez más, para visitar las viejas ruinas que me eran tan conocidas.

La posada no era sino otro viejo caserón manchego, mal encalado, más bien poco seductor y destartalado; sobre su fachada crecía un viejo lilo de gloriosas dimensiones, cuyas ramas más tiernas se vencían ya bajo el peso de la nieve que caía en gruesos copos. Entré en el comedor, y una densa bocanada de aire caliente y húmedo me inundó los pulmones. Colgué mi abrigo en la percha. La concurrencia apenas reparó en mí, y un vago rumor de saludos pronunciados a medias me dio una pobre bienvenida al establecimiento. La patrona, algo más efusiva, me preguntó si deseaba comer. Respondí que sí y ocupé una de las mesas, algo toscas y no muy bien tratadas por mis predecesores, que aún quedaban libres. Enseguida, una gruesa capa de serrín se adhirió a las suelas de mis zapatos mojados, amortiguando el ruido de mis pasos sobre el piso de madera.


En un rincón, observo a una anciana de los pies a la cabeza vestida de negro, que hace ganchillo en su silla de enea, sin inmutarse ni levantar nunca la vista de su tarea. La tenue luz que las negras nubes dejan pasar, se filtra con dificultad por unas ventanas que hace ya algún tiempo que no conocen la limpieza. El menú se compone de una frasquilla de vino, una frugal ración de pan y una sopa de ajo –acompañada por un huevo escalfado–, que me reconfortan el cuerpo. Mis compañeros de salón, seguramente viejos camaradas de los caminos, se conocen bien y, como han terminado antes que yo, comienza entre ellos una animada charla mientras yo me entrego a mis reconfortantes sopas de ajo. Mis ruidosos amigos hablan tan alto, que me es imposible no enterarme de su conversación. En el centro del corrillo, hay un buhonero que se dirige a la capital para abastecerse; es un hombre diminuto y de ojos risueños, que entorna graciosamente al hablar, y que relata con singular gracejo a una entregada audiencia las historias que ha oído en la carretera. No presto atención a sus palabras, hasta que se habla de una cadena de misteriosos ataques a animales en los montes aledaños a Toledo, primero, y que se han ido desplazando hacia el sur, después. El buhonero viene de allí -ahora se dirige hacia el norte del país–, y en todas partes ha oído hablar de la misteriosa criatura que muchos dicen haber visto correr sobre sus dos patas traseras. Estas palabras me ponen en guardia; mis nervios se tensan y siento que los rayos de sol que tanto ansiaba, levantan por fin la bruma que envolvía a Francisco Muñoz y a Adela. Esta vez, las cosas han estado a punto de terminar en tragedia. El buhonero explica a la incrédula concurrencia, que el monstruo ha atacado a una pareja de guardias civiles velocipedistas en un sendero de cierto monte en Extremadura, hiriendo a uno de ellos y dejando medio muerto al otro. Ambos agentes, afortunadamente recuperados, coinciden en describir a una criatura bípeda y de aterrador aspecto, un ser animalesco, pero, a la vez, poseedora de cierta cualidad humana que lo hace más aterrador. Esta descripción, hecha en términos menos elocuentes, quizá, es recibida con un unánime "Amos anda ya" de los otros viajeros. El buhonero se defiende y emplaza a todos a comprobarlo buscando la noticia en los periódicos locales. Cuando termino mi plato, pago la cuenta y abandono el local, dejando a mis compañeros de menú que sigan discutiendo, pues yo no necesito que me conviertan a una fe de la que soy un veterano y entregado devoto.

Para seguir leyendo: Cuarta Parte 


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miércoles, 21 de octubre de 2009

Quién manda

Al leer ciertos textos que circulan por ahí, y el uso caprichoso y arbitrario que de las palabras hacen algunos, me ha venido inevitablemente a la memoria este párrafo que Lewis Carroll escribió en Alicia a través del espejo:


****


—Pero "gloria" no significa "un argumento que deja bien aplastado"—objetó Alicia.
—Cuando yo uso una palabra—dijo Humpty Dumpty con un tono más bien desdeñoso—esa palabra significa lo que yo quiero que signifique..., ni más ni menos.
—La cuestión—insistió Alicia—es si se puede hacer que las palabras signifiquen tantas cosas diferentes.
—La cuestión—zanjó Humpty Dumpty—es saber quién manda, eso es todo.



martes, 20 de octubre de 2009

Artículo rechazado por un periódico, II


SEGUNDA PARTE


Los rumores que informaban sobre extraños robos de ganado, cuyos cuerpos aparecían después devorados, o simplemente no aparecían en absoluto, presumiblemente perpetrados por una criatura bípeda cuyas capacidades físicas excedían las del hombre más vigoroso, llegaron hasta mí para intrigarme inmediatamente. Los misterios, de cualquier naturaleza, me atraen irresistiblemente, y este prometía enredarme en una intensa investigación, que no estaba dispuesto a abandonar hasta haber desentrañado completamente el asunto en cuestión. Tomé lo más imprescindible y me dirigí sin pérdida de tiempo al lugar de los hechos, sólo para comprobar que los ataques habían cesado. Permanecí unos días por la zona, interrogando a los aterrorizados lugareños, que atribuían a la maléfica aparición ciertos prodigios que se habían verificado recientemente en la comarca. El domingo previo a mi llegada, una oveja parió un cordero con dos cabezas, varios testigos dieron fe de haber presenciado una bola de fuego caer del cielo en plena noche, y casi todos habían escuchado alguna vez los aullidos y rugidos de la bestia durante sus correrías, signos todos de la presencia del diablo. Yo mismo pude contemplar los despojos que la misteriosa criatura había abandonado en el campo, pero poco más se podía sacar de todo ello, si no se producían nuevos ataques. Como mi trabajo no avanzaba y, de todos modos, no disponía de material suficiente para escribir un artículo, abandoné con notable enojo mis investigaciones y regresé a la capital, por la carretera de Alcalá. Entraba ya por un barrio de la ciudad, algo apartado y poblado por pequeños caserones desperdigados aquí y allá, cuando vi las ruinas de un reciente incendio que había devorado por completo la construcción en la que se había cebado. Detuve el vehículo que me transportaba y descendí para satisfacer mi vana curiosidad. Al indagar un poco más, tuve la certeza de que el misterioso morador de aquella ruina podía muy bien ser el autor de las extravagantes matanzas cometidas en los alrededores, pues entre los restos humeantes aparecieron numerosos esqueletos calcinados de animales –ovejas, cabras, vacas...–, y decidí investigar el asunto más a fondo. Cuanto más averiguaba sobre aquel hombre, más convencido estaba de su relación con los hechos que habían motivado mi interés por el caso al que ya me he referido, sin que supiese aún daros una explicación de mi certeza. Sin duda, se trataba de un científico brillante que había perdido el juicio en el transcurso de sus estudios y ahora, si es que no había perecido en el incendio –lo que no era probable, puesto que su cuerpo no había aparecido entre los escombros del edificio–, erraría tal vez ignorante de quién era. Podía ser cualquiera de los vagabundos que me cruzaba a diario, muchos de los cuales son pobres espíritus perdidos que no reciben la atención que necesitarían; pero eso, no podía saberlo. No había retratos de ninguna clase y nadie había vuelto a verlo desde hacía meses. El tiempo pasaba y, aparte de lo que ya he descrito, nada más pude descubrir que me sirviera para dar con su paradero o hallar una prueba concluyente que vinculara al estrambótico personaje con los atroces hechos que tanto me habían intrigado. Entretanto, el periódico que solía publicar mis artículos había perdido a su corresponsal de guerra y, como mi investigación se hallaba estancada, sin visos de una inminente revelación que la impulsara, y dado que yo necesitaba dinero con urgencia (pues mis pesquisas suponían costes, pero ningún ingreso), acepté el puesto de corresponsal para cubrir las noticias de la Gran Guerra que se estaba desarrollando en Europa. Abandoné, pues, la investigación sin llegar a un resultado cierto, aunque con la convicción de que había dado con el autor de todo aquel misterio, y consagré todos mis esfuerzos al trabajo que se me había encomendado. ¡Ay!, cuan pronto mi ánimo ensombrecido descubrió que aquellos eran los verdaderos mosntruos. En aquellos negros campos desolados, sí campaban por sus respetos el diablo y la muerte; yo mismo presencié cómo los cuerpos atrozmente despedazados por la metralla eran devorados por las ratas, únicas beneficiadas de la locura desatada por el hombre que se llama "civilizado". Pero no deseo traer pesar a vuestros espíritus recordando ahora aquellos días tenebrosos.

Acabada la guerra y terminado mi trabajo en el frente, regresé a mi ciudad natal. No había olvidado el caso cuyo misterio había punzado mi curiosidad y que de tan mala gana había renunciado a resolver, ante la total ausencia de pistas. De cuando en cuando, por pura nostalgia, me acercaba dando un paseo hasta las ruinas, ahora cubiertas por la maleza, donde, estaba seguro de ello, se había desarrollado el drama y la locura de Francisco
Muñoz Torroja. A veces, me imaginaba ver la triste figura de Adela, suplicando en la puerta de la casa, empapada por la lluvia de aquella fría tarde, en que huyó para no volver jamás. Otras veces, se me antojaba ver las furtivas escapadas nocturnas de su extraño morador y regresar luego con las manos ensangrentadas y manchadas con los restos aún humeantes de sus víctimas. Para explicar aquel insólito comportamiento, se me ocurrían las más disparatadas teorías y, si unas veces me parecía que tamañas atrocidades eran fruto de un vulgar deseo de venganza, otras se me antojaba que todo ello constituía una suerte de sacrificio ritual fruto de un funesto desvarío. Ardía en deseos de desentrañar el misterio que encerraba aquella mente brillante y enferma, hasta el punto de que, en más de una ocasión, seguí a los mendigos que me encontraba por la calle, con la ridícula esperanza de que alguno de ellos fuera el hombre que andaba buscando; muchas fueron las ocasiones en que se me ocurrió pensar que alguno de los ocasionales paseantes que acertaban a pasar frente al viejo caserón derruido, fuera el mismísimo Francisco, que regresaba a su antiguo hogar, como una aparición. Pero todo eran vanas ilusiones y había que resignarse. No había nada que hacer y la vida debe continuar su curso inexorable.

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Artículo rechazado por un periódico, I


PRIMERA PARTE

«¡No, no me miréis! ¡Apartad la vista de mí!» Aquellas fueron sus últimas palabras, antes de arrojarse por la sima, pronunciadas con voz tan espeluznante, que apenas pude moverme para impedírselo. De todos modos, no creo que hubiese podido detenerlo; yo un hombre de cualidades físicas mediocres, frente a un portento de fuerza y agilidad, tenía muy escasas posibilidades de éxito. Claro que fueron habilidades logradas artificialmente, lo sé; si Francisco Muñoz Torroja, científico brillante, llegó a ser la criatura atroz que murió en aquella sima, fue por medio de su propia ciencia. Naturalmente, yo no lo conocí antes de experimentar la transformación que lo convirtió en ese engendro, a medio camino entre lo humano y lo animal, pero quienes sí lo conocieron dicen de él que fue hombre pulcro, meticuloso, perfeccionista y poco indulgente con los defectos y errores, tanto propios, como ajenos. De sus años en la universidad, los testimonios coinciden en afirmar que fue un personaje problemático, enfrentado con todos, especialmente con los que más tarde serían sus compañeros profesores, a los que tildaba de indolentes—en el mejor de los casos—, poco imaginativos y, en la mayoría de las ocasiones, incompetentes con nula voluntad de remediarlo. Por su parte, los aludidos hacían piña frente a tales injurias y ridiculizaban su trabajo, al que calificaban de visionario y poco riguroso, y, en lo personal, sometían a su arrogante compañero a un ostracismo social que en poco o nada parecía perturbarlo. De haber tenido ese capricho, lo hubieseis podido encontrar las más de las veces —cuando no estaba impartiendo las magras horas de clase que tenía asignadas, pues se trataba por todos los medios de impedir que su nefasta influencia malograra a las nuevas generaciones que habían de nutrir las cátedras y departamentos de la futura universidad—, en la biblioteca, enfrascado en el intenso estudio de alguno de los volúmenes que nadie, salvo él, solicitaba, y que habían dormido en sus anaqueles desde el mismo instante en que fueron adquiridos por la facultad. ¿Sus intereses?, podéis deducirlos vosotros mismos de sus lecturas: se sabe que consultó numerosos vólumenes concernientes a la teoría de la genética —de la que este modesto articulista se declara un completo ignorante— y muchos testimonios confirman su devoción por una célebre novela de Stevenson, El extraño caso del doctor Jekyll y Mr. Hyde. Son muchos los que abrigan la manida teoría de que, como otrora le sucedió a don Quijote, fue en el transcurso de aquellas interminables horas pasadas husmeando entre las páginas de los libros, cuando su mente se trastornó definitivamente; pero ese trastorno, en opinón del autor, era demasiado consistente con su carácter que, como ha quedado dicho, estaba enfermizamente obsesionado con la perfección.

Merced a una cuantiosa herencia familiar, abandonó su puesto como profesor interino, pues ya no precisaba de salario alguno para su sustento, y decidió dedicarse por su cuenta a la investigación; si bien, siguió
frecuentando las bibliotecas de la universidad, a las que acudía con regularidad en busca de la formación y los conocimientos que sus actividades, ahora privadas, demandaban. No tardó en adquirir un viejo caserón a las afueras de la capital, en cuyo sótano instaló un pequeño, pero bien dotado, laboratorio. Cuáles fueron sus actividades allí, apenas podemos vislumbrarlas, pues, en un terrible arrebato de cólera, Francisco prendió fuego al laboratorio, y todo lo que había en él se destruyó en el pavoroso incendio. Resultado de la devastación, son las ruinas negruzcas que hoy ocupan el solar abandonado donde se ubicaba el singular edificio en que pasó sus últimos días como ser humano. Sí, habéis leído bien: como "ser humano".

De su vida íntima, este articulista apenas si sabe nada, salvo que estuvo prometido con una joven de reputada belleza, y de la que no ha sido posible averiguar casi nada, pues nuestro joven y precoz protagonista —ha muerto con apenas 30 años recién cumplidos—, siempre fue escrupulosamente reservado en lo tocante a sus asuntos privados. Según las pocas personas que lo conocieron (de las que se fue distanciando paulatinamente), la joven en cuestión era natural de
Castellón, procedía de una familia de buena posición social, se llamaba Adela y regresó a su ciudad natal desesperada y con el corazón destrozado. Las versiones son incompletas, pero todos coinciden en asegurar que Francisco se volvió huraño, que se encerraba durante horas en su laboratorio sin responder a las desesperadas llamadas de su prometida. Cuántas veces la vieron los escasos habitantes del lugar implorando en la puerta, reclamando la compañía que su amado le concedía tan escasamente, sin obtener la menor respuesta. De nada servían las súplicas ni los denodados esfuerzos de la joven por saber cuál había sido su pecado, para merecer tan implacable castigo. Una tarde fría y lluviosa de noviembre, por fin obtuvo una respuesta. Una voz apenas reconocible, casi un gruñido que heló la sangre de la muchacha, le ordenó que se marchara para siempre y que olvidara las promesas que le había hecho en el pasado. Debía abandonar toda esperanza, volver a su casa sin mirar atrás y rehacer su vida junto a otro que la amara como merecía. La joven cayó al suelo y, con el rostro apoyado en la puerta, lloró amargamente; pero aquella desolada muestra de dolor no ablandó el frío corazón de nuestro extraño personaje. Una vecina que acertaba a pasar por allí en aquel momento, habituada ya a presenciar la misma lastimosa escena que tantas veces se repitió, la invitó a entrar en su casa y le ofreció un café caliente; pero Adela, con las ropas empapadas y el rostro hundido entre las manos, huyó y ya no volvió a vérsela más. Esto es todo lo que puedo ofreceros.

Durante los dos meses que duraron aquellos tristes episodios, y hasta finales del año 1915, los desgarradores gritos que surgían del sótano del viejo caserón
atemorizaban a los residentes de la zona. Las ventanas de la casa estaban perpetuamente cubiertas con espesos cortinajes y rara era la ocasión en que se vislumbraba luz en su interior, como si celaran un oscuro secreto; sólo las ventanas del sótano estaban perpetuamente iluminadas por el débil resplandor de una lámpara sobre la mesa de trabajo. ¿De qué se alimentaba su ocupante? Nadie lo sabe, pero hay razones para sospechar que Francisco Muñoz era el responsable de los misteriosos asaltos a las granjas aledañas a la ciudad, en las que se produjeron varios ataques a animales durante aquellos mismos días. Al principio, 
los brutales ataques contra el ganado se atribuyeron a una manada de lobos o, quizá, a perros salvajes; pero desconcertaba a sus perseguidores la astucia del atacante, que eludía todas las trampas y las medidas que los dueños de los establecimientos tomaban para protegerse. Ninguna precaución parecía servir para detener al peligroso animal, que razonaba como si de una persona conocedora de todos los trucos se tratase. Fueron meses de miedo e incertidumbre: nadie se atrevía a aventurarse después de oscurecer por los solitarios campos de los alrededores, que resplandecían bajo la fría luz de la luna reflejada en la escarcha que la noche depositaba sobre ellos. Algunos, creyeron ver entre las plateadas siluetas de los árboles helados, una sombra fugaz que caminaba sobre dos patas, pero corría con una agilidad que excedía toda capacidad humana. Si no se trataba del diablo, las gentes del lugar no tenían otra explicación para calificar al autor de los atroces hechos que estaban sucediendo en la comarca. El más osado de todos ellos aseguró haber abierto fuego contra el misterioso merodeador, que emitió un agudo aullido que le puso los pelos de punta. Estaba seguro de haberle alcanzado, pero la criatura, humana o no, había logrado escapar, aunque probablemente herida por su disparo. Sin embargo, los ataques cesaron y el orgulloso ganadero se hizo merecedor de todos los créditos para recibir el título de ahuyentador de la bestia, por parte de sus agradecidos convecinos.

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domingo, 11 de octubre de 2009

McGuffin y la astronomía china. CAPÍTULO 38


Pero, ¿quién mató a Calogero?


Un hombre no puede ser su propio médico, pues no logrará deshacerse de los prejuicios, ni podrá, por ello, evaluar su enfermedad objetivamente. Tal vez por eso, dicen los abogados que quien se defiende a sí mismo ante el tribunal, tiene a un tonto por cliente.
Durante todo el regreso a Florencia, no dejé de preguntarme qué era aquel extraño objeto que encontrara antes de abandonar aquella cueva de las maravillas, en Lascaux; o debiera decir Montignac. Parecía un tubo, hecho de asta de ciervo, en el que se habían practicado agujeros y algunas marcas, cuyo significado yo no podía entender. Aunque encerraba un completo misterio, o tal vez, por eso mismo, lo conservé en mi poder igualmente. Ahora, sin embargo, esperaba desentrañar otro misterio, que había permanecido sin resolver en mi mente durante todo aquel tiempo. Si Claudio y -¡gracias a Dios!- Mina, no habían tenido la menor relación con la muerte de Claogero Della Sala, entonces, ¿quién lo había asesinado aquella fatídica tarde? Ardía en deseos de saber la verdad, por eso corrí a visitar a micer Soderini. Estaba seguro de que ahora no pondría reparo alguno en explicarme lo que había sucedido.
Para explicar el asesinato de Calogero, había barajado varias teorías; cuantos menos datos poseemos acerca de unos hechos –o, de un fenómeno natural-, más teorías cuadrarán con ellos. Sólo al conocer nueva información, y contrastarla con nuestras hipótesis, es cuando podemos descartar unas teorías en favor de otras. En el caso que nos ocupa, me parecía que lo más verosímil era imaginar que los socios de Calogero, que también lo fueron de Sofía, no estaban muy conformes con sus manejos. Hartos de ver cómo Calogero iba escalando posiciones en la compañía, y considerando los escasos escrúpulos demostrados hasta ahora, no me extrañaba que fuesen capaces de recurrir al asesinato para deshacerse de un molesto competidor,

—¡Querido Marco!—exclamó mi buen amigo, al encontrarnos de nuevo. Nos dimos un efusivo abrazo—He oído que habíais regresado a la ciudad.
—No hace ni dos días—respondí.

Soderini estaba ansioso por escuchar relatos de las lejanas tierras que habíamos visitado, y las aventuras que, sin duda, habríamos vivido en ellas. Yo, satisfice su curiosidad gustoso, pero no tenía intención de separarme de él, hasta haber satisfecho la mía. Por fin, pude colar la pregunta que tanto había esperado formular.

—Antes de partir, estabais investigando la muerte violenta de Calogero Della Sala—comencé a decir—. Supongo que ya habréis resuelto el crimen.
—Y juzgado a los culpables—confirmó él.
—Supongo, que el asesinato fue cosa de los socios de Calogero. Imagino que no estaban muy contentos de ver cómo había logrado buena parte del control de la compañía Dimonte—me aventuré a especular.
—Te equivocas—contestó Soderini, mientras se levantaba para buscar unos legajos—. Se trató de un asunto de celos.
—¿Celos?—¡vaya!, al parecer andaba muy desencaminado.
—Pues, sí—comenzó a explicar Soderini—. Calogero tenía varias amantes, y a todas burlaba por igual. Un día—mal día para Calogero—, una de ellas averiguó el juego de nuestro amigo. Molesta por tan mala jugada, habló con las otras mujeres, y todas acordaron que el mejor castigo era ponerlo en conocimiento de su esposa. La mujer entró en cólera pero, en lugar de dejarse llevar por ella, guardó para sí su rabia y concibió su venganza con vistas a un mejor beneficio. Contrató a un par de sicarios para que mataran a su esposo; de esa forma, no sólo vengaría la afrenta sino que, como afligida viuda, heredaría los negocios de su difunto cónyuge. Según parece, los matones vigilaron a su víctima durante varios días, hasta que llegó la ocasión. Calogero tenía que salir de Florencia y, no sé muy bien la razón, se detuvo a discutir con una pareja que encontró en el camino—Soderini leía del expediente la declaración de los implicados—. Discutieron, y la mujer le sacudió un puñetazo en un ojo, ¡brava mujer!—exclamó mi sorprendido amigo—. Resumiendo, mientras permanecía doliéndose de su rostro, y una vez que la pareja con la que había discutido se hubo alejado, ambos se abalanzaron sobre él. Mientras uno lo inmovilizaba por la espalda, el otro lo acuchilló. Eso fue todo—finalizó—. Como ves, un asunto sórdido y vulgar.
—Entonces, el crimen no guardaba relación alguna con los manejos de Calogero …—por lo visto, en este asunto no había hecho otra cosa, sino equivocarme.
—Efectivamente—confirmó de nuevo Soderini.
—Pero—no pensaba dejar una sola duda sin resolver—, antes de partir hacia oriente, me pareció entender que veíais con buenos ojos nuestra partida, como si algún peligro se cerniese sobre nosotros, que aconsejaba apartarnos de la ciudad.
—Y así era—su semblante mostraba cierta satisfacción—, pero todo está resuelto. Ya no tenéis nada que temer Mina, Rosa, Claudio y tú.
—Al parecer, vivíamos rodeados de conspiraciones sin saberlo.
—Como tú has señalado con acierto, los socios de Calogero no estaban muy contentos con sus maniobras; ni él se contentaba con permanecer en un segundo plano. Quería más; todos aspiraban a más: a ganar el control absoluto de los negocios de la compañía Dimonte. Unos, conspiraban para matar a Calogero, y este, por su parte, para quitaros de la circulación a vosotros, Marco. Cuando Della Sala desapareció de la escena, los demás socios empezaron a veros como sus principales obstáculos… Pero me ocupé del asunto. Los administradores que designé, pusieron orden en las cuentas y pudimos arrestar a todos los que amenazaban vuestras vidas, por diversos delitos. No era la primera vez que planeaban un asesinato.

Os confieso que todo aquello me desasosegaba mucho, aunque me quedé mucho más tranquilo cuando Soderini me garantizó que todo había quedado resuelto. Abandoné a mi amigo, para volver a casa. Resolví no decir nada de lo que sabía, pues, ahora que todo había pasado, de nada serviría preocupar a mis amigos inútilmente. Bueno, tal vez haría una excepción con Mina.
Claudio parecía contrariado. Había tratado de localizar a la esposa de Gregor Mc Guffin, la mujer que se había presentado años atrás en el Palacio Dimonte, demandando noticias sobre su marido ausente. Según había podido averiguar, la feliz familia Mc Guffin había abandonado Florencia tras el inesperado regreso del cabeza de familia; lo que, por cierto, había sucedido poco después de partir nosotros en su busca.

—Bueno—traté de consolarlo—, al fin y al cabo, eso de libra de pasar por el mal trago de comunicar a aquella mujer el fracaso de tu expedición. Además, todas tus mercancías y caravanas han llegado sin novedad. Azarías ha cumplido fielmente tus instrucciones. Ahora eres aún más rico que cuando partimos.
—Sí—admitió Claudio—, pero no me parece bien venir pidiendo ayuda, y luego marcharse de esa manera—el muchacho tenía esa espina clavada.
—Pero—Mina también intentaba suavizar el malestar de Claudio—, ¿qué esperabas que hicieran? Hemos estado varios años ausentes, no iban a estar aquí esperando a nuestro regreso.

Claudio pareció reparar en el hecho de que nuestra ausencia había sido muy prolongada, y en lo mucho que había cambiado desde que partimos. Atrás quedaron los años oscuros de su encierro, y la ingenuidad de aquel muchacho desorientado, recién liberado de un cautiverio que lo había separado de sus semejantes, despojándolo de su dignidad humana.

—Admítelo, Claudio—no quería apretarle las clavijas—, aquella decisión fue precipitada—mi antiguo discípulo, convertido ya en un hombre hecho y derecho, quedó meditando unos momentos mis palabras-, pero entonces no escuchabas a nadie.
—Bueno—intervino Rosa, que era la más feliz de regresar a Italia—, lo importante es que hemos vuelto sanos y salvos de esta locura.
—¡Cuanta razón tienes!—dijimos a coro.

No sabía lo que nos depararía el futuro, ni si permaneceríamos mucho más tiempo al servicio de Claudio que, por otro lado, ya no nos necesitaba. No es que él quisiera separase de nosotros, pero me parecía que mi misión allí había terminado. Estaba inmerso en estas reflexiones, mientras sujetaba el misterioso objeto con el que comencé el relato de esta extraordinaria aventura -aquel que encontré en el suelo de la misteriosa cueva de Lascaux- preguntándome qué podría ser. Estaba seguro de que era algo inimaginablemente antiguo, al igual que las pinturas que decoraban el techo de la cueva, pero no alcanzaba a interpretar el propósito con el que se había fabricado aquel objeto. Testigo de mis reflexiones, Claudio se acercó a mí, tomó el objeto de mis cavilaciones y, con toda naturalidad, lo llevó a sus labios, sopló suavemente por uno de sus extremos y el artefacto emitió un silbido.

McGuffin y la astronomía china. CAPÍTULO 37


La sala de los toros


Dejaremos para mejor ocasión el relato de las aventuras que aún nos sucedieron durante el viaje de regreso. Pero sí narraré aquí lo que sucedió en Francia, cuando estábamos aún tras los pasos de McGuffin, pues es hora ya de saldar una vieja deuda contraída con el lector.
Dadme un momento, para que haga memoria … Sí, ahora lo recuerdo. Alguien había informado a Claudio, de que un escocés llamado McGuffin había viajado a Francia, y seguimos su rastro hasta un lugar llamado Lascaux. No estábamos lejos de allí. Claudio y Mina habían desmontado de sus cabalgaduras, y charlábamos recordando las pasadas aventuras, por la ladera de una pequeña colina. Claudio se burlaba de Mina, un poco maliciosamente, recordándole sus celos cuando supo que había pedido la mano de Liu a su padre, el señor Wu. A Mina, que lo negaba todo, aquella burla no le estaba pareciendo tan de perlas como a nuestro amigo y, cada vez más irritada, comenzó a contestar de mala manera.
-¡No seas tan engreído! –decía ella-. No creas que todas las mujeres caemos rendidas a tus pies.
-Vamos, vamos –repuso Claudio, insistiendo al ver que con aquello pinchaba a la moza. Por mi parte, no quería intervenir, y me picaba la curiosidad por ver en qué paraba todo aquello-, reconoce que sí te pusiste un poco celosa cuando lo supiste.
-¡Que me trague la tierra, si alguna vez…! –Mina no pudo terminar la frase, pues, efectivamente, eso fue lo que sucedió.
Todos quedamos en suspenso, paralizados por lo que acababa de acontecer ante nuestros incrédulos ojos. ¿Cómo podía desaparecer alguien así, de repente? Ahora estás, ahora no estás. Sólo había una explicación, en la que seguramente ya ha pensado el lector: mi hija había caído en una sima. Nos precipitamos hacia la boca del pozo por el que se había evaporado, temiendo no volver a verla con vida.
-¡Mina! ¡Mina! ¿Estás ahí? –gritábamos desesperados. Por fin, escuchamos su voz, que nos respondía desde las profundidades de la tierra.
-Sí, más o menos –dijo ella.
-¿Dónde estás? –pregunté.
-Parece la boca de una cueva –respondió Mina, cuya voz se escuchaba distante; parecía rebotar en las paredes de su prisión, como en una gran sala vacía-, pero está muy oscuro, y hace frío aquí abajo.
-¿Veis lo que habéis logrado con vuestras burlas? –reprochó Rosa- ¡Pobre hija mía! Aguanta niña.
-¿Crees que podrás salir sola? –preguntó Claudio, que se sentía un poco culpable, por haber hostigado a la muchacha con sus bromas.
-No, me he torcido un tobillo, y no puedo andar –dijo, por fin, tras una breve pausa, que se nos hizo eterna-. Creo que tendréis que bajar a ayudarme.
Tratamos de tranquilizar a Mina, pues sería preciso ir a buscar cuerdas y antorchas al cercano pueblo de Montignac, para poder sacarla de allí. Tendría que esperar un poco. Decidimos que yo me quedaría allí, esperando junto a Mina, mientras Rosa y Claudio iban en busca de todo lo necesario. Aguardé allí, clavado como una estaca, tratando de hacer más llevadero su cautiverio a mi hija, pero Mina era más fuerte y valiente de lo que yo hubiera imaginado: en todo el tiempo que hubo de permanecer esperando su rescate, nunca pronunció una sola queja.
Habría transcurrido una hora, más o menos, cuando Rosa y Claudio regresaron con el material necesario. Además de las cuerdas y las antorchas, para iluminarnos en las oscuras entrañas de la tierra, el previsor Claudio había traído consigo unas estacas que, convenientemente clavadas en el suelo, nos permitieron amarrar las sogas para asegurar el descenso. También traía consigo unas parihuelas, algo parecido a una camilla, donde podríamos transportar a Mina. Con todo ello, atamos las sogas como ha quedado dicho, y comenzamos a descender por el estrecho pozo, como un túnel que se precipitaba hacia un oscuro abismo. A cada paso, la voz de Mina parecía un poco menos distante; enseguida, su silueta empezó a dibujarse a la oscilante luz de las antorchas.
-¡Mina, hija mía! ¿Cómo te encuentras? –mi hija parecía estar bien, algo magullada, cubierta de polvo y barro, pero entera.
-¡Cuánto me alegro de veros! –dijo. Claudio la cubrió con una manta que llevaba consigo para tal efecto.
-Siento haberte hecho enfadar –dijo el muchacho, algo azorado.
-No te preocupes –lo tranquilizó ella-. Ahora, salgamos de aquí, ¡ya tengo ganas de volver a ver la luz del sol!
Levanté mi antorcha, con la intención de vislumbrar algo del lugar en que nos encontrábamos. Sentía curiosidad. Parecía que nos hallábamos a la entrada de una gran sala, pero no estaba preparado para lo que vieron mis ojos.
-Mirad … -no daba crédito-, Mirad esto.
-Ahora no, Marco –Respondió Claudio sin hacer caso a mis palabras.
-No, en serio, fijaos en esto –insistí.
Claudio y Mina levantaron la vista hacia el techo de la cueva. Ante nuestros atónitos ojos, a la luz de las antorchas, las figuras de unos toros dibujados sobre un saledizo, se hicieron claramente visibles. Claudio soltó a Mina de sus brazos, que cayó al suelo con un ¡ay!
-¡Dios mío, Marco, tienes razón! –exclamó el impresionado muchacho.
-Podías ser un poco más delicado, ¡caramba! –Mina estaba igualmente impresionada, pero no por eso dejaba de sentir el trasero dolorido.
-Exploremos la cueva –propuso Claudio-, quisiera ver esto más de cerca. ¿No te importa esperarnos aquí, Mina? Volveremos enseguida…
-¡Ni hablar! –saltó Mina, como si alguien la hubiese pinchado-, yo también voy.
Claudio y yo comprendimos que Mina no renunciaría a contemplar las maravillas que aquel lugar prometía a nuestra curiosidad. Decidimos, pues, ayudarla a caminar, para lo cual se sujetó a nosotros abrazándonos por el cuello, uno a cada lado, mientras sosteníamos las antorchas con las manos que nos quedaban libres. Al acercarnos, las figuras del techo se hicieron más nítidas. Abundaban los toros de diversos tamaños y estilos. Luego, una manada de caballos al fondo. La cueva se abría, dando lugar a un pasadizo a la derecha, que también estaba decorado. ¿Quién había podido crear aquellas pinturas, que me parecieron increíblemente antiguas? Sobre todas ellas, llamó nuestra atención una de un toro, sobre cuyo lomo se apiñaba un apretado grupo de puntos.





 Para Mina y para mí, resultaba tentador imaginar que aquel juego de líneas y puntos representaba la constelación de Tauro, y el pequeño grupo de estrellas conocidas como las Pléyades. Sin embargo, tal conclusión nos pareció precipitada, pues por doquier había grupos de puntos similares a aquellos.
-¿Quién sabe? –la pregunta de Claudio quedó suspendida, como flotando en un halo de misterio. A cada nueva palabra, nuestro aliento se condensaba en el aire frío y húmedo de la cueva, acentuando aún más, si cabe, la sensación de encontrarnos en un mundo congelado en el tiempo. Era hora de salir, pues Rosa estaría preocupada.
-¡Rosa! –exclamé- ¡Me había olvidado completamente de ella! –no estábamos seguros de cuánto tiempo llevábamos allí, extasiados como estábamos.
Bien a nuestro pesar, pues hubiésemos deseado explorar qué otras cosas ocultaba aquella cueva, dimos media vuelta e iniciamos el ascenso. Tapamos de nuevo a Mina con la manta. Claudio iría delante, tirando de la improvisada camilla donde acomodamos a Mina, mientras que yo cerraría la comitiva. Me disponía a subir, cuando reparé en un pequeño objeto que yacía en el suelo. Lo sostuve en mis manos unos instantes, preguntándome qué podría ser. Luego, lo guardé en un bolsillo, y salí al exterior.
-¡Por fin! –Rosa aguardaba impaciente nuestra salida- ¿Estás bien, niña?
-Sí Rosa, estoy bien –la tranquilizó Mina-, no debes preocuparte.
-¡Gracias a Dios! –Rosa abrazó a la muchacha con entusiasmo, como si quisiera aliviar su propia tensión. Luego, se dirigió a nosotros con ceñudo rostro- ¿No os parece que ya es hora de regresar a Florencia, y dejarse de tanto MasGrofin, y tanto chino, y tanta caminata? ¡Válgame Dios, y cuánto desatino! Que si no sabe encontrarse solo, pues en buena hora y su pan se lo coma.
Claudio y yo nos miramos con gesto melancólico. Teníamos que admitir que la broma había llegado demasiado lejos. Rosa tenía razón, era hora de volver, aunque eso significara regresar a Florencia sin haber cumplido nuestra promesa de encontrar a McGuffin.




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McGuffin y la astronomía china. CAPÍTULO 36


Acusan a Meilin

Los médicos gozaban en China de buena reputación y elevada posición social. En 1188, un decreto imperial obligaba a todos los practicantes no calificados, a pasar los exámenes provinciales. No soy experto en esta materia, pero intentaré hablaros de la filosofía de aquellos hombres, que salvaron la vida de Claudio. En cuanto al “aliento vital” que anima el cuerpo, al que los griegos llamaban pneuma, existía allí un equivalente, denominado Chi, y que en la India llaman prana, según creo. Todo su sistema de pensamiento, estaba gobernado por dos principios o fuerzas fundamentales, llamadas Yin y Yang. El Yin representa lo oscuro, húmedo y femenino; el Yang lo luminoso, seco y masculino. Según explicaba el médico Ho, en 540 a. C., el exceso de Yin, causa han chi, el exceso de Yang, jê chi, el exceso de viento produce mo chi, el exceso de lluvia es causa de fu chi, la demasiada influencia crepuscular causa huo chi y la excesiva luz del día provoca hsin chi. Los cuatro primeros se engloban en las enfermedades con fiebre, jê ping, el quinto conlleva enfermedad psíquica y el sexto, cardiaca. Es digno de resaltar que sean seis las enfermedades de esta clasificación, y no cinco como hubiese cabido esperar, pues tales eran los elementos en China. Mientras que los griegos hablaban de los cuatro elementos, las cinco fases o wu xing, son tierra, madera, metal, fuego y agua. En cuanto a las técnicas de diagnóstico o ssu chen, eran cuatro: observación general del paciente, como por ejemplo el color y el aspecto de la lengua, auscultación, antecedentes médicos y comprobación del pulso. En el caso de Claudio, el diagnóstico era sencillo, tenía exceso de hierro en el vientre, pues la lanza le había atravesado por un costado. Sí, lo realmente difícil sería sanar al paciente, pero sólo podíamos esperar, y confiar en la Divina Providencia y en la pericia de los médicos.
Aunque hubiésemos deseado partir inmediatamente, no podíamos hacerlo por diversos motivos: no sólo porque Claudio estaba herido, sino también porque Chenghua me pidió que me quedase hasta Año Nuevo, para colaborar en la creación del calendario que debía presentarse al año siguiente. Por último, lo más crudo del invierno estaba ya encima y no podríamos viajar. A propósito de la orden dada por el emperador, debo aclarar que en China, no se celebra el día de Año Nuevo en una fecha fija, como sucede en Europa, sino que ocurre en la segunda luna nueva después del solsticio de invierno.
Mina y Rosa permanecían junto a Claudio todo el tiempo, y yo procuraba acompañarlas siempre que me era posible, hasta que llegó una noticia que me arrancó de su lado. Meilin había sido arrestada, acusada del asesinato del eunuco con cuyo cadáver tropezamos Ping y yo. “¡Ridículo!”—pensé—. Estaba convencido de que Meilin no era capaz de tal cosa, y achacaba aquella muerte a los mismos que acabaron con Xioasi y Jianyu. ¿Por qué no buscaban a los miembros de la trama que aún estaban libres por las calles de Pekín, en lugar de molestar a pacíficas damas de la corte? Solicité audiencia con el emperador, que no tardó en acceder a mi petición,

—Marco, me alegro de verte—Chenghua estaba de buen humor, y me pidió que me levantara inmediatamente, cuando me postré—. Tengo algo para ti. Entre las cosas del traidor Gao, apareció un libro de astronomía, que seguramente te gustaría conservar cuando te encuentres lejos de nosotros, allá en tu tierra.
Expliqué a su Majestad, cómo Mina y yo sospechábamos que Xiaosi se valía de aquel libro para pasar las instrucciones que Jianyu debía transmitir a los detenidos.
—Esas instrucciones estaban cifradas, y pensamos que la clave que las traduce se encuentra en algún lugar entre sus páginas—rematé mi explicación.

Chenghua miró el libro con odio y, en lugar de entregármelo, como había sido su intención hacer, lo arrojó al fuego que templaba la habitación. El volumen quedó abierto sobre las brasas y, ante nuestros atónitos ojos, al calor de las llamas comenzaron a brotar signos en sus márgenes, invisibles apenas un instante antes. El emperador me miró con admiración y me dio las gracias por mi excelente trabajo –en realidad, nuestro trabajo, pues Mina había participado por igual en el éxito de la misión que se nos había impuesto-, ocasión que aproveché para plantear mi queja. Confiado por el efecto que sobre el monarca había tenido tan brillante confirmación de mis afirmaciones, traté de interceder por Meilin. Supliqué al emperador que la liberase y clamé por su inocencia. Pero todo fue inútil,

—No puedo hacer nada, Marco. Su destino está sellado. Me temo que será ejecutada, sin que nada pueda impedirlo.
—Pero,… Majestad… estoy seguro de que es inocente—balbucí.
—¡Basta, Marco!—bramó Chenghua—¡No agotes mi paciencia! Ya conoces mi respuesta.

Salí enfurecido de aquella entrevista. Debí meditar lo que iba hacer; serenarme, antes de tomar una decisión. Pero no lo hice. Me dirigí directamente a los aposentos de las damas de la corte. Los guardianes trataron de impedírmelo, pero estaba tan furioso que los atropellé. Avanzaba sin detenerme, rodeado de eunucos que me increpaban, en medio de los gritos de las mujeres, tratando de encontrar la habitación de Meilin. Cuando di con ella, entré sin saber a ciencia cierta lo que estaba buscando. Miré en derredor mío, esperando una señal; junto a la jaula, reparé en un pequeño joyero. Lo abrí, aunque, en algún rincón de mi mente, algo me decía lo que iba a encontrar en él. Allí estaba; era el compañero del otro pasador, igual al que yo mismo extraje del cuello del cadáver con el que Ping casi había tropezado: Meilin era culpable. Supongo que aquel eunuco era el responsable directo de la muerte de su hijo, y cuando comprendió que nuestras investigaciones se alejaban de su objetivo, consumó su venganza por sí misma. ¡Pobre Meilin! Debí darme cuenta, debí impedirlo, debí…, pero ya era demasiado tarde. Devolví el pasador a su sitio y, antes de marcharme, abrí la jaula. El animal vaciló unos instantes, y luego escapó volando de su encierro hasta un alero, donde se posó como desconcertado por su repentina libertad; un destello negro en el aire y desapareció. No tardaría en encontrarme de nuevo ante Chenghua.
-¡Has obrado como un necio, Marconero! –el emperador tronaba enfurecido- Me pones en una situación muy difícil –esta vez, hube de permanecer postrado ante él; ya nunca más volvería a mostrarse tan familiar conmigo-. En consideración a los valiosos servicios que me has prestado, por esta vez dejaremos pasar tu ofensa sin castigo; pero, te lo advierto muy seriamente: si vuelves a cometer otro acto de semejante gravedad, no seré tan benévolo contigo. Ahora, lleváoslo.
Los soldados me sacaron del salón donde nos encontrábamos, y me arrojaron, de manera más bien poco amable, escaleras abajo. Me levanté, me quité el polvo del suelo y regresé a mi habitación entristecido por la suerte de Meilin.

Durante el tiempo que aún permanecimos en la Ciudad Prohibida, entretuve mis días haciendo compañía a Claudio, paseando con Mina por los jardines, observando, tomando apuntes y curioseando en los libros de astronomía china. Quizá os sorprenda saber que para los chinos la Tierra es plana, a la vez que el cielo es algo así como una sombrilla 
que gira alrededor de la estrella Polar. Las estrellas, luces que se encuentran a diferentes distancias en un universo infinito. Se dividía el cielo en cinco regiones, como cinco eran los elementos. Primero, había cuatro palacios, con su correspondiente animal simbólico: el Dragón Verde para el este y la primavera, el Pájaro Carmesí para el sur y el verano, el Tigre Blanco para el oeste y el otoño, y la Tortuga Negra para el norte y el invierno. Cada uno de ellos, contiene siete mansiones lunares, hasta dividir el ecuador, o “camino rojo” –los chinos llamaban “camino amarillo” a la eclíptica-, en un total de 28 partes desiguales entre sí, de las que ya hemos hablado. La zona central, en torno a la estrella Polar, estaba ocupada por una quinta zona llamada “Palacio Amarillo”. Con frecuencia, pasaba horas contemplando un viejo mapa de estrellas, con sus correspondientes constelaciones. Había sido confeccionado en 1092, siguiendo una curiosa proyección cilíndrica, que nunca había visto antes. Algunas constelaciones son iguales a las nuestras, como Orión, pero otras son muy diferentes, como el Cisne, que ellos llaman el “Vado Celeste”, por encontrarse precisamente en el lugar donde la Vía Láctea se bifurca, pues allí llaman a esta banda lechosa el “Río del Cielo”. Ahora que todo se había calmado, decidí regresar al observatorio. El instrumento más antiguo, era un sencillo poste vertical con el que se miden las sombras del sol a mediodía, para determinar los solsticios. Admiré la factura de la esfera armilar, el instrumento simplificado de Shoujing, el globo celeste, e incluso el reloj de sol y la clepsidra, o reloj de agua, que se encuentra bajo la torre. Una vez más, quedé perplejo al descubrir que uno de los grandes logros del siglo XIV europeo, el reloj mecánico—o al menos el alma de estos artefactos, el mecanismo de escape—se había inventado ya en China por un monje budista llamado I-Hsing, junto a sus colaboradores, en el Colegio de Todos los Sabios de Sian, en el año 723. No somos nadie. Y así, con estas y otras cosas, entretenía mis días, que desfilaban monótonos. Meilin fue ejecutada, sin que mis súplicas surtieran efecto alguno, lo que me sumió en profunda tristeza. Claudio mejoraba de sus heridas, gracias a Dios. Rosa –que se sentía casi como una de las sabinas- se recobraba de la impresión de su secuestro. Mina añoraba Italia. Puesto que nada nos ataba a aquel lugar, llegó el día de nuestra partida con los primeros almendros en flor. La jornada anterior, el emperador nos citó a los cuatro en el salón de la Armonía Central, donde solía ensayar sus discursos antes de partir al templo, para los sacrificios. Temí que nos retuviera aún un poco más, pero no era esa su intención. Desde lo alto de la plataforma, el emperador se dirigió a nosotros en un tono solemne, que parecía querer ocultar cierta tristeza.

—No puedo entorpecer vuestra marcha, aunque me gustaría teneros a mi lado aún un poco más—comenzó a decir Chenghua—, pues habéis servido a China con honestidad, rectitud, valentía e inteligencia. Me gustaría que aceptaseis estos humildes presentes, antes de partir.

A Claudio, le regaló la misma lanza con la que había sido herido, pues a juicio del emperador, aquella primera derrota lo había convertido en un hombre. Lo que dio a Rosa, no puedo decíroslo. Pronunciando estas palabras de Confucio, “Aprender sin pensar es inútil. Pensar sin aprender es peligroso”, el emperador ofreció a Mina un valioso ejemplar del catálogo estelar Hsing Ching, que databa del siglo IV a. C. Por último, dirigiéndose a mí, me entregó un antiguo espejo de bronce, que pertenecía a Meilin. En su reverso, estaban representados los asterismos de las mansiones lunares; como era costumbre un texto auspicioso lo acompañaba, cuyas últimas palabras auguraban a su poseedor buena suerte y “exaltado rango”. Esperaba que guardase mejor destino para mí, que para su anterior propietaria.
Después, el emperador nos entregó de nuevo el sello que garantizaba nuestra seguridad, y nos dio su bendición. Nada más nos restaba por hacer allí. Nada nos retenía ya en aquel lugar.



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