jueves, 17 de septiembre de 2009

Comentario a una nota necrológica

“Retorio Alcocer ha muerto esta madrugada a los treinta años, por causas naturales, en su casa de Madrid.” No puede decirse que la noticia aparecida esta mañana en los teletipos de la agencia, me haya sorprendido demasiado; más bien, todo lo contrario: lo esperaba en cualquier momento. Me cuesta creer que su corazón haya seguido latiendo tanto tiempo, sin sucumbir bajo el abrumador peso de su descomunal organismo. Ahora ya no le interesa a nadie, pero Retorio tuvo su momento, en parte gracias a mi artículo. En aquel entonces, yo era un novato recién licenciado, al que se encargaban los trabajos menos enjundiosos –los artículos más interesantes estaban reservados a los periodistas consagrados, y yo debía conformarme con cubrir pequeñas noticias, de las que sirven para rellenar las páginas con las que envolver el bocadillo. Recuerdo bien que, aquella mañana, llegué un poco más tarde de lo acostumbrado a la redacción; eso significaba que los mejores bocados se habrían repartido ya entre la caterva de aprendices que se disputaban los artículos, a la espera de que se presentara una oportunidad de destacar entre la multitud de aporreadores de teclados. Sabía que tendría que conformarme con los despojos. Al entrar, mi jefe me endosó un desabrido “Llegas tarde” y luego me lanzó un par de notas sobre la mesa, acompañadas de una escueta instrucción: “No te quites el abrigo, sales a un reportaje. Toma, haz lo que puedas con esto”. Eché un vistazo. “¿Quiere que le haga una entrevista?”, pregunté, a fin de concretar un poco más la naturaleza de mi cometido. “¡Qué más quisiera él! Si le sacas algún sonido inteligible, pues ¡mira qué bien!”, exclamó con un desagradable tono de condescendencia. Supuse que se trataba de una broma urdida por el redactor jefe o, tal vez, de un castigo por llegar tarde o, simplemente, de una prueba que debía superar si realmente deseaba formar parte del equipo. No lo sabía, pero estaba dispuesto a descubrirlo; porque, tomar en serio aquel caso, no figuraba entre mis consideraciones. Ahora ya no sorprende a nadie –después de que millones de personas en el mundo siguieran su ejemplo, tras leer mi artículo-, pero entonces me parecía insólito que una persona se alimentase exclusivamente de desperdicios, por propia voluntad y sin que existiese la menor coacción que la forzase a ello. Sé que os resultará difícil de creer, pero aún me cuesta entenderlo. Acudí, pues, a mi cita con el devorador de basura. Miré con atención el apunte que mi jefe había escrito, y luego leí el número grabado sobre la puerta practicada en la valla, que separaba un coqueto chalecito del resto del mundo. Recuerdo que era uno de esos cuya fachada se encuentra parcialmente cubierta por la hiedra, resguardado de las miradas indiscretas, camuflado como un pequeño un montículo vegetal. Poseía el encanto de un capricho arquitectónico construido a la medida de sus moradores. Llamé al timbre y, en pocos instantes, una mujer me interrogó por el telefonillo: “¿Es usted el del periódico?” Sí”, respondí e, inmediatamente, me franqueó el paso. Empujé la puerta y la misma mujer me esperaba ya con la puerta entornada. Era una mujer bastante hermosa, aunque parecía prematuramente agostada por una profunda infelicidad. Saludé de nuevo y me sorprendió comprobar lo ansiosa que se mostraba por colaborar en todo lo que fuese preciso. Empezaba a sospechar que aquello podía no ser un fraude, porque me parecía sinceramente desesperada. “Tendrá que excusar a mi marido. Él…está en su estudio, es arquitecto. Él nunca ha podido asimilar lo de Retorio” , me explicó mientras me indicaba un asiento. “No crea que me gusta exponer mi caso ante el público”, prosiguió, y su porte me pareció extraordinariamente elegante, nada afectado ni rendido a una más que comprensible languidez, “pero nadie parece encontrar una solución a nuestro problema, ¿comprende? Ya no sé a quién recurrir. Quizá, de esta forma, alguien capaz de resolver el rompecabezas se interese por su caso”, dijo, señalando al piso superior. Estaba claro que aquella medida desesperada era una iniciativa enteramente suya y que el padre de Retorio se había rendido a la evidencia, a la irreductible realidad. Interrogué a mi anfitriona, quien me explicó que los síntomas se habían presentado con apenas dos años de edad. “Nunca comió bien, pero con un poco de paciencia, se lograba que tomara una papilla”, me explicó, “hasta que, un día lo encontramos metiendo la cabeza en un cubo de basura. Se había saciado completamente. Fue horrible, pero no podíamos creer que aquello fuese una cosa seria; quiero decir , duradera.”, se interrumpió, como para recordar aquel trágico momento. “Lo tentamos con toda clase de manjares. No quiero decir que seamos ricos, pero nuestra posición –ella era restauradora de un importante museo y él, como ya se ha mencionado, arquitecto- nos permitía tener a nuestro servicio a una buena cocinera. Todo era inútil: rechazaba los platos que hubiesen hecho las delicias de cualquier otro niño y escupía cualquier cosa que no fuesen mondas de patatas o cáscaras de huevo.” “¿Puedo verlo?”, pregunté tímidamente. La mujer no opuso el menor reparo, y me condujo al piso de arriba. “¿Cariño?”, llamó a una puerta, “Vamos a entrar”. Un gruñido surgió de las profundidades y nos adentramos en una habitación sumida en penumbras. Sentí que penetraba en la guarida de un dragón. Un penetrante hedor de desperdicios y humanidad me golpeó, y entonces supe con toda seguridad que no se trataba de una broma. Cuando mis ojos se hubieron acostumbrado a las tinieblas, pude ver a un adolescente de unos 15 años, con el cuerpo de un manatí, postrado en una cama, embobado con una pequeña consola que iluminaba su rostro con un débil resplandor azulado; a un costado de la cama, un cubo de basura del que se servía periódicamente, cada vez que el hambre le impulsaba a hacerlo, y siempre que las vicisitudes del videojuego se lo permitieran. Nunca hubiese imaginado que los desperdicios pudieran nutrir un cuerpo humano hasta llevarlo a adquirir semejantes proporciones. Tardé un tiempo en acostumbrarme a una visión tan desoladora, que tanto me turbaba, y mi olfato protestaba a cada momento provocándome terribles náuseas, que contenía como mejor podía. Con un sobrehumano esfuerzo, le dirigí algunas palabras, pero sólo recibí varios gruñidos más por respuesta hasta que, al formular mi primera pregunta, aquella criatura desproporcionada, a duras penas humana, me arrojó el aparato que sostenía entre las manos, que impactó contra mi cabeza. Al verse privado de su entretenimiento, comenzó a emitir terribles bramidos y a bracear denodadamente para recuperarlo. Salí de la habitación dando tumbos, entre perplejo y aturdido por el golpe que había recibido en la cabeza, mientras su madre se ocupaba de calmarlo.
Permanecí en la casa aún unos minutos más, pues la madre de Retorio no consentía en dejarme marchar sin haber comprobado antes que mi estado de salud me permitía hacerlo sin peligro. Se disculpó y me ofreció un té, “Para quitarse las bascas”, me dijo. Lo necesitaba. Aún hoy, el olor de aquella habitación me persigue en el recuerdo y, ahora mismo, mientras escribo estas palabras, me parece percibirlo, al tiempo que las lágrimas de aquel alma atormentada al despedirnos en la verja, se derraman de nuevo en mi memoria.
Descanse En Paz Retorio  Alcocer.

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lunes, 7 de septiembre de 2009

El Caso del Balón de Fútbol Asesino, CAP XXVI


CAPÍTULO XXVI


EPÍLOGO

El trabajo de los médicos forenses fue arduo, debido a la momificación del cuerpo, pero el cadáver de José Luis Cifuentes fue positivamente identificado. El sospechoso que aún quedaba con vida dejó de ser responsabilidad mía, y pasó a depender de los jueces. La Liga se reanudó y los disturbios callejeros cesaron, para trasladarse al interior de los estadios y, por último, los programas de telerealidad dispusieron de carnaza sobre la que cebarse, haciendo presa en los detalles más truculentos del caso. Ahora que el mundo había recobrado su armonía, yo podía respirar tranquilo; o casi, de no ser por la fama que me deparó aquel asunto. Para escapar de las continuas demandas de los medios, me tomé unas vacaciones y, mi familia y yo, pasamos unos días en el extranjero hasta que se calmara el alboroto. Marcial intervino para que me concedieran días extra y cumplió sus promesas. Supongo, que se sentía en deuda conmigo. El ministro me llamó para felicitarme personalmente, y comunicarme que se me ofrecía un ascenso y una medalla, pero decliné el honor: "Con el debido respeto, Señor Ministro", respondí, "creo que prefiero quedarme como estoy. Sin embargo, me gustaría proponer a mi subordinada para un ascenso". "Creo que le comprendo", respondió. Debo decir, que, efectivamente, se lo concedieron. A nuestro regreso, con la actualidad centrada en otros asuntos más candentes, supe que se celebraría el entierro de Cifuentes. Decidí acudir.
La ceremonia tendría lugar en un cementerio de las afueras, por expreso deseo de la familia. No querían rememorar el primer entierro, en cuya tumba yacía el cuerpo, ahora exhumado y trasladado a otro emplazamiento, de un completo desconocido con el rostro de su familiar. Supongo que tuvo que ser muy duro para sus padres enterrar por segunda vez a un hijo, aunque estoy seguro que lo que más les dolió fue que consintiera en engañarles, sabiendo el daño que eso les causaría. No puedo ni imaginar el sufrimiento de aquel matrimonio, al saber que su hijo, al que creían muerto, al que ellos mismos habían visto descender a una fosa, estaba vivo y era responsable de varios crímenes. Me mantuve a cierta distancia, semioculto entre los árboles del viejo camposanto, cuando una voz que yo conocía ya, me sacó de mis cavilaciones.
-No imaginé que vendría –dijo la doctora Migueláñez- ¡Vaya! Eso es dedicación.
Me quedé unos instantes mirándola. El cortejo se disolvía, y sólo las fúnebres figuras de sus padres quedaban de pie, inmóviles ante la tumba recién cerrada.
-Creo que es mejor que nos marchemos –dije-, estas personas necesitan intimidad –Laura respondió que así lo creía y nos retiramos.
Caminábamos de regreso por las avenidas de una pequeña ciudad de difuntos, en medio de un glorioso silencio; era una de esas luminosas mañanas de comienzos del verano. Aún era temprano y el fresco invitaba a pasear.
-Siempre supe que José Luis, para bien o para mal, haría algo extraordinario. Lamento que haya sido para lo segundo –vaciló unos instantes y luego dijo-. ¿Puedo preguntarle algo relacionado con el caso?
-Si no es parte del sumario –advertí-, no tengo el menor inconveniente en responder a lo que sea.
-Bueno, he oído, no sé si es verdad, que la prueba definitiva la proporcionó una de esas máquinas. La que estalló en plena emisión.
-Sí, así es.
-Tengo curiosidad por saber por qué se comportó de aquella manera tan extraña. Bueno, he visto las imágenes y me parecen terribles, me produjeron una extraña mezcla de sentimientos; sí, le espantaban a una las convulsiones con que se agitaba, pero, al mismo tiempo, me inspiraba lástima… Tuve la sensación de que esa máquina se debatía en una profunda contradicción, que en su interior se verificaba un conflicto cuya naturaleza no acierto a comprender. Sé que no puede ser, pero diría que sufría mucho. ¿Por qué hizo aquello?
-Remordimientos.
-Pero, yo pensaba que esas máquinas tendrían un programa del que no pueden salirse, que no son capaces de tomar decisiones autónomas.
-Y no pueden.
-¿Está insinuando que ese androide, en particular, se saltó el programa y le advirtió a usted del peligro durante la emisión de La noche de las confesiones, porque sentía remordimientos?
-Exacto. Por esa razón estalló. La terrible contradicción que se estaba produciendo en su interior, dio lugar a una cadena de errores en el funcionamiento, que acabaron por averiar todo el mecanismo. Hubo un sobrecalentamiento, se incendió y estallaron unos depósitos de aceite de los actuadores hidráulicos. Le confiaré un pequeño secreto: en la grabación que nos proporcionaron los expertos criminalistas, se observa que Cifuentes murió con su rostro pegado a la máquina, que estaba preparando para intervenir en el programa. No sabría explicarlo mejor, pero recuerdo que el director de la científica me dijo que esa experiencia había provocado en la máquina lo más parecido al terror que un organismo artificial es capaz de experimentar.
-¡Increíble! –exclamó Laura, admirada- Lo más curioso, es que algo tan imprevisible haya resultado ser determinante para resolver el caso. Creo que deberían haber continuado con actores de carne y hueso –habíamos trascendido el umbral que separa a los muertos de los vivos. Laura añadió-. Bueno, ¿qué piensa hacer ahora?
-Pues, ahora, pienso tomarme una cerveza y unas bravas -dado que el peso del correcto funcionamiento de la sociedad no recaía ya sobre mis hombros, me sentía liberado para retomar mis costumbres más recalcitrantes.
-Yo invito.


domingo, 6 de septiembre de 2009

El Caso del Balón de Fútbol Asesino, CAP XXV



CAPÍTULO XXV

Cuando la calma hubo regresado a la sala de interrogatorios, el debido sosiego de adueñó de los presentes y el letrado lesionado hubo sido convenientemente sustituido por un compañero de bufete, se pudo reanudar el visionado de la grabación.
-Antes de empezar, debo advertirle que no toleraré un comportamiento como el anterior, ¿está entendido? Tomaré su silencio como una afirmación. Bien, me alegro de que así sea.
Pulsé de nuevo la tecla de reproducción y la escena comenzó de nuevo. Era evidente, que José Luis preparaba el androide para intervenir en el programa, y que Arturo Ridruejo había entrado en el laboratorio. Ambos, entraban y salían del cuadro, como ha quedado dicho, mientras mantenían una conversación.
-¿Qué haces por aquí? Sé de sobra que no te gusta el laboratorio.
-He venido a verte Tadeo. No te enfades. ¿Está todo listo?
-Te he dicho un millón de veces que no me llames así.
-¿Por qué? Siempre fuiste el más valiente de todos nosotros.
-Ahora soy Tomás González Rituerto. Un día se te va a escapar delante de alguien…
-¡Bah! No te preocupes, estás muerto y hay una docena de personas que lo jurarían ante un tribunal, si hiciese falta. Sólo me preocupa ese tal inspector Salgado. Espero que le dieras esquinazo.
-Sí, ¡pobre! Imagino que aún andará persiguiendo a Charles Darwin por ahí (Risas).
-No me gustaría que hubieras dejado cabos sueltos.
-Confía en mí. Casi me da pena lo ridículo que se va a sentir, cuando se dé cuenta del engaño.
-Creo que tiene dos hijos; eso me ha dicho papá, que habló ayer con el ministro.
-Bueno, siempre podremos traerlos al programa, para contar la triste experiencia familiar. (Pone voz ridícula)“En el cole se ríen de nosotros, por culpa de mi padre” (Risas). Por cierto, ¿qué te han dicho en el Consejo de Administración?
-Están muy contentos, me han felicitado. Bueno, no me extraña: he salvado a la cadena de la ruina y, de paso, el culo a esa colección de vejestorios incompetentes.
-Vamos a hacer grandes cosas, Arturo, créeme. ¿Sabes? –su voz era oscura, al decir esto- He estado pensando mucho. A veces me pregunto si el Ser Humano merece sobrevivir. Quizá habría que exterminar al Homo Sapiens.
-Si eso no nos da audiencia, no –Arturo, juguetea con un cable.
-Sólo piensas en eso ¿no? Te agradecería que no cogieras los cables de la mesa, luego me vuelvo loco para encontrarlos.
-En eso, y en dos o tres cosas más, pero te decepcionaría saberlo.
-Bueno, con que me ayudes en mis planes, me basta.
-Sobre eso quería hablarte, precisamente.
-Ya sabía yo que no habías venido sólo a charlar conmigo. Odias el laboratorio.
-¿Te acuerdas cuando me dijiste que el día que te hubieras librado de Menéndez podrías morir en paz?
-Sí, claro.
-Pues, he pensado tomarte la palabra.
Al decir esto, Arturo rodea el cuello de José Luis y comienza a estrangularlo, pero su rostro, terriblemente contraído en una mueca espantosa, se emborrona porque está demasiado cerca de las lentes que sirven de ojos al androide. Se escuchan los silbidos del aire que la víctima trata de aspirar, y que no logra abrirse paso por las vías respiratorias, ahora obstruidas por la compresión del cable. Finalmente, cae al suelo. Arturo se recompone y añade.
-No debiste enseñarme a manejar tus inventos, Tadeo. Para ser tan inteligente, eres un bobo.
El letrado consultó durante unos instantes con su patrocinado y, tras una breve deliberación, se volvió a nosotros y dijo.
-Mi cliente desea colaborar con la justicia y está dispuesto a admitir los cargos y aportar las pruebas, a cambio de la condena mínima.
-Es un poco tarde para mostrarse colaborador, pero veré qué puedo hacer. No puedo prometerle nada, pero creo que la fiscalía lo tendrá en cuenta.
Por fin, Arturo Ridruejo estaba dispuesto a confesar, y aquel desdichado asunto acabaría de una vez por todas. Sentí que un terrible peso se descargaba de mis hombros. Regresé a casa y dejé a mis subordinados rematar el papeleo. Ya firmaría lo que fuese necesario al día siguiente. Me lo había ganado.

Capítulo 26 

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El Caso del Balón de Fútbol Asesino, CAP XXIV



CAPÍTULO XXIV

Entré en mi despacho y atendí la llamada. Era el director de la científica, tenía algo para mí.
-¿Inspector Salgado? –me identifiqué como tal-, perdone el retraso, pero ha sido muy difícil analizar la máquina que nos entregaron –se refería al androide siniestrado, naturalmente-. No tengo mucho tiempo. ¡No se imagina la cantidad de material que ha dejado su amigo! He oído que han encontrado su cadáver.
-Sí, estoy convencido de ello. Aunque habrá que identificarlo primero.
-Y también he oído que ha detenido a Ridruejo.
-Así es. Pero temo que me haya precipitado. A estas horas, estarán registrando el laboratorio donde se construían y reparaban los androides. Espero que aparecerán pruebas para incriminarlos. Pero pensé que podría arrancarle una confesión, y me temo que es más duro de pelar de lo que imaginaba. Tiene mucha confianza en que los abogados de la familia le sacarán de apuros. Y eso que, además, estoy seguro de que ha matado a una secretaria.
-Creo que puedo ayudarle –dijo con voz risueña mi interlocutor-, le voy a mandar algo que le será de mucha utilidad. Siento el retraso, aunque espero llegar justo a tiempo, según veo; ¿sabe?, la máquina de su sospechoso es un prodigio –“Escribiré un buen montón de artículos sobre este asunto”, añadió pletórico- y nos ha resultado muy complejo acceder a la información contenida en su “mente”. Sí, ha oído bien, esa máquina tenía algo muy parecido a una mente. ¿Tiene un ordenador a mano?
-Sí, estoy en mi despacho. Tengo un portátil sobre la mesa.
-Déme una dirección de correo electrónico, y le enviaré algo que le va a agradar. Tardará un poco, pero merece la pena.
Le di la dirección que me pedía y, mientras se consumaba la transmisión de los datos, departimos un buen rato sobre los detalles de la estructura de aquellas máquinas, concebidas por una mente sumamente brillante y original. No puedo decir que entendiese gran cosa, pero sonaba fascinante. Terminada la transmisión y comprobado que todo había llegado sin el más leve contratiempo, observé que se trataba de un vídeo, y que, si bien se interrumpía en ocasiones, contenía algo contra lo que Arturo Ridruejo, ni ninguno de sus abogados por importantes que fuesen, podría replicar. Con una sonrisa en la cara, regresé al cuarto de interrogatorios.
-Sepa que esta ridícula charada no le va a servir de nada. No crea que nos vamos a derrumbar sólo por dejarnos esperando, para hacernos creer que tiene un as en la manga –el abogado del Sr. Ridruejo estaba muy ofendido porque la permanencia en las dependencias policiales se prolongaba más de lo que había calculado, y el plazo de dos horas que él mismo había establecido como límite, estaba próximo a cumplirse. Se levantó.
-¿Renuncia a asesorar a su cliente, Sr. abogado? –se detuvo- Entonces, siéntese –deposité sobre la mesa el portátil-. No hemos terminado. Sr Ridruejo, usted y yo sabemos que la policía registra a esta hora la cadena, que inspeccionarán minuciosamente el laboratorio, y que allí encontrarán el material con el que se perpetraron los atentados. Mis compañeros demostrarán que ustedes asesinaron a Tomás González y a la señorita Téllez. Se identificará el cuerpo encontrado como el perteneciente a José Luis Cifuentes y su posición será más que delicada. Le sugiero que comience a colaborar, y no empeore más las cosas. Es mejor que confiese ahora, se lo digo por su bien –aunque aquel sujeto no me agradase lo más mínimo, decidí darle la última oportunidad de comportarse como un hombre. Luisa salió de nuevo y, al cabo de unos momentos, regresó de nuevo portando algo de ropa y un documento.
-Inspector Salgado, es usted más ingenuo de lo que pensaba. Hacía años que no veía a “Tadeo” y, cuando se presentó ante mí, si es que es él quien construyó esos robots para nosotros, lo hizo con el rostro y la identidad de Tomás González. No es culpa mía que me engañara ni que estuviera trastornado. Si utilizaba las instalaciones de la emisora a mis espaldas para cometer crímenes atroces, yo no podía saberlo. En cuanto a esa señorita Téllez de la que habla, ¿también tengo la culpa de que se haya suicidado? Háganme una prueba de parafina en las manos. No encontrarán nada.
-Hablando de eso, jefe, ha llegado una orden judicial. Tendrá que entregarnos la ropa para su examen por los forenses –Luisa mostró la orden al abogado, que dio su visto bueno, y la subinspectora le dio a Arturo Ridruejo ropa para vestirse. Cuando hubo terminado, insistí por última vez.
-¿Está seguro de que no tiene nada que decirme?
-Se lo dije antes y se lo repetiré ahora, no había visto a Tadeo desde hace años ni sé nada de sus actividades, y esto es lo que pienso decir cada vez que me pregunten y usted no podrá demostrar lo contrario. Me trae sin cuidado si Menéndez me prestó dinero o no; ¿que ha muerto?, pues peor para él. No voy a decir que lo lamento, pero eso no demuestra que yo lo matara ni que tuviese nada que ver con su muerte. Necesitará usted una prueba para poder inculparme. Pero no tiene nada, ¿verdad? ¡Naturalmente que no la tiene!, si no fuera así no estaría aquí, perdiendo el tiempo intentando arrancarme una confesión –en vano, su abogado trataba de hacerle callar. Se había puesto en pie y me amenazaba con su dedo índice, con el que me señalaba. El letrado tiraba de la manga de su chaqueta para hacerle sentarse de nuevo, y le aconsejaba que mantuviese la calma y se abstuviese de proferir aquellas amenazas. Parecía fuera de sí. Se zafó con una sacudida -. ¡Déjame en paz! Diré lo que me dé la gana, cuando me dé la gana. Voy a darle un consejo –gritó, dirigiéndose de nuevo hacia mí-, abandone ahora, que aún está a tiempo de hacerlo, o mi familia lo aplastará como a una mosca. Cuando acabemos con usted, se arrepentirá de haber nacido –al decir esto, pulsé la tecla de reproducción del vídeo y la voz de Arturo Ridruejo se dejó oír en la grabación que acababa de pone en marcha. Enmudeció. Giré el ordenador, para que ambos pudiesen ver la imágenes: José Luis y él entraban y salían del cuadro, pero sus voces se escuchaban perfectamente. Era una escena que el androide había presenciado mientras lo preparaban para intervenir en el programa, y había registrado en su memoria. Arturo Ridruejo estalló de nuevo en una terrible arrebato de cólera. Puesto en pies gritaba fuera de sí, amenazándonos a Luisa y a mí.
-¿De dónde ha sacado eso? Se lo ha dado esa zorra, ¿verdad?
-Don Arturo, por favor, siéntese y no diga nada más, o no me hago responsable de su defensa –el infeliz letrado, trataba de calmar a su cliente, pero sus exhortaciones fueron contestadas con un potente derechazo, que lo dejó fuera de combate. Mientras el pobre tipo yacía indecorosamente, varios agentes entraron en la sala y redujeron a nuestro colérico amigo.
-¡Ha sido esa puta, lo sé! No le servirá de nada, ¿me oye?, ¡de nada! –continuó gritando aún un buen rato.

Capítulo 25 

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jueves, 3 de septiembre de 2009

El Caso del Balón de Fútbol Asesino, CAP XXIII



CAPÍTULO XXIII


La noticia había trascendido. La prensa se agolpaba a las puertas de la comisaría, por lo que hubimos de entrar por una puerta trasera, para esquivar a los fotógrafos y los comentaristas de televisión. La competencia del Canal 31 se frotaba las manos, aunque, hipócritamente, ponía el grito en el cielo, por lo que calificaba ya de atentado contra la libertad de prensa. Si nos habíamos equivocado, si habíamos dado un paso en falso, ya era demasiado tarde. No podíamos errar el golpe, o sería el fin de nuestras carreras, y Luisa y yo lo sabíamos. Por los pasillos de la comisaría, a través de las mamparas de cristal de los despachos o acomodados bajo los dinteles de las puertas, mis compañeros nos contemplaban, entre incrédulos y orgullosos; entre expectantes y emocionados. No puedo negar que, incluso cuando recuerdo ahora aquel terrible momento, me tiemblan las piernas y me invade, también, un vigoroso sentimiento de orgullo por el valor que ambos demostramos en aquel difícil trance. Pues Luisa no sólo no se derrumbó, sino que me secundó en todo momento, a pesar de las consecuencias que aquella jugada podía acarrearnos. Mi jefe, el comisario Martínez me agarró por un brazo y me habló al oído:
-Esteban, pero ¿qué ha hecho? Estoy muy preocupado por todos. Vale que tenga carta blanca, pero detener a un miembro de la familia Ridruejo es una cosa muy seria. Espero que tenga algo realmente contundente contra él, o traerá la ruina a esta comisaría. Personalmente, creo que ha ido demasiado lejos y, se lo advierto, si empiezan a caer los palos no cuente con mi ayuda; ha actuado a mis espaldas y sin informarme previamente, y así pienso hacerlo constar: está advertido –dicho esto, me soltó el brazo y añadió-. Hay un abogado muy caro esperándoles en la sala de interrogatorio. Prepárese, porque se lo van a poner muy difícil.
-Lo sé
Visto con la perspectiva de los años, aquel escueto “Lo sé” me parece excesivamente jactancioso y creo que dio una falsa impresión de seguridad; pero era tarde para echarse atrás. Entramos en la sala de interrogatorios. En su interior, tal como el comisario había anticipado, me esperaba un abogado “muy caro”.
-Vaya, veo que las noticias vuelan –saludé-.
-Inspector –el aludido, devolvió la cortesía con una leve inclinación de la cabeza-. Espero que sepa lo que hace, aunque, francamente, lo dudo mucho. Mi cliente pertenece a una familia muy importante, y creo que no me equivoco si pronostico que estará libre en menos de dos horas. Como imaginará, mi cliente no precisa cometer crímenes truculentos para ganarse bien la vida y, si me permite la observación, me inclino a pensar que las pruebas –si es que dispone de alguna-, son sumamente débiles. Le sugiero, pues, que deje libre a mi cliente, y lo arreglaré para que todo quede en un malentendido ante los medios de comunicación; en otras palabras, usted se retractará públicamente de cualquier acusación, explicará que sólo trajo hasta aquí a mi cliente en calidad de testigo y todo quedará en una reprimenda para usted y una disculpa de la Policía. ¿Qué? ¿Cerramos el trato?
Arturo Ridruejo me dirigió una mirada socarrona y dijo.
-Se ha metido usted en un buen lío, inspector. Espero que tenga a mano un buen manual donde estudiarse bien las normas de tráfico en la Patagonia, porque le voy a ver dirigiendo el tráfico de llamas en la Pampa.
-Muy elocuente –estaba claro que el primer asalto no había salido como yo esperaba. Contaba con el factor psicológico que las salas de interrogatorio suelen ejercer sobre los sospechosos, pero no había surtido la menor influencia sobre él-. Sin embargo, mientras eso sucede, yo soy la autoridad aquí, y usted el sospechoso; y contestará a mis preguntas.
-No contestes –aconsejó el abogado.
-Déjeme que le explique lo que sabemos, Sr. Ridruejo. Usted y José Luis Cifuentes se conocieron en la universidad, donde coincidieron en un grupo de activistas anti-fútbol llamado Nobalón.
-¿Y qué?
-Su acción más sonada fue la interrupción de un partido, cuando usted y los restantes miembros de su grupo, saltaron al campo en cueros. Pero no se presentaron cargos porque su padre movió sus hilos para sacarle del aprieto.
-Usted lo ha dicho, inspector, no se presentaron cargos –señaló el abogado.
-Cierto, pero queda establecido el hecho de que conocía a José Luis Cifuentes.
-Pero hacía, ¿cuánto, Veinte años? Que no le veía.
-Eso no es verdad, y usted lo sabe.
-No contestes.
-La cadena en la que usted trabaja, la misma en la que trabaja su padre y de la que poseen una sustanciosa participación, estaba atravesando dificultades financieras. El Canal 31 perdía audiencia a pasos agigantados, así que decidió demostrar a papá que podía salvar usted solo el negocio. Quería que todos supieran que no estaba en ese puesto sólo por el enchufe de papi. Así que contactó de nuevo con Cifuentes –probablemente por casualidad o, tal vez, contrató a alguien para que lo localizara-. Estaba de suerte, Cifuentes iba de un fracaso en otro, su vida era un desastre y estaba muy resentido con el mundo. Así que le propuso un trato que no podría rechazar: usted le proporcionaría los medios para consumar su venganza y él, a cambio, le pondría en bandeja las exclusivas que rescatarían a la cadena del agujero en que se encontraba –Luisa entró en la sala con un dossier en la mano.
-Imaginación no le falta inspector –dijo, sin que, aparentemente, aquella detallada descripción de los hechos hubiera hecho mella en su seguridad.
-No digas nada –repitió su abogado.
-Comenzaron por pedir dinero al constructor Menéndez, probablemente a un interés desorbitado, pero eso no importaba, porque no pensaba pagarle: Ridruejo tenía sobrados motivos para matarlo, así que eso no le preocupaba. Al contrario, era una deliciosa ironía que el Sr. Menéndez sufragara los gastos de su propio asesinato –Arturo permanecía impasible, aunque no hizo el menor comentario-. Como verá, hemos investigado sus cuentas, así como las del difunto Sr. Menéndez- Luisa desplegó varios papeles que extrajo del dossier y yo señalé con el dedo los movimientos y los pagos efectuados: con ese dinero, montaron el laboratorio que iban a necesitar, con la excusa de que aquella inversión era para el programa de entrevistas. Pero, había que desviar la atención y escogieron una víctima al azar; así que asesinaron a sangre fría a Tomás gonzález Rituerto, una víctima inocente, y suplantaron su identidad. Ahora, podía actuar con toda impunidad, porque ¿quién perseguiría a un muerto?
-Sus afirmaciones –replicó el abogado-, son puras conjeturas. Una teoría bien elaborada, sustentada sobre bases muy escurridizas.
-Lo cierto –proseguí-, es que el plan estaba funcionando: su “difunto” amigo obtenía su loca venganza y la cadena ingresaba un dineral con su telemaratón. Salvó a la cadena, después de todo. Pero, sucedió algo inesperado. Un androide falló y se descubrió que los actores del programa no eran humanos ante miles de espectadores. Tal vez fue entonces cuando asesinó a Cifuentes, no estoy seguro de eso, pero utilizó sus propios métodos para momificar su cuerpo y hacerlo pasar por un androide averiado. Y sucedió algo más, que tampoco se esperaba: una secretaria nos estaba ayudando en secreto. Era evidente que tenía miedo, ¡y no le faltaba razón!, porque usted la asesinó para hacerla callar.
-¡No tiene ninguna prueba de eso! –protestó el abogado.
-Aún no, pero las obtendremos –dijo Luisa, sin dejarse avasallar por el letrado.
Lo cierto, es que creí que Arturo se derrumbaría cuando comprendiese que estábamos muy cerca de demostrar todas las acusaciones, pero no fue así. La confesión no llegaba. Reconozco, que empezaba a estar preocupado. Llamaron a la puerta. Era uno de mis subordinados.
-¿Jefe?
-Ahora no, García –le espeté, molesto por la interrupción. No quería dar tregua a mi hombre.
-Es importante, jefe. Le llaman del laboratorio. Tiene que ver con el caso.


-Está bien. Ahora continuamos –dije al salir.

Capítulo 24 

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martes, 1 de septiembre de 2009

El Caso del Balón de Fútbol Asesino, CAP XXII


CAPÍTULO XXII

Puesto que la información de aquella colaboradora anónima ya nos había sido de utilidad en el pasado, decidimos conceder crédito a la nota. De camino al Canal 31, permanecimos silenciosos. Habíamos hecho tantas veces el mismo camino, que podíamos recorrerlo con los ojos cerrados. La familia Ridruejo se sentía acosada por mi insistencia, y se desquitaba desacreditándome en público a través de sus programas. Recordé las palabras de Marcelino: “Bueno, ya sabes, tu nombre ha salido por la tele. Eso es algo, ¿no?” De pronto, comprendí que eso no era nada. ¿Qué valor podía tener, en sí mismo, cuando uno podía protagonizar una noticia, lo mismo por devorar 50 hamburguesas, que por encontrar la cura del cáncer? El vehículo se detuvo, por enésima vez, ante la garita de entrada. Mostré mi placa, aunque ya no era necesario; todos los vigilantes nos conocían y tenían orden de dejarnos paso franco. Esta vez, sin embargo, me sorprendió la respuesta del tipo de la gorra.
-Pase, sus colegas ya están dentro –dijo, mientras abría una lata de mejillones en escabeche, a la par que subía la barrera.
¿Mis colegas? Nadie había pedido ayuda, ¿por qué estaban dentro otros compañeros? ¿Sería cosa de marcial? Tampoco Luisa sabía nada y lo demostró encogiéndose de hombros. Comprendí que estaba tan cansada de aquello, como yo.
El vigilante de seguridad de la entrada no mentía. Ese bullicio tan particular de la policía cuando trabaja, que era tan familiar para mí, agitaba las tripas de la emisoracomo una mala digestión.
¿Qué hacéis aquí, Javier? –una cosa era segura, aquello no tenía nada que ver con Marcial. Casi descansé al comprenderlo.
-¡Hombre, Esteban! Creo que por aquí te estaban echando de menos. Los tienes muy cabreaos. ¿Te han llamado?
-Bueno, no. He venido en busca de pruebas. Ya sabes, por mi caso –Javier, un viejo conocido, hizo una mueca para mostrar su comprensión-. ¿Y vosotros?
-Pues, lo mismo, se puede decir. Ha habido un suicidio; parece que una secretaria se ha quitado la vida.
-¿Puedo echar un vistazo?
-Sírvete tú mismo –me indicó la sala del café. Desde fuera, se veía el charco de sangre que había manado del cuerpo de una mujer de unos treinta y tantos-. ¿Se ha disparado? Es bastante raro, ¿no te parece?
-Raro me parece poco –admitió-. Hemos hecho una prueba de parafina y hay indicios de pólvora, aunque muy débiles. No me lo trago.
-¿Habéis registrado su mesa? Quizá haya dejado una nota de suicidio.
-Puedes comprobarlo por ti mismo, pero no hemos encontrado nada.
-Gracias. Lo haré. Pura rutina. Os dejo que sigáis trabajando. Me alegro de verte me despedí y mi amigo me devolvió el saludo.
Me di una vuelta por el escritorio de la difunta. “Señorita Téllez, secretaria del Director Adjunto de Personal”, decía un cartel sobre la mesa. Mis peores sospechas se vieron rápidamente confirmadas: no me costó reconocer la letra que ya me era tan conocida, entre las notas a mano de la secretaria. Alguien había descubierto sus movimientos y la había eliminado. Había que darse prisa, o seguiría muriendo gente. Cuando el Sr. Álvarez supo que estaba de nuevo en la casa, vino a recibirme –o, a controlar mis actividades-; alto, desgarbado, me tendió la mano y me saludó con su voz de fagot desafinado. Atendí a sus modales y le espeté.
-¿Podría ver el terminal 0903? –negó con la cabeza.
-No existe ningún terminal 0903 y, además, ahora está en reparación?
-¿No existe o está en reparación?
-Tendría que consultarlo… -mientras hablaba, no dejaba de mirar hacia el lado del pasillo donde se encontraban los ascensores. Sin duda esperaba la llegada de don Arturo- ¿Adónde va?
No estaba dispuesto a dejar que me entretuviera, mientras llegaba la caballería. Fui directo al plató, donde solían almacenar los androides.
-¡Espere! –intentó disuadirme, visiblemente nervioso- Esto es muy irregular. Escuche, la grabación del programa va comenzar en breve, y no puede examinar las máquinas ahora.
-No quiero “examinar las máquinas”, sólo quiero ver el terminal 0903; si me lo muestra, no les interrumpiré en absoluto.
-¡Ya le he dicho que no hay ningún terminal 0903! El último es el 0902.
-¿Está completamente seguro?
-Si se lo demuestro, ¿me dejará en paz y se marchará? –prometí hacerlo así.
-¡Eh, chico! –llamó a uno de los ayudantes de producción, que andaban preparando las máquinas.
No dejaba de asombrarme, dicho sea de paso, que el programa conservara su audiencia, a pesar de ser un fraude. El aludido se acercó.
-¿Tenemos algún terminal 0903?
-Sí, hace unos días, alguien lo encontró por ahí y lo catalogó siguiendo el mismo protocolo. Está…, estaba por aquí –la conversación se vio interrumpida, cuando Ridruejo irrumpió en el plató.
-¿Por qué no nos deja en paz, inspector Salgado?
-Ha venido preguntando por el terminal 0903. Le he dicho que no había ninguno.
-Y no lo hay –dijo él.
-Parece ser que sí –repuse.
-Es aquel –señaló el ayudante de producción.
-¡No lo toquen! –gritó Riduejo, fuera de sí.
El operario que había estado manipulando el androide durante un rato, incapaz ponerlo en funcionamiento, lo soltó sobresaltado. Creí que su respingo se debía a la repentina y furibunda instrucción del Sr. Ridruejo, pero no tardamos en descubrir que la razón era otra. De nuevo, mi confidente había guiado nuestro pasos en la buena dirección.
-Sr. Ridruejo –dijo Luisa, esposándolo-, queda usted detenido.

capítulo 23 

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El Caso del Balón de Fútbol Asesino, CAP XXI


CAPÍTULO XXI

Creía que en mi oficio lo había visto todo, pero no era así. Estaba a punto de vivir otro extraño episodio en mi carrera profesional; el que, creo yo, precipitó la solución definitiva de este delirante caso. Por aquellos días, me dominaba esa fastidiosa sensación, a que tan a menudo nos vemos expuestos los policías, de tener a los culpables al alcance de la mano sin poder alcanzarlos aún. Sabía bien quiénes eran los responsables, pero no disponía de las pruebas suficientes para acusarlos. Eso iba a cambiar pronto. Estábamos seguros de que Arturo Ridruejo y José Luis Cifuentes habían ideado aquel plan extravagante, aunque por motivos muy diferentes. Uno, para salvar la cadena con un espectáculo lo bastante morboso, como para atraer la curiosidad de un público saturado y necesitado de emociones cada vez más fuertes. Claro que aquel androide espeluznante conocía mi nombre; naturalmente que el Canal 31 llevaba la delantera a todos los demás medios de comunicación en lo tocante a este caso. ¡Pero si eran ellos mismos los que creaban el caso y lo explotaban en primicia! El otro, ahora estaba claro, para satisfacer un deseo de venganza que había terminado por destruir un cerebro prodigioso con la mortificación del odio. Como Coriolano, había decidido regresar a Roma empuñando la espada. Hicimos todo lo posible por encontrarle, antes de que pudiese atacar de nuevo: interrogamos a todo el que podía saber algo, registramos todos los rincones del Canal 31, pero había desaparecido sin dejar el más mínimo rastro de su presencia en este mundo. ¿Estaba, acaso, ante nuestras propias narices, camuflado tras un rostro ajeno, observándonos para burlarse de nuestro desconcierto? ¿Cómo saberlo? Podía ser ese tipo que se cruza conmigo y que camina distraído, el hombre que compra un periódico en el quiosco, aquel sujeto que sale de esa tienda; si era así, una sola vida no bastaría para perseguirlo. La presión comenzaba a ser insoportable. Temíamos que la maldición bíblica que nos azotaba, que aquel castigo a la arrogancia como se anunciaba desde los púlpitos, nunca nos sería levantado. En mis pesadillas, se me aparecía acusador el dedo nudoso de don Faustino, afeando, entre roncos ruidos de estertores, mi ineptitud. Sobre mi atribulada conciencia, se descargaba la amenaza del desahucio de los futbolistas, abocados por mi culpa a una vida anodina, después de haber catado los néctares más exquisitos; o, al menos, los más caros. Aparecían ante mí, dirigiéndome una mirada implorante, instándome a evitar el terrible destino. En la calle, se sucedían los disturbios. Algunos exaltados habían quemado bibliotecas, indignados y ofendidos por la falta de partidos donde desahogar su frustración, al grito de “¡¡Acabad con los putos libros!!”. Una consigna muy vieja, proferida por gargantas nuevas. Mi nombre era objeto de calumnias por los callejones, y bien sabía yo que se cuchicheaba en los pasillos de la comisaría. Unos para compadecerme, otros admirados de mi osadía al perseguir a los Ridruejo de toda la vida y otros, en fin, para apostar por los días de carrera que me quedaban aún. La mayoría, no me concedía mucho tiempo. Inmerso en aquella perniciosa atmósfera, me adentraba en la mente del hombre al que perseguíamos, como en una ciénaga. Antes de abandonar el domicilio de los Cifuentes, había penetrado en su santuario. Sus padres nos permitieron entrar en su habitación, tocar sus libros, respirar el aire envenenado que él mismo había aspirado alguna vez. Por un momento, sentí la fascinación del mal y la locura, miré al abismo y deseé caer en él. ¿Estaba perdiendo el contacto con la realidad? Ansiaba, con todas mis fuerzas, que aquel maldito caso se resolviese de una vez.
-¿Jefe? –Luisa interrumpió mis cavilaciones tocando en mi puerta, lo que agradecí.
-¿Sí? –me froté los ojos, para despejarme.
-Ha llegado un anónimo. Los chicos de la entrada han revisado el sobre, para comprobar que no contiene explosivos, y está limpio. Va dirigido a su nombre –dijo, ofreciéndomela.
Reconocí la letra; eran los mismos trazos femeninos que había visto en la nota que encontré prendida en el parabrisas aquella noche. Abrí el sobre y extraje su contenido. Era otra nota. Luisa me miraba expectante y, temiendo aún que el sobre contuviese alguna amenaza bacteriológica en forma de esporas, entornó un poco los ojos mientras lo manipulaba. Leí el mensaje, que, al principio, parecía bastante críptico: “Pregunte por el terminal 0903”.

Capítulo 22 

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