sábado, 29 de agosto de 2009

El Caso del Balón de Fútbol Asesino, CAP XX


CAPÍTULO XX

Contra todo pronóstico de los más agoreros, aparcamos frente a la casa de los Cifuentes. Era una de tantas casas de vecinos, ni más bonita ni más fea, ni más alta ni más baja que las demás. Anochecía. Dejé vagar la vista por sus calles, e imaginé a nuestro pequeño asesino jugando en aquellas mismas aceras. No sé por qué, me figuraba que nuestro hombre habría crecido en un ambiente más sórdido, que aquel apacible barrio de las afueras. Llamamos al portero; nos identificamos como policías. Al final de una angosta escalera, nos esperaba un matrimonio mayor que nos recibió con preocupación. Era patente que no estaban acostumbrados a tratar con la policía y aquella situación los desbordaba. Nos invitaron a entrar y nos sentamos todos en un pequeño salón, alrededor de una mesa camilla. Desde el primer momento, me parecieron personas rectas. Fuimos al grano.
-¿Qué quiere decir que aún está vivo? –sus cerebros no asimilaban la idea.
-Ustedes, no sabrán nada de esto... –preguntó Luisa. Por toda respuesta, recibió el estupor de sus caras.
-Señorita –dijo por fin el padre, con un tono muy serio-, le aseguro que yo mismo cerré su féretro y era él. ¿Cree que no sé reconocer a mi propio hijo? Se lo dije a sus compañeros cuando nos tomaron muestras de ADN y se lo digo a usted ahora.
-El ADN no deja ningún lugar a dudas –intervine-. Créanme, su hijo aún vive y me temo que está metido en un buen lío.
El hombre me miró fijamente a los ojos y permaneció en silencio, con semblante contenido. Su cerebro, aturdido por las noticias que le dábamos, no podía reaccionar. Luego, miró a su esposa, cerró los ojos un instante y dijo.
-¿Qué ha hecho? Lo educamos lo mejor que supimos, pero…
Su esposa, sin decir una palabra, le tomó de la mano y el anciano devolvió el apretón.
-Háblenos de él –dije. Me parecía una buena terapia para ellos y, para mí, una fuente de información quizás.
-Todo vino por aquello del estadio –dijo de repente la mujer, pues el hombre estaba tan abatido que no pronunció palabra alguna; si bien, asintió apoyando las palabras de su esposa.
-¿El estadio? –preguntó Luisa.
-Creo que se refiere al Nuevo Estadio –aclaré.
-¿El Coliseo…? –preguntó aún Luisa.
-Sí, ese. Por favor, continúe –dije, dirigiéndome a la mujer.
-Verán, José Luis era un muchacho muy despierto, tenía mucha curiosidad y le gustaba llegar al fondo de las cosas, pero, por lo demás, era un chico normal. Era muy alegre, hasta que… -se interrumpió.
-Hasta que pasó aquello –el hombre retomó el discurso-. José tenía una novia a los quince años. No era de por aquí, sino que vivía donde ahora se levanta el estadio. Algún hijo de puta sin escrúpulos especuló con los terrenos, que pertenecían al Ayuntamiento, y los recalificaron para construir el estadio. Ese cabrón de Menéndez, espero que se pudra en el infierno –el señor Cifuentes era muy creyente-, compró los terrenos, y sospecho que también a algunos concejales, y se quedó con el proyecto. Los pisos de protección del Ayuntamiento se vieron súbitamente desprotegidos y, como estaban en los terrenos donde se construiría el Coliseo… Después de meses de protestas y de lucha, los vecinos afectados por la demolición de sus pisos, lograron que la inmobiliaria de Menéndez les adjudicara una vivienda. El muy cabrón construyó un edificio para realojar a toda esa gente, con materiales de mala calidad –se detuvo de nuevo. Pero yo recordaba aquel caso y, además, apenas unas horas antes había leído el expediente.
-El edificio se derrumbó y murieron 150 personas. Sospecho que la novia de su hijo fue una de ellas -ambos asintieron.
-Después de aquello, se encerró en su habitación y devoraba la lectura. Sólo quería estudiar y leer. No volvió a tener novia, ni amigos –si exceptuamos a esos chalados de Nobalón-. Y eso no es bueno, inspector.
No podía pasar por alto que había cometido tres asesinatos -tal vez cuatro, tal vez más-, pero la historia me había conmovido. Comprendía que tuviera motivos para estar resentido, pero no debía mostrarme indulgente. El resto de la historia que el matrimonio nos contó, coincidía con lo que la doctora Migueláñez nos había descrito, pero no pudieron aportar ninguna información sobre su paradero. Sí, poco antes de su “muerte”, había estado muy raro, pero no sabían nada de sus actividades. Era muy reservado. Agradecimos el tiempo que nos habían dedicado y les rogamos encarecidamente que nos avisaran si tenían alguna información. Era importante impedir que siguiera cometiendo más crímenes. Yo procuraría que se tuvieran en cuenta los antecedentes y, tal vez, un examen psiquiátrico demostraría que sus facultades mentales estaban alteradas. No prometía una absolución –de sobra sabían que su hijo era culpable-, pero, al menos, la justicia sería más benevolente con él.

Capítulo 21 

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El Caso del Balón de Fútbol Asesino, CAP XIX



CAPÍTULO XIX

Sí pero, a falta de una verdadera prueba, Arturo distaba mucho de ser nuestro. Decidí hundir las narices en los archivos. Solía ser un lugar donde refugiarme, donde trabajar a solas sin que nadie me molestase. Pero esos tiempos pasaron, y los archivos informatizados han dejado desamparados a los tipos solitarios y misántropos como yo. Aun así, podía cerrar la puerta de mi despacho y sondear a mi gusto los delitos, si los hubiere, de los actores de nuestra pequeña tragedia. Ni Arturo ni “Tadeo” constaban en ninguna parte. No me fue difícil, en cambio, encontrar información sobre el señor Menéndez en los archivos policiales. Sus antecedentes eran tan voluminosos como su cuerpo, ahora incorrupto. Se diría, que el tiempo del señor Menéndez estaba trufado de delito; en su grueso cuerpo, se acumulaban más fraudes por libra de carne, que en el de ningún otro ser humano que yo haya conocido. Y, por mi profesión, he tenido oportunidad de conocer una vasta muestra de lo más bajo de la especie. A tenor del número de causas judiciales abiertas contra él, el expediente del señor Menéndez hubiese necesitado cien escribas, de haber nacido bajo el gobierno de los faraones. Pero, aunque hacía no menos de treinta años que había convertido el arte de quebrantar la ley en un estilo de vida muy lucrativo, había demostrado la suficiente sagacidad, para que nunca lo condenasen por ello. La lista era interminable: fraude, extorsión, amenazas, calumnias, homicidio negligente, soborno, estafa… y todas las causas habían sido archivadas o permanecían convenientemente paralizadas en los juzgados. De lo cual, por añadidura, se jactaba en público como en privado. Los agraviados eran tantos, las apelaciones tan numerosas, los expedientes tan abstrusos y densos, que ni con el concurso de la informática era posible hallar un vínculo con los sospechosos. Estaba convencido de que ahí, en alguna parte, enterrado en la maraña de casos pendientes, se encontraba la clave de todo aquel embrollo. No sé cuántas horas transcurrieron, cuando Luisa llamó a la puerta de nuevo.
-¿Jefe? –preguntó, asomando tímidamente la cabeza por la puerta entreabierta- Acaba de llegar el informe de la exhumación que encargó.
-¿Y?
-Pues que tenía razón, el cuerpo que enterraron no es el de José Luis Cifuentes. Me he permitido encargar que comparen su ADN con el de Tomás González Rituerto; como usted había conjeturado que…
-Gracias Luisa, ha hecho usted bien –tuve un momento de lucidez. Estaba cansado de mi reclusión y deseaba respirar aire, si no puro, al menos sí renovado-. ¿Tiene familia, amigos, novia?
-¿José Luis? Sí. Sus padres aún viven.
-Pues vamos a verlos. Habrá que decirles que su hijo no ha muerto –no sé cómo no se me había ocurrido antes.


Me puse la chaqueta y salimos. Llovía. No debería llover el día en que uno va a dar la noticia a unos padres de que su hijo muerto aún vive. Tardaríamos un buen rato en llegar. La ciudad se convierte en una ratonera cuando llueve y allí, sentado en el coche, parado bajo la lluvia, cercado por la ensordecedora ira de las bocinas, tuve la sensación de que mis últimas convicciones se tambaleaban. Pensé que mi mente era como aquel parabrisas, enturbiado por la lluvia y, por un instante, súbitamente transparente al paso de una escobilla que lo había barrido todo.

Capítulo 20 

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viernes, 28 de agosto de 2009

El Caso del Balón de Fútbol Asesino, CAP XVIII


CAPÍTULO XVIII

El lunes por la mañana, fui convocado a una reunión por parte de los presidentes de los principales equipos de fútbol del país, representados en aquella ocasión por el más veterano y poderoso de todos ellos: don Faustino Fernández. A esta reunión, asistieron también el alcalde, representantes de los empresarios de radio y televisión, y de la prensa deportiva. Sólo los más importantes: un selecto círculo. Estaban muy preocupados por la suspensión de la Liga de Fútbol Profesional, y querían saber si aquella incómoda situación se prolongaría aún. Entré en la sala a la hora convenida. Todos estaban sentados alrededor de una mesa ovalada, presidida por un hombre consumido y arrugado, de rasgos afilados como la muerte y que respiraba afanosamente emitiendo un desagradable sonido al hacerlo. Él fue el primero en dirigirse a mí, para ordenarme –con la voz ronca y cavernosa de un moribundo- que tomara asiento al otro extremo de la mesa. Instintivamente, uno sentía deseos de clavar una estaca en el corazón de aquel anciano, cuya piel me parecía hecha de látex. Doce pares de ojos me escrutaban inmisericordes y fríos.
-Inspector Delgado…
-Salgado, señor. Mi apellido es Salgado, gracias.
-Y es un apellido muy digno –repuso contrariado el señor Fernández, que inspiró, emitiendo un ronquido, todo el aire que pudo, lo que no era mucho de todos modos, antes de reanudar su discurso-, pero no estamos aquí para discutir sobre heráldica, señor mío -y, al decir esto, clavaba su nudoso dedo índice en la mesa que él mismo presidía-, sino para pedir a usted explicaciones. ¿Cuánto más ha de durar esta situación? El país no se puede permitir prescindir del fútbol, caballero, como usted parece creer de forma manifiestamente temeraria. ¿Piensa usted que estas personas –y señaló a los asistentes a aquel conciliábulo con su fúnebre mano- están satisfechas? ¿Considera usted que yo –dijo, señalándose a sí mismo con el mismo dedo de muerto- estoy satisfecho? ¿Le parece a usted que los jugadores, esos muchachos inocentes y abnegados, que se encuentran en la flor de la vida, están satisfechos? ¿Ha pensado usted en ellos, señor mío? Esos pobres muchachos tienen mansiones, piscinas privadas, coches deportivos, criados que mantener. Todas esas cosas cuestan mucho dinero, señor, ¿ha pensado usted en eso? Dígame, ¿cómo van a pagar todo eso ahora? ¿Trabajando? Tendrían que venderlo todo y, ¿no le parece que sería cruel arrebatarles todo eso, ahora que ya están acostumbrados a ello? Además, el país necesita el fútbol. ¿Qué sería de los ayuntamientos si este beneficioso entretenimiento desapareciera? ¿No lo comprende?, los ayuntamientos tendrían que construir bibliotecas y, lo que es peor, contratar bibliotecarios. ¡Y esos tipos son insaciables! ¿Se da cuenta usted del mal a que nos expone?, ¡la ruina esta gran nación! ¿Acaso quiere usted eso? –intenté defenderme, explicar que la investigación avanzaba, pero fue inútil-. No diga una palabra. Ese es el problema de todos ustedes, inspector Salcedo, hablan demasiado y hacen poco. ¡Hechos, señor mío, hechos! –golpeó la mesa con la palma extendida- ¡Vuelva usted cuando traiga hechos con usted! –entendí esto como una invitación para abandonar la sala, lo que hice de muy buena gana.
Regresé a comisaría. Luisa entró en mi despacho:
-Hemos buscado informes sobre el tal Tomás González Rituerto, el supuesto diseñador de los androides de la cadena de televisión, pero no aparece nada. Es como si se lo hubiese tragado la tierra.
-Y tal vez así sea. Luisa, sospecho que ese Tomás González está enterrado en la tumba de José Luis Cifuentes. Todos los que lo conocieron, han declarado que vieron su cadáver; pero sospecho que el muerto es un tercer desgraciado a cuyo rostro se ha aplicado el modelador que se utiliza con los androides, para darle el rostro de Cifuentes.
-Entonces, cree que aún está vivo.
-Sí; es más, creo que fue él la persona con quien me crucé en los túneles de acceso al campo. Se aplicó a sí mismo el modelador de rostros, para camuflarse como Darwin. También creo que fue él quien repartió las tarjetas trucadas a los árbitros, camuflándose con los rostros de grandes músicos, escritores y científicos. Ese tipo tiene un macabro sentido del humor. Se ha reído de todos nosotros. Pero, lo que no acierto a entender es por qué mató al constructor Menéndez. Pase que fuera un tipo odioso, pero si fuéramos por ahí cargándonos a la gente que nos resulta odiosa… no quedaría ni un periodista del corazón con vida –Luisa me miró entre asombrada y asustada.
-Bueno, quizá a esa pregunta, sí podamos responder, después de todo –dijo.
-¿Qué quiere decir?
-Repasemos lo que sabemos ya –repuso mi sagaz colaboradora-. Arturo Rituerto y José Luis Cifuentes, se conocían de los tiempos en que ambos formaron parte de Nobalón. José Luis Cifuentes era, según testimonio de la doctora Migueláñez, una mente brillante, pero, a estas alturas, un hombre amargado por no haber obtenido el reconocimiento que se merecía; o así lo consideraría él, me imagino. Por otro lado, según los informes que estamos recogiendo sobre Canal 31, la cadena atravesaba dificultades financieras. Acabamos de recibir los documentos del Banco Central -Luisa me mostró los papeles que traía consigo-. Fíjese en esto: Canal 31 compitió por obtener la retransmisión de los partidos de Liga, pero perdió el concurso en favor de la cadena estatal. Su programación estaba perdiendo audiencia, hasta que sucedió el primer asesinato. Entonces, recuperó posiciones de nuevo en la parrilla. Además, los ingresos por la telemaratón para recaudar fondos para las familias de las víctimas sirvió a la cadena para tapar agujeros. ¿Adivina quién era el responsable de ese programa?
-Nuestro amigo Arturo -no era difícil imaginarlo.
-¡Exacto!
-¿Está insinuando, que Arturo provocó una muerte programada a una hora determinada, con el único fin de ser retransmitida en riguroso directo y en exclusiva? ¿Que lo hicieron a sabiendas, con el único propósito de ganar el pulso de la audiencia? –no sé por qué, a mí no me costaba tanto aceptar aquella conclusión, como hubiera podido imaginar.
-Sí, esa es mi teoría.
-La verdad, es que mis ideas iban por un camino similar, aunque no eran tan audaces. Sin embargo –dije, mesándome el bigote-, eso explicaría por qué Arturo recurrió a José Luis; era él único que reunía los requisitos necesarios para llevar un plan tan complejo a la práctica: tenía los conocimientos técnicos necesarios para idearlo y la disposición mental para llevarlo a cabo. Pero no explica por qué mató al Sr. Menéndez.
-Bueno, creo que tengo la respuesta a eso. Acertó usted al ordenar que se investigaran las cuentas de Arturo, jefe. Este, contrató a Luis con el nombre falso de Tomás González Rituerto, probablemente después de fingir la muerte de Cifuentes. Eso, le dejaba libre para cometer los asesinatos, pues nadie buscaría a un muerto. Pero, no sólo lo contrató, sino que le montó un laboratorio donde pudiese crear las máquinas que trabajaban en los programas de tele-realidad de la cadena. Bueno, no entiendo de esas cosas, pero cabe imaginar que un laboratorio como ese costará mucho dinero.
-Sin duda, pero no sé a dónde quiere ir a parar.
-Observe: no hay ninguna partida en el presupuesto del Canal 31 destinado a ese particular. Sin embargo, nuestro amigo Arturo recibió un millón de euros del Sr. Menéndez, y se han hecho pagos por esa misma cantidad a diversas empresas del sector.


-O sea, que Arturo le pidió el dinero a Menéndez, para crear su proyecto dentro de la cadena, y luego lo eliminó, quizá para no dejar rastro o para no tener que devolver el dinero. Eso tiene sentido. Felicidades, ha hecho usted un excelente trabajo, Luisa. Ahora, necesitamos una prueba algo más sólida y Arturo ya es nuestro.

Capítulo 19 

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El Caso del Balón de Fútbol Asesino, CAP XVII


CAPÍTULO XVII

El resto de las declaraciones, no aportaron nada nuevo. Pero una idea empezaba a cobrar forma en mi aturdido cerebro. Decidí llamar al laboratorio, para saber si habían sacado algo en claro del examen del androide incautado. Me interesaba saber qué podían decirme del sistema de modelado del rostro.
-Pues, puedo decirle –me explicó el científico que dirigía la investigación-, que se trata de un sistema realmente ingenioso; algo completamente nuevo y digno de un genio. Puede modelar las facciones de cualquier rostro que introduzcamos en el sistema. No comprendemos totalmente su funcionamiento, en parte por su complejidad, y en parte por estar la unidad en examen parcialmente destruida.
-Pero, dígame, ¿podría aplicarse a un ser humano?
-Bueno, sss…sí –titubeó unos instantes. Sería extremadamente doloroso, pero se podría hacer.
-Y, una vez apagado el sistema, el rostro recobraría su forma original –inquirí aún.
-Bueno, si se aplicase con suficiente intensidad, los efectos podrían ser permanentes. La facciones así modeladas, podrían permanecer de manera definitiva, y sólo se podrían borrar aplicando el dispositivo sobre la cara, para un nuevo modelado.
-Gracias doctor, creo que me ha ayudado mucho –colgué el aparato, con la impresión de que había dado un importante paso en la resolución del caso; no obstante, también consideraba que, de haber escuchado semejante teoría expuesta por boca de otro, la hubiese juzgado la cosa más disparatada y absurda que jamás había oído. Llamé a varios de mis subordinados, y les encargué que pidieran la exhumación del cadáver de José Luis Cifuentes; apostaba a que una identificación de ADN, revelaría que el cuerpo enterrado en su tumba no pertenecía al señor Cifuentes.

Capítulo 18 


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jueves, 27 de agosto de 2009

El Caso del Balón de Fútbol Asesino, CAP XVI


CAPÍTULO XVI

Esa misma tarde, se interroga en comisaría a los involucrados. No hay suficientes salas de interrogatorio, pero, de todos modos, es inútil. Los jugadores, acuden acompañados de sus representantes, pero no se puede sacar mucho de ellos. Todos narran con arrobo, cómo han experimentado una transformación, una redención; han visto la luz. Más allá de esto, no pueden aportar nada a la investigación. Sus representantes se desesperan y les instan a volver a sus puestos, pues hay unos contratos que cumplir. “Por Dios, Fernando, tienes que volver.” La respuesta es casi siempre la misma: “Ya no puedo seguir dando patadas a un parche de cuero, ¿es que no lo comprendes?” –no, las muecas no dejan lugar a la duda; no lo comprenden. Es el turno de los colegiados, de los asistentes, de los delegados de los campos donde se han verificado los incidentes. Todos coinciden en afirmar, que ninguno de ellos tenía intención de acceder a las peticiones de los jugadores -quienes solicitaban una interrupción y un micrófono para dirigirse al público asistente-, pero los argumentos eran tan irrebatibles, tan sólidos los silogismos y estaban tan maravillosamente expuestos, que no era posible negarse. Había que obedecer. Según los forenses que examinaron a los jugadores y los técnicos que inspeccionaron las tarjetas arbitrales, los futbolistas habían sido expuestos a una especie de rayo intelectualizador, que había modificado completamente la estructura de sus cerebros, convirtiéndolos en auténticos eruditos. El veredicto fue tajante: no se podía hacer nada por ellos. La pregunta era, pues, ¿de dónde habían salido aquellas tarjetas trucadas? Todos los colegiados coincidieron en afirmar que las habían recibido por mensajería, procedentes de la Federación, con instrucciones de emplearse a partir de la presente jornada de liga, hacía cosa de un mes. Un extremo que fue rotundamente desmentido por las autoridades deportivas. Esto significaba que nuestro astuto asesino había planeado cuidadosamente el ataque, pero había un detalle que nos alarmaba aún más; a saber, cada tarjeta había sido entregada por un hombre diferente –basados en las descripciones de los árbitros, los mensajeros fueron Schubert, William Shakespeare, Leonard Euler,… ¿qué clase de broma era aquella?-, y eso implicaba que había un gran número de implicados. ¿Estábamos acaso ante toda una organización y no ante un chalado solitario, como habíamos supuesto hasta ahora? Sólo al día siguiente, al interrogar a uno de los camareros del palco donde el señor Menéndez fue asesinado, comprendí que no era así. Por el momento, las declaraciones de los testigos coincidían plenamente, y eso era lo más exasperante de todo; apenas si servían de algo. El domingo, por fin, pude contactar telefónicamente con la doctora Migueláñez. Su testimonio iba a resultar determinante para mí, si bien, al principio parecía de lo más desalentador.
-Perdone que la moleste a estas horas –debido al desfase horario, allí era aún de madrugada.
-No se preocupe –me tranquilizó-, debido al jet-lag, aún no he podido pegar ojo. ¿Qué se le ofrece, inspector?
-Verá, tengo algunas dudas, que quizá usted pueda resolverme.
-Usted dirá –replicó la voz desde el otro lado del océano.
-He hablado con Arturo Ridruejo, que fue uno de los miembros de Nobalón.
-Efectivamente. Recordará que le hablé de un miembro del grupo, cuyo padre nos sacó del lío en que nos metimos: me refería a él.
-Sí, he tenido oportunidad de ser blanco de sus amenazas. Pero, quería preguntarle por otro nombre que se ha mencionado, aunque no consta en su lista.
-Bueno, intentaré ayudarle. Dígame de quién se trata.
-Alguien ha mencionado el nombre de “Tadeo”, como un posible sospechoso. ¿Doctora? –se había hecho un silencio al otro lado de la línea y temí haber perdido la comunicación.
-Sí, sí, estoy aquí. Disculpe, pero lo que dice… es imposible.
-¿Imposible? ¿por qué? ¿Sabe de quién se trata?
-Sí, “Tadeo” es el mote que Arturo le puso al fundador del grupo, José Luis Cifuentes.
-¿José Luis Cifuentes? No consta en la lista que me proporcionó.
-No lo consideré necesario: José Luis murió hace cosa de un mes.
-¿Muerto? –me costaba renunciar a mi sospechoso.
-Yo misma vi su cadáver. Era él, no tengo la menor duda.
-¿Puede decirme algo sobre él, en cualquier caso? Quizá me sirva de algo.
-No sé qué podría contarle. Recuerdo que Luis era un tío muy raro. Un genio, probablemente, aunque muy rebelde y con un carácter extravagante e introvertido. Se enfrentó con varios profesores de su facultad, a los que ridiculizó en público y llamó ineptos, y eso le acarreó dificultades, claro. El ambiente entre los departamentos puede llegar a ser muy mezquino; créame, se sorprendería. Bueno, lo cierto es que era una mente privilegiada y siempre estaba pensando en alguna idea brillante. Pero no lograba encajar en el sistema y su situación era cada vez era peor. Al final, abandonó amargado. Creo que dio tumbos por ahí: fue reponedor de refrescos, trabajó en una hamburguesería, repartió pizzas. Ningún trabajo le duraba. Un desastre, hasta que murió. Supongo que estaba muy resentido. Se perdió un gran cerebro. Una pena.
-¿Y Arturo? –pregunté.
-¡Bah! –la exclamación denotaba el poco aprecio que le merecía-. Un niñato. Por aquel entonces, estudiaba derecho. Bueno, estudiar, estudiaba poco, porque se pasaba el día en el bar de la facultad y tratando de ligar en el gimnasio. Se metió en nuestro grupo por diversión; para darle a papá en las narices. Pero su padre lo sacó de allí, lo llevó a una universidad privada, para que aprendiera dirección de empresas, y lo enchufó como directivo en su cadena de televisión, el Canal 31. Pero eso, probablemente ya lo sabe.
Agradecí a la doctora la información que me había proporcionado. No obstante, parecía desbaratar la teoría que, de un modo aún incipiente, empezaba a formarse en mi cabeza. En ese momento, la subinspectora López entró para avisarme. Los empleados del palco estaban en las salas de interrogatorio, listos para prestar declaración. Todos estaban algo molestos, pues ya habían sido interrogados en el lugar de los hechos la semana anterior. Esta vez, quería saber si alguien había notado algo inusual, algo que hubiese llamado su atención. Nadie había visto nada anormal, excepto… Uno de los camareros declaró que le había sucedido algo extraño, a lo que no había dado importancia en aquel momento, pero ya que me interesaba por detalles incongruentes, extraños, imposibles.
-Verá, Ramón, uno de los camareros… Bueno, ya sé que es imposible, pero fue como si hubiese estado en dos sitios a la vez.
-¿Qué quiere decir?
-Pues, que yo venía de servir en el palco, cuando me crucé con él. Llevaba una bandeja con cafés y refrescos, creo. Sin embargo, llegué a la barra, dejé unas copas sucias que había recogido, y entonces lo vi salir del almacén donde guardamos las bebidas. Era imposible, así que supuse que me había equivocado. Pero como insiste usted en que recordemos cualquier detalle, por incongruente que pueda parecer. Pues ese es uno bastante raro. Pero, ya le digo que tuve que ser yo quien se equivocó, porque la gente no puede estar en dos sitios a la vez, ¿verdad?


-No, no puede. Muchas gracias por su testimonio. Puede que sea mucho más valioso de lo que cree. Puede marcharse.

Capítulo 17 

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El Caso del Balón de Fútbol Asesino, CAP XV



CAPÍTULO XV


Al día siguiente, sábado, se jugaba una nueva jornada de Liga. El dispositivo de vigilancia se reforzó aún más, hasta el punto de hacer muy penosa la entrada del público en los estadios. Pese a las protestas de los espectadores, no había más remedio que ser estrictos; no queríamos errores. Se cacheó a todo el personal del campo y a todos los empleados de los clubes se les exigió acreditación. De nuevo, ocupé un asiento en el palco, esta vez en el mismo estadio donde sucedió el primer crimen. Junto a mí, estaba Marcial. Todo marchaba con normalidad y nosotros charlábamos en nuestros asientos.
-Bueno, Esteban, ahora que eres una estrella, te acordarás de tus amigos. Los chicos de la comisaría te miran de otra forma.
-¡Qué absurdo! Soy el mismo de siempre; ¿qué ha podido cambiar en estos días?
-Bueno, ya sabes, tu nombre ha salido por la tele. Eso es algo, ¿no? –yo, no lo creo, pero no contesto- Por cierto, ¿qué se sabe de la muerte del constructor, el Sr. Menéndez?
-He recibido hoy el informe. Las pruebas toxicológicas parecen indicar que los fármacos que produjeron su muerte y momificación, se administraron por separado: un compuesto estaba en el puro, el otro, en el coñac que le sirvieron en el palco.
-Lo cual nos conduce a que uno de los camareros del club tuvo que servir la copa asesina.
-Sí, eso parece. Mañana por la mañana están convocados a comisaría, a petición mía, todos los empleados que pudieron tener acceso a las bebidas. Hemos permitido que trabajen hoy, aunque bajo vigilancia.
-Pero, ya les tomaron declaración a todos durante horas y se les ha investigado a fondo. ¿Qué esperas sacar, Esteban?
-Aún no sé qué pensar, Marcial, pero creo que los Ridruejo y su Canal 31 están metidos en esto de alguna forma. Quizá sobornaron a algún empleado, o introdujeron a alguien para cometer un asesinato. Aunque, es cierto que no sé por qué habrían hecho una cosa así.
-¿Quién sabe? Tal vez se trate de encubrir un asesinato relacionado con negocios. Menéndez no era precisamente un santo; puedo investigar si tenía algún negocio con la familia o con la cadena de televisión que dirigen. En cualquier caso, ten cuidado con ellos, Esteban. Son una familia muy poderosa. Asegúrate bien de tener algo concluyente contra ellos, antes de hacer nada; pueden hundirte si se lo proponen, y se lo propondrán en cuanto te metas con cualquiera de sus miembros.
Nuestra conversación se interrumpió, porque un agente se acercó a Marcial para decirle algo al oído. Su rostro iba dando signos inequívocos de contrariedad, a medida que el agente se explicaba, hasta que, finalmente, un “Maldito cabronazo”, terminó por estallar en sus labios.
-Gracias –despidió al agente, para dirigirse a mí-. Hay que advertir al árbitro de que no saque la tarjeta roja a ningún jugador, bajo ningún concepto.
-Pero, ¿sabes lo que dices? –exclamé- Se puede liar una buena, si hay una jugada delicada y el colegiado no actúa, la gente provocará incidentes. ¿Qué es lo que sucede Marcial?
-Nuestro amigo ha vuelto a actuar. Parece que se han producido altercados en un campo del norte del país, y el partido ha tenido que suspenderse. El relato es muy confuso, pero ha habido enfrentamientos muy graves entre el público y la policía.
-¿Ha vuelto a asesinar? –pregunté.
-No, parece que esta vez no, pero lo que me cuentan no tiene ningún sentido. Se ha emitido aviso a todos los campos del país, para que no se muestre ninguna tarjeta roja, hasta nuevo aviso. ¡Que Dios nos ayude!
Los hechos se repitieron en varios estadios. El relato de lo sucedido –esencialmente igual, en todos los casos-, es el siguiente. Todo parecía discurrir por cauces perfectamente normales, hasta que, en un momento dado, el colegiado muestra una tarjeta roja a un jugador. Algunos testigos, hablan de un débil resplandor rojizo que ilumina por un instante el rostro del infractor, que, acto seguido, impreca al árbitro con las consabidas protestas. Pero, esta vez el público se impacienta. La discusión se prolonga, y el juego permanece paralizado, los jugadores se congregan alrededor del colegiado y del jugador amonestado, que parece estar dirigiendo un sermón a un auditorio entregado. Los asistentes de las bandas, los masajistas y los cuadros técnicos al completo de ambos equipos, se adhieren al parlamento. Se aplauden algunos pasajes, que el público no puede escuchar desde las gradas, mientras el jugador amonestado pide que le dejen continuar. Entonces, el delegado del campo acude a petición del colegiado y, al cabo de un rato –en medio de los silbidos del público, que ya está más que molesto con la interrupción del juego-, regresa con un micrófono. Ante el estupor general, el jugador amonestado toma la palabra y se dirige a la concurrencia. Atónitos, los aficionados escuchan a su ídolo, aconsejarles que abandonen el campo, que no desperdicien más sus vidas asistiendo a partidos como este, que este deporte hace tiempo que dejó de ser un pasatiempo noble, y que mejor harían en pasar la tarde junto a los suyos o leyendo o paseando o asistiendo a un concierto. Que cultiven sus mentes y que practiquen ejercicio por sí mismos. “No les den un céntimo más a estos carroñeros del fútbol profesional. ¡Rebélense! No se dejen aborregar y sean libres.” Luego, comienza a sonar música de StravinskY por la megafonía del estadio.
Un silencio, producto de la estupefacción inicial, paraliza las gargantas. Los brazos permanecen inmóviles aún unos instantes, presa de la inacción, hasta que el griterío de los más energúmenos enciende la mecha. Los seguidores más recalcitrantes arrastran a los demás, comienzan los silbidos, los abucheos y se arrancan las primeras sillas de sus pernos. Al público no le agradan esta clase de veleidades; no acude a los estadios para recibir sermones, sino para borrarlos de sus mentes. El público espera que su equipo tumbe al rival y sacar pecho el lunes, ante los compañeros de oficina. Se exigen responsabilidades: la reanudación del encuentro o la devolución del importe de las entradas. Rápidamente, la indignación degenera en violencia. La policía tiene que cargar y el encuentro se suspende definitivamente. Es un desastre. Hay cientos de detenidos y decenas de heridos, pero no ha muerto nadie, lo cual es un milagro. La Liga ha quedado en suspenso: nuestro adversario ha logrado su propósito.

Capítulo 16 

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El Caso del Balón de Fútbol Asesino, CAP XIV


CAPÍTULO XIV



La subinspectora López tenía razón, debíamos hacer una visita al Sr. Ridruejo, pero antes quería charlar con la doctora Migueláñez, a ver qué podía decirme de sus compañeros de los tiempos de universidad. Desgraciadamente, en ese preciso momento se encontraba de viaje; acudía a un congreso de paleontología en Cincinnati, por lo que, a esas horas, probablemente sobrevolaba el Atlántico. Era imposible comunicar con ella, según me explicó uno de sus alumnos de doctorado.
-Está bien –dije, mirando a Luisa, mientras colgaba mi teléfono-, habrá que tantear al Sr. Ridruejo sin la ayuda de nuestra paleontóloga. Veamos qué podemos sacar.
Nos encontrábamos ante la residencia de los señores de Ridruejo. Se trataba de una auténtica mansión señorial, donde el dinero brillaba en cada detalle, por insignificante que fuese, con esa impagable pátina con que el tiempo certifica su marchamo de calidad. Un mayordomo, ataviado con guantes blancos, nos anunció a los habitantes de la casa. Unos minutos después, Arturo Ridruejo comparecía acompañado de su padre, don Manuel Ridruejo. Este último, fue el primero en hablar.
-Buenas noches agentes, soy Manuel Ridruejo, ¿en qué puedo ayudarles? –nos tendió la mano.
-Buenas noches. Somos el inspector Salgado y la subinspectora López. Queremos hacerle unas preguntas a su hijo, Arturo.
-¡Ah! Usted debe de ser, sin duda, ese agente Salgado que anoche estuvo en el plató por el asunto del androide defectuoso. Nos han creado muchas complicaciones por nada, pero no les culpo, ustedes hacen su trabajo.
-Inspector Salgado, si no le importa –el hombre puso un gesto de contrariedad que delataba la poca gracia que le hizo mi observación-. Pero, sí, tiene razón, mi visita se debe a algo relacionado con lo sucedido anoche. Me temo que han surgido dudas en la investigación.
-¿Dudas? –dijo el hombre, hablando por su hijo.
-Sí, ¿reconoce a este hombre? –la subinspectora sacó una fotografía del programa que se repartía en el teatro.
Por fin, Arturo se dignó a responder por sí mismo. Tomó la fotografía y dijo.
-Sí. Trabaja para nosotros.
-¿Puede especificar en qué? –Luisa insistió.
-Bueno, hace recados y otros trabajos de poca monta. Quiere ser actor. Alguna vez, ha hecho de extra. Esas cosas.
-Sin embargo –intervine-, anoche se me presentó como el diseñador de los androides, una de cuyas unidades protagonizó el extraño incidente al que se refería. Me dio una peregrina explicación de por qué mi nombre se mencionó en antena.
-Bueno, eso…; tendrá que preguntarle a Iñigo.
-Porque, este hombre no ha diseñado los androides, ¿verdad? –continué, sin atender a sus aclaraciones.
Arturo, miró a su padre, en busca de ayuda.
-Oiga, inspector Salcedo, ¿no estará acusando a mi hijo de nada? Sería ridículo pensar que…
-Salgado, me llamo Salgado. No estoy acusando de nada a nadie, aunque podría hacerlo. Lo de anoche se llama “obstrucción a la justicia” y está penado por la ley. Ustedes verán si quieren aclarar esto aquí y ahora, o prefieren acompañarme a comisaría.
-No estoy acostumbrado a tolerar que me insulten en mi propia casa, señor mío.
-Está bien, papá –Arturo trató de apaciguar los ánimos-. No, este hombre no es el creador de las máquinas a que usted se refiere. Simplemente, la persona con quien usted quería hablar, se encuentra en paradero desconocido. Ha desaparecido y hace más de una semana que no sabemos nada de él. Pero la explicación que recibió es la más plausible. Como tal vez podrá imaginar, no queríamos que ese detalle se divulgara; comprenda que en el mundo de la televisión la competencia es muy fuerte y cualquier signo de debilidad podría significar la retirada de los contratos de publicidad. Eso supondría perder mucho dinero.
-Usted perteneció a un grupo de amigos que, en la universidad, se hacía llamar Nobalón, ¿no es verdad?
-¡Por Dios, inspector! ¡Eso pertenece al pasado! No digo que Arturo no haya cometido locuras juveniles -¿quién no?-, pero esto me parece excesivo. ¿A qué viene recordar esto ahora?
-Responda a la pregunta –dije, sin atender a las protestas del viejo.
-No, déjalo –dijo Arturo, apaciguando de nuevo la airada reacción de su padre-. Pues sí, estuve en ese grupo cuando era estudiante. Y no me arrepiento. Pero hace mucho que Nobalón se disolvió. No veo qué relación puede tener eso con el caso que nos ocupa. Siento que Iñigo les haya mentido, pero mi pasado universitario está superado.
-Sin embargo, no me ha revelado el nombre de la persona que ha fabricado esos aparatos para usted.
-Se llama Tomás González Rituerto. ¿Le basta con eso? Si no, haré que le envíen a comisaría toda la documentación laboral que lo vincula a nosotros –dijo el mayor de los Ridruejo, visiblemente enojado-. Y ahora, si no tienen nada más que preguntar, les ruego que no abusen más de la benevolencia de nuestra cortesía. Estábamos a punto de cenar –el hombre hizo un gesto a su mayordomo-. Acompaña a estos señores a la puerta, ya se marchan. ¡Buenas noches!
Ese nombre, “Tomás González Rituerto”, tampoco estaba en la lista de componentes de Nobalón que la doctora Migueláñez nos había proporcionado. ¿Quién era Tadeo? ¿Por qué se nos había ocultado la verdad la noche anterior? Si el tal Tomás González Rituerto había desaparecido, ¿por qué no se había denunciado su desaparición? Las explicaciones que se nos habían dado no me parecían satisfactorias. Di instrucciones, que la subinspectora anotó en su libreta.


-Aquí sucede algo extraño, Luisa, quiero que investigues todo lo relacionado con las últimas operaciones del Canal 31. Quiero un informe completo sobre el estado de sus cuentas. También quiero que averigües todo lo que puedas sobre las finanzas de Arturo Ridruejo. Ingresos, pagos, deudas, movimientos sospechosos, todo lo que puedas reunir. Y averiguad quién es ese tal Tomás González Rituerto.

Capítulo 15

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El Caso del Balón de Fútbol Asesino, CAP XIII


CAPÍTULO XIII



Durante toda la jornada del día siguiente, estuve sopesando si debía tomarme en serio la nota; si debía, o no, acudir a lo que parecía una cita, quizás con un testigo. Sospechaba que el extraño incidente de la noche anterior, guardaba relación con el caso que tenía entre manos, a pesar de las explicaciones que la cadena había procurado proporcionarme. Decidí pedir una orden judicial para requisar el androide siniestrado. Luego, llamé a Luisa y le pedí que buscara la dirección que aparecía en la nota.
-Es un teatro de aficionados, jefe –la subinspectora López me miró de un modo peculiar, ante lo que parecía mi primera muestra de vocación teatral.
-Bien, iremos esta tarde a las 8:00.
Luisa tardó unos segundos en reaccionar; su incomodidad y su nerviosismo no le permitían hacerlo. Debía de estar buscando alguna excusa en su cabeza, para no acompañarme.
-No es lo que cree. Anoche, recibí esta nota en el aparcamiento de los estudios.
La calma y el color regresaron a sus mejillas, lívidas un instante antes. Luisa examinó la nota.
-¿Qué espera encontrar allí, que tenga relación con nuestro caso?
-No tengo ni idea, pero alguien parece pensar lo contrario. Quizá sea una trampa, lleve su pistola. Llegaremos al fondo de todo esto.
-Está bien –se retiraba, cuando-. ¡Ah!, por cierto, han llamado de la científica. Parece que la cadena ha puesto todo tipo de trabas legales, pero han logrado requisar el robot. Lo tienen en el laboratorio.
-Excelente. Gracias.
A las siete y media, estábamos frente a la puerta del teatro. Queríamos inspeccionarlo todo, por lo que pudiera ocurrir. Había que tenerlo todo bajo control, pero no sucedió absolutamente nada, excepto que algunos espectadores se agolpaban ya en la entrada. El público entraba sin más, pues la representación era gratuita, y sólo nosotros permanecíamos en pie, esperando. Esperando, ¿qué? Hacía cinco minutos que, lo quiera que fuese que debíamos presenciar, debería haber sucedido.
-¿Qué es eso tan importante por lo que había que venir hasta aquí? –empezaba a impacientarme y a considerar que todo aquello era una broma de mal gusto.
-La obra –replicó mi compañera.
-¿Cómo?
-Sí, ¿qué otra cosa puede ser? La obra comienza, precisamente, a las ocho. Quizá la autora –por la letra, diría que se trata de una mujer-, quería que usted viese la obra.
-“El mercader de Venecia” –me acerqué para leer el cartel-, “por William Shakespeare. Compañía de teatro aficionado El grillo. Hoy, Gran Estreno a las 20:00. Entrada gratuita.” No veo qué relación puede haber entre una compañía de aficionados al teatro, y el caso que nos ocupa. Vámonos, Luisa, estamos perdiendo un tiempo precioso.
-No, entremos. ¿Qué hay que perder? La entrada es libre. Si no encontramos nada dentro, nos marchamos. Tengo la intuición de que, sea lo que sea, está ahí dentro –dijo, señalando la entrada.
-Está bien, entremos. Pero me parece una pérdida de tiempo. Alguien nos está tomando el pelo.
Ocupamos un asiento al fondo; la verdad, es que sobraban butacas donde elegir. Permanecimos por espacio de un rato silenciosos, escrutándolo todo, inútilmente, en busca de algo que justificara nuestra presencia allí.
-¿Ve usted algo, subinspectora? Susurré al oído de mi ayudante.
-Reconozco que no. Creo que tenía usted razón. Nos han tomado el pelo.
Estábamos a punto de levantarnos, cuando, en la escena III.
-Ese actor que interpreta al protagonista –retuve a la subinspectora López.
-Shylock.
-Sí, como se llame. Su cara me suena –traté de hacer memoria-. Creo que nos quedaremos un poco. Quiero hacer una visita a los camerinos. Vamos.
Salimos de la sala y nos dirigimos a los camerinos, para esperar al avariento mercader. Cuando este apareció, su rostro mudó a la expresión más bobalicona que nunca haya visto en un sospechoso. Se rehizo admirablemente.
-¿Qué deseáis, gentilhombre, de Shylock? Os presento mis respetos, milady –preguntó, adoptando un aire teatral, mientras se postraba ante toda una subinspectora de policía, haciendo reverencia. Lo agarré por las solapas del jubón y su rostro se descompuso de nuevo.
-Estoy harto de que me tomen por imbécil. Más vale que tengas una explicación que me contente, o la farsa se va a terminar por lesión del primer actor –era el momento de apretarle las clavijas. Luisa sacó las esposas, apoyando su iniciativa con un intimidatorio “¿Tiene abogado?”
-¡Está bien, está bien! Mire, yo no quiero complicaciones; sólo soy el chico de los recados en ese programa, ¿vale? Hace tiempo que soy actor aficionado –algún día daré el salto, pero, por ahora, tengo que comer-; bueno, pues el director, el Sr. Álvarez, ya lo conoce, me pidió que interpretara ese pequeño papel ante usted. Improvisé, porque todo fue muy rápido y… -se interrumpió.
-Todo eso está muy bien, pero si tú no diseñaste esos artefactos, ¿quién?
-No lo sé. Yo no lo conozco. Lo he visto alguna vez por plató, en compañía del Sr. Ridruejo.
-¿Quién es el Sr. Ridruejo? –preguntó mi compañera.
-Arturo Ridruejo; es un ejecutivo de la cadena. Me parece que su padre está en el consejo de administración, o algo así. Fue él quien trajo a ese tipo de los androides. Parecían conocerse desde hace tiempo. Le puso un taller y metió pasta de la cadena en su proyecto. ¡Puf! ¡Androides! ¿Donde se ha visto?
-¿Sabe cómo se llamaba el creador de esos androides? –fue nuestra última pregunta a aquel tipo.
-Don Arturo le llamaba “Tadeo”.
“Arturo Ridruejo”; el nombre me resultaba familiar. Saqué la lista que la doctora Migueláñez me había confeccionado. El nombre figuraba entre ellos. Sin embargo, no constaba ningún Tadeo. Cotejé los nombres con la primera lista, la que me proporcionó el tipo del garito. En ella, sin embargo, sí figuraba un Tadeo. Así que, Arturo Ridruejo y el tal “Tadeo”, habían formado ambos parte de Nobalón.


-Habrá que visitar al Sr. Ridruejo –dijo Luisa.

Capítulo 14 


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