miércoles, 7 de diciembre de 2016

A propósito de la anterior

Soy de la opinión de que, si una obra –fuere musical, pictórica, literaria o de cualesquiera otra índole– no se explica por sí misma, es que no está bien construida. Por esta razón, y porque me parece obsceno hablar de los procesos mentales que dan lugar a la propia obra, tengo por costumbre no contar lo que quise decir con esto o aquello, ni hablar de cómo ni cuándo me vino tal o cuál idea a la cabeza. No obstante, por una vez, voy a romper mi propia norma.
Quizá, a quien haya leído el relato al que me refiero (véase más abajo, en la entrada anterior de este mismo blog), le haya quedado la impresión de que la narración es un tanto atropellada. Tiene razón y tiene su explicación. La idea me vino por primera vez a la cabeza este verano. Deseaba hablar, por boca de mis personajes, de cómo, si uno quiere alcanzar el poder, el verdadero poder, tiene que sacarse ciertos escrúpulos y estar dispuesto a hacer lo que haya que hacer. Por supuesto, la vida está llena de decisiones y muy a menudo tenemos que sacrificar ciertas cosas para alcanzar lo que queremos; en el otro extremo, por supuesto que se puede lograr el éxito sin tener que pasar por encima del cadáver de nadie. Por ejemplo, creando algo –puede ser un invento o una obra literaria, cinematográfica o musical– que guste al público y se venda bien. Legítimo e inocuo. Sin embargo, la historia está llena de grandes reyes, emperadores y conquistadores que no dudaron en asesinar, condenar a muerte y torturar de la manera más cruel para suprimir competidores e infundir, de paso, el miedo necesario para alcanzar el poder y mantenerse luego en él. La misma campaña de Donald Trump ha sido un buen ejemplo de esto, sin llegar al derramamiento de sangre: ha hecho y dicho todo lo necesario, sin el menor pudor, para ganar las elecciones –fuera cierto o no–, de ahí que su discurso tras la victoria se haya suavizado para sorpresa de todos. Ya no necesita convencer a nadie; ya tiene el poder. Seguramente, su problema ahora es que no sabe qué hacer con él. Por esta razón, como decía, no entro en los detalles del asesinato ni de su investigación en mi relato. No me interesaban. No es eso de lo que quería hablar. Y, sin embargo, la idea central, la del Príncipe del Mundo convocando a los poderosos de la Tierra a un sacrificio ceremonial me parecía excesiva y pronto se convirtió en una pesadilla. Tener en la cabeza la idea de una pobre muchacha asesinada de forma brutal y un pobre desgraciado entregado a la justicia, enturbiaba mis pensamientos y mi descanso. Buscaba, pues, la manera de librarme de él. Por otro lado, todo el asunto se me quedaba corto. Entonces, la actualidad me brindó una segunda reflexión y una vía de salida del atolladero. Y ahí es donde entra el psiquiatra del relato.
Llevaba un tiempo siguiendo en internet –sobre todo en Youtube– algunas de las infinitas teorías conspirativas que circulan por el mundo. Ayer mismo, a cuenta de las mentiras que se hicieron circular en la campaña electoral, y como si de una reedición contemporánea de "Taxi Driver" se tratara, un tipo irrumpió armado en una pizzería para salvar a unos niños víctima de una supuesta red de pedofilia promovida por Hillary Clinton. Así que, ¿la idea de hacer intervenir al mismísimo Diablo era realmente excesiva? La realidad se encargó de superar toda fantasía. Días antes de terminar mi relato, supe de la misteriosa muerte de un investigador experto en conspiraciones llamado Max Spiers (quien lo desee, puede leer sobre los detalles del caso pinchando aquí). Una de las teorías que anidaban en su cabeza tenía que ver con rituales de magia negra. Y tenía miles de seguidores en todo el mundo. Todas estas teorías, como la tan difundida sobre los Illuminati, el Nuevo Orden Mundial y el control del universo mundo desde la sombras no son tan nuevas como se podría pensar. A principios del siglo pasado, el famoso Protocolo de los Sabios de Sión, un panfleto antisemita fabricado por los servicios secretos del Zar (se sabe exactamente quién lo redactó), sirvió para sustentar el odio contra los judíos durante décadas. ¿Cuántas veces escuchamos en el pasado, en España sin ir más lejos, culpar a la eterna conspiración judeo-masónica? Que el documento fuera probadamente falso no impidió que de él se sirvieran quienes promovieron el odio y la guerra, y que tantas vidas y sufrimiento se cobraron. Y millones de personas han creído –y seguramente siguen creyendo– en ello. La diferencia con nuestro tiempo, es que internet ha brindado el medio perfecto para su propagación: ofrece inmediatez en la difusión, cuasi impunidad a los mentirosos profesionales y una especie de mítico halo de credibilidad, de pureza no contaminada por los medios oficiales, de cuanto se vierte a la red; como si quienes escriben en internet nos tuvieran garantizado, por ese solo hecho, estar movidos por el altruismo y no tuvieran otra intención que la de hacer el bien y defender la verdad contra la mentira oficial. De ahí mi personaje del psiquiatra. Porque es como si el inconsciente colectivo estuviera sufriendo un brote psicótico, e internet fuese algo así como un LSD virtual, una droga alucinógena de ese inconsciente del que participamos todos. Me pregunto si, como a mi personaje, Frank Delowney, lo que realmente le sucede a la Humanidad es que experimenta un sentimiento de culpa que es incapaz de manejar, y prefiere crear conspiraciones para descargarse de ese peso en otro, en una fuerza irresistible que nos libre de la incómoda sensación de ser cómplices de lo que ocurre en nuestro tiempo, ahora que la democracia y la libertad de que gozamos nos obliga a compartir la parte de responsabilidad que nos toca a cada uno. Mal que le pese a la mayoría de nuestros congéneres. O, quizá, sea pura y simple estupidez.

miércoles, 23 de noviembre de 2016

Los asesinatos del 29 Bis de la Calle Drummond

Por Carlos Olalla Linares

I

Hacía diez años que Madame Poincaré, mujer tan entrada en años como en carnes, ascendía penosamente los empinados peldaños que conducían a su vivienda del tercer piso, lastrada por el peso extra de dos voluminosas bolsas de la compra. Si sus poderosas manos desasieron las valiosas provisiones, provocando con ello una catarata de viandas en la escalera, no había sido por propia voluntad. Incluso una veterana, con un coraje forjado cincuenta años atrás en los horrores de la Segunda Guerra Mundial, palideció ante la visión de aquel hombre ensangrentado, absorto en sus pensamientos, que bajaba los escalones con parsimonia. La mujer profirió un alarido y comenzó a bajar los tramos de escalera que la separaban de la calle con inaudita precipitación, para su edad y dimensiones corporales. Por su parte, el joven descendía los peldaños sin reparar en el revuelo que su perturbadora presencia causaba en el vecindario. No solo sus ropas estaban copiosamente bañadas en el precioso líquido de la vida; también lo estaba su boca, como si se hubiera saciado de él. Las puertas batían a su paso tan vertiginosamente como si las impulsara un torbellino. La curiosidad las abría y el arrepentimiento las cerraba. Pero el joven prosiguió su muda marcha sin alterar en nada la regularidad de sus pasos, hasta que finalmente alcanzó la calle. En lugar de intentar huir –lo que, en tales circunstancias, se hubiera juzgado tan natural como inútil– el hombre se sentó en el escalón del portal de la casa, inmóvil como una aparición y con la mirada perdida en un trance. «Allí encontré a aquel pobre diablo», os explicaría el recién ascendido detective Frank Delowney. «¿“¡¡¡Pobre diablo!!!”?», hubiese exclamado entonces la Señora Poincaré, «¡¡¡Quién sabe qué ha hecho, a Dios sabe quién!!!». Naturalmente, esa era precisamente la clave del asunto. El detective Delowney se acercó al sospechoso, aunque aún no supiese de qué.

–Esa sangre no es suya, ¿no es así? –el interpelado negó con la cabeza– Entonces, es de… –inquirió, acto continuo. El sujeto señaló con un vago gesto hacia arriba.

El detective chasqueó los dedos: un hombre para vigilar al sospechoso, «Los demás, acompáñenme arriba». Así se hizo. La puerta estaba entreabierta. Delawney la empujó. La telonera de la Muerte había terminado su actuación y era la Prima Dona quien ejecutaba ahora su triunfal danza, como siempre en solitario, alrededor de la cama, sobre la que yacía un cuerpo: antes Elisabeth Jones; ahora, «La víctima». En la mesilla de noche reposaba el instrumento que había obrado la transformación, repleto de las huellas de quien tan brutalmente había guiado el acero. Sobre las paredes, las pisadas de un sangriento ciempiés. Los agentes procedieron a consignar las evidencias. Lo que había: un agujero en el pecho desnudo, posteriormente vestido de rojo; y lo que faltaba: el corazón de la víctima. ¿Podía caber alguna duda de lo sucedido allí la noche anterior y sobre quiénes habían sido sus actores? El sospechoso fue inmediatamente conducido a comisaría y la víctima a la morgue, procediendo según el orden natural de las cosas.

II

El sospechoso, a quien se había proporcionado ropa limpia, permanecía sentado en la sala de interrogatorios y daba muestras de que el caos que enturbiaba su juicio comenzaba a disiparse. El detective Delawney puso fin a la angustiosa espera, y entró en la sala acompañado de otro agente –que portaba un sobre marrón con membrete de la policía–, y ambos tomaron asiento frente a él.
–¿Sabe dónde se encuentra y por qué está aquí? –el interrogatorio había dado comienzo. El hombre asintió nerviosamente con la cabeza– Diga su nombre y apellido –puso en marcha una grabadora.
–Jonathan Smith –respondió.
–Bien, cuénteme lo sucedido.
Aquellas cuatro palabras serían el encabezamiento de un extraño relato, que reproducimos sucintamente aquí: apenas recordaba nada. «Haga un esfuerzo», recomendó el detective. A eso de las nueve y media de la noche salió de casa, sin un propósito concreto. Anduvo por las calles por espacio de una hora o quizá más. Ya había anochecido cuando, sin ningún motivo en particular, entró en lo que él denominó «un garito cualquiera». Apenas había clientela. Se acercó a la barra y pidió algo de beber. Una copa. La iluminación era tenue, en general, y muy intensa y cenital a intervalos regulares sobre la barra. Enseguida reparó en su presencia. Era una mujer de apariencia joven, aunque de edad indefinible, etéreamente hermosa, con el cabello liso, negro y brillante, como hecho de raso, peinado en una media melena con flequillo. Su mirada, de ojos negros, despedía fuego y poseía una profundidad intemporal. Su boca estaba pintada de un rojo tan húmedo y obsceno, que hubiera despertado la lujuria de un muerto. Le había clavado los ojos desde que entró, y ahora lo invitaba con la mirada a aproximarse. Casi podía oír su sensual voz en la cabeza, incitándole a fundirse con ella. Era la primera vez que una mujer tan bella se mostraba interesada en él, y eso lo retuvo al principio. Por fin, obedeció el invencible mandato. Tomó torpemente su vaso, se levantó del taburete y se sentó a su lado. «Mi nombre es Salomé», se presentó. «Jonathan», respondió él. Todo marchaba como la seda. ¡Era tan seductora! ¡Tan fácil estar allí, con ella! «Entonces, no se trataba de la víctima…», intervino el detective. «No», respondió el acusado. ¿De qué hablaron? No sabría decirlo. La voz de la mujer se perdía en un laberinto de ecos, enmascaradas unas palabras con otras, como si todas se pronunciaran a un tiempo en el interior de su cabeza. Al cabo de un rato, salieron del local y la mujer lo invitó a acompañarla a su casa. ¡A él! Pero no pudo resistirse y aceptó la invitación. Recordaba con meridiana claridad la dirección: Calle Drummond, nº 29 B. Podían ir y comprobarlo. La mujer corroboraría su testimonio. Después, no recordaba nada más. Probablemente estaba más borracho de lo que creía, a pesar de que apenas tenía conciencia de haber bebido. Cuando despertó, se encontraba tumbado junto a aquella pobre muchacha, a la que nunca había visto antes, con las ropas ensangrentadas, en una cama que no era la suya, en una habitación desconocida de una casa en la no había estado nunca. No sabía cómo había llegado hasta allí ni qué había ocurrido. Solo estaba seguro de una cosa: era inocente. Ella, esa tal Salomé, podía decírselo. Fin de la declaración.
–Desgraciadamente –replicó el detective– su versión choca con las evidencias.
Tras estas palabras, como si pusiera en marcha un resorte, el otro policía desplegó una batería de fotografías que extrajo del sobre. Una tras otra, mostraban con científica precisión la brutal obra de un depravado. Jonathan se tapaba el rostro, horrorizado, avergonzado, desconcertado.
–Mírelas, Jonathan, es su obra –ordenó el policía. ¿Era posible que él fuese el autor de tamaña monstruosidad, sin saberlo? Delowney puso el índice sobre una de las imágenes: la que mostraba el cuchillo.
–Tiene sus huellas dactilares. Toda la casa tiene sus huellas, esparcidas por paredes y muebles. Sus ropas estaban empapadas en la sangre de la víctima. Pinta mal para usted, Jonathan…
–Es… Es imposible… Yo no… no…
–¿Qué hizo con el corazón, Jonathan? –intervino el otro policía.
–No lo sé. ¡Nada! Yo no sé por qué estaba allí. No he hecho nada. ¡No he sido yo!
El interrogado hundió su rostro, y su alma toda, entre las manos, y se tiraba del cabello para gritar desde lo más profundo de su desesperación «¡Es una pesadilla!». Pero la pesadilla era real. La sangre de Elisabeth Jones era real. Su vida se había desvanecido de verdad y la sala de interrogatorios era tan real como la sospecha que pesaba sobre él.
–¿Qué opina, detective? –preguntó el capitán.
–No sé qué pensar, capitán. Las pruebas son abrumadoras, desde luego, pero me parece un pobre tipo. No sé, quizá me equivoque, pero me cuesta creer que sea capaz de cometer un crimen tan atroz –el capitán se mostró escéptico, pero consintió en que el detective comprobase cualquier cabo suelto que considerase su deber dejar atado.
Delowney era un buen hombre –un justo, en el sentido de Abraham–, y cuando tales hombres ven limpieza en los ojos de un semejante, se resisten a abandonarse a lo que las pruebas dictan a su razón. Estaba resuelto a concederle el beneficio de su duda, antes de condenarlo para siempre. Haría lo posible por encontrar a esa misteriosa mujer, y empezaría por acudir al nº 29 B de la Calle Drummond. Tras una corta excursión a uno de los barrios más elegantes de la ciudad, el detective se encontró frente al lugar donde, supuestamente, habitaba la tal Salomé. Sus pesquisas, sin embargo, fueron extraordinariamente breves: los números 27, 29 y 31 de la Calle Drummond estaban ocupados por edificios señoriales que databan de principios del siglo XIX; no existía, ni había existido nunca, el número 29 B. El caso estaba cerrado. Y, sin embargo…

La actitud de Delowney durante el juicio fue controvertida y enérgicamente protestada por el ministerio fiscal. Durante el interrogatorio al que fue sometido en la sala, el detective no desaprovechó la menor ocasión para expresar su simpatía por el acusado y deslizar, más o menos veladamente, sus dudas acerca de su culpabilidad. «¡Protesto!», exclamaba el fiscal; «Se acepta: el detective se abstendrá de emitir opiniones y se limitará a contestar a las preguntas». Palabras que resonarían reiteradamente en la sala, sin hacer mella en el inexorable desarrollo del proceso. Al jurado, a quien había horrorizado la brutalidad del crimen –que la prensa y el público, con una descarnada falta de sensibilidad, había bautizado como «The Heart-eat»–, y persuadido por la sólida arquitectura de las pruebas, no le llevó mucho tiempo llegar a un inequívoco veredicto de culpabilidad. Su Señoría dictó sentencia contra el acusado. La Muerte había triunfado de nuevo y cada felicitación por el éxito en su primer caso importante de asesinato como detective, sumía a Delowney en una profunda pesadumbre. La sospecha de que, en el cumplimiento de su deber, había condenado a un hombre inocente lo impregnaba todo con la pegajosa materia del remordimiento. Era un hombre emplumado. Pero el capitán tenía razón, «Frank, voy a hablarte con toda confianza, como haría un amigo: si no tienes lo que hay que tener para enviar a un hombre al patíbulo, deberías replantearte tu profesión». Aunque por motivos exactamente opuestos, ante sus compañeros y ante sí mismo, Frank Delawney era un tipo sin agallas y nada más podía hacer, salvo devolver su placa. Estos son, más o menos, los hechos.


III

Hacía diez años que Madame Poincaré, mujer tan entrada en años como en carnes, ascendía penosamente los empinados peldaños de aquella escalera en las pesadillas de Frank Delawney. Incontables habían sido las noches en que la almohada le había negado el reposo al antiguo detective. Aquel día, la jornada en el juzgado se había prolongado más de la cuenta y el sueño le había vencido bien entrada la madrugada. A media mañana, la pesadilla que lo había perseguido durante una década lo despertó prematuramente, dejándolo maltrecho para el resto del día y con la sensación de no haber descansado oprimiéndole las sienes. Se levantó tambaleándose. Tras un par de abluciones, se miró al espejo, buscando señales externas que le hicieran concebir esperanzas de que su entrega como abogado defensor, en cuya labor había librado a varios reos de la pena de muerte, había expiado –al menos en parte– la culpa que a sus ojos deformaba horriblemente su imagen en el cristal. Quizá los demás no lo percibieran, pero su espejo era para él una suerte de “Retrato de Dorian Gray» en el que veía, tan claro como la luz del día, la mueca grotesca que el pecado de su debilidad dibujaba en su rostro: no había tenido los arrestos de salvar a aquel hombre en cuya inocencia creía firmemente y eso lo atormentaba. Sonó el teléfono y el timbre lo devolvió a la realidad con un punzante sobresalto. Delowney descolgó el aparato,
–¿Sí?
–¿Frank? Frank, soy Peter.
–¡Hola, Peter!
–Te he llamado un par de veces, pero no contestaba nadie al teléfono. Espero no cogerte en mal momento...
–No, en absoluto. Me he levantado ahora. Ayer estuve trabajando hasta muy tarde.
­–Escucha, quisiera que nos viéramos. He encontrado algo que quiero enseñarte. Es algo de vital importancia; estoy seguro de que te va a interesar ¿Qué te parece si te pasas por mi despacho esta tarde? Digamos, ¿a las cinco?
–¿Algo de vital importancia?
–No quiero hablar de ello por teléfono, pero es algo que te atañe y estoy seguro de que te interesará. ¿Te espero entonces?
–¡Desde luego! Allí nos veremos.

Frank Delowney tenía la certeza de que lo que su amigo Peter Palmer iba a mostrarle guardaba relación con su infortunio. ¿Qué otra cosa podía resultar «de vital importancia para él», viniendo de un reputado psiquiatra que, además, lo había tratado durante los años de horribles migrañas y conocía bien su caso? ¡Desde luego que acudiría!

A la hora convenida, el ahora abogado Frank Delawney franqueaba las puertas del Sanatorio Mental Los Álamos, donde trabajaba su amigo y médico, situado a las afueras de la ciudad y rodeado por una tapia que contenía el edificio principal, varios anexos y un amplio jardín. Nada que se saliera de lo corriente en este tipo de instituciones. Al atravesar los pasillos desiertos, tenuemente iluminados, sus pasos resonaban en el vacío de un modo imponente y Frank Delowney tuvo un fúnebre presentimiento. Su jaqueca se intensificaba por momentos, atormentándolo. Su amigo Peter Palmer lo esperaba ya en su despacho y lo recibió calurosamente. Por un momento, la presión sobre sus sienes se hizo más liviana.
–Adelante Frank, pasa –ambos se estrecharon afectuosamente las manos.
–Hola Peter. Te confieso que me tienes sobre ascuas.
–Lo imagino. ¿Te apetece una copa?
–Sí, por favor. Aunque no debiera.
–¿Whisky?
–Con dos cubitos –el médico alargó un vaso a su amigo y preparó otra copa para sí mismo.
–Gracias. Y ahora, ¿me vas a decir para qué me has hecho venir?
–Una petición muy razonable. Estoy convencido de que no se te escapa el motivo de mi llamada, así que no me andaré con muchos rodeos. Como ya sabes, he sido director de esta institución durante los últimos seis años. En su momento, este sanatorio fue el más moderno e innovador del país, pero de eso hace ya mucho tiempo… Demasiado. Vamos a remodelar completamente el hospital. Nos trasladamos, y por eso habrás reparado en que no quedan pacientes. La cuestión es que, entre otras cosas, estamos digitalizando los archivos: hace unos días abrimos un viejo armario del almacén y entre los expedientes apareció este –Palmer sacó una carpeta de un cajón y se la ofreció a su amigo.
–Expediente Nº DS 773 –leyó en la portada, escrito a máquina–. Parece muy viejo.
–Y lo es, a juzgar por la fecha. Se trata del caso de un paciente llamado Larry Desmond, que al parecer estuvo recluido aquí hacia 1920. Lo acusaron del brutal asesinato de una chica. Contó una extraña historia que, por supuesto, nadie creyó –el corazón de Frank Delowney dio un vuelco. Una prensa estrujaba despiadadamente su cabeza– y lo condenaron a muerte; pero resultó que el chico tenía un apellido ilustre, según consta en ese documento. Resumiendo, su familia presionó y logró que se le conmutara la pena por otra de reclusión de por vida entre estas paredes. Tuvo suerte: en este centro no se practicaban las barbaridades que eran norma común en otras instituciones mentales en aquellos tiempos. Algo de lo que, dicho sea de paso, nos sentimos orgullosos. De su caso se encargó un tal Dr. Neumann, que al parecer había tratado con éxito a soldados con neurosis de guerra en Europa, y estaba familiarizado con la hipnosis regresiva. Lo que Larry Desmond revivió bajo hipnosis es simplemente increíble y perturbador.
–No estarás insinuando que…
–Léelo tú mismo, Frank –Delowney abrió con una mezcla de temor y expectación la carpeta, depositó su copa sobre la mesa y comenzó a leer un párrafo que estaba marcado.



IV

«… 17 de junio de 1922. Tras varias sesiones infructuosas, por fin L. D. ha respondido a la terapia.

Transcripción de la sesión:
Dr. Neumann (Dr. N): Larry, retroceda a la noche del 1 de septiembre de 1919. ¿Dónde se encuentra?
Larry Desmond (L.D): Estoy… en la calle.
Dr. N: ¿Por qué está en la calle?
L.D.: No lo sé. Por nada en particular. Solo he salido a caminar.
Dr. N.: ¿Qué ve?
L.D.: Hay un Bar. Entro en él.
Dr. N: ¿Hay alguien allí?
L. D.: Está casi vacío. Hay una mujer al final de la barra. Es muy guapa. Tiene el pelo oscuro y liso. Me mira. Es muy extraño. Me parece oír su voz en mi cabeza. Me atrae hacia ella...
Dr. N.: Continúe, Larry.
L. D.: Me acerco a ella. Me dice que se llama Salomé. Le digo que es muy guapa y sonríe. Hablamos… la he invitado a una copa… al cabo de un rato me propone ir a su casa. Vive en el Nº 29 B de la Calle Drummond. Eso está cerca. No sé por qué, voy con ella. No… no… no debería… Siento que no debería, pero me dejo arrastrar por ella. Hemos llegado…
Dr. N.: ¿Qué ocurre, Larry? No se detenga.
L. D.: (Respiración entrecortada) Subimos las escaleras. Es una casa muy antigua. Hay una puerta blanca. Saca una llama del bolsillo y la puerta se abre. Me asusto, pero entramos. Ya no puedo retroceder. Paso delante y la puerta se cierra tras nosotros. Franqueamos otra puerta. (respiración acelerada. El paciente se agita)¡No! ¡No quiero entrar ahí!
Dr. N.: ¿Qué hay allí, Larry? ¿Qué hay en esa sala?
L. D.: Ha cerrado la puerta y está apoyada de espaldas contra ella. Les dice: «Ya lo tengo». Sonríe. Todos sonríen, porque ya pueden empezar. ¡No! ¡Por favor! Quiero irme…
Dr. N.: Empezar qué, Larry. ¿Quién está allí? Lo está haciendo muy bien, no se pare ahora.
L. D.: Hay hombres encapuchados. Se apartan a un lado al cerrar la puerta y ahora veo una grotesca figura que lo preside todo y me dice, sin hablar, «Hola Larry, te estábamos esperando». Oigo su voz en mi cabeza. También hay una muchacha tendida sobre una mesa. Está… está desnuda. No quiero seguir. Quiero irme.
Dr. N.: Siga, Larry. Lo está haciendo muy bien. Dígame algo sobre la muchacha
L. D.: Está tranquila. Es como si estuviera drogada. Yo les pregunto qué van a hacer, que por qué me han llevado hasta allí, y me dicen que son los Reyes de la Tierra. Es gente poderosa de todos los continentes. Están allí para una ceremonia. ¿Para qué tienen ahí a esa muchacha?, les he preguntado. «Es la víctima propiciatoria. Debería saberlo Larry, es usted quien la matará. Eso es lo que creerá todo el mundo», me dice la voz del que no habla. «Sí, Larry, no se puede hacer una tortilla sin romper el huevo», añade otro y todos ríen. ¿Por qué yo?, les pregunto ahora. «Alguien tiene que cargar con las culpas», dice uno. «Siempre entregamos un inocente a la justicia. Es parte del trato. Ese, es usted; es su papel, Larry». «Lo hará muy bien, ¿verdad, muchacho?». «No nos defraude». Pero, ¿por qué lo hacen?, les digo. «¿Por qué? ¿Por qué iba a ser? ¡Por el poder! Para controlar el mundo». «Él nos lo dará», dicen, señalando a la grotesca figura que no se puede nombrar. «Lo contaré todo», les digo entonces, pero se ríen de mí. «Mañana, cuando lo encuentre la policía, no recordará nada. Además, ¿Quién le iba a creer?». «Empecemos, o se hará tarde», ordena uno de ellos, que parce dirigir a los demás. Intento impedírselo (el paciente se agita visiblemente y su respiración es cada vez más acelerada), pero apenas puedo moverme. Es… es como si mis brazos estuvieran lastrados. Mis músculos se mueven tan despacio que no puedo reaccionar, no puedo impedir que hundan un puñal en el pecho de la chica. ¡No! ¡No! La muchacha ha emitido un leve quejido y la sangre brota a borbotones. Han sacado el corazón de su pecho. Ahora hablan en un idioma que no comprendo, es… es… suena como si fuera muy antiguo y… trazan signos con su sangre que no puedo descifrar. ¡Basta! ¡Basta! ¡Por favor! ¡No puedo seguir!
Dr. N.: Está bien, Larry. Contaré hacia atrás desde diez. Al llegar a cero, despertará y no recodará nada. Se sentirá relajado y muy tranquilo. Diez, nueve, ocho,…»

Frank Delowney cerró la carpeta con un ligero temblor en los dedos. Retomó su copa y dio un largo trago, antes de articular palabra.

–Lo sabía… Sabía que lo que nos contó Jonathan Smith aquel día en la comisaría no era una invención. Pero nadie me creyó. ¡Es una conspiración y solo Dios sabe desde cuándo sucede ni cuántas veces se ha repetido! Llevé a la muerte a un inocente. ¡Hay que contarlo al mundo, Peter!
–Sí. Es decir, sí, si fuera verdad –replicó el doctor.
–¿Qué quieres decir? No te comprendo.
–Quiero decir, que es una falsificación. Muy elaborada, pero falsa. Es todo inventado, Frank. Todo el puñetero dossier. Puede que engañe a un profano, pero te aseguro que no hay ningún médico que se tome en serio este documento. No, Frank, no está redactado por un profesional, te lo aseguro.
–No te sigo. Es imposible que dos personas, que nunca pudieron haberse conocido, tuvieran la misma alucinación. Los dos relatos son demasiado parecidos y están separados por décadas. ¡No puede ser una casualidad!
–Eso es, precisamente, lo primero que me llamó la atención: era exactamente igual que el caso de Jonathan Smith que tú me contaste. Así que busqué más información y, exceptuando ese documento, no hay un solo registro en todo el edificio que mencione a ningún “Dr. Neumann” ni a ningún paciente que se llame “Larry Desmond”.
–Bueno, ya lo has leído, se trata de gente muy poderosa. Sin duda, han destruido las pruebas y, por alguna razón, se les escapó este documento, ¿Acaso no lo ves, Peter? Tenemos la única prueba y hay que hacerla pública. Acudiremos a la prensa. ¡Tendrán que escucharnos! Entre los dos advertremos al mundo de lo que ocurre.
–Antes, quisiera que vieras algo –el doctor Palmer apuró su copa, y se dirigió hacia su mesa de trabajo. Parecía interesado en un bulto apoyado en la pared, que quedaba oculto tras el escritorio–. Hace unos diez u once años –comenzó a explicar–, antes de que yo estuviera al frente de esta institución, ingresó un paciente. Era un pintor, hijo de buena familia y no falto de talento, que en un extraño arrebato había asesinado a una modelo con la que mantenía un romance. Explicó que lo había hecho porque sería «La obra de arte definitiva». Le diagnosticaron personalidad múltiple, entre otros trastornos, y por eso se libró de la pena de muerte. Era un tipo muy inteligente, según los informes, y se las arregló para fugarse dos años después. Ha estado desaparecido hasta ahora. Eso fue, más o menos, un par de años antes de que yo me hiciera cargo de la dirección del hospital. En los archivos, anexo a su expediente, estaba este cuadro –dijo, levantando del suelo el bulto que hasta ahora había estado oculto–. Es de buena factura. Quiero que lo veas.

El médico se lo acercó a su amigo y Frank Delowney lo examinó con toda la atención de que su cada vez más aturdido aparato psíquico fue capaz. Una luz de esperanza brilló en su cerebro, pues la escena retratada en el cuadro no podía ser más favorable a su tesis: una fachada iluminada por una farola, una placa con el nombre de Calle Drummond atornillada en ella y el número 29 Bis sobre la puerta. Ante ella, una seductora mujer, de aspecto joven y, sin embargo, de edad indefinible, invita al observador a seguirla al interior del misterioso inmueble. Desde la ventana, oculto tras la leve cortina de una ventana iluminada, una perturbadora silueta parece acechar, como la araña a la mosca que está a punto de caer en la trampa.
–Bien –dijo por fin el abogado, tras prolongado examen–, más a mi favor –añadió mirando a su amigo.
–Lee la firma –replicó él, indicando una esquina del cuadro.
–«Jonathan Smith, 1995». No… no puede ser –balbució ahora, cada vez más desconcertado–. Jonathan Smith murió; fue ejecutado.
–¿Cuánto hace que nos conocemos, Frank? –Delowney tardó unos instantes en reaccionar.
–No sé, unos ocho años, creo. ¿Adónde quieres ir a parar, Peter?
–Dime, en estos años, ¿cuántas veces te he asesorado en tus casos como abogado defensor?
–¿A qué vienen estas preguntas? De sobra sabes que te he pedido consejo muchas veces; siempre me has ayudado mucho, y te lo agradezco.
–El problema, Frank, es que he llamado al Colegio de Abogados, y no les consta ningún colegiado con el nombre de Frank Delowney. ¡Dios mío! ¡No sé cómo se me ha podido pasar! ¿Cómo no me di cuenta?
–No comprendo… Me duele horriblemente la cabeza…
–Yo sí –replicó consternado el médico–. Larry Desmond, el Dr, Neumann, Jonathan Smith... todos ellos son la misma persona.
–¿Quién?
–¡Tú, Frank! Tú eres Jonathan Smith, tú mataste a aquella chica. Tú creaste la conspiración, con demonio y reyes de la tierra incluidos, para que la culpa fuera de otro, no del inocente Jonathan Smith; y luego te inventaste a Larry Desmond, para que le contara, al igualmente ficticio Dr. Neumann, la historia que tú mismo habías creado para exculparte, porque no soportabas el remordimiento. Todo encajaba como un engranaje perfectamente engrasado. ¡Naturalmente!, ¿Quién podría oponerse al mismísimo Príncipe del Mundo? Después creaste al honrado y altruista Frank Delowney, y asumiste su personalidad, renacido ante el mundo. Por eso las migrañas…
–¿Te has vuelto rematadamente loco, Peter? ¿Acaso no me conoces? –Delowney intentó levantarse indignado de su asiento, pero dos manos, firmemente apoyadas en sus hombros, se lo impidieron. El doctor hizo señal a los enfermeros para que lo trataran con cuidado. Delowney se sentó de nuevo– ¡Ya comprendo! Han podido contigo. ¿Es eso, Peter? ¿Te han comprado a ti también?
–Lo siento, Frank, pero tengo que entregarte. ¡No sé por qué te sigo llamando Frank! –el interpelado estaba cada vez más agitado y los enfermeros tuvieron que emplearse a fondo para reducirlo– Es por tu bien. No te resistas.
–¡¡¡Soltadme!!! Me llamo Frank Delowney, soy abogado. Conozco mis derechos. Os demandaré a todos. Os llevaré a juicio. Lo contaré todo, Peter. ¡El mundo sabrá lo que pasa! –se oyó gritar desde el pasillo.
–Y estoy seguro de que el mundo te creerá, Frank –reflexionó aún el Doctor Palmer, mientras Jonathan Smith se alejaba arrastrado por los enfermeros.

Hacía diez años que Madame Poincaré, mujer tan entrada en años como en carnes, ascendía penosamente unos empinados peldaños que no conducían a ninguna parte.

 FIN

Madrid, 22 de noviembre de 2016

jueves, 17 de noviembre de 2016

Nadie protege a los escritores


No es un tema precisamente popular este de los derechos de autor. La crisis de la piratería que estalló hace unos años, y los diversos intentos de establecer un canon compensatorio por copia privada, perjudicaron notablemente la imagen de lo que, por otro lado, no es más que la forma natural y, sobre todo, legal de retribuir un trabajo. En aquellos días de furiosos y encendidos debates sobre la propiedad intelectual, tuve oportunidad de leer multitud de comentarios y lo primero que de ellos se desprendía era que casi nadie sabía realmente cómo funciona: todo el mundo estaba seguro de que al autor se le abona una especie de salario al que se añade el perpetuo pago, a ellos y a su hijos y a los hijos de sus hijos, por los siglos de los siglos, de unos jugosos y codiciables derechos de autor. «Yo no pago dos veces el mismo trabajo» fue un auténtico mantra del momento. Nada más lejos de la realidad, sin embargo. ¿Me preocupa, pues, la «piratería»? Sí, pero, de momento, no esa. Porque no estoy aquí para hablar de la piratería en inernet, sino del (mal)trato que algunas editoriales dispensan a sus autores, y por eso me interesa aclarar cómo funciona todo esto. Hablaré del caso de la literatura, que es el que conozco de primera mano, como el lector quizá sabe ya, y de mi propia experiencia con Editorial nivola. En primer lugar, hay que decir que, salvo en el caso concreto de obras de encargo, lo normal es que el escritor redacte su libro motu propio. Una vez concluida su obra, este la remite a una editorial (no todas admiten originales sin la mediación de una agencia) que la valora y, si le conviene, la publica. Muy legítimo. Lo normal es firmar un contrato, que en muchas ocasiones está plagado de cláusulas abusivas, como por ejemplo plazos de explotación de la obra por parte de la editorial que exceden con mucho el que marca la ley. En esencia, el contrato estipula que la editorial se hace cargo de la impresión, venta y distribución de la obra y que, del precio de venta al público, al autor le corresponde un porcentaje que nunca debería ser inferior al 5% (en mi caso, el 6%). Eso es lo que significa el pago por “derechos de autor”: que se gana según se venda. Nada que objetar. Es cierto que en el momento de su publicación, el escritor recibe un anticipo, que suele rondar los 600 € (ese fue mi caso), a cuenta de las ventas; eso quiere decir que, hasta que lo que le corresponde en concepto de derechos no cubra esa cantidad inicial, el autor no volverá a percibir nada. Ahí es donde empiezan los problemas, si es que no han surgido ya. Vaya por delante que, por supuesto, hay muchas editoriales serias (algunas, como Anaya, cumplen escrupulosamente, según mi experiencia). Desgraciadamente, no es ni mucho menos la norma. Como dijo aquel, “quien tenga inteligencia para entender, que entienda”. Hipotéticamente, una vez al año la editorial debe enviar al autor un informe con el número de ejemplares vendidos, el precio de venta al público y la cantidad que le corresponde de todo ello y, acto continuo, satisfacer el pago de dicha cantidad. ¡Ja! Incluso en el caso de que el editor cumpla con alguna de estas obligaciones, ¿cuántos ejemplares se han vendido de cada título? Es más fácil dividir el átomo que desentrañar este arcano. El afortunado escritor que recibe las liquidaciones (personalmente, no las cato desde hace dos años y no pasa nada), que es así como se llaman, no tiene forma de saberlo: no hay más remedio que fiarse de la palabra del editor; y el catálogo de agravios, menosprecios y atropellos a nuestros derechos, a los que nos vemos sometidos muchos escritores en España no para ahí: desde la ocultación de información sobre las tiradas (nº de ejemplares que componen una edición) o la destrucción de ejemplares por motivos de almacenaje –a lo que el editor tiene perfecto derecho–, sin previo aviso –el autor tiene derecho a conocer esta información–, hasta la impresión de nuevas ediciones sin notificarlo al autor –como es deber del editor. Todas estas cosas me han sucedido. ¿Qué puede hacer el autor para defenderse? Casi nada, en realidad. Depende enteramente de la buena voluntad del editor. Algunas editoriales, como una que yo me sé, no responden a las cartas de reclamación y ni siquiera descuelgan el teléfono. No hay manera de contactar con ellos, porque se saben impunes. Ahí está el problema: la vía legal es tan clara en lo tocante a los derechos que asisten al autor como inútil en su aplicación. Es un secreto a voces sobre el que pesa una losa de silencio: la ley no puede proteger al escritor. Es imposible hacer valer sus derechos si el editor no quiere respetarlos. Las cantidades a reclamar suelen ser tan bajas, que no compensa acudir a los tribunales, y ni siquiera una sentencia judicial garantiza al autor que se repararán sus derechos. No parece haber ninguna manera de obligar al editor que no quiere pagar. Y no es ya una cuestión solo de dinero, que al fin y al cabo le pertenece al autor, sino de indefensión y de falta de respeto. ¿Hasta cuándo esta impunidad? Así están las cosas: si a alguien le sirve mi experiencia, bienvenido sea este blog.

P. D.:
un buen amigo (pueden ver su blog, que recomiendo, Letras desde la buhardilla, pinchando en el enlace, arriba a la derecha ), me envía este artículo que trata sobre una campaña para denunciar lo mal pagados que están los escritores en Francia, aunque valdría igual aquí, por mi experiencia. Me gustaría puntualizar que, dado que una parte de las ganancias depende directamente del número de ejemplares vendidos, es lógico que gane más quien más vende; hay libros de texto y ensayos tan especializados, que van dirigidos a un público demasiado restringido y nunca se venderán mucho. Tampoco creo que sus autores busquen dar un pelotazo. En el otro extremo, que la autora de Harry Potter se haga rica con sus libros me parece justo: ha tenido el talento de crear una obra que ha cautivado a millones de lectores en todo el mundo. No hay nada que objetar. Tampoco se trata de hacerse millonarios, pero sí de recibir un trato cabal. Y a eso vamos: a lo que pagan las editoriales y cómo. ¡Quién pillara el 10/12% que menciona el susodicho artículo! El problema, al menos el mío y me consta que el de más escritores, no es solo el bajo porcentaje que nos corresponde, sino que algunas editoriales (en mi caso, nivola) se pasan por el arco del triunfo el pago de los derechos y cualesquiera otra de sus obligaciones para con el autor. ¿Quién les va a obligar a cumplir? ¿La Ley? Como ya he dicho en el cuerpo principal de este artículo, yo no recibo las liquidaciones de mis obras desde hace dos años largos y no pasa nada. Supongo que, en un momento como este, en que los derechos laborales pasan por horas tan bajas, todo esto suscitará complicidad y poco más; después de todo, la mayoría de la gente se encuentra en una situación más o menos parecida a esta. Pero eso no es óbice para que sea indignante que hayas realizado un trabajo y sean otros los que se lucren con él. Y eso tiene un nombre: póngalo el lector.

4 de diciembre de 2016

lunes, 14 de noviembre de 2016

La superluna

La verdad es que, para hacer fotos, estaba mejor ayer: al salir más pronto, aún en el crepúsculo, la luz era más propicia



Y la de hoy:








La luna en la ventana

Un anticipo de esta tarde


En buena vecindad

Fotografía tomada el pasado 8 de noviembre.


lunes, 7 de noviembre de 2016

Atrapada en un ocaso

Esta foto está tomada en las proximidades del parque de El Retiro, en Madrid, junto a la valla del Jardín Botánico. Una zona donde suelen aparcar los autobuses que llevan a los turistas. Esta hoja había quedado pegada por el agua a uno de ellos, justo en un lugar donde se reflejaba la valla del Botánico, con el crepúsculo de fondo. Me atrajo el extraño efecto de todo el conjunto. Espero que os guste.