martes, 23 de mayo de 2017

Lagartija

Foto tomada esta misma tarde.



jueves, 11 de mayo de 2017

miércoles, 10 de mayo de 2017

Cómo vuela un avión: teorías encontradas

Recientemente, por medio de mi amigo Alfonso (vean los enlaces a sus blogs arriba a la derecha), me han llegado noticias de que hay un movimiento para reformular los fundamentos físicos que explican cómo vuelan los aviones. Por esta misma vía, tuve oportunidad de ver a través de internet una charla de un físico español (como los he padecido, no tengo, salvo honrosísimas excepciones, muy buena opinión de los físicos españoles) que, de modo bastante desafortunado, y haciendo volar avioncitos de papel, afirmaba que la explicación tradicional era una tontería que solo él y otros igualmente inteligentes, miraban con escepticismo y espíritu crítico, desafiando las convenciones que nos sumen a los demás en la ignorancia. Como ingeniero aeronáutico y estudiante de física y matemáticas, me encuentro entre dos mundos. Procuraré sacar provecho de ello con la máxima objetividad que me sea posible y, tal vez, aportar algo. La ciencia siempre por delante.

La 'nueva' explicación, que sus apóstoles defienden con vehemencia, tachando a la que nos han enseñado de 'falsa', es que los aviones vuelan porque las alas doblan el aire hacia abajo, lo que, por variación de la cantidad de movimiento, produce una fuerza hacia abajo sobre el aire, y este a su vez, por el principio de acción y reacción, otra igual y hacia arriba sobre las alas. Conclusión: el avión vuela por variación de la cantidad de movimiento; pura física newtoniana.

Un poco de física recreativa
Lo que viene a continuación, es un breve cálculo en el que me entretuve ayer. Pido disculpas por mi mala letra y por los posibles errores, si los hubiere. Mi física está un poco oxidada, pero creo que todo es correcto. Dicho esto, se trata de una primera aproximación ingenua, utilizando la mecánica newtoniana, para ver qué nos sale al aplicar la variación de la cantidad de movimiento. Si son indulgentes conmigo y me conceden unos momentos, creo que sacaremos algún provecho de este ejercicio que podría resolver cualquier estudiante de primero de carrera de ingeniería: supongamos un ala plana de sección 'C' (esta longitud se suele llamar 'cuerda') y envergadura 'l' (la superficie alar sería, entonces, S=c x l), que se mueve a la velocidad v respecto al aire y que mantiene un ángulo α con respecto a ella. La hipótesis es muy sencilla: un elemento de masa choca elásticamente contra la placa y se reflecta hacia abajo. Siguiendo la convención en el mundillo de la aeronáutica, he llamado 'L' a la sustentación y 'D' a la resistencia.



A pesar de lo simplista de las hipótesis, el resultado es alentador: la sustentación depende, como tiene que ser, del cuadrado de la velocidad del viento, algo fundamental si queremos producir suficiente fuerza para levantar un aparato del tamaño de, digamos, un Boieng 747. En esta explicación, el ángulo de ataque para sustentación máxima (ángulo de entrada en pérdida) se produce, si mis cálculos no fallan, a unos 55º; basta calcular el máximo de la función senx sen2x:


Si comparamos la curva del coeficiente de sustentación 'CL' con la curva y = senx sen2x, veremos que su forma promete.

Coeficiente de sustentación.
(fuenteWikipedia)

        Curva y = senx sen2x generada mediate el programa Grapher por el autor.

Ni que decir tiene, las deficiencias de la 'teoría' anterior son múltiples. Al no entrar en lo que sucede durante la interacción del aire con el perfil alar, el resultado no depende en absoluto de su forma, lo que sabemos que no es verdad. La fórmula anterior solo depende del ángulo de ataque y de la proyección frontal de la cuerda, y eso se debe a que hemos supuesto que el aire es una masa que empuja el ala al chocar contra ella, sin más detalles. Además, no nos proporciona el momento de cabeceo asociado, ni nos describe qué sucede con el aire que pasa por la parte superior, en la que parece que debiera crearse una especie de vacío o de zona muerta.

La teoría tradicional
Supongo que un estudio ingenuo como este ya lo harían en su momento ingenieros mucho mejores que yo, y que el hecho de que no responda a la pregunta de qué forma hay que darle a un ala para que vuele, es el motivo por el que se desarrollaron teorías más eficaces, basadas en la aerodinámica que, después de todo, es la que manda aquí.
Lo primero que se observó (o lo primero que observaremos nosotros), es que las alas de los pájaros tienen perfiles curvos, asimétricos (abultados por arriba y más planos por abajo), con bordes delanteros (en lo que sigue, bordes de ataque) redondeados y bordes de salida afilados. El esquema es como el de la imagen a la izquierda.

Cuando el aire llega por la izquierda, choca con el borde de ataque y se bifurca. Gracias a una propiedad llamada viscosidad del aire, este se mantiene pegado a la piel del perfil (a menos que el ángulo de ataque sea muy elevado: en ese caso la fuerza de la viscosidad no es suficiente para retener el aire y se produce lo que se denomina 'desprendimiento de la capa límite'). Podemos ver un buen ejemplo si ponemos los dedos entre el humo ascendente de una barrita de incienso: el humo parece pegarse a nuestra mano. Debido a la forma del perfil del ala, el aire que lo rodea debe recorrer un camino más largo por la parte de arriba (llamada 'extradós') , que por la parte inferior, (denominada 'intrados') al bifurcarse. Si en ambos lados se moviera a la misma velocidad, el que recorre el camino más corto llegaría antes al borde de salida y, por la parte de arriba se acumularía el aire, que no deja de llegar desde el lado izquierdo; algo que, a todas luces, no sucede.  Para sortear este inconveniente, la corriente ha de ser más rápida por el extradós. La ecuación de Bernoulli establece que el aire más veloz tiene menos presión que el más lento. En consecuencia, la presión del aire es más alta en el intradós que en el extradós, produciendo una fuerza neta hacia arriba (Fuerza = presión x superficie) capaz de generar una sustentación que, como antes, depende del cuadrado de la velocidad, del ángulo de ataque, de las dimensiones del ala y, esta vez sí, de la forma del perfil a través del coeficiente que antes hemos llamado CL
Si ahora nos fijamos en la distribución de presiones en el perfil, que se representa de manera convencional como en la figura de la derecha, nos damos cuenta de que su forma es desigual: más elevada en unos lugares que en otros.
Cualquier estudiante de ingeniería sabe (supongo que también los físicos; al menos, sí los que nos daban clase a nosotros), que todo sistema de vectores es equivalente a una resultante y un momento aplicados en un punto. Eso es lo que sucede aquí, dando cuenta de lo observado; a saber, que el ala tiene a cabecear, al tiempo que genera sustentación, alrededor de un punto que se denomina 'centro de presiones'. Es fundamental conocer su posición, así como el centro de masas, si queremos que el vuelo sea estable y controlable; de lo contrario, las fuerzas estarán descompensadas. En los cien años de existencia de la aviación, la teoría ha funcionado a la perfección y los aviones han seguido volando, sin saber que estaba todo mal.

Una forma de abordar esto, sobre todo a efectos matemáticos, es decir que el perfil induce una rotación (circulación es el término técnico), de izquierda a derecha, en el aire, acelerándolo al superponerse a su velocidad en la parte superior y frenándolo en el intradós. De hecho, esto es exactamente lo que hacen las aves al batir las alas: no lo empujan hacia abajo, sino que lo hacen girar a su alrededor.

¿Dos teorías diferentes?
A tenor de lo anterior, vemos que, a todos los efectos, al introducir una circulación, el perfil hace rotar el aire de izquierda a derecha; lo que es una forma elegante de decir que lo dobla hacia abajo, como afirman los nuevos teóricos. Más menos, se muestra de manera rudimentaria en el dibujo. 
Pero, ¿se trata realmente de una nueva verdad que sustituye a la 'falsa teoría' que, milagrosamente, ha mantenido en el aire aviones que pueden alcanzar pesos de cien mil kilos, desde hace más de un siglo? En mi opinión, no. Nuestros animosos físicos han redescubierto la pólvora.  ¿Cuál es, entonces, la trampa de toda esta controversia? Pues me temo que basta darse cuenta de a qué sistema físico estamos aplicando nuestras ecuaciones. En la teoría tradicional, las fuerzas de presión se aplican al perfil: ese es nuestro sistema. En la teoría de la cantidad de movimiento, nos ocupamos de cómo el perfil hace moverse el aire a su alrededor: el sistema ahora es el aire. Eso es todo. Se tata de una mera cuestión epistemológica.


Diferencia de presiones: el aire, a mayor presión
en el intradós, escapa en las puntas hacia el extradós,
generando vórtices.
El problema es que, al estudiar detalladamente el comportamiento del aire, entramos en el arduo mundo de la mecánica de fluidos, que, salvo en sencillas condiciones de aplicación como las del teorema de Bernoulli, no admite soluciones analíticas: todo lo más que podemos hacer es obtener soluciones mediante cálculo numérico, que no es poco, gracias a la potencia de cálculo de los ordenadores. Si me dan a elegir, desde el punto de vista fenomenológico, me quedo con la explicación tradicional, basada en principios físicos, sencillos y observables (postulado de economía). Lo otro, perfecto para los cálculos, es computación, lo que al físico y al ingeniero le puede hacer perder perspectiva: a veces, los árboles no dejan ver el bosque. Echar mano del ordenador para explicar el fenómeno subyacente me parece próximo a lo que Martin Gardner llamaba utilizar un algoritmo FBI (Fuerza Bruta e Ignorancia). Pero será que yo soy de otra generación.

martes, 7 de marzo de 2017

El infierno existe

Y, como decía Sartre, «son los otros».

sábado, 25 de febrero de 2017

El caso Fanning, Capítulo 15

Capítulo 15

Despedida

Por la tarde vendrían a recoger a Laura, para llevarla al hotel de sus tíos, donde esperaba su madre. Allí, se reuniría con Mike. Ya que la habitación de Carrie había quedado libre, hubo acuerdo general en que se instalara con nosotros aquella noche. Mientras tanto, la noticia había corrido como un reguero de pólvora y, antes de la hora del desayuno, toda la ciudad lo sabía ya. Incluso el periódico local sacaba el caso en primera página: HÉROES LOCALES DE DIEZ AÑOS RESUELVEN EL CASO POISSON. RECUPERADOS LOS DIAMANTES. AGENTE FEMENINA SERÁ CONDECORADA. De la noche a la mañana, mis socios, mi hermana y yo nos habíamos convertido en unas auténticas celebridades en Quietville. Incluso periódicos de tirada nacional mencionaban el asunto en sus páginas centrales. A ese respecto, mi madre me aconsejó que no dejase que la fama se me subiera a la cabeza. No es que pensara que no fuera merecida; es solo que consideraba que no era bueno que un niño de diez años (y medio) fuera tan famoso. Pero eso me lo explicó después. De momento, yo dormía como un tronco en mi cama, ajeno al revuelo que se había levantado en torno al caso de Rebecca. O, debiera decir, Laura. Mi madre entró en mi cuarto para despertarme.
–¡Arriba señor «Don Héroe de Quietville»! Es casi mediodía, dormilón. –¡Mediodía! ¿Por qué no me has despertado?–mi madre nunca me había dejado dormir tanto.
–Anoche todos nos acostamos tarde y tú estabas agotado. Necesitabas descansar. Y ahora, arriba, tienes a tus socios al teléfono. Todo el mundo te está llamando. ¡Es una auténtica locura! El teléfono no ha parado de sonar en toda la mañana. ¿Quieres cereales para el desayuno?

–¡Ajá!
Me levanté y bajé para atender el teléfono, mientras me preparaban un buen tazón de cereales. No quería hacer esperar a mis amigos. Laura, en cambio, llevaba rato levantada. Mi madre le había quitado la pintura de las uñas, y su pelo ya no lucía aquellos perfectos tirabuzones, ni olía a vainilla, pero seguía irradiando la misma belleza que el día en que entró por primera vez en mi despacho. En cierto modo, parecía otra persona. Si tenía que escoger entre las dos, prefería a Laura. Rebecca ya no existía. Yo, en cambio, aún iba en pijama: con el pelo revuelto, los ojos hinchados por el sueño y marcas de la almohada por toda la cara, no era precisamente la imagen del héroe. Nos sonreímos. No sabíamos muy bien qué decirnos. Me puse al teléfono, para hablar con Sam.
–¿Por qué no invitas a comer a tus socios? Siempre que a tu madre no le importe que seamos dos más a comer –propuso mi padre, a quien habían dado el día libre en el trabajo porque «Querrá pasar el día con su familia en un día tan especial, Frank».
–Contaba con ello –intervino mi madre–. He hecho estofado de sobra para todos. ¿Te parece bien, Laura? –a nuestra invitada le pareció una magnífica idea.
–Sam y Ray están deseando verte de nuevo –añadí.
–¡Claro!
–¡Hecho, entonces! –dije.

Sam y Ray no tardaron en llegar. También Carrie se apuntó a comer con nosotros. Creo que no había tanta gente sentada a nuestra mesa desde Navidades. Mi madre había preparado su famoso estofado especial con puré de patatas y cebollitas. Tendríais que probarlo algún día. Teníamos tantas preguntas...
–Todos sentimos las cosas que dijimos en el despacho. Ya sabes, cuando te acusamos de ser una mentirosa y todo eso –Sam, que hablaba en nombre de todos, se sonrojó un poco al decir aquellas palabras.
–No tenéis que disculparos. Hicisteis un buen trabajo. Yo hubiera dicho lo mismo en vuestro lugar.

–Nos equivocamos. Te juzgamos mal –admitió Sam.
Laura nos narró toda la historia que ya conocéis y Carrie añadió algunos datos policiales que completaban el relato, tal y como lo habéis leído. Hacia los postres, el cuadro estaba casi completo.
–Entonces, no fuiste tú quien decapitó a Susie –quiso saber Sam.
–No, fue Sonny quien lo hizo. Pero pensé que si os dejaba la pista de los caramelos junto a ella, llegaríais hasta Jack. Como así fue.
–Y ese tal Vincent, el tipo que encargó el robo, ¿quién es? –pregunté.
–Es un gánster de Citypolis –explicó Carrie–. La policía lleva tiempo detrás de él. Soborno, extorsión, robos... La lista es larga. Creo que esta vez podremos cogerlo. Y todo gracias a vosotros, chicos.
–En cuanto a Rose –se interesó Sam.
–Bueno, con lo que hizo ayer y si testifica, creo que el juez será benévolo con ella –explicó Carrie.
–Richard, ayúdame con la tarta –intervino mi madre.
–¡Mamá! –protesté.

–No me repliques y haz lo que te digo. Acompáñame a la cocina.
–Está bien. No habléis de nada interesante mientras yo no estoy –advertí.

Me levanté de la mesa a regañadientes y seguí a mi madre hasta la cocina. Una vez allí, cerró la puerta.
–Cielo, no deberíais atosigar a Laura con vuestras preguntas –sugirió, mientras cortaba las raciones de tarta y las servía en platos.
–¡Pero son detalles importantes del caso! –protesté.
–Sí, ya lo sé. Pero hoy es nuestra invitada. Y debes pensar que Laura ha sufrido mucho y que su padre está en prisión. Es muy probable que todas esas preguntas la incomoden y la fatiguen. Así que déjalo ya.

–No lo había pensado. Supongo que tienes razón ...admití cabizbajo.
Mi madre tenía razón. Nos quedaban unas pocas horas, antes de que Laura regresara con los suyos, y no quería malgastar ese tiempo con preguntas cuya respuesta ya conocía. Volvimos a la mesa y servimos la tarta. Para entonces, la conversación se había desviado hacia un asunto espinoso.
–¿Alguien puede explicarme qué le ha pasado a Don Oso? –preguntó Margaret.
–¡Oh, oh! –se me hizo un nudo en la garganta.

Afortunadamente, Margaret se mostró bastante comprensiva y, aunque nos habíamos comprometido a pagar su reparación con nuestras pagas, papá prometió sufragarlo todo. ¡Lo pasamos fenomenal! Reímos, bromeamos y todo era armonía entre nosotros. ¡Algo que sucede tan pocas veces! Un momento especial. Y, mientras contemplaba aquella escena, me di cuenta de que, aunque seguía siendo un niño de diez años, algo había cambiado en mi interior; como si una nueva perspectiva de la vida, desconocida hasta entonces, se abriese ante mí y me invitara a explorarla.
Finalmente, mi madre nos recordó que Laura debía prepararse para el viaje. Poco después, llegó un coche del Gobierno, de un siniestro color oscuro, casi como el furgón de un forense, con una funcionaria de los Servicios Sociales y un agente del FBI, para recoger a Laura. La acompañamos hasta el coche.
–¡Nunca olvidaré lo que tú y tus amigos habéis hecho por nosotros, Richard! – dijo, dándome un fuerte y prolongado abrazo.
–Yo tampoco te olvidaré nunca, Laura –susurré a su oído. ¿Cómo se podía olvidar a alguien como ella?

Laura nos abrazó a todos por turnos, y dio de nuevo las gracias a cada uno de nosotros. Me adelanté para acompañarla hasta la misma puerta del coche que

se la llevaría, seguramente para siempre, de mi vida. Laura se detuvo y se volvió un instante.
–Es guapa –dijo, mirando a Sam– ¡No la dejes escapar! –añadió– Luego me sonrió y entró en el coche.
Se cerraron las puertas, el conductor arrancó el motor y el vehículo se puso en marcha. La vi volverse por la ventanilla trasera, mientras se alejaba. «Adiós, Laura. Todos te deseamos lo mejor», susurré al viento.
El teléfono siguió sonando durante unos días. Varios periódicos se interesaron por nuestra historia y querían entrevistarnos a mi hermana, a mis socios y a mí, pero su interés por nosotros desapareció completamente cuando el Apolo XI partió hacia la Luna, con tres valientes a bordo. ¡Parecía que cualquier cosa era posible en aquel mágico verano de 1969!
Ahora ya lo sabéis todo. O casi todo. Si alguna vez necesitáis contratar a un detective privado de diez años y a sus dos socios, ya sabéis dónde encontrarnos. Somos «Lo mejor de lo mejor».
FIN

El caso Fanning, Capítulo14

CAPÍTULO 14
Visitas a medianoche

Era casi medianoche cuando Carrie y su compañero se presentaron en la recepción de Lago Paraíso. Tras el mostrador había un tipo de mediana edad, bastante calvo y con barba de tres días. Vestía un pantalón gris y una camiseta blanca de tirantes con manchas de sudor y mostaza. Veía la tele en un monitor diminuto. Sudaba, fumaba y se deshacía de sus molestas visitantes, con la ayuda de un matamoscas. En aquella disciplina de caza menor, era un consumado experto. Estaba claro que tenía práctica.
–¡Buenas noches! Somos los agentes Neumann y Muffin, de la Policía de Quietville.
–¡Buenas noches, agentes! ¿En qué puedo ayudar a la policía? –dijo el hombre, separando momentáneamente la vista del monitor.

–Querríamos saber si se aloja aquí una pareja con una niña. Tiene unos ocho años –inquirió el teniente.
–Hay unos huéspedes que responden a esa descripción. Los Fanning, pero ahora no están –dijo, mirando al casillero, en el que faltaban las llaves. ¿Les ha ocurrido algo?

–¿Sabe si han hecho o recibido llamadas telefónicas? –preguntó Carrie. –Ambas cosas. A veces llama un chico dejando recado para la niña, Rebecca.
–Laura –corrigió el agente Neumann.
–Como se llame.
–Entonces el hombre llama desde este teléfono –apuntó Carrie.
–No, cuando llama lo hace desde la cabina. Debe de ser conferencia. Mete mucha moneda. ¡Siempre me está pidiendo cambio!

Neumann se dirigió a la cabina. Descolgó el aparato y marcó el número de la comisaría.
–¿Pete? Soy Murray. Sí. Averigua si se han hecho llamadas en conferencia desde este teléfono. Seguramente a Citypolis. Espero –poco después, recibió una respuesta afirmativa– A diario, ¿eh? Bien: averigua el número y a qué dirección corresponde. Luego, pásale la información al capitán. Él sabrá qué hacer con ella –colgó el aparato– Buscaremos una orden para registrar la cabaña. Que nadie entre en ella, hasta que volvamos.
–Entonces, ¿les he servido de ayuda? –preguntó el hombre de la recepción. –¡No sabe usted cuánto! –respondió Carrie.
El cerco se iba estrechando. El Capitán Norton recibió la información y se puso en contacto con la Policía de Citypolis para proporcionársela. Ahora, todo dependía de ellos.


***********************
De camino a la comisaría, la radio del coche patrulla no paraba de emitir
boletines informativos.
–¿Phil? –saludó alguien por radio.
–Aquí Phil. ¿Qué quieres Pete?
–Hola Phil. Acaba de llamar Carrie. Tengo buenas noticias. Tenemos una dirección en Citypolis. Creemos que es la casa donde se encuentra el pequeño Mike. El capitán se la ha notificado a la policía de allí. Espero que todo salga bien. Díselo a los chicos, de parte del capitán Norton.
–No será necesario: lo han escuchado todo –respondió nuestro conductor– ¡Gracias, Pete!


Esta vez, entramos en la Comisaría de Quietville con todos los honores. El propio capitán Norton salió a saludar a nuestros padres, y los pocos agentes que aún quedaban, aplaudían a nuestro paso. Creo que nuestro padres empezaban a comprender que nos habíamos convertido en tipos importantes.

–¡Vaya, vaya! Si están aquí nuestros pequeños héroes –exclamó el capitán, ofreciendo su mejor sonrisa– Tengo que reconocer que vosotros teníais razón, y que yo estaba equivocado. Y estos son vuestros padres, claro –Norton daba apretones de manos a diestro y siniestro–. Como sabréis, en Citypolis ya están al corriente de todo. Habrá que esperar noticias. Tengo la corazonada de que todo va a salir muy bien. Pero, por favor, pasen a mi despacho.

El capitán nos invitó a pasar y se ocupó de que nos acomodaran como es debido. Hacía tiempo que Laura no conocía los brazos de una madre y se acurrucó junto a la mía. Mi madre la abrazaba como si fuera su propia hija. En otras circunstancias ¡habría sentido celos! Ahora empezaba a darme cuenta de lo cansado que estaba y, casi sin reparar en ello, el sueño me fue venciendo. Caí profundamente dormido. Antes de lo que se tarda en posar la cabeza, ya estaba soñando. En mi sueño, un Cadillac negro se detuvo ante la casa de los Thomson. Dos hombres con trajes oscuros se bajaron y uno de ellos abrió la puerta del copiloto. Del coche descendió ahora un tercer hombre, que llevaba un traje claro. Todos portaban un clavel blanco en la solapa, excepto el tipo del traje claro, que lo llevaba rojo, y gafas de sol. El hombre del traje claro se puso al frente de los otros tipos y se dirigió a la puerta de la casa. Cuando estuvo frente a la puerta, se dispuso a llamar pero algo lo detuvo. El hombre miró el pomo de la puerta. Estaba roto y había signos de que la puerta había sido violentamente forzada. Miró unos instantes a su alrededor, buscando algo con la mirada, aunque no sabía bien qué. Algo que confirmase la sospecha que ya cobraba forma en su cabeza. De pronto, todo encajó y un letrero con las palabras «¡Es una trampa!» se dibujó sobre su frente. El hombre se dispuso a emprender la huida, pero un ejército de policías surgía de todas partes, apuntándoles con sus armas y los tres tipos no tuvieron más remedio que dejarse atrapar. Yo seguía soñando pero, por alguna extraña razón, ahora estaba de nuevo en el despacho del capitán. Sonó el teléfono. El capitán descolgó el aparato. «Comisaría de Quietville. Capitán Norton al habla. Sí. Ajá. Comprendo. Le agradezco mucho su llamada, Capitán Delaware». Una ardilla se posó en mi hombro y me susurró al oído, «Despierta Richard. Despierta». Entonces, me desperté.


–Despierta, Richard –dijo mi madre–, lo han encontrado. Mike está sano y salvo.

Saltamos de alegría de nuestros asientos, y nos abrazamos. El alborozo hizo comprender a todos el feliz desenlace, y una ovación general resonó en la comisaría. Incluso los detenidos se abrazaban a los agentes y aplaudían. ¡Y mis amigos y yo éramos los detectives privados de diez años más felices del mundo!

Para seguir leyendo (último capítulo).

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viernes, 24 de febrero de 2017

El caso Fanning, Capítulo 13

Capítulo 13

Nos amotinamos

A veces, un leve pestañeo puede durar una eternidad. En esa fracción de segundo que dura un parpadeo, oí a Ray gritar «¡No!», sentí la onda expansiva de la detonación vibrar dentro de mi cabeza y mil pensamientos, mil recuerdos de mi amistad con Sam, acudieron a mi cabeza. «Yo la había metido en esto. Yo los había metido a todos en aquel embrollo». Me sentía culpable. Pero mis ojos ya estaban abiertos cuando las últimas palabras resonaban en mi cabeza, y lo que veían desmentía los peores presagios. No era Sam quien había recibido el disparo, ni era Jack quien lo había efectuado. En medio de la confusión, nadie había reparado en que Carrie se encontraba en el umbral de la puerta, junto a las escaleras que conducían al piso superior. Al oír el primer disparo, comprendió que había que actuar rápido y cambió los planes sobre la marcha. Desde aquella posición, y en cuanto Jack estuvo en su línea de tiro, de un certero disparo le arrancó la pistola de la mano. Todos estábamos sorprendidos, pero nadie lo estaba tanto como el propio Jack, que se quedó inmóvil, mirándose la mano herida. Un tropel de policías irrumpió en la casa, derribando puertas y ventanas. Carrie seguía en pie, apuntando con su arma a Jack.
–Esposadlo, muchachos. Y cacheadlo; seguramente lleva encima los diamantes –ordenó el teniente Donaldson–. ¿Se encuentra bien, Muffin? –¡Carrie! –corrí a abrazarme a mi hermana.
–¿Estáis todos bien? –preguntó. Todos asentimos, incluso el Sr. Thomson. La Sra. Thomson seguía abrazada a Lily, pero en perfecto estado.

–Habrá que mirar esa herida –dijo un agente.
–Aquí están los diamantes –mostró un agente, sacándolos de una bolsita de terciopelo negro.

Otro policía examinaba a Rose, mientras sus compañeros se llevaban a Jack.
–¡Está viva! Pedid una ambulancia –Sam se acercó a ella.
–¡Gracias, Rose! –la mujer sonrió. También Laura se acercó.
–¿Dónde está mi hermano? –preguntó.
–No lo sé, Laura.

–¿Laura? –preguntó Ray.
–Es mi verdadero nombre: Laura Coleman.
–Solo Vincent sabe dónde está. Jack tiene un teléfono al que hay que llamar todos los días. Es lo único que sé –Rose hizo un gesto de dolor. Su herida sangraba– Siento mucho lo que ha sucedido. Nunca fue mi intención haceros daño a tu hermano y a ti.
–¡Un momento! –intervino Carrie– ¿Vincent? ¿Se refiere a Vincent Mafredi? – Rose asintió.
–¡Ha llegado la ambulancia! –anunció un agente, al tiempo que entraban los enfermeros para atender a Rose y al Sr. Thomson. Nos retiramos para dejarles trabajar. La casa era un hervidero de policías y médicos. Un caos de murmullos y luces de las sirenas, que se colaban por las ventanas.

–¡Tienen que ayudar a mi hermano! Está en manos de ese tal Sonny –suplicó Laura.
–¡Vamos, chicos! Tenemos que hablar con el teniente –dijo Carrie.

Salimos fuera. La calle estaba llena de coches de policía, ambulancias y curiosos. El teniente estaba al frente del cotarro.
–Teniente Donaldson –se presentó Carrie.
–¡Buen trabajo, Carrie! –felicitó el teniente– Teníais razón chicos. ¡Habéis pescado un pez muy grande!
–¡Gracias, teniente! –respondió mi hermana– Pero aún hay algo más. Los detenidos esperaban a
Vincent Manfredi –la policía sospechaba que él estaba detrás del robo, y sabía que tenía negocios sucios, pero Manfredi siempre había sabido cómo librarse.
–¿Quiere decir, que
Manfredi está en camino?
–Así es –confirmó Carrie.
–¡Bien chicos! –ordenó a sus subordinados– Quiero que todo esto esté despejado en cinco minutos. ¡Esperamos visita!

Mientras hablábamos, llegaron un par de coches patrulla más. En ellos viajaban nuestros padres, que se bajaron corriendo para abrazamos.
–¡Richard! ¡Estábamos muy preocupados! ¿Te encuentras bien, hijo? – preguntó mi madre, palpándome por todo el cuerpo, como si quisiera cerciorarse de que estaba entero.
–¡Ha sido increíble, mamá! –es lo único que se me ocurrió decir– Tendrías que haber visto la puntería de Carrie. ¡Menudo disparo!

No sé si debería haber dicho eso. Afortunadamente, en ese momento salían de su casa los Thomson, camino de un hospital –los médicos querían hacer unas pruebas al Sr. Thomson, sólo para estar seguros– y se acercaron a nosotros
–¡Gracias, chicos! Nos habéis salvado la vida. Os habéis portado como auténticos héroes –luego, el Sr. Thomson estrechó, uno por uno, la mano a nuestros padres– Pueden estar muy orgullosos de sus hijos. ¡Gracias de nuevo! ¡Nunca lo olvidaremos! –los médicos les indicaron que debían marcharse ya.
Inmediatamente después, Rose salió en una camilla. Naturalmente, su estado era peor que el del Sr. Thomson, pero los médicos dijeron que se recuperaría. Carrie, se separó un poco de nosotros, para poner al teniente al corriente de la delicada situación del pequeño Mike.
–Verá teniente –dijo mi hermana–, aún queda algo más por resolver. La pequeña que acompañaba a los secuestradores es la hija de Roger Coleman.
–Sí, recuerdo que fue el único detenido tras el robo –apostilló el teniente.
–Al parecer, ella y su hermano Mike fueron secuestrados para presionar a Coleman. El niño aún sigue en poder de la banda. Parece que se encuentra en Citypolis. Según Rose, lo tiene retenido una tal Sonny, por orden de Vincent. Él es el único que sabe dónde se encuentra.
–Bien, avisaré a las autoridades de Citypolis.
–No parece usted muy optimista –insinuó Carrie.
–Vincent es un tipo escurridizo, Muffin. Nunca admitirá nada. Coleman fue lugarteniente de Nanfredi; sabe todo lo que hay que saber sobre los negocios de Vincent y podría hundirlo. Después de lo que le ha hecho a sus hijos, estoy convencido de que estará furioso, pero no testificará contra su antiguo jefe mientras Mike esté en sus manos. Retener al pequeño en su poder es su mejor seguro de vida. Estoy seguro de que Jack tampoco dirá nada. Mi experiencia en la policía me dice que es un tipo duro y extremadamente leal.
–No sé qué le voy a decir a esa pobre niña... –susurró Carrie.

Mi hermana miraba a Laura, que estaba en pie, sola, mientras nosotros recibíamos el consuelo y las felicitaciones de nuestros padres. Había sufrido mucho y había sido muy valiente. Se merecía algo mejor.
–Es muy tarde. Que los chicos se vayan a casa. Ya resolveremos el papeleo mañana por la mañana –dijo el teniente– ¡Vamos, muchachos! Hay que dejar esto bien limpio. La fiesta no se ha acabado y aún falta el principal invitado – ordenó a sus hombres.
–¿Y Laura? –preguntó Carrie.
–Avisaremos a Asuntos Sociales. Ellos se ocuparán –sentenció el teniente– Supongo que se la devolverán a su madre; quizá tenga otros parientes que se puedan ocupar de ella.

Carrie sabía que no se podía hacer otra cosa. Se acercó a nosotros, algo decepcionada.
–Bien, nos vamos a casa. Mañana habrá que resolver algunas formalidades – nos indicó que subiéramos a los coches.
–Pero, ¿qué ocurre con Mike? Lo rescatarán, ¿verdad? –preguntó Laura angustiada.

–Claro. La Policía de Citypolis hará todo lo posible –Carrie no fue demasiado convincente.
–¡No! –exclamó Laura– No me iré a ninguna parte hasta que Mike esté libre.

–Interrogarán a Vincent... Darán con él, ¡ya lo verás!

–¡No! ¡No la creo! ¡Quiero ver a mi hermano! –no iba a ser tan fácil engañar a Laura. Había pasado ya por demasiadas cosas.
–¿Por qué no localizamos el teléfono? –se me ocurrió proponer– La policía puede saber la dirección, si sabe el teléfono.

–¡Claro! –dijo Carrie– Jack lo conoce: nos lo dirá. Ya verás.
–¡Jack no dirá nada! –replicó ella. Su mirada se cruzó con la de Jack, que le sonreía maliciosamente desde el coche patrulla donde estaba esposado.
–No es necesario –intervino Sam–, Jack llamó desde la heladería de Charlie.

–Y desde Lago Paraíso –apostilló Ray.
–Se podría investigar... Está bien, se lo propondré al teniente. Avisaré a unos compañeros para que os lleven a casa.
–¡Ni hablar! ¡No nos vamos a ninguna parte! –mis socios y yo nos plantamos– No vamos a esperar hasta mañana para conocer el desenlace.
–¿No crees que ya habéis tenido suficientes emociones por hoy, jovencito? – intervino mi padre.
–No pensamos irnos.
–¿A qué viene esto, Richard? Obedece a tu padre. Nos vamos a casa.
–Sube al coche, Sam.
–Ray, ya lo has oído.
Los adultos hicieron frente común, pero nos mantuvimos firmes.
–Es nuestro caso. Nosotros lo hemos resuelto: ¡nos quedamos! –hablé en nombre de la Agencia de Detectives Muffin’s Tops.
–¿Qué hacen aún aquí? Deben marcharse cuanto antes –el teniente Donaldson se impacientaba– No pueden estar aquí. Están entorpeciendo la labor de la policía

–A los chicos se les ha ocurrido que podríamos investigar las llamadas que Jack realizó desde Lago Paraíso. Quizá podamos averiguar así la dirección en que está retenido Mike. Pero no quieren marcharse a casa hasta que todo se resuelva. Creo que no abandonarán a Laura. Es su caso, tanto como el nuestro –argumentó Carrie. El teniente se rascó la cabeza, antes de responder. –¡Está bien! Haremos lo siguiente, si a todos les parece bien: tú irás con Murray a Lago Paraíso. Que Phil y Walt los lleven mientras tanto a comisaría. Llamaré al capitán y le explicaré cuál es la situación. Si a él le parce bien, pueden esperar allí. No puedo garantizar nada, ¿de acuerdo? –nos advirtió– Todo depende de lo que él decida. Pero que se vayan: Vincent debe de estar al caer y ¡lo van a echar todo a rodar!
–¡Nos parece bien! –respondimos. Miramos a nuestros padres.
–¡Está bien! Vosotros ganáis –admitió mi padre.
–En marcha, entonces –propuso Carrie.
–¿Y nuestras bicis? –preguntó Ray.
–No te preocupes ahora de las bicis –repliqué– Nadie las va a Robar.


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